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El nido del águila (letona)

Manuel J. Lombardo | 30 de mayo de 2012 a las 9:03

Lo mejor que he visto en Internet en las últimas semanas. Podría estar mirando eternamente. Un nido de águilas letonas ‘filmado’ 24 horas al día en ‘streaming’.

Ríete tú de los Hermanos Lumière, de Michael Snow, de Abbas Kiarostami o de James Benning.

 

Méliès, intelectual y artesano

Manuel J. Lombardo | 28 de mayo de 2012 a las 22:19

Divisa edita en España la edición definitiva de la obra de George Méliès (1861-1938), un pack de 6 DVD con los 199 títulos que se conservan de su filmografía

Sin aniversario ni efeméride oficial de por medio, 2012 se ha convertido en un inopinado y festivo Año Méliès gracias al homenaje tridimensional de Scorsese a su figura mítica y crepuscular en La Invención de Hugo, a la reciente restauración de la copia original coloreada de Le voyage dans la lune (1902), ahora con una nueva banda sonora electro-vintage a cargo del dúo francés Air y, muy especialmente, a la aparición en España de la que, hasta la fecha, podemos considerar como edición definitiva de su legado cinematográfico: una caja con 6 DVD y un libreto de 80 páginas (con textos de Norman McLaren, John Frazer, Serge Bromberg y Eric Lange y una detallada lista de los títulos incluidos con fecha, duración, género y datos sobre el formato, la música o el comentario) editada por el sello Divisa a partir de los materiales de la edición internacional Arte/Lobster, que incluye no sólo los 199 cortometrajes que se conservan (algunos incompletos) de su vasta filmografía (más de 500 títulos) producida entre 1896 y 1913, sino también jugosos extras como Le grand Méliès, el filme dirigido por Georges Franju en 1953 que ha inspirado a Scorsese, el espléndido documental La magia de Méliès (1997, Jacques Mény) y un par de cortos de nuestro Segundo de Chomón (Las rosas mágicas y Excursión a la luna), el más aventajado discípulo mélièsiano.

Nos encontramos con cerca de 900 minutos de material que recorre sus primeros trabajos, noticiarios, reconstrucciones históricas, vistas y escenas documentales realizadas en la estela de los Lumière, hasta su última película para la Star Films, El viaje de la familia Bourrichon (1913), sin olvidarnos de algunos de sus grandes títulos fundacionales del género fantástico como El viaje a la luna, El hombre de la cabeza de goma, El viaje a través de lo imposible o Los enredos del diablo: un generosísimo y variado metraje que confirma no sólo a uno de los grandes inventores y pioneros de la Historia del cine, “un intelectual y un artesano a la vez, un vanguardista, un experimental y un independiente que siempre pensó en el gran público”, en palabras del animador Norman McLaren, sino que alumbra de primera mano todos esos ingenios, trucos, gadgets y hallazgos que él supo trasladar de la tradición teatral espectacular a la técnica de la nueva máquina cinematográfica.

Como explican Bromberg y Lange en las notas del librero, esta recuperación historiográfica es fruto de un trabajo de más de 25 años de búsqueda en Filmotecas públicas y en archivos privados de todo el mundo de los negativos o las copias conservadas en las mejores condiciones posibles, fusionando incluso algunas de distinta procedencia con el fin de restituir el metraje original. Esta labor arqueológica viene a hacer justicia en muchos casos a una obra deteriorada, incompleta o perdida, sobre todo desde que el propio Méliès, en un gesto de desencanto y desesperación, quemara en 1923 buena parte de su archivo en el mismo jardín de su casa de Montreuil en el que había construido el estudio en el que rodó la mayor parte de sus películas.

De igual forma, la edición ha dado prioridad a todas aquellas versiones coloreadas (a mano) que se conservan, aunque muchas de ellas han tenido que ser completadas con material en blanco y negro para conseguir todo su metraje. Siempre a partir de los materiales más próximos al 35mm, se han equilibrado, etalonado y estabilizado las imágenes gracias a los más avanzados procesos digitales de limpieza y restauración de imagen, intentando también reconstruir y unificar la velocidad de proyección que, contra la creencia común y como señalan Bromberg y Lange, “elimina esa impresión de película acelerada y grotesca que no existía en absoluto en los comienzos del cine”.

Como gran novedad, esta edición incluye también algunos comentarios en off que recuperan, a partir de documentos y catálogos de la época, la experiencia original de los explicaores que narraron los filmes en sus proyecciones públicas, así como aproximaciones o reconstrucciones bastante fidedignas de los acompañamientos musicales de la época, ya fueran para piano o para pequeña orquesta.

Más un hombre del XIX que del XX, Méliès fue tanto un pionero del cine como el último de los maestros del espectáculo de la pantomima. Desde el Teatro Robert-Houdin, buscó incansable nuevas soluciones para su universo de trucos, desapariciones, transformaciones, fantasmagorías y féeries, en esa prodigiosa nueva máquina descubierta un 28 de diciembre en un café del Boulevard des Capucines. Méliès sintetizó la magia y la ciencia en la encrucijada de un siglo que abrazaba la modernidad como esperanza de progreso, integrando el melodrama, el music-hall, el café-concert y el circo en las nuevas formas de espectáculo popular que se imponían como nuevo entretenimiento para las masas en su tiempo de ocio. Su gusto por lo espectacular y lo imaginario, por lo irracional y lo antinaturalista, por los cuentos de Perrault y la iconografía de Doré, se integraron y desplegaron en una abigarrada, barroca y fascinante estética de atracciones que, lejos de agotar su potencial en la primera década del siglo XX, aún permanece vigente bajo diversas formas y modelos cinematográficos.

George Méliès. El primer mago del cine – 6 DVD + Libro (80 págs.: textos de McLaren, Frazer, Bromberg y Lange) – Divisa Home Video – 896 min. – 39,95 euros

El grado cero de Pablo Llorca

Manuel J. Lombardo | 21 de mayo de 2012 a las 22:13

Casa sin fin y Periférica co-editan nueve piezas documentales de Pablo Llorca, uno de nuestros cineastas más secretos, marginales e insólitos

El de Pablo Llorca (Madrid, 1963) es uno de los casos más singulares del último cine español. Desde que debutara allá por 1989 con Venecias, y a lo largo de varias películas de ficción (Jardines colgantes, Todas hieren, Las olas, La cicatriz, Uno de los dos no puede estar equivocado, Aníbal y el mundo) y documentales (Una historia europea, Smara), este cineasta-artesano y siempre extraterritorial ha ido adelgazando poco a poco sus producciones, también su estilo, cada vez más depurado, brechtiano y bressoniano, marginándose voluntariamente de todo contexto industrial como gesto (suicida) de auténtica independencia, gestionada desde su propia productora y distribuidora La cicatriz, para hacer películas lejos de cualquier tendencia o coyuntura autorial, pero, y esto es lo más sorprendente, sin renunciar tampoco a ciertas ambiciones de escala, género y narrativa (el cine histórico-político ambientado en épocas pasadas, los repartos amplios, numerosas localizaciones) que no cuadran a priori con el carácter povera de sus presupuestos.

Desde que abrazara el formato digital en La espalda de Dios (2000), parece como si Llorca se hubiera empeñado en hacer de él la herramienta ideal no sólo para el abaratamiento de costes y la autonomía de producción, sino también para aquilatar un cine de imágenes concretas y texturas limpias y cinematográficas que parecen buscan el esqueleto material del lenguaje como ejercicio de cuestionamiento de sus esencias fundacionales, una experiencia tan radical que, como no puede ser de otra forma, apenas ha encontrado visibilidad y distribución en nuestro país. Tanto es así que su último largo, El mundo que fue (y el que es), un filme que recrea, con un generoso reparto que podría haber salido de Amar en tiempos revueltos, los días de la represión franquista de algunos miembros de Partido Comunista de España a lo largo de varias décadas para arribar hasta el presente, apenas ha podido verse en el Festival de Las Palmas o en el I Festival de cine online Márgenes.

Lo que nos llega ahora, envuelto en una preciosa caja metálica, es Lo viejo y lo nuevo, nueve piezas cortas inscritas en el proyecto 6 Grados, recopilación de imágenes documentales de todo tipo de la que ha podido verse una selección en la galería Casa sin fin de Cáceres. Se trata de una pequeña selección de materiales y apuntes tomados con su cámara digital entre 2006 y 2009 en varios viajes, souvenirs, postales, gestos, esbozos, retratos, todos ellos de una sola toma, sin montaje y con sonido directo, algunos en plano fijo, otros con leves desplazamientos o reencuadres, que nos sitúan en una suerte de grado cero de la mirada ante rincones, personas o paisajes de Costa Rica, Berlín, Madrid, Finlandia, Nueva York, Lisboa, Salvador de Bahía, Burgos o Smara, siempre desde la sensación, como apunta bien Carlos Losilla, de que “la realidad nunca termina en los bordes del encuadre”: una pareja que se despide y se aleja en moto por la carretera, dos hombres que leen el periódico en un café, una niña que juega a las muñecas en el suelo de su casa, un grupo de cabañas de madera idénticas, una joven negra que anima y jalea a unos jugadores de baloncesto en la calle, el actor portugués Luis Cintra maquillándose antes de salir a escena, un trompetista y un pianista ensayando en su pequeño apartamento ante la mirada de dos mujeres, un afinador poniendo a punto el órgano de una iglesia o un profesor dando una clase a sus alumnos en la escuela de un campo de refugiados saharauis.

Ahí donde el proyecto Correspondencia(s) nos mostraba no hace mucho el potencial de los formatos digitales para nuevos modos de intercambio epistolar audiovisual, Llorca parece aquí apostar por el monólogo y el diario, en una versión mucho más solitaria y no necesariamente comunicativa, a saber, filmando unas fotografías temporales sin especial voluntad artística o transitiva, decidiendo a lo sumo el punto de inicio y el de corte, anotando, como se hace en un cuaderno de viajes, “imágenes que reflejan la realidad, la diversidad de la realidad, una realidad que se compone de lo que muere y lo que nace, de lo viejo y de lo nuevo”.

Lo viejo y lo nuevo – Pablo Llorca – Casa sin Fin / Ed. Periférica – 24 min. – Caja metálica – Incluye 9 stills impresos en color y ficha sobre el autor y su obra – 19,50 euros

 

 

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And now, for something completely different (2 DVD + 2 B.S.O.):

Diez negritos (1945) – René Clair – Versus – 93 min. – 11,95 euros

Diez negritos es una de esas películas sin autor (René Clair, nada menos) adscritas a la infancia, una de esas cintas que uno recuerda como experiencia iniciática en no se sabe bien qué tipo de misterios del cine y de la vida. Volvíamos a verla ayer con una misma inocencia, con una candidez que pronto revelaba el verdadero arte con mayúsculas del escenario y la interpretación (¡ese reparto memorable, con Barry Fitzgerald, Walter Huston y Judith Anderson!) en una de esas tramas whodunit tan caras a Agatha Christie. Poco importa la torpe resolución de la autoría de los crímenes, el placer está siempre en el trayecto, en los pequeños detalles.

 

Medianeras – Gustavo Taretto – Karma Films – 90 min. – 14,95 euros

El nuevo cine argentino empieza a buscar fórmulas de conciliación entre sus extremos. Medianeras, debut en el largo de Gustavo Taretto, podría ser una de esas películas-puente con su retrato sentimental y generacional sobre los nuevos solitarios entreverado de lecciones de Arquitectura y Urbanismo en tiempos de diseño gráfico, videoclubes y redes sociales. Javier Drolas y Pilar Pérez de Ayala se eluden y explican (demasiado) en voz alta como fórmula infalible para las identificaciones básicas y Taretto, que ya ensayó la fórmula en un corto homónimo, reescribe la comedia romántica para generaciones hedonistas y descreídas.

 

This must be the place – Gavin Friday y Varios – EMI – 78 mins. – 18 euros

A Sorrentino lo teníamos calado desde aquella Las consecuencias del amor en la que él solito había decidido señalarse como gran autor a golpe de énfasis y reciclaje posmoderno. El amigo de la familia y El divo no hicieron sino confirmar su tendencia, literal, a la impostura, que estalla de nuevo ahora en esta road movie con pedigrí pop en la que la banda sonora es, de largo, lo mejor del viaje: Gavin Friday pone las atmósferas elegíacas, The Talking Heads el tema que da título al film, The Pieces of Shit (David Byrne y Will Oldham) las canciones dramáticas, y Mantovani, Part, Iggy Pop, Jónsi & Alex y Julia Kent el resto del repertorio.

The Rum diary – Christopher Young – Lakeshore Records – 71 min. – 18 euros

Cuesta imaginarse a Christopher Young, especialista en materia siniestra, fantástica y terrorífica (Hellraiser, Copycat, Species) en un ambiente tropical y caribeño como el de esta odisea pegajosa y etílica por el desquiciado universo periodístico de Hunter S. Thompson. En todo caso, su versatilidad, una guitarra, una trompeta, unos bongos y un cierto aire televisivo, jazzístico e irónico le permiten salvar el escollo con la habitual profesionalidad. El resto de la ambientación y el tono relajado lo ponen el inevitable y festivo Dean Martin, la JD Band, el propio Johnny Depp y una Patti Smith en pantalón corto.

Vibraciones e interferencias (digitales)

Manuel J. Lombardo | 14 de mayo de 2012 a las 21:59

Cameo recopila once piezas audiovisuales surgidas de la plataforma Störung, que acaba de celebrar la séptima edición de su Festival de Música Electrónica Experimental y Artes Visuales

En su imprescindible ensayo Después del cine, Àngel Quintana nos recuerda que, desde mediados de los años sesenta del pasado siglo, la alianza entre la informática y el arte, especialmente desde las experiencias pioneras de John Whitney y de exposiciones como Cybernetic Serendipity (Londres, 1968), proyectaron el llamado arte cibernético a una nueva relación con las vanguardias históricas de los años 20 y 30 (Eggeling, Ruttman, Fischinger) a partir de la exploración del potencial abstracto y musical de una nueva modalidad de imágenes sintéticas.

Aquellas primeras tentativas han ido dando paso, con la progresiva sinergia entre la industria tecnológica y la del entretenimiento, a una cada vez más dominante tendencia a la creación de universos de apariencia fotorrealista que han terminado por imponer su estética de simulación y mímesis en el panorama audiovisual contemporáneo, dejando el potencial creativo más radical o disidente en los márgenes del digital art, cuyo ámbito de experimentación ha atravesado fronteras, lenguajes y formatos para integrarse cómoda y naturalmente con el desarrollo de la música electrónica.

La plataforma multidisciplinar Störung, surgida en Barcelona en 2006, es uno de los laboratorios de referencia de estas nuevas tendencias. Coincidiendo con la séptima edición de su Festival de Música Electrónica Experimental y Artes Visuales, se pone en circulación un DVD-Libro con once piezas producidas o exhibidas en su entorno, once heterogéneas muestras de hibridación músico-visual, piezas que trascienden las fronteras perceptivas entre lo orgánico y lo digital y que se alinean junto a otros proyectos similares como nuestro querido Festival Zemos98, el veterano Sónar, el Laboratorio de Electrónica Visual de Gijón o publicaciones de referencia como WarpVision: The videos (1989-2004), DVD en el que se recogían trabajos de Chris Cunningham, David Slade, Douglas Hart o Alex Ruthefort para grupos o artistas de la electrónica más vanguardista como Aphex Twin, Autechre, Plaid o Squarepusher, por no hablar de los espectáculos multimedia de Alva Noto y Ryuichi Sakamoto, que llevan ya también bastantes años en el mismo asunto.

El DVD de Störung se abre con Gradualism #1, del prestigioso y referencial colectivo británico D-Fuse, una muestra de abstracción digital que parece nacer del ruido de las líneas horizontales generadas por las propias texturas, modulaciones y patrones rítmicos del sonido. 26_071_auda parte en su caso del componente visual, creado por del dúo japonés Dextro&AM [AEM]*, para trazar humeantes imágenes que se difuminan en espiral sobre las que se incorpora y ajusta una música de Dextro que incide en las interferencias y los sonidos robóticos sometidos a un tratamiento subacuático.

En Malabia bla bla, los argentinos Sergio Brauer y Sergio Subero trabajan a partir de las texturas analógicas del Super8 casero, rememorando la vanguardia experimental y matérica de Man Ray o Hans Richter, cuyos cortos alteraban la propia superficie del celuloide, junto a los sonidos apagados creados por Alain Courtis. Hydro-Organic Machine Study, de Paul Prudence & Francisco López, se inspira en una serie de estudios científicos sobre las propiedades del agua, creando imágenes de hipnótico y fantasmagórico carácter fotorrealista presididas por la incidencia cenital de la luz sobre los volúmenes y las formas cambiantes de una suerte de medusa virtual. Black flame, de Kim Cascone, opera a partir de las texturas en negativo de imágenes nocturnas que acompañan el paseo por el bosque de un chico encapuchado iluminado por una linterna; mientras que Matter States, de XX+XY Visual and Sound Art Project, “es una pieza abstracta que se centra en crear experiencias de inmersión perceptiva y de escucha profunda” a partir de unas manchas grisáceas que se desplazan como una lenta nube de ceniza al ritmo de unos sonidos graves y metálicos que se ensucian y saturan paulatinamente. Shapes 3.0, de Aleix Fernández & Asferico, se aproxima a la figuración, el color y las superficies brillantes a partir de una escultura roja que parpadea, gira sobre sí misma y se despliega sobre un fondo negro hasta convertirse en líneas, cintas y nuevas figuras que se mueven en espiral.

Laptop-Condensored 2:29, del alemán Andy Guhl, propone una interacción de sonido e imagen en vivo realizada mediante ondas ópticas y acústicas por componentes recuperados de la imagen electrónica más primitiva, mientras que Rhizoid, de Hugo Olhim y Simon Whetham, trabaja su idea de abstracción a partir del musgo y los sonidos naturales recogidos en la isla de Madeira sometidos a una mirada microscópica y desenfocada. Fuerza Natural II,  de Elufo & Asférico, “está basada en el análisis sonoro de una gráfica sísmica original de un terremoto, en la que cada línea fue convertida en un oscilador de ondas senoidales que varía su frecuencia durante los 90 segundos que dura el terremoto”; y Untitled 09, la pieza que cierra el DVD, de los argentinos Diego Alberti y Federico Monti, rememora el código de Matrix en su flujo de líneas y puntos verdes que varían sobre la modulación del volumen, la textura y el timbre del sonido.

El libro de 64 páginas que acompaña la edición diseñada por Aleix Artigal incluye fichas y textos descriptivos o programáticos de cada una de las piezas, así como la biografía de sus creadores visuales y sonoros y un par de textos más de Álex Gámez, comisario y coordinador del proyecto. También una selección de fotografías de Miguel Ángel Ruíz tomadas durante las sesiones en vivo de varias ediciones del Festival Störung.

Störung: Sound and Visual Art – DVD + Book (64 págs.: incluye fichas, biografías y fotos) – 19,95 euros

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Y ahora, un par de bandas sonoras y un par de documentales recién editados para la semana:

Dark Shadows – Danny Elfman – WaterTower Records – 52 min. – 16 euros

Después de celebrar el 25º aniversario de su colaboración con una lujosa music box para coleccionistas, Burton y Elfman suman su película número 14, con Frankenweenie a las puertas, para consolidar aún más si cabe ese distintivo sonido que, en ocasiones, y ésta es una de ellas, amenaza con saturar por exceso de reconocimiento. Elfman oscurece el tono general y muscula la escritura orquestal con ayuda de los habituales coros (aquí demoniacos), apuntando algunos guiños al Kilar del Dracula de Coppola y densificando la materia temático-dramática hasta el límite.

 

Emma – David Cordero & Carles Guajardo – Foehn Records – 28 min. – 12 euros

En la que es su primera incursión en el cine, el gaditano David Cordero (Úrsula) sigue fiel a sus sugerentes y etéreos paisajes sonoros, suspendidos en una intemporalidad de timbres agradables (aquí con presencia del piano de Carles Guajardo y el violín de Cristina Gámez) deudores de ese minimalismo slowcore que tan buenas migas ha hecho con cierto cine independiente. Miniaturas de cámara hilvanadas con texturas digitales que funcionan mucho mejor de forma autónoma que en la propia película, lastrada por una excesiva verbalización y poca inversión visual.

 

Pina – Wim Wenders – Avalon – DVD/Blu-Ray – 15’95/19’95 euros

Es una lástima que nuestras televisiones todavía no vengan equipadas con 3D. No se disfrutará así de la misma forma el verdadero espectáculo que propone Wenders, a saber, introducirnos entre los cuerpos de los bailarines, dentro de las coreografías de la gran Pina Bausch. Más allá de La consagración de la Primavera, donde podemos percibir el potencial creativo de esta nueva tecnología en su tratamiento dinámico del espacio, el resto de números se mueven entre el culturalismo acomplejado y un cierto mal gusto descontextualizador. Un ortodoxo making of y una entrevista son los únicos extras.

 

Mercado de futuros – Mercedes Álvarez – Cameo – 12,95 euros.

El segundo ensayo documental de Mercedes Álvarez (El cielo gira) conectaba con cierto espíritu de los tiempos indignados en lo que respecta a la crisis del capitalismo, los espejismos y las desigualdades de esta sociedad de la opulencia que se desmorona ante nuestros ojos. Una convención inmobiliaria, una casa desmantelada, una sala de inversiones financieras, un pastor que resiste en plena ciudad y un viejo no-vendedor en un mercadillo funcionan como símbolos de un dispar retrato humano sobre la pérdida de la memoria al que tal vez le falte poda de montaje y le sobren interludios poéticos.

Una risa nueva

Manuel J. Lombardo | 12 de mayo de 2012 a las 8:41

A estas alturas, la Nueva Comedia Americana no necesita de discursos legitimadores ni de vigilantes de seguridad para reivindicarse ella solita como una de las vetas más estimulantes del último cine norteamericano, posiblemente la que de manera más transversal, integrada e iconoclasta sigue proponiendo ciertos modelos de resistencia a la complacencia, la blandenguería y el siempre sospechoso buen gusto con su querencia natural por la subversión, figura central de todo discurso cómico que se precie (de Sennett a W.C. Fields, de Lubitsch a los hermanos Marx, de Landis a Ramis), no sólo del orden, los modos de conducta o los estereotipos aptos para el consumo familiar, sino de las propias reglas de juego de la comedia clásica y sus mecanismos.

En cualquier caso, libros como Una risa nueva (Ed. Nausícaä) y ciclos como el que anuncia el Festival de San Sebastián para su próxima edición (Very funny things. Nueva comedia americana) corroboran el valor histórico y la vitalidad contemporánea de un género que ha llevado un poco más allá el humor y la risa (a veces, hasta congelarla en estupor) como horizonte de expectativas de nuevas narraciones, nuevos cuerpos, nuevos conflictos con la autoridad y nuevos descalabros peterpanescos, principales señas de identidad de un corpus de títulos alumbrados desde finales de los setenta y de una generación de cineastas y cómicos que tiene hoy a sus mejores representantes en el entorno de Judd Apatow o en figuras como Wes Anderson, los hermanos Farrelly, Paul Thomas Anderson, Adam McKay, David Gordon Green, Jody Hill, Jared Hess, Todd Phillips, Ruben Fleisher, Ben Stiller, Will Ferrell, Steve Carrel, Adam Sandler, Vince Vaughn, John C. Reilly, Paul Rudd, Seth Rogen, Jason Segel, Kirsten Wiig, Tina Fey o Lena Dunham.

