Confesiones de un crítico de provincias

Manuel J. Lombardo | 1 de septiembre de 2015 a las 10:08

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Llevo más de quince años escribiendo críticas de cine para Diario de Sevilla y otros periódicos del Grupo Joly. Lo he hecho siempre con independencia y criterio propio, con más dudas e intuiciones que certezas, aprendiendo literalmente sobre la marcha o imitando con más o menos éxito a otros críticos admirados. Nunca he recibido consignas ni se me ha impuesto o sugerido una determinada línea editorial. Comparto y alterno espacio con otro veterano crítico y antiguo profesor mío con cuyo gusto, por lo general, ya no suelo coincidir. Él tampoco con el mío y no pasa nada.

Nunca he pertenecido a ninguna asociación de críticos o periodistas cinematográficos. Las distribuidoras o los productores nunca han intentado orientar mi criterio con una cesta navideña ni me han invitado a eventos promocionales en destinos vacacionales.

Dejé de ir a festivales (no me gustan demasiado y el presupuesto es escaso), así que consumo y veo el cine como la mayoría de la gente, en las salas comerciales o en mi casa.

No me gustan los preestrenos y los pases de prensa. Me siento incómodo rodeado de colegas y soy de los que salen rápido de la sala para evitar encontrarme a conocidos y tener que comentar con ellos lo que me ha parecido la película.

Me he salido de alguna que otra película, lo confieso, aunque no creo haber faltado por ello a ningún “código ético” inquebrantable ni haber pasado por alto una obra maestra escondida en su última media hora.

No siempre he escrito sobre las películas que hubiera querido, pero incluso ante lo peor del lote semanal he intentado hacerlo con una mínima “profesionalidad”, a saber, con cierto rigor informativo y toda la “honestidad” posible en esos casos. Una mala película puede inspirar una buena crítica, o hacerla divertida al menos, aunque en mi caso el buen cine siempre ha estimulado más la escritura que el malo.

La primera vez que vi Mulholland Drive escribí una mala crítica (la valoré mal y la crítica era mala) que me persigue desde entonces. Hoy es una película muy querida. También me ha pasado lo contrario: he vuelto a leer (error) críticas elogiosas escritas hace años que ahora me causan vergüenza ajena. Al menos me queda el consuelo de saber que no estoy exactamente en el mismo sitio que entonces.

He sido y sigo siendo bastante rácano con las estrellitas, aunque en ocasiones también he pecado de exceso de generosidad cuando he creído que la película lo necesitaba como gesto de apoyo o visibilidad extra. Aunque entiendo su función orientativa en el pacto con el lector medio, no confío demasiado en ellas como método de valoración, así que he procurado siempre que lo importante o lo elocuente fueran la escritura, el texto y sus argumentos, el titular incluso, ni siquiera mi opinión (una más) o mi particular juicio del gusto (inevitable en cualquier caso).

No me gusta aconsejar o desaconsejar películas a nadie, o sea, tratar al lector como un pastor lleva a su rebaño, un médico receta a sus pacientes o un gurú seduce a sus seguidores. No entiendo la crítica como un ejercicio prescriptivo. El texto debería explicar o justificar por sí mismo mi relación con la película y el tipo de espectador al que, tal vez, le interese o no mi punto de vista.

A lo largo de este periodo debo haber escrito más de 2.500 críticas, largas, medianas y breves, según las exigencias o la importancia del filme. Por lo general he procurado que no fueran demasiado extensas porque creo que así deben ser en su formato periodístico y, además, porque la sección de Cultura, donde siempre me han hecho hueco a pesar de las estrecheces y recortes, suele tener poco espacio. Diario de Sevilla debe ser el último periódico local que sigue publicando semanalmente críticas de casi todos los estrenos.

No he sufrido nunca la censura directa, si acaso he recibido alguna pequeña indicación o corrección amiga que, por lo general, eran pertinentes. A veces uno se olvida de que escribe para un lector imaginario que, en el cine como en la vida, comprende muchas sensibilidades, fobias y filias y que en, ocasiones, conviene guardarse la bilis o el sarcasmo en la guantera.

Más de quince años, en fin, de trabajo hecho con bastante gusto, continuidad y afán de mejora, aunque también con sus momentos y fases de rutina, tedio, agotamiento y autoplagio. Un trabajo que me ha permitido ganar un dinero digno (aunque menguante) en tiempos de crisis en el sector y de mucha crítica por amor al arte.

