Studio System

Manuel J. Lombardo | 27 de abril de 2015 a las 19:04

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The Band Wagon (1953, Vincente Minnelli)

Primavera amarilla

Manuel J. Lombardo | 26 de abril de 2015 a las 15:40

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Medium Cool (1969, Haskell Wexler)

Entrar y salir

Manuel J. Lombardo | 19 de abril de 2015 a las 18:49

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O passado e o presente (1971, Manoel de Oliveira)

Primavera

Manuel J. Lombardo | 29 de marzo de 2015 a las 16:10

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Xiao cheng zhi chun (1948, Fei Mu)

¿Adiós al 3D?

Manuel J. Lombardo | 11 de diciembre de 2014 a las 9:06

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Este 2014 va camino de cerrar sus listas de lo mejor del año con una ausencia flagrante en la cartelera, o al menos con una ausencia vista en las condiciones originales y genuinas en las que fue concebida y realizada por su autor.

Hablamos de Adieu au langage (Adiós al lenguaje), de Jean-Luc Godard, Premio del Jurado en Cannes, un filme que, por diversas circunstancias, todas ellas oscuras y escurridizas, no sólo no se ha estrenado (el pasado 28 de noviembre) en España en su formato original en 3D, sino que lo ha hecho además con nocturnidad y alevosía, sin apenas promoción, con sólo tres copias en circulación para una exhibición convencional en Madrid y Barcelona.

Hace ahora cinco años, con el estreno de Avatar, nos vendieron (de nuevo) el 3D como la locomotora de la inminente digitalización de todos procesos cinematográficos, algo que, en efecto, ha terminado produciéndose aunque por el camino haya sido precisamente el 3D el más damnificado, una vez pasada la primera oleada de reclamo por novedad y se haya confirmado un descenso del interés del público por ver (y pagar de más) películas en formato estereoscópico; un formato al que, por cierto, le queda todavía mucho margen de mejora en lo que respecta a la luminosidad y las proporciones de las figuras como consecuencia del uso de las gafas.

Con Hollywood volcado en el gimmick tridimensional casi exclusivamente en el cine de gran espectáculo, los blockbusters y la animación infantil, algunos autores consagrados han probado también ensanchar los usos del 3D más allá de los efectos lúdicos habituales: Werner Herzog con La cueva de los sueños olvidados, Wim Wenders con Pina o Martin Scorsese con La invención de Hugo han trabajado el espacio, los volúmenes, las texturas y el movimiento buscando nuevas e interesantes soluciones de puesta en escena a la luz de la dimensión añadida. Todo ello por no hablar de cómo un cineasta experimental como Ken Jacobs ha llevado el 3D a unos límites extremos sobre la percepción ocular, el ritmo y la repetición.

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Godard siempre se ha manifestado abierto a la experimentación con nuevos soportes, formatos y tecnologías, especialmente desde que, a comienzos de los años 70, con títulos como Numéro deux (1975), fuera uno de primeros en integrar y utilizar la imagen video como marca esencial de su discurso ensayístico y reflexivo. Ya en 2012, dentro del proyecto colectivo 3x3D, el suizo adelantaba en el corto Les trois désastres algunos caminos de experimentación que su cine de capas superpuestas e imágenes en collage con textos, grafismos, músicas y palabras, podía llegar a alcanzar con el uso de esta nueva tecnología, y todo en ello sin necesidad de un gran presupuesto, a través de dos cámaras fotográficas alineadas y (de)sincronizadas para obtener los efectos tridimensionales sin apenas salir de casa y sin apartarse un ápice de sus temas y obsesiones de siempre.

Nuevo canto elegíaco por el fin de una civilización, exploración fascinante de la naturaleza sometida a la pintura tridimensional y entendida como textura, puñetazo en la cara de un tiempo sin memoria, nueva disección de la intimidad de la pareja, Adieu au langage no sólo es la esperada, hermosa, poética, crítica y lúcida obra de un maestro en su plenitud, sino toda una experiencia sensorial que reta al ojo a nuevos estímulos y ejercicios a partir de la exploración de la profundidad, la doble exposición, que obliga a que “cada ojo gestione por sí mismo”, el color o las texturas.