El otrora orondo Jonah Hill ha atravesado este gozoso paisaje desde el flanco apatowiano (Supersalidos, de Greg Mottola) hasta conectar con el post-indie (Cyrus, de los hermanos Duplass), haciendo de su cuerpo excesivo y flexible y de su locuaz judaísmo el principal atractivo para desplegar la comedia de extremos, límites y contrapuntos. En esta cinta que produce, escribe y protagoniza se trata, como en tantas ocasiones, de un regreso a los ochenta, nueva arcadia generacional, en busca de modelos, tipos y subgéneros a los que poder hincar el diente de la ultraparodia: la buddy movie (de camuflaje) y el high school se dan cita en esta Infiltrados en clase que, a partir de la serie televisiva protagonizada por Johnny Depp, somete a un nuevo ejercicio de torsión y terapia de choque al universo cafre adolescente (con sus braketts, sus geeks and freaks, sus fiestas locas y sus proms) con la despiadada desmitificación del género policial, en la línea de la desopilante Los otros dos, para lanzarse a tumba abierta por la autopista del absurdo y la más arbitraria de las digresiones, otra marca de la casa, capaces de devolver al sketch la autonomía plena dentro de un engranaje narrativo que no atiende a demasiados encajes de guión.

Así, lo mejor de Infiltrados en clase no es sólo el duelo corporal y de estereotipos entre el no-gordo Hill y el guapo-tonto Tatum, tampoco el aparatoso aterrizaje de dos supuestos adultos en su propia máquina del tiempo, ni siquiera los pequeños y generosos detalles de nostalgia pop que se dejan por el camino. Lo mejor está, y pienso en esa obra maestra del género que es El reportero: la leyenda de Ron Burgundy, en esas secuencias delirantes (las pruebas en la Academia de policía, el viaje alucinógeno después de tomar drogas) que funcionan de manera autónoma, por sí solas, como una fiesta privada y secreta en una pequeña habitación de la gran fiesta oficial en casa de los padres.

La crítica sevillana en el World Poll 2012 de ‘Sight & Sound’ (pudo evitarse)

Manuel J. Lombardo | 11 de mayo de 2012 a las 11:09

Muy cortésmente, los buenos colegas y mejores amigos Paco Algarín, Alfonso Crespo y Santiago Gallego me prestan sus respectivas listas elaboradas para el nuevo World Poll 2012 de Sight & Sound para reproducirlas en este blog. Tomen buena nota, que la cosa va muy fina y apenas hay cine francés.

Francisco Algarín

1. Six fois deux / Sur et sous la communication, Jean Luc Godard, Anne-Marie Mieville, 1976

2. Tabu: A story of the South Seas, F. W. Murnau, 1931

3. La Maman et la putain, Jean Eustache, 1973

4. Entuziazm: Simfoniya Donbassa, Dziga Vertov, 1931

5. Les yeux ne veulent pas en tout temps se fermer ou Peut-être qu’un jour Rome se permettra de choisir à son tour (Othon), Jean-Marie Straub, Danièle Huillet, 1970

6. Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958

7. Out 1, noli me tangere, Jacques Rivette, 1971

8. Vampyr, Carl Theodor Dreyer, 1932

9. Ruskin, Robert Beavers, 1975-1997

10. Fort Apache, John Ford, 1948

Alfonso Crespo

Céline et Julie vont en bateau (Jacques Rivette)

El gran calavera (Luis Buñuel)

Femmes, femmes (Paul Vecchiali)

Histoire(s) du cinéma (Jean-Luc Godard)

La maman et la putain (Jean Eustache)

Sayat Nova (Sergei Paradjanov)

Shoah (Claude Lanzmann)

Vai e vem (Joao Cesar Monteiro)

Viaggio en Italia (Roberto Rossellini)

Yuki fujin ezu (Kenji Mizoguchi)

Santiago Gallego

- L’amour d’une femme (Jean Grémillon, 1953)

Chanson d’Armor (Jean Epstein, 1934)

Du côté d’Orouët (Jacques Rozier, 1973)

Un enfant dans la foule (Gérard Blain, 1976)

Merlusse (Marcel Pagnol, 1935)

Numéro deux (Jean-Luc Godard, 1975)

Poema o more (Yuliya Solntseva, 1959)

Une simple histoire (Marcel Hanoun, 1959)

Uski roti (Mani Kaul, 1970)

Welfare (Frederick Wiseman, 1975)

 

La lista para ‘Sight & Sound’

Manuel J. Lombardo | 9 de mayo de 2012 a las 7:11

Nuestro enlace internacional en Valladolid, el gran Álvaro Arroba, nos ha colado a unos cuantos colegas sevillanos (Alfonso Crespo, Santiago Gallego, Paco Algarín y un servidor, que es de Jaén) en la prestigiosa World Poll que la revista británica Sight & Sound realiza cada década para sondear esas “10 mejores películas de todos los tiempos”, una selección que,  a lo sumo, dará que hablar a los cinéfilos y a los propios críticos durante unas cuantas semanas, sobre todo para insultarse o desprestigiarse entre ellos, como debe ser.

Un auténtico suplicio autocensor cuyos frustrantes y tal vez poco originales resultados dejo aquí a la espera de reclamaciones. Como toda lista personal, se explica sola. La cosa va en estricto orden cronológico y los títulos en su idioma original.

Seven chances (1925, Buster Keaton)

Sunrise (1927, F. W. Murnau)

Wagon master (1950, John Ford)

French Cancan (1954, Jean Renoir)

The Birds (1963, Alfred Hitchcock)

Minnie and Moskowitz (1971, John Cassavetes)

La maman et la putain (1973, Jean Eustache)

Histoire(s) du cinéma (1988-1998, Jean-Luc Godard)

Sicilia! (1999, Jean-Marie Straub & Danièle Huillet)

Elephant (2003, Gus Van Sant)

Las garras de la tristeza (adiós a Maurice Sendak)

Manuel J. Lombardo | 8 de mayo de 2012 a las 18:09

Antes una película sobre la infancia que una película infantil, en ningún caso una película infantiloide, Donde viven los monstruos adapta el espléndido e inquietante cuento ilustrado de Maurice Sendak, obra de culto publicada en 1963 (y editada ahora en España por Alfaguara) que condensaba en apenas 30 páginas, 18 dibujos y una decena de frases todo un fascinante viaje de ida y vuelta por los sombríos territorios de la imaginación infantil destinado a convertirse en uno de los cuentos más premiados y valorados de la era moderna.

Liberado del peso de la escritura autoconsciente de Charlie Kaufman, protagonista excesivo de los alambicados guiones de sus dos primeros filmes (Cómo ser John Malkovich y Adaptation), Spike Jonze acude aquí a ese cuento mínimo y delicado para desarrollarlo en una hermosa forma cinematográfica que asume ciertas licencias argumentales (se amplía el marco disfuncional de la familia de Max, más acorde a ciertos modos del cine indie) para estallar en toda su dimensión poética en ese territorio imaginario en el que habitan los monstruos y a donde llega Max (Max Records: todo encanto, todo matices) en un pequeño velero, empujado por la angustia y la rebeldía después de una disputa con su madre (Catherine Keener).

Tras el prólogo de juegos y decepciones y la fuga en mitad de la noche, Jonze materializa este universo fantástico a través de una cámara dinámica y vibrante, con el espíritu pop de las canciones de Karen O y la cualidad intemporal de la música de Carter Burwell, respetando la fisonomía de bestiario de sus criaturas, enormes peluches hensonianos de ojos grandes y garras afiladas que muestran a un tiempo su ferocidad y su infinita tristeza para reinterpretar el bosque original, que nacía a los ojos del niño en su propia habitación, en una topografía terrosa, horizontal y prehistórica en la que, en apenas unos metros, conviven el mar y el desierto, el subsuelo y los espacios abiertos, un imaginario original a mitad de camino entre los paisajes de El principito y los rincones oscuros de los cuentos tradicionales.

Serán éstos los lugares por los que Max y los monstruos celebren su salvaje danza de la libertad para espantar su soledad, una danza desaforada, alegre y festiva que desafía las leyes de la gravedad pero que deja entrever también el peligro y el agotamiento de la aventura, la constancia de la fragilidad, el asomo de la muerte entre los pliegues del juego eterno.

Es cierto que puede acusarse a esta adaptación de haber rellenado de psicología lo que en el cuento de Sendak era siempre ambiguo e inexplicable. De igual forma, se puede achacar también a los autores el haber remarcado en exceso los paralelismos entre las acciones en el mundo real y las del mundo de los monstruos, estableciendo un vínculo primordial entre la mirada (perpleja, extrañada) de un niño al universo de los adultos (los monstruos y sus rencillas). Licencias, me temo, necesarias para llevar a buen puerto un proyecto comercial de altísimo riesgo, ni fácilmente digerible para el público infantil de hoy, aturdido por el color de lo tecnológico, ni tampoco atractivo a priori para el público adulto, más pendiente de otros avatares. Las asumimos y perdonamos con gusto, fascinados por el enorme poder emocional del filme, por su hermosa imaginería extemporánea capaz de transportarnos al refugio de nuestra propia infancia.

(Crítica publicada en Diario de Sevilla el 21/12/2009)

La mala reputación

Manuel J. Lombardo | 7 de mayo de 2012 a las 22:08

Versus recupera en DVD ‘El abanico de Lady Windermere’  (1925), el primer gran filme de Ernst Lubitsch en Hollywood, adaptación de la comedia escrita por Oscar Wilde en 1892

Frente a los que auguraban que el éxito de The Artist, pescado congelado en un martes de mercado, podría volver a poner de moda o revitalizar la difusión del cine mudo, soy de los que opinaban que el efecto podría ser justamente el contrario, a saber, que se iba a momificar y convertir aún más en pieza (muerta y enterrada) de museo un lenguaje, una estética y unos modos que ya en sí mismos son mucho más resistentes y heterogéneos de lo que el amable y encantador pastiche de Michel Hazanavicius y sus exégetas nos hicieron ver.

Han pasado ya unos meses desde el fenómeno y no vemos ese repunte mudo por ningún lado, ni en las televisiones digitales, ni en las ediciones de DVD o Blu-Ray, a lo sumo en las programaciones de las filmotecas de siempre (es su obligación), por más que hasta la fecha la mejor película del año, Tabú, del portugués Miguel Gomes, vista ya en los festivales de Berlín y Las Palmas, sea precisamente una cinta que coquetea libre y lúdicamente con el silent y el blanco y negro en su reescritura del universo colonial de la literatura de Isak Dinesen y del mítico título de 1931 que rodaron Robert Flaherty y F.W. Murnau en los Mares del Sur.

Así las cosas, y mientras el cuerpo y las cuentas aguanten, el sello Versus sigue añadiendo referencias mudas a su selecto catálogo (las últimas: El hijo de la pradera, de William S. Hart y el Robin Hood de Allan Dwan), ajeno a modas y coyunturas, fiel a una política de recuperación histórica que no necesita de empujones mediáticos para justificarse.

Protagonizada por May McAwoy, Irene Rich y el galán Roger Coldman, este último prestado “por cortesía de” Sam Goldwyn, El abanico de Lady Windermere (1925) es la quinta película de Ernst Lubitsch en Hollywood, a donde había llegado en 1922 después de consolidarse como uno de los grandes nombres del cine alemán con títulos como Carmen, El gato montés, Madame DuBarry, Ana Bolena o Sumurun. Lady Windermeres fan será la tercera de las cinco películas que dirija para Warner Brothers, estudio donde estuvo bajo contrato entre 1924 y 1926 para insuflar prestigio europeo a una casa que apenas tenía al perro Rin Tin Tin como único aval de éxito comercial y popularidad.

Adaptando esencialmente el argumento, que no así, por razones obvias, en refinado lenguaje, la frivolidad y los juegos de palabras de la conocida comedia teatral escrita por Oscar Wilde en 1892 entre los espléndidos decorados verticales, amplios y despejados creados por Harold Grieve, Lubitsch consolidaba aquí no sólo unos ambientes y una tipología de personajes (aristócratas, damas refinadas, salones elegantes) que ya no abandonaría en su carrera americana, sino que apuntaba, en su satírica y distanciada mirada a un mundo de apariencias y doble moral, ese toque que ha hecho de su cine un reconocible e inimitable oasis de elocuencia visual antes y después de que la palabra hablada irrumpiera en la estética cinematográfica.

En este enredo de honores perdidos, maternidades ocultas, infidelidades, equívocos, cotilleos afilados como navajas y doble moral de salón ambientado en el Londres del cambio de siglo, Lubitsch parece sentirse como en casa, modulando variaciones estilísticas sobre la composición, la fragmentación, la elipsis o el fuera de campo. Así, la gran secuencia del hipódromo, despliega un portentoso dominio del cruce de miradas, el montaje, los cachés y los puntos de vista sobre la controvertida figura de Mrs. Erlynne, toda una auténtica coreografía visual sobre la moral de clase y la escisión entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. La secuencia en el jardín francés, delimitada por los setos dispuestos en vertical y horizontal, confirma el elegante sentido de la ocultación y la sugerencia como herramientas para el juego de la ambigüedad sexual. De igual forma, el encadenado de planos cortos sobre el timbre de un apartamento, apuntan el refinamiento de una manera elíptica de contar y sugerir en imágenes que acompañaría al director de La viuda alegre, El bazar de las sorpresas, Ninotchka o Ser o no ser durante su posterior y exitosa carrera en Hollywood, truncada por su temprana muerte en 1947.

El abanico de Lady Windermere (1925) – Ernst Lubitsch – Versus – 85 min. – 12 euros
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Y un par de libros para la semana:

Micrologías. O historia breve de las artes mínimas – Federico L. Silvestre – Ábada – 300 págs. – 18 euros

A partir de la idea de que “lo pequeño es hermoso”, el profesor de Estética Federico L. Silvestre, autor de un interesante ensayo sobre El paisaje virtual en el cine contemporáneo, recorre una breve historia del arte en miniatura -vasijas, templetes-relicarios, orfebrería, planos-relieve, maquetas de cine, bolas de nieve, casas de muñecas y minúsculas obras de arte contemporáneo- buscando en lo mínimo ese gesto de querer empequeñecer el mundo para poder abarcarlo. Un libro tan curioso como sus objetos de estudio, un “retorno a lo pequeño en busca de placeres menguantes”.

 

La delgada línea roja – Francisco Javier Tovar – Akal/Cine – 112 págs. – 9,50 euros

Ahora que Malick ha sido finalmente canonizado, comienzan a aparecer publicaciones en castellano sobre su obra, hasta ahora inexistentes. El profesor de Filología Fco. Javier Tovar se adentra en La delgada línea roja, una de sus mejores cintas, no tanto desde una perspectiva cinéfila sino buscando la pervivencia de los clásicos grecolatinos y sus temas (Homero, Sófocles, Virgilio, la musa, la naturaleza, el asedio, el retorno, el héroe, el infierno…) en una cinta que buscó el lirismo en pleno campo de batalla. Un estudio original, serio y riguroso que además inaugura colección monográfica.

 


 

Sicilia Paradiso!

Manuel J. Lombardo | 30 de abril de 2012 a las 22:59

Viajar se ha convertido en algo cada vez más engorroso e incómodo para mí. Si no fuera por Angélica, que me anima a moverme y se encarga de la intendencia de las reservas, los vuelos, los itinerarios y todo lo demás, creo que no iría más lejos de La Pañoleta.

Estos días atrás hemos estado en Sicilia, más concretamente en Palermo, desde donde hemos hecho algunas excursiones en las que, además de las habituales estampas del turista accidental low-cost, he seguido desarrollando mi particular y poco original mirada cinéfila al paisaje y el paisanaje locales.

Esta vez no he perdido el tiempo, como ya me ocurrió en una visita a Ferrara hace unos años, buscando la inexistente casa natal de Michelangelo Antonioni. Ni siquiera nos hemos acercado a Noto, en el otro extremo de la isla, donde éste rodó las escenas finales de La aventura que tanto me recuerdan a un cuadro de Di Chirico. Aquí ha sido todo más casual e involuntario, y el asalto de la memoria no ha estado tan movido por la mitomanía o el fetichismo cinéfilo. Así, en la ruidosa y estimulante Palermo me paseé con cierta indiferencia por delante de la escalera del Teatro Massimo en la que Coppola filmó la tercera entrega de El Padrino, la misma en la que caía muerta, abatida por los disparos, su hija Sophia en la escena final. Ni siquiera entramos.

En la misma Piazza Verdi se encuentra también el cine Rouge et Noir, que conserva un cierto aire modernista en su hall aunque ha sido dramáticamente remozado en su interior para terminar por parecerse a esos cines del centro de cualquier ciudad de provincias reformados en los ochenta y con tapicerías sintéticas de color naranja.

Entramos a ver, parecía oportuno, To Rome with love, la nueva película europea de Woody Allen, esta vez a costa de la film comission romana. El neoyorquino hace ya tiempo que va con piloto automático, escribiendo lo primero que le sale, mostrando una absoluta desgana por el proceso de rodaje, si acaso encantado de pasar 4 ó 5 semanas en los mejores hoteles y restaurantes de Barcelona, París, Londres, Oviedo o, como ahora, de la ciudad eterna. Su película es lamentable, una colección de desafortunadas piezas cómicas alla italiana en las que cualquier asomo de talento, gracia u originalidad son pura coincidencia. Darius Khondji filma la ciudad en relamido modo de postal de ferragosto y el elenco, incluida nuestra cada vez más loreniana Penélope Cruz, da la sensación de contentarse con aprovechar el tiempo libre después de cada jornada de trabajo. Hasta Roberto Benigni, tristemente envejecido, parece fuera de sitio en el que hubiera sido su terreno natural.

No muy lejos del cine descubrí por azar la estupenda librería dello spettacolo Broadway. Entre libros de cine nuevos y viejos, demasiados para elegir uno en tiempos de economía de crisis, encontré ese DVD que siempre me traigo de vuelta de cualquier viaje, a ser posible acorde con el lugar y su cine. Se trata de una preciosa edición de la Cineteca de Bologna con los cortometrajes documentales de Vittorio de Seta (1923-2011), el director de la emblemática Banditi a Orgosolo (1961), “antropólogo con mirada de poeta”, como lo define Scorsese en un artículo del libro que acompaña la edición y en el que también escriben Roberto Saviano o Alberto Farassino.

Se trata de sus primeros filmes de los años cincuenta (1954-1959), documentales sobre pescadores, agricultores, artesanos y contadini sicilianos y sardos que muestran un mundo arcaico en vías de extinción, una prolongación de aquella mirada de Visconti en La terra trema que hoy tal vez siga teniendo continuidad en el cine italiano en la obra de Michelangelo Frammartino (Le quattro volte).

También había un cierto trasfondo cinéfilo en el viaje en un pequeño coche alquilado que hicimos a Segesta y Erice. En la primera, no muy lejos del teatro y el templo dóricos entre montañas, rodaron Jean-Marie Straub y Danièle Huillet su imprescindible Sicilia! (1999), a partir de textos de Vasco Pratolini, la película más musical de todas las que conozco en su forma de filmar el habla, el acento, la cadencia del lenguaje local expuesto a un espectacular y preciso ejercicio de vaciado.

A Erice llegamos en el funicular que sale de un extremo de la ciudad de Trapani, un espantoso trazado de calles atestado de suciedad y coches, sin un árbol a la vista. El pequeño pueblo medieval encaramado a la montaña domina un paisaje panorámico con el mar y las salinas al frente y los valles a su alrededor. Realmente impresionante, más aun cuando se sube colgado en el vacío, en inquietante silencio, en la cabina del teleférico. Una vez arriba, el turismo de llegar-mirar-y-marcharse vuelve a imponer su dictadura barata y multicolor a unas calles de piedra ocre que conducen siempre a unos mismos lugares, cafés y pasticcherias con zona Wi-Fi y tiendas de souvenirs con productos supuestamente típicos. En todo caso, la vista del Castillo di Venere o de la iglesia de San Giovanni perduran en la retina. Son ésas precisamente las imágenes que Martin Scorsese hace aparecer en el prólogo de su estupenda serie documental sobre el cine italiano Il mio viaggio in Italia (1999) para recordarnos que sus antepasados, los padres de sus abuelos, proceden precisamente de Erice, desde donde partieron a finales del siglo XIX para instalarse en las calles de Little Italy, en Nueva York.

Animados por los consejos de mi amigo Antonio, a quien pienso pedir explicaciones, decidimos pasar el día e incluso hacer noche en Cefalú, un pueblo pintoresco en la costa 70 kilómetros al Este de Palermo; por lo visto, y más allá de su pequeña playa familiar, el lugar ha alcanzado fama añadida después de que Giusseppe Tornatore rodara allí algunas escenas de Cinema Paradiso. Resulta curioso comprobar cómo el cine popular ha funcionado aquí precisamente como elemento aniquilador de lo popular. Atestado de turistas como nosotros en sus tres calles principales, Cefalú también ha acabado convertido en un decorado de película de Tornatore, pero tal vez de un Tornatore del futuro, que lo habrá, no lo duden. A propósito de todo esto, me he acordado de aquella escena de Caro Diario en la que Nanni Moretti ironizaba con el político de un pueblo de las islas Eolias sobre la pertinencia de convertir el lugar, “tutto nuovo”, decía, en un gran decorado iluminado por Vittorio Storaro y con banda sonora permanente de Ennio Morricone, shan-shan

Si la película de Tornatore nos resulta ya un indigesto cannolo nostálgico por el que los años y los segundos visionados pasan como losas, pasear por lo que queda de su idealización de la Sicilia de los años 50 y 60 resulta aún más triste si cabe. Otro dèja vu: toda Italia se encuentra estos días en plena campaña para las elecciones municipales del próximo fin de semana. Como en una de tantas películas de Don Camilo protagonizas por Fernandel, no hemos dejado de escuchar mítines en las plazas o anuncios vociferados (con música de fondo de Cinema Paradiso, cómo no) desde los altavoces de los coches ante la indiferente o la perpleja mirada de los forasteros y la escasa atención de los lugareños, que parecen mucho más pendientes de atender a los visitantes en bermudas que de sus propios líderes políticos.

Como ejercicio de normalidad entre tanto estímulo turístico, decidimos una vez más meternos en el cine. En el pequeño y centenario Cinema Francesca, regentado por dos entrañables ancianos que hacen simultáneamente de taquilleros, porteros, acomodadores y vendedores de refrescos, echaban Bel Ami, la adaptación del relato de Maupassant protagonizada por el pálido e insufrible Robert Pattinson: un (previsible) espanto academicista y sin alma que vimos con desgana y mucha humedad en una sala igualmente destrozada por las malditas reformas de la modernidad.

Toca ahora reposar y volver a la rutina, tal vez para ver de nuevo la Sicilia! de los Straub, revisar las escenas finales de El Padrino 3 o incluso, si me apuran, las de Cinema Paradiso, qué remedio; pero sobre todo, dedicarle el tiempo y la atención que se merece il mondo perduto que atesoran los cortos de De Seta, el de esos auténticos y viejos sicilianos de verdad que, por suerte o desgracia, no conocieron estos tiempos de realidades de cartón piedra y escenarios para la épica pullmantur.