Pero también ha habido algunos desencuentros, roces y conflictos, es inevitable. Entre los más estelares está aquel en el que Santiago Segura llegó a ridiculizar (con bastante gracia) en televisión mi crítica de Torrente 2 (¿o era la 3?) o el de una lectora que se ofendió mucho con mi texto sobre Caótica Ana de Julio Medem. De los comentarios anónimos en la edición digital no merece la pena hablar.

He escrito sobre cine americano, europeo, africano, asiático, español (mucho), animado, documental o experimental, sobre películas de autor y blockbusters de usar y tirar, pero nadie se ha agraviado más con algún texto mío que los cineastas locales o andaluces, que a veces no tienen demasiado clara la diferencia entre crítica y promoción, que es lo que realmente demandan incondicionalmente de los medios más cercanos.

Recientemente, un cineasta sevillano escribía una extensa carta al director quejándose amargamente de mi reseña de su documental, acusándome de “falta de profesionalidad y rigor”, “amarillismo” y de levantar injurias contra él y su película. Creo que realmente no entendió la crítica, o no supo ni quiso leerla correctamente en su tono irónico. Suele pasar. Lo que no sabe es que, por una errata, salió publicada con tres estrellas cuando en realidad yo le había puesto dos.

Verano

Manuel J. Lombardo | 25 de julio de 2015 a las 10:02

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Au fil d’Ariane (2014, Robert Guédiguian)

“Tengo unos poemas”

Manuel J. Lombardo | 14 de julio de 2015 a las 9:03

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Studio System

Manuel J. Lombardo | 27 de abril de 2015 a las 19:04

vlcsnap-2015-04-27-20h47m47s191 vlcsnap-2015-04-27-20h45m28s92 vlcsnap-2015-04-27-20h45m37s196 vlcsnap-2015-04-27-20h45m46s26 vlcsnap-2015-04-27-20h48m12s200 vlcsnap-2015-04-27-20h48m21s38 vlcsnap-2015-04-27-20h48m30s127 vlcsnap-2015-04-27-20h48m38s214 vlcsnap-2015-04-27-20h46m11s33 vlcsnap-2015-04-27-20h46m20s108 vlcsnap-2015-04-27-20h49m00s178 vlcsnap-2015-04-27-20h49m09s14 vlcsnap-2015-04-27-20h46m50s161 vlcsnap-2015-04-27-20h47m03s31 vlcsnap-2015-04-27-20h47m18s171 vlcsnap-2015-04-27-20h49m19s113 vlcsnap-2015-04-27-20h47m29s37 vlcsnap-2015-04-27-20h47m38s129 vlcsnap-2015-04-27-20h52m07s254

The Band Wagon (1953, Vincente Minnelli)

Primavera amarilla

Manuel J. Lombardo | 26 de abril de 2015 a las 15:40

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Medium Cool (1969, Haskell Wexler)

Entrar y salir

Manuel J. Lombardo | 19 de abril de 2015 a las 18:49

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O passado e o presente (1971, Manoel de Oliveira)

Primavera

Manuel J. Lombardo | 29 de marzo de 2015 a las 16:10

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Xiao cheng zhi chun (1948, Fei Mu)

¿Adiós al 3D?

Manuel J. Lombardo | 11 de diciembre de 2014 a las 9:06

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Este 2014 va camino de cerrar sus listas de lo mejor del año con una ausencia flagrante en la cartelera, o al menos con una ausencia vista en las condiciones originales y genuinas en las que fue concebida y realizada por su autor.

Hablamos de Adieu au langage (Adiós al lenguaje), de Jean-Luc Godard, Premio del Jurado en Cannes, un filme que, por diversas circunstancias, todas ellas oscuras y escurridizas, no sólo no se ha estrenado (el pasado 28 de noviembre) en España en su formato original en 3D, sino que lo ha hecho además con nocturnidad y alevosía, sin apenas promoción, con sólo tres copias en circulación para una exhibición convencional en Madrid y Barcelona.

Hace ahora cinco años, con el estreno de Avatar, nos vendieron (de nuevo) el 3D como la locomotora de la inminente digitalización de todos procesos cinematográficos, algo que, en efecto, ha terminado produciéndose aunque por el camino haya sido precisamente el 3D el más damnificado, una vez pasada la primera oleada de reclamo por novedad y se haya confirmado un descenso del interés del público por ver (y pagar de más) películas en formato estereoscópico; un formato al que, por cierto, le queda todavía mucho margen de mejora en lo que respecta a la luminosidad y las proporciones de las figuras como consecuencia del uso de las gafas.