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Nada de eso puede percibirse plenamente en las copias en 2D que la distribuidora Vertigo ha puesto en circulación en nuestro país, cercenando el deseo y los propósitos experimentales de Godard, y frustrando a toda esa legión de fieles seguidores y cinéfilos que sostienen, no sin razón, que el director de Notre musique es el más grande de los cineastas de éste y de todos los tiempos.

La batalla de las acusaciones y reclamaciones se ha librado fundamentalmente en internet. Si Vertigo, que ha redactado una nota oficial exculpatoria poco convincente, acusa a los exhibidores de no haber querido la película en 3D para sus salas, algunos exhibidores devuelven la acusación diciendo que es la distribuidora la que no ha ofrecido siquiera esa posibilidad.

Diarios como La Vanguardia, El Mundo, Público o El Periódico se han hecho eco de la noticia y el debate, aunque ha sido la prensa especializada la que ha tomado partido más severo en el asunto. Una revista de gran tirada como Caimán-Cuadernos de cine dedica el editorial de su número de diciembre a denunciar el caso, una denuncia que se extiende al paulatino empobrecimiento de la oferta de exhibición en su conjunto, y no sólo en nuestro país, y a la ausencia de espacios alternativos para películas especiales como ésta, incluso cuando han sido compradas para su explotación comercial.

Mucho más allá en su denuncia va la revista Lumière, que ha redactado un breve manifiesto en el que acusa a los distribuidores de maltrato y secuestro de la película e incita a sus lectores a no acudir a las proyecciones en 2D o a esperar unos días a su inminente edición en Bluray, ésta ya sí en el 3D original y con suculentos materiales extra, para visionados colectivos y privados.

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Runaway Princess

Manuel J. Lombardo | 7 de diciembre de 2014 a las 9:05

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Kaguya Hime no Monogatari (The tale of the Princess Kaguya) (2013, Isao Takahata)

Trasnoches de España

Manuel J. Lombardo | 30 de noviembre de 2014 a las 12:42

Perico rodaje Hija de Ryan

Este libro nace de otro libro, aquel Beberse la vida (Ed. Aguilar, 2004) en el que Marcos Ordóñez, columnista y crítico teatral de El País, sacó a la luz los días y las noches de Ava Gardner en el Madrid de los años cincuenta y sesenta, el Madrid golfo de los clubes de jazz, los tablaos y las ventas flamencas, el de los hoteles de cinco estrellas en los que se hospedaban las estrellas de Hollywood de aquellas runnaway productions que encontraron en España el plató natural y las condiciones fiscales más favorables.

En aquel libro, que convertiría luego en película-ensayo Isaki Lacuesta (La noche que no acaba), aparecía ya una figura esencial para contar aquella época y esos ambientes desde la esquina de la habitación, sin protagonismo aunque moviendo los hilos de un trasiego que desafiaba los límites sociales del franquismo con nocturnidad y alevosía, sabiendo utilizar el efecto glamour y los complejos de inferioridad de un país reprimido como tapadera para una vida alegre de áticos, piscinas y fiestas hasta el amanecer.

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Esa figura era Perico Vidal, a quien Ordóñez siguió entrevistando hasta su muerte, en 2010, para desmadejar una España oculta y libertina, una España de flamencos, aristócratas y toreros, una España de cine y jazz de importación que supo vender sus tópicos y mitos como moneda de cambio para dejar entrar a la modernidad por los resquicios que el régimen consentía o ante los que hacía la vista gorda.

Asistente de dirección de infinidad de rodajes extranjeros en territorio español, también de numerosas películas españolas y coproducciones más o menos conocidas, Vidal creó a un personaje resolutivo, diplomático y encantador que pronto establecería estrechas relaciones personales con algunos de los protagonistas de aquel desembarco: Orson Welles, a quien conoció en el rodaje de Mr. Arkadin; Frank Sinatra, con quien llegaría a tener una estrecha amistad que lo llevaría a visitarlo a Estados Unidos e incluso a conocer a su familia; Ava Gardner, pareja del cantante por entonces, un animal maravilloso y herido que revolucionaba todo aquel lugar por el que pasara; o, en el que es el relato más detenido y afectuoso del libro, el director británico David Lean, con quien trabajaría sucesivamente en los rodajes de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y La hija de Ryan y del que Vidal se guarda los más grandes elogios hacia su profesionalidad, su talento y su calidad humana, hasta el punto de concluir que, con su ocaso y su muerte, en 1991, llegaron también el suyo propio y el de toda una época.

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Pero también desfilan por este libro, escrutados por el juicio agudo de Vidal, Marilyn Monroe, Dean Martin, Elizabeth Taylor, Sofía Loren, Sam Spiegel, Terence Young, Carol Reed, Joseph L. Mankiewicz, Nicholas Ray, Marlon Brando, Omar Sharif, Roger Vadim y Jean Fonda (que fueron sus padrinos de boda en Las Vegas), Julie Christie o Robert Mitchum. A todos ellos, también a las principales figuras del jazz como Basie,  Hampton o Elridge, los conoció o trató a lo largo de su carrera, y de todos ellos se guarda alguna anécdota o gesto dignos de ser contados.

Dividido en dos partes desequilibradas y nacido de las entregas periódicas en un blog, este libro pone orden a la voz y ensancha la memoria de Vidal como un relato a un tiempo heroico y melancólico: heroico por la vitalidad y el entusiasmo con el que leemos aquellos encuentros, la enorme cantidad de anécdotas íntimas, algunas de ellas, seguramente, tomadas de prestado, sobre el carácter o las costumbres de aquellas estrellas y profesionales del mundo del cine y la música; melancólico por lo que tiene de recuento testamentario de un tiempo perdido magnificado por la memoria, un tiempo en el que el cine aún era bigger than life, o al menos eso podía parecer a los ojos de una España gris en pleno desarrollismo planificado.

Portada libroHombre para todo, hombre en la sombra, conseguidor por excelencia, animador y anfitrión inmejorable, Perico Vidal fue uno de esos personajes fin de raza que exprimió la vida hasta la última gota, literalmente, un tipo de excesos que Ordóñez traza aquí desde una indudable empatía, haciendo coincidir su voz narrativa con la suya, dejando, eso sí, un hueco final para la de una hija perdida y reencontrada, Alana Vidal Diederich, que narra en un último tercio ese otro punto de vista, el de las caídas, las desapariciones, las recaídas y la vejez redimida entre Marbella y México, que si bien no completa el retrato, sí que compensa, no sin melancolía, el perfil de un currante incansable y un vividor privilegiado en una España en la que la alegría y el hedonismo eran sospechosos y el cine americano una mitología en presente.

Big Time: la gran vida de Perico Vidal – Marcos Ordóñez – Libros del Asteroide – 272 págs. – 18’95 euros

Cencerros lejanos

Manuel J. Lombardo | 25 de octubre de 2014 a las 10:17

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Fuimos pocos los privilegiados que pudimos ver anoche en una pequeña e íntima narcosala del laberíntico Aljarafe la que desde ya es una de las grandes películas secretas del último cine español, Los días fáciles, del gallego afincando en Sevilla Rafael Domínguez.

En un ambiente distendido y familiar, ante la mirada perpleja de la niña Elsa, acurrucados por la brisa cálida de la noche y predispuestos por unos excelentes licores de Montilla y quesos y embutidos variados de Mercadona, los que allí estuvimos, protagonistas todos de este hermoso documental a mitad de camino entre el mejor Malick y el más riguroso Kiarostami, nos vimos reconocidos y mejorados en ese canto a la vida sencilla, rural y disipada que Domínguez ha hilvanado con los mimbres más preciosos, atento a los destellos de un sol de invierno en un cielo limpio y a las idas y venidas, libres y despreocupadas, de un grupo de amigos, algunos de ellos recién llegados a la pandilla, durante un fin de semana en la sierra de Huelva.

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Los días fáciles es cine grácil tocado por la gracia, fluye en un elegante e invisible encabalgamiento de imágenes y sonidos en los que la realidad cobra una inusitada potencia dramática y, por momentos, hasta cómica, cada vez que los impagables Manuel Sánchez Armada y Jorge Barrales emergen como trasuntos contemporáneos de Laurel y Hardy o los mismísimos Hermanos Calatrava. Junto a ellos, hormigueando entre eras, churras y merinas, paseando entre los castaños preñados, los demás protagonistas de este deslumbrante documento lírico ofrecen toda su humanidad sin ataduras ni máscaras, dejándose penetrar por una cámara viva y amiga, arropados por los sonidos de pájaros, campanas y cencerros lejanos, ajenos a esa gran y poderosa maquinaria ficcional que Domínguez, aún un desconocido para los festivales y concursos y, por eso mismo, mucho más valioso como cineasta, ha tejido con la misma sencillez e indiferencia con la que uno se abre un botellín de Estrella Galicia recién sacado del frigorífico.

Docu-mental, España, 2014, 40 min. Dirección, guión, fotografía, edición y sonido: Rafael Domínguez. Con: Jorge, Manuel, Miguel, Mónica, Elsa, Esperanza, Elena, Manuel, Rafael.

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30 años sin Truffaut

Manuel J. Lombardo | 20 de octubre de 2014 a las 16:07

La chambre verte

Hace 30 años, un 21 de octubre de 1984, François Truffaut fallecía en el Hospital Americano de Neuilly como consecuencia de un tumor cerebral. Apenas tenía 52 años, y junto a él estaba su pareja de entonces, la actriz Fanny Ardant, bellísima musa de sus dos últimas películas, La mujer de al lado (1981) y Vivamente el domingo (1983), última conquista (antes fueron Jeanne Moreau, Françoise Dorléac, Catherine Deneuve o Claude Jade) de quien reprodujo en su vida la misma pasión romántica que tantas veces había volcado en sus películas desde Los 400 golpes (1959), uno de los títulos seminales de la nouvelle vague y primer gran jalón de esa inextricable intersección de experiencia, literatura y ficción que atraviesa una de las trayectorias más intensas, prolíficas y admiradas del cine moderno.

Truffaut ocupa un lugar de privilegio en ese espacio íntimo que uno reserva a la pequeña mitología heroico-sentimental, es un cineasta (vívido, intuitivo, grácil, vitalista, apasionado) y un hombre (incansable, vehemente) con el que, más allá de las estéticas y las modas, que no han hecho sino solidificar y reivindicar su trabajo con los años después de pasar periodos de descrédito, uno simpatiza de manera directa y personal, proyectando en su trayectoria y en los personajes y argumentos de sus películas, incluso en ese tono mortuorio que va mucho más allá de La habitación verde (1978), la propia autobiografía imaginada. Como si el director de Jules y Jim, El pequeño salvaje, La noche americana, La piel dura, La sirena del Mississippi, Las dos inglesas y el amor, El hombre que amaba a las mujeres y Adèle H. hubiera sabido traducir su mundo interior en imágenes o capturar no ya tanto el aire de una época, la segunda mitad del siglo XX y sus cambios, sino un espíritu universal e intemporal, algo anacrónico tal vez, que aún permanecía vivo y candente bajo la superficie lúdica de las escrituras de la modernidad.

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En el desdoblamiento especular entre Truffaut, Antoine Doinel y el actor Jean-Pierre Léaud, quien por cierto acaba de cumplir 70 años (Truffaut cumpliría hoy 82), uno quisiera verse a sí mismo, como los protagonistas de algunas películas de Linklater que hoy tanto celebramos, pasando por las distintas etapas de la vida, imaginando una suerte de biografía paralela en la que pasar de la infancia (algo desvalida) en las calles de los barrios populares de París a la iniciación amorosa de la adolescencia, de los estragos del servicio militar y los primeros trabajos al matrimonio y la paternidad, de la rebeldía y el inconformismo a la crisis, la melancolía y la nostalgia como refugios para el hombre adulto.

Truffaut, Doinel y Léaud se despidieron recapitulando grandes momentos de su vida juntos en El amor en fuga (1979), y desde entonces los echamos de menos tanto como el propio Léaud confiesa seguir echando de menos a su creador, a su hermano mayor, a su otro padre (con quien lo confundieron más de una vez), algo que algunos cineastas, de Käurismaki a Ming Liang, entendieron perfectamente dándole nuevas oportunidades de resucitar, aunque tan sólo fuera momentáneamente, aquel idilio y aquella transmutación de personalidades.

El niño salvaje

El mundo del cine y Francia especialmente conmemoran este año la desaparición del gran cineasta que fuera antes joven y airado crítico de los Cahiers amarillos bajo tutela de Bazin y que desentrañó el cine de Hitchcock, Renoir, Rossellini, Vigo o Buñuel con una lucidez y una pasión como nadie lo había hecho hasta entonces.

La Cinématèque Française le dedica, desde el pasado 8 de octubre y hasta el próximo 25 de enero, una exposición (con guiones anotados, correspondencia, notas manuscritas, fotos, afiches, dibujos…) y una retrospectiva completa de todos sus filmes en copias restauradas, muchas de ellas también editadas recientemente en formato Bluray (MK2). La web de la institución propone un interesante recorrido virtual por su obra crítica y fílmica a modo de diario, y la filmoteca abre también sus puertas a los estudiantes de cine y los niños para explicarles la trayectoria, los métodos de trabajo y las ideas del cineasta.

978-84-15405-79-5_bigSe editan y reeditan libros que celebran su obra fílmica y sus textos; algunos como Truffaut/París (T&B), de Arturo Barcenilla, nos llevan de visita turística a París, con mapas incluidos, siguiendo la pista de las localizaciones de sus películas.

719v3pFntLL._SL1500_La modélica colección de música cinematográfica Écoutez le cinéma acaba de lanzar también un precioso cofre con 5 CDs con el título Le monde musical de François Truffaut, que incluye la totalidad de las bandas sonoras originales que Jean Constantin, Georges Delerue, Maurice Jaubert, Bernard Herrmann o Antoine Duhamel compusieron para sus películas, así como reinterpretaciones contemporáneas de temas y canciones de sus filmes.

La cinefilia afrancesada y nuevalorera nos hizo elegir entre Godard y Truffaut de la misma forma que en el cine mudo había que elegir entre Chaplin y Keaton o en la música pop-rock entre los Stones y los Beatles. Godard y Truffaut, que fueron amigos y colegas inseparables y luego se escribieron las cartas más amargas y dolorosas antes de romper su relación para siempre.

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La cabeza le dicta a uno que Godard ha sido más grande, más importante, capaz de integrar la inteligencia y la emoción en una nueva forma. Sin embargo, con los años, y con la vida, se termina rendido al corazón y estando más del lado de Truffaut. Sus películas me entienden y me hacen entenderlo a él y al mundo mucho mejor.

 

Temporada de ruidos

Manuel J. Lombardo | 14 de septiembre de 2014 a las 9:19

UNDER THE SKIN1

Quizás porque la música de cine tiende a sonar y a parecerse inevitable a otras músicas de cine, algunas heterodoxias y salidas de tono dentro del género suponen todo un estímulo para aquellos que aún pensamos que hay vida músico-visual más allá de los clichés del sinfonismo orquestal postromántico y del mickey mousing ajustado con calzador a las imágenes, los temas o las situaciones narrativas recurrentes.

Mica Levi

Si la temporada estival nos ha traído algún descubrimiento auténtico y poderoso, ése es el score de Mica Levi para el que ya es todo un film de culto, Under the skin, de Jonathan Glazer, revisión posmoderna de El hombre que vino de las estrellas, cruce imposible entre Kubrick, Bergman, Tarkovski y Loach protagonizado por una desglamourizada Scarlett Johansson en la piel de una alienígena hambrienta y perdida entre la working class escocesa.

