Las garras de la tristeza (adiós a Maurice Sendak)

Manuel J. Lombardo | 8 de mayo de 2012 a las 18:09

Antes una película sobre la infancia que una película infantil, en ningún caso una película infantiloide, Donde viven los monstruos adapta el espléndido e inquietante cuento ilustrado de Maurice Sendak, obra de culto publicada en 1963 (y editada ahora en España por Alfaguara) que condensaba en apenas 30 páginas, 18 dibujos y una decena de frases todo un fascinante viaje de ida y vuelta por los sombríos territorios de la imaginación infantil destinado a convertirse en uno de los cuentos más premiados y valorados de la era moderna.

Liberado del peso de la escritura autoconsciente de Charlie Kaufman, protagonista excesivo de los alambicados guiones de sus dos primeros filmes (Cómo ser John Malkovich y Adaptation), Spike Jonze acude aquí a ese cuento mínimo y delicado para desarrollarlo en una hermosa forma cinematográfica que asume ciertas licencias argumentales (se amplía el marco disfuncional de la familia de Max, más acorde a ciertos modos del cine indie) para estallar en toda su dimensión poética en ese territorio imaginario en el que habitan los monstruos y a donde llega Max (Max Records: todo encanto, todo matices) en un pequeño velero, empujado por la angustia y la rebeldía después de una disputa con su madre (Catherine Keener).

Tras el prólogo de juegos y decepciones y la fuga en mitad de la noche, Jonze materializa este universo fantástico a través de una cámara dinámica y vibrante, con el espíritu pop de las canciones de Karen O y la cualidad intemporal de la música de Carter Burwell, respetando la fisonomía de bestiario de sus criaturas, enormes peluches hensonianos de ojos grandes y garras afiladas que muestran a un tiempo su ferocidad y su infinita tristeza para reinterpretar el bosque original, que nacía a los ojos del niño en su propia habitación, en una topografía terrosa, horizontal y prehistórica en la que, en apenas unos metros, conviven el mar y el desierto, el subsuelo y los espacios abiertos, un imaginario original a mitad de camino entre los paisajes de El principito y los rincones oscuros de los cuentos tradicionales.

Serán éstos los lugares por los que Max y los monstruos celebren su salvaje danza de la libertad para espantar su soledad, una danza desaforada, alegre y festiva que desafía las leyes de la gravedad pero que deja entrever también el peligro y el agotamiento de la aventura, la constancia de la fragilidad, el asomo de la muerte entre los pliegues del juego eterno.

Es cierto que puede acusarse a esta adaptación de haber rellenado de psicología lo que en el cuento de Sendak era siempre ambiguo e inexplicable. De igual forma, se puede achacar también a los autores el haber remarcado en exceso los paralelismos entre las acciones en el mundo real y las del mundo de los monstruos, estableciendo un vínculo primordial entre la mirada (perpleja, extrañada) de un niño al universo de los adultos (los monstruos y sus rencillas). Licencias, me temo, necesarias para llevar a buen puerto un proyecto comercial de altísimo riesgo, ni fácilmente digerible para el público infantil de hoy, aturdido por el color de lo tecnológico, ni tampoco atractivo a priori para el público adulto, más pendiente de otros avatares. Las asumimos y perdonamos con gusto, fascinados por el enorme poder emocional del filme, por su hermosa imaginería extemporánea capaz de transportarnos al refugio de nuestra propia infancia.

(Crítica publicada en Diario de Sevilla el 21/12/2009)

  • casaus

    Me gusta mucho jonze y de esta película en especial nunca había leído una crítica tan positiva. Mola mucho que hayas rescatado la crítica. Gracias


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