Con Hollywood volcado en el gimmick tridimensional casi exclusivamente en el cine de gran espectáculo, los blockbusters y la animación infantil, algunos autores consagrados han probado también ensanchar los usos del 3D más allá de los efectos lúdicos habituales: Werner Herzog con La cueva de los sueños olvidados, Wim Wenders con Pina o Martin Scorsese con La invención de Hugo han trabajado el espacio, los volúmenes, las texturas y el movimiento buscando nuevas e interesantes soluciones de puesta en escena a la luz de la dimensión añadida. Todo ello por no hablar de cómo un cineasta experimental como Ken Jacobs ha llevado el 3D a unos límites extremos sobre la percepción ocular, el ritmo y la repetición.

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Godard siempre se ha manifestado abierto a la experimentación con nuevos soportes, formatos y tecnologías, especialmente desde que, a comienzos de los años 70, con títulos como Numéro deux (1975), fuera uno de primeros en integrar y utilizar la imagen video como marca esencial de su discurso ensayístico y reflexivo. Ya en 2012, dentro del proyecto colectivo 3x3D, el suizo adelantaba en el corto Les trois désastres algunos caminos de experimentación que su cine de capas superpuestas e imágenes en collage con textos, grafismos, músicas y palabras, podía llegar a alcanzar con el uso de esta nueva tecnología, y todo en ello sin necesidad de un gran presupuesto, a través de dos cámaras fotográficas alineadas y (de)sincronizadas para obtener los efectos tridimensionales sin apenas salir de casa y sin apartarse un ápice de sus temas y obsesiones de siempre.

Nuevo canto elegíaco por el fin de una civilización, exploración fascinante de la naturaleza sometida a la pintura tridimensional y entendida como textura, puñetazo en la cara de un tiempo sin memoria, nueva disección de la intimidad de la pareja, Adieu au langage no sólo es la esperada, hermosa, poética, crítica y lúcida obra de un maestro en su plenitud, sino toda una experiencia sensorial que reta al ojo a nuevos estímulos y ejercicios a partir de la exploración de la profundidad, la doble exposición, que obliga a que “cada ojo gestione por sí mismo”, el color o las texturas.

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Nada de eso puede percibirse plenamente en las copias en 2D que la distribuidora Vertigo ha puesto en circulación en nuestro país, cercenando el deseo y los propósitos experimentales de Godard, y frustrando a toda esa legión de fieles seguidores y cinéfilos que sostienen, no sin razón, que el director de Notre musique es el más grande de los cineastas de éste y de todos los tiempos.

La batalla de las acusaciones y reclamaciones se ha librado fundamentalmente en internet. Si Vertigo, que ha redactado una nota oficial exculpatoria poco convincente, acusa a los exhibidores de no haber querido la película en 3D para sus salas, algunos exhibidores devuelven la acusación diciendo que es la distribuidora la que no ha ofrecido siquiera esa posibilidad.

Diarios como La Vanguardia, El Mundo, Público o El Periódico se han hecho eco de la noticia y el debate, aunque ha sido la prensa especializada la que ha tomado partido más severo en el asunto. Una revista de gran tirada como Caimán-Cuadernos de cine dedica el editorial de su número de diciembre a denunciar el caso, una denuncia que se extiende al paulatino empobrecimiento de la oferta de exhibición en su conjunto, y no sólo en nuestro país, y a la ausencia de espacios alternativos para películas especiales como ésta, incluso cuando han sido compradas para su explotación comercial.

Mucho más allá en su denuncia va la revista Lumière, que ha redactado un breve manifiesto en el que acusa a los distribuidores de maltrato y secuestro de la película e incita a sus lectores a no acudir a las proyecciones en 2D o a esperar unos días a su inminente edición en Bluray, ésta ya sí en el 3D original y con suculentos materiales extra, para visionados colectivos y privados.

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Runaway Princess

Manuel J. Lombardo | 7 de diciembre de 2014 a las 9:05

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Kaguya Hime no Monogatari (The tale of the Princess Kaguya) (2013, Isao Takahata)

Trasnoches de España

Manuel J. Lombardo | 30 de noviembre de 2014 a las 12:42

Perico rodaje Hija de Ryan

Este libro nace de otro libro, aquel Beberse la vida (Ed. Aguilar, 2004) en el que Marcos Ordóñez, columnista y crítico teatral de El País, sacó a la luz los días y las noches de Ava Gardner en el Madrid de los años cincuenta y sesenta, el Madrid golfo de los clubes de jazz, los tablaos y las ventas flamencas, el de los hoteles de cinco estrellas en los que se hospedaban las estrellas de Hollywood de aquellas runnaway productions que encontraron en España el plató natural y las condiciones fiscales más favorables.

En aquel libro, que convertiría luego en película-ensayo Isaki Lacuesta (La noche que no acaba), aparecía ya una figura esencial para contar aquella época y esos ambientes desde la esquina de la habitación, sin protagonismo aunque moviendo los hilos de un trasiego que desafiaba los límites sociales del franquismo con nocturnidad y alevosía, sabiendo utilizar el efecto glamour y los complejos de inferioridad de un país reprimido como tapadera para una vida alegre de áticos, piscinas y fiestas hasta el amanecer.

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Esa figura era Perico Vidal, a quien Ordóñez siguió entrevistando hasta su muerte, en 2010, para desmadejar una España oculta y libertina, una España de flamencos, aristócratas y toreros, una España de cine y jazz de importación que supo vender sus tópicos y mitos como moneda de cambio para dejar entrar a la modernidad por los resquicios que el régimen consentía o ante los que hacía la vista gorda.

Asistente de dirección de infinidad de rodajes extranjeros en territorio español, también de numerosas películas españolas y coproducciones más o menos conocidas, Vidal creó a un personaje resolutivo, diplomático y encantador que pronto establecería estrechas relaciones personales con algunos de los protagonistas de aquel desembarco: Orson Welles, a quien conoció en el rodaje de Mr. Arkadin; Frank Sinatra, con quien llegaría a tener una estrecha amistad que lo llevaría a visitarlo a Estados Unidos e incluso a conocer a su familia; Ava Gardner, pareja del cantante por entonces, un animal maravilloso y herido que revolucionaba todo aquel lugar por el que pasara; o, en el que es el relato más detenido y afectuoso del libro, el director británico David Lean, con quien trabajaría sucesivamente en los rodajes de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y La hija de Ryan y del que Vidal se guarda los más grandes elogios hacia su profesionalidad, su talento y su calidad humana, hasta el punto de concluir que, con su ocaso y su muerte, en 1991, llegaron también el suyo propio y el de toda una época.

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Pero también desfilan por este libro, escrutados por el juicio agudo de Vidal, Marilyn Monroe, Dean Martin, Elizabeth Taylor, Sofía Loren, Sam Spiegel, Terence Young, Carol Reed, Joseph L. Mankiewicz, Nicholas Ray, Marlon Brando, Omar Sharif, Roger Vadim y Jean Fonda (que fueron sus padrinos de boda en Las Vegas), Julie Christie o Robert Mitchum. A todos ellos, también a las principales figuras del jazz como Basie,  Hampton o Elridge, los conoció o trató a lo largo de su carrera, y de todos ellos se guarda alguna anécdota o gesto dignos de ser contados.

Dividido en dos partes desequilibradas y nacido de las entregas periódicas en un blog, este libro pone orden a la voz y ensancha la memoria de Vidal como un relato a un tiempo heroico y melancólico: heroico por la vitalidad y el entusiasmo con el que leemos aquellos encuentros, la enorme cantidad de anécdotas íntimas, algunas de ellas, seguramente, tomadas de prestado, sobre el carácter o las costumbres de aquellas estrellas y profesionales del mundo del cine y la música; melancólico por lo que tiene de recuento testamentario de un tiempo perdido magnificado por la memoria, un tiempo en el que el cine aún era bigger than life, o al menos eso podía parecer a los ojos de una España gris en pleno desarrollismo planificado.

Portada libroHombre para todo, hombre en la sombra, conseguidor por excelencia, animador y anfitrión inmejorable, Perico Vidal fue uno de esos personajes fin de raza que exprimió la vida hasta la última gota, literalmente, un tipo de excesos que Ordóñez traza aquí desde una indudable empatía, haciendo coincidir su voz narrativa con la suya, dejando, eso sí, un hueco final para la de una hija perdida y reencontrada, Alana Vidal Diederich, que narra en un último tercio ese otro punto de vista, el de las caídas, las desapariciones, las recaídas y la vejez redimida entre Marbella y México, que si bien no completa el retrato, sí que compensa, no sin melancolía, el perfil de un currante incansable y un vividor privilegiado en una España en la que la alegría y el hedonismo eran sospechosos y el cine americano una mitología en presente.

Big Time: la gran vida de Perico Vidal – Marcos Ordóñez – Libros del Asteroide – 272 págs. – 18’95 euros