Si el filme de Glazer levanta una nueva y seductora iconografía para los viejos motivos del cine de ciencia-ficción, la música que lo acompaña, pura materia sonora contemporánea y experimental, mezcla de elementos orgánicos, ritmos tribales y texturas y atmósferas sintéticas, irrumpe sobre las imágenes como una turbadora presencia extraña capaz de alterar y cortocircuitar toda posibilidad de identificación con el por otro lado imprevisible periplo humanoide de nuestra protagonista.

Firmada por Mica Levi, compositora de conservatorio pero también figura activa del indie británico bajo el nombre artístico de Micachu, la música de Under the skin (Milan Records) se mete en los oídos como un zumbido constante, como un ruido pautado, arcano, primitivo e indescifrable que convierte la experiencia fílmica en un auténtico viaje sensorial no especialmente complaciente con el espectador-oyente aunque sí, de eso se trata, repleto de sugestiones que contaminan la imagen y el relato hasta hacerlos literalmente indisociables de su banda sonora.

onlyloversMuy cercana en nuevos caminos de interacción creativa situaríamos también la música compuesta por Jim Jarmush y la banda ocasional SQÜRL junto a Josef van Wissem para su espléndida Sólo los amantes sobreviven (ATP Recordings), actualización del mito vampírico con el sello lacónico y minimal marca de la casa del realizador de Flores rotas. Bajo el pretexto de un relato que atraviesa el tiempo de la Historia y un vampiro protagonista músico y compositor, Jarmusch y el laudista holandés tejen un denso tapiz sonoro de naturaleza eléctrica y espíritu postrock que se alza como personaje propio en el seno del filme más allá de sus usos dramáticos para acompañar y acompasar algunos viajes nocturnos por una ciudad de Detroit en ruinas o por los callejones laberínticos de la kashba de Tánger, donde se puede oír también la seductora voz de Yasmine Hamdan cantando la hermosa canción Hal.

The Knick MartinezOtro de nuestros compositores de referencia, el norteamericano Cliff Martinez, hacía doblete discográfico antes de cerrarse el mes de agosto. Sus bandas sonoras para la serie de televisión producida por Steven Soderbergh The Kick y el documental My life directed by Nicolas Winding Refn (ambas en Milan Records) suman nuevos jalones en su indagación en la electrónica atmosférica como estilo que ha creado escuela entre los más jóvenes compositores que trabajan hoy para cierto cine apegado al presente, como si sus texturas y ritmos sintetizados tradujeran el latido de la contemporaneidad eminentemente urbana. El único problema, bendito problema, con Martinez, es que su trabajo, más de carácter armónico y tímbrico que melódico, hace que no siempre podamos distinguir con claridad los matices entre un filme y otro. Poco nos importa.

Two faces of januaryCon el verano llegaba también un soundtrack más convencional pero indudablemente hermoso, como todos los que suele firmar Alberto Iglesias. Más allá de sus colaboraciones con Almodóvar, el donostiarra parece instalado desde hace tiempo en el peligroso terreno de las producciones europeas de calidad para el mercado internacional,  en las que se le suele reclamar ese toque de color étnico propio de la world music integrado dentro de su reconocible, moderna y elegante escritura orquestal. Es el caso de Las dos caras de enero (Quartet Records), en la que se sirve de instrumentos, timbres y modos griegos para ser musicalmente fiel a la ambientación de un thriller que da siempre la sensación de quedarse por debajo de la intensidad dramática de su score.

Más allá de esta selección, siempre personal y caprichosa, en el apartado de blockbusters veraniegos triunfaba sin discusión el trabajo sinfónico de Michael Giacchino para El amanecer del planeta de los simios, donde el angelino sigue sacando petróleo a los motivos temáticos sencillos, mientras que también han sido destacables las bandas sonoras de Dickon Hinchliffe para Locke, la hermosa música de Joe Hishaisi para la esperada cinta de animación de Isao Takahata The tale of the princes Kaguya, la selección de canciones pop-rock de la última década para la maravillosa Boyhood de Linklater o el disco de ambientes electrónicos e inspiración cinematográfica (de Ozu a Erice) de Brian Reitzell titulado Auto Music.