La primera vez

Manuel J. Lombardo | 25 de marzo de 2012 a las 19:26

Léa Seydoux en Belle épine (2010, Rebecca Zlotowski): el rostro y el cuerpo de la primera vez

Mujeres en la ventana

Manuel J. Lombardo | 23 de marzo de 2012 a las 10:29

Acaba de editarse en DVD la miniserie Mildred Pierce, producida por la HBO y dirigida por Todd Haynes (Poison, Safe, Velvet goldmine, Lejos del cielo, I’m not there), de la que ya escribimos aquí hace unos meses.

La edición, parca en materiales extras (nada de making of, nada de entrevistas), sí que contiene al menos el audio-comentario (sin subtítulos) de Haynes acompañado por su co-guionista, Jon Raymond, y el director de producción Mark Friedberg, éste último responsable de su cuidado aspecto visual, que con un presupuesto limitado ha conseguido recrear la ciudad de Los Ángeles durante la era de la Depresión con un preciosismo poco habitual en las producciones para televisión. Salvo las de HBO, claro.

Gracias a él descubrimos que, además de la pintura de Edward Hopper, referencia evidente de ésta y tantas producciones (de Pennies from heaven, de Ross, a Don’t come knocking, de Wenders), y del cine norteamericano de los años setenta de aire retro, detrás de las imágenes y las atmósferas envolventes de Mildred Pierce se esconde también el trabajo del fotógrafo Saul Leiter (n.1923), fuente de inspiración para los decorados, las localizaciones, los colores y los encuadres de la miniserie.

Como siempre en estos casos, acudo a mi amigo, fotógrafo y gran conocedor de la materia, Miguel Romero. Me alaba el gusto y me cuenta que Leiter era un gran desconocido hasta hace apenas dos o tres años, cuando la Fondation Henri Cartier-Bresson organizó una retrospectiva de su trabajo.

Fotógrafo de moda profesional, Leiter nos sorprende con unas insólitas imágenes en color en un contexto y una época (los años cincuenta y sesenta) que hemos aprendido a ver y mirar en blanco y negro. Su uso del Kodachrome nos regala una paleta de colores ligeramente desvaídos que nos devuelve un tiempo y su superficie en unos tonos y unas texturas cargados de melancolía, una forma de retratar las calles, los escaparates, el tráfico o a los anónimos viandantes a mitad de camino entre la realidad y el cine.

Entre las fotografías de Leiter, algunas remiten a los colores ocres y verdosos que dominan Mildred Pierce; otras, a mujeres solitarias y pensativas, mujeres sentadas en un café o descansando, desnudas, en una silla; Unas cuantas, directamente a esos planos recurrentes en los que Kate Winslet observa el mundo a través de los cristales de las ventanas de cafés, coches o autobuses.

Mirar hacia fuera para mirar hacia dentro, escribíamos, gesto primordial de un motivo clásico de la pintura, la fotografía y el cine. También es ése el gesto recurrente y central de otra película reciente que nos sacude fuerte en la memoria: The deep blue sea, de Terence Davies, en la que una Rachel Weisz herida de amor fuma junto a la ventana decidiendo cómo seguir adelante después de la ruptura.

 

 

¡Falsa vida al rock’n’roll!

Manuel J. Lombardo | 20 de marzo de 2012 a las 7:15

Se edita en DVD ‘This is Spinal Tap’, el ‘falso documental’ de culto que abrió el camino de una de las más fértiles vetas del cine contemporáneo

This is Spinal Tap. Rob Reiner. Avalon / Extras: Anvil: el sueño de una banda de rock / 2 DVD / 18 euros

Cerca de su 30º aniversario, que se dice pronto, This is Spinal Tap (1984) engrandece cada día su leyenda como uno de esos títulos de culto que han marcado tendencia y creado escuela, dando carta de naturaleza al falso documental como uno de los géneros que mejor definen la autoconciencia de cierto cine contemporáneo.

Filme de culto en tanto que su pequeño éxito inicial ha ido engrandeciéndose poco a poco a medida en que ha sido descubierto por nuevas generaciones, y hasta el punto de haber convertido a sus protagonistas, una falsa banda de rock inglesa en horas bajas, en un auténtico fenómeno real que ha grabado discos e incluso se ha reunido de nuevo para ofrecer conciertos a sus fans con un repertorio que, en su origen, no era sino la parodia de la música de tantos grupos de rock duro de aquellos días.

La sacrosanta y legitimadora Wikipedia desglosa con todo lujo de detalles, datos y referencias el historial de una cinta fundacional que se mofaba de los rockumentales hagiográficos de los sesenta y setenta para luego terminar por convertirse en un sólido modelo para otros hilarantes títulos como Very important perros, A mighty wind o For your consideration, también escritos y protagonizados por Christopher Guest, Michael McKean y Harry Shearer, unos tipos con mucha gracia.

La película también ha generado una divertida página web gestionada por sus seguidores incondicionales, en la que se actualizan nuevas ediciones en DVD o Blu-Ray o se incide en todo tipo de anecdotario, merchandising, publicaciones e información sobre reestrenos, materiales extras (por desgracia, ausentes en esta edición) o pases televisivos. No es menos importante en su culto creciente el hecho de que la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos le otorgara en 2002 la categoría de “filme de gran significación cultural, histórica y estética”.

This is Spinal Tap ponía de manifiesto la torsión típicamente posmoderna de la parodia que no se contenta con mofarse del contenido para satirizar también los modos y estilos de enunciación. Autopresentado como Marty DiBergi, Rob Reiner, quien luego firmaría Cuando Harry encontró a Sally, nos anuncia en su arranque que vamos a ver un documental sobre una banda de rock británica recién llegada a Estados Unidos para dar una serie de conciertos y presentar su nuevo disco, Smell the glove (Huele el guante). A partir de ese instante, This is Spinal Tap se despliega como falso reportaje filmado de esa accidentada gira, intercalando delirantes actuaciones en locales y escenarios de segunda, filmados siempre cámara al hombro, con las clásicas entrevistas a los miembros de la banda en las que siempre se escapa alguna indiscreción o algún comentario políticamente incorrecto que revela no sólo las escasas luces de sus integrantes, patéticos rockeros pasados de edad y de imposible peinado, sino la propia estrategia falseada en la que un micro abierto o una cámara inoportuna se convierten en cómplices para una nueva comicidad reflexiva que nace del desenmascaramiento de las estrategias del documental musical.

This is Spinal Tap también reconstruye con detalle el look y las texturas de la imagen de (falso) archivo en las que la banda, tal que unos Beatles antojadizos y en permanente mutación estilística, fue pasando del beat al rock’n’roll, el folk, la psicodelia o el heavy metal dejando a numerosos baterías (muertos) por el camino, recorrido que revela y satiriza la fugacidad de las modas y la dinámica del show-businness. La referencia a la trayectoria de los Beatles no es casual, como tampoco lo es a aquella The Rutles, all you need is cash (1978) con la que los Monthy Pythons realizaron su particular revisión en clave fake de los tópicos y lugares comunes de la historia y la mitología popular del rock y su representación en el cine y la televisión.

De aquellos polvos vienen los lodos que hoy contaminan la apropiación de los recursos estilísticos y discursivos del documental que definen ciertas tendencias de la ficción: de El proyecto de la bruja de Blair a Chronicle, de Monstruoso a Trollhunter, de [REC] a Paranormal Activity, de The Office a The River, el nuevo cine digital o la nueva televisión no se entienden sin esta hibridación que insufla un plus de credibilidad realista o especular a la comedia, el terror o el fantástico, que necesitan nuevos esquemas, formatos, superficies y soportes para regenerar su arsenal de viejos trucos de sugestión.

El año pasado (en ‘Lumière’)

Manuel J. Lombardo | 17 de marzo de 2012 a las 12:37

 

Nuestros colegas de la revista Lumière no tienen prisas aunque trabajan rápido y de forma incansable. Y lo que es peor, casi por amor al arte. Acaban de publicar, justo a destiempo, como debe ser, su esperado, radical, original y siempre fiable balance de 2011 en dos categorías, Top películas 2011 y Acontecimientos del año, un balance que arroja la rotunda pasión de sus redactores y colaboradores, entre los que orgulloso me cuento, por el cine del surcoreano Hong Sangsoo, que ha resultado ganador, one more time, con su The day he arrives, nueva variación a los vericuetos del azar, las segundas (y terceras) oportunidades y el amor en fuga fotografiada en callejones estrechos y restaurantes austeros y destilada entre licores de alta gradación.

Por la lista desfilan también algunos viejos conocidos de nuestra triste cartelera nacional: Kaurismäki y Le Havre, en segundo lugar, Almodóvar y La piel que habito, en tercera posición, o Van Sant y su delicada Restless, en el puesto 9. Apenas tres de las diez películas de este top se estrenaron el año pasado en España, prueba inequívoca de que Lumière mira mucho más allá y mucho más a los lados de lo que nuestros cegatos mercaderes de imágenes y sus agendas de distribución están dispuestos a suministrarnos previo paso por caja.

Es la marca de identidad, libre e irreductible, siempre rigurosa y de prosa fina, de una revista que, tras cuatro años de andadura, no sólo no se ha adocenado como otras ilustres competidoras que nos prometían el oro y el moro y han acabado por poner a Clooney y a Scorsese en sus portadas, sino que se ha radicalizado aún más, como no podía ser de otra manera, en busca de los rincones más exquisitos, valientes y no contaminados (especialmente por la crítica) de la creación audiovisual contemporánea; en los cines, pero también en los museos, como lo confirma el descubrimiento, éste fuera del top, de la muy interesante videoinstalación Film, de Tacita Dean, que ha podido verse en la Tate Modern de Londres.

Lejos de toda sospecha de modernidad impostada o de pose de vanguardia por la vanguardia, los Lumière se rinden por igual al gran y anacrónico Terence Davies, último estilista del cine británico, poeta neoclásico capaz de arrancar su portentosa The deep blue sea con diez minutos de música (el arrebatador y desaforado Violin Concerto op.14 de Samuel Barber) e imágenes silenciosas de la sublimación romántica, que a la desarmante simplicidad y frescura de un filme como L’Estate di Giacomo, de Alessandro Comodin, una de esas pequeñas películas de verano que irradian una luz y una ambigüedad que nos reconcilian con el carácter táctil de las imágenes y con el sonido crepitante de los bosques y los chapoteos en el agua. Algo no demasiado alejado a lo que, a partir de Pavese (cuya lectura se nos antoja hoy tal vez más necesaria que nunca), consigue Jean-Marie Straub en L’Inconsolable, que rememora entre líneas a su compañera perdida, Daniele Huillet, en un nuevo ejercicio de control y precisión, de transparencia, voces y documento de bloques de tiempo desarrollado en escultóricos planos fijos en plena naturaleza.

Betrand Bonello y su densa coreografía de mujeres de prostíbulo de sonrisa violentada (L’Apollonide) y el británico Ben Rivers y su búsqueda de texturas de la herrumbre, el moho y la materia (Sack Barrow) completan una lista en la que también se cuela la recuperada We can’t go home again, testamento civil y contracultural de un Nicholas Ray con el que los Lumière parecen reconocer también la deuda histórica de Godard, padre de (casi) todas las cosas, con el que tal vez fuera el único cineasta verdadero en los estertores del Hollywood clásico.

Ver para (no) creer: De Muybridge al ‘Popping’

Manuel J. Lombardo | 9 de marzo de 2012 a las 11:35

Como casi siempre, he llegado tarde a uno de esos acontecimientos que circulan por Internet y que son de los que hacen afición. Le debo a Paco Camero el descubrimiento del siguiente vídeo colgado en Youtube en septiembre del año pasado.

Supongo que perplejidad y asombro son, incluso a estas alturas de la película, las palabras que mejor definen mi reacción y, posiblemente, la de todos aquéllos (más de 5 millones de visitantes en apenas una semana) que han convertido esta pieza en auténtico un hit de la red, hasta el punto de llevar a su protagonista, el bailarín callejero Marquese Scott, a aparecer en el show de Ellen DeGeneres en el prime time de la televisión norteamericana.

¿Qué es lo que estoy viendo?, me pregunto mientras detengo la imagen, me restriego los ojos con incredulidad y no puedo dejar de mover los pies al son de su música (Pumped Up Kicks – Foster The People): ¿un prodigioso efecto especial?, ¿un perfecto trampantojo digital?, ¿una ilusión tridimensional?, ¿o es simplemente un tipo vestido de calle bailando al ritmo, las texturas y modulaciones cibernéticas de un tema dubstep en un rincón cualquiera de una ciudad cualquiera?

En efecto, este vídeo me hace dudar hasta de mi propia duda. En un tiempo en el que cualquier imagen esconde ya la sospecha sobre su autenticidad, en una época en la que ya nada (o casi nada) nos garantiza la existencia de un modelo previo a las imágenes, en un momento en el que cualquier elemento imaginario puede ser ya representado y reproducido con las texturas, el volumen, la densidad, el brillo y la superficie prístina de lo fotográfico, este vídeo casero de apenas 5 minutos y medio nos devuelve en todo su esplendor aquella elemental poética del esbozo, una poética del cuerpo, que hizo grandes y únicos a los mejores cómicos del cine mudo como Chaplin o Keaton.

A saber, cuerpos atléticos, elásticos, eléctricos o descoyuntados, cuerpos peleados con el mundo físico, cuerpos convulsos inadaptados al entorno, capaces de transfigurar la realidad de lo visible en un simple gesto, dialogando con los objetos y los elementos como si éstos tuvieran vida (humana) propia, trazando coreografías imposibles en un espacio de coordenadas realistas que, de repente, cobra ante nuestros ojos una nueva e inesperada dimensión imaginaria.

Entonces también pienso en Israel Galván y su no tan secreto diálogo con el burlesco y el slapstick, entreverado en sus poemas corporales jondos que diluyen el espacio que le rodea, casi siempre despojado, mínimo o aparentemente improvisado, como una nueva dimensión desconocida abierta a infinitos viajes y relatos.

Dos de mis alumnas en la Facultad de Comunicación, siempre a la última, me soplaron en clase que lo que hace este bailarín prodigioso responde a una mezcla de “Popping, Liquid y Floating”; a saber, tres nuevas formas de baile urbano que, atendiendo a las enciclopedias del argot, se caracterizan por la imitación precisa y sincrónica, milimétrica diría yo, de movimientos, desplazamientos, torsiones y contorsiones propias de una entidad mecánica o robótica en un espacio virtual que simula unas condiciones líquidas, al ritmo de músicas electrónicas de diversa índole y estilo.

De la fusión de términos que conforman esta particular etiqueta genérica, me interesa sobre todo lo de Liquid y Floating: y es que lo que consigue  Marquese Scott no es sólo transformar un espacio cotidiano y sin carácter, filmado en un único plano fijo y escorado, en un gigantesco escenario para el virtuosismo corporal y el asombro del ojo, sino convertir, como si de un milagro se tratara, el aire en agua, lo volátil, lo invisible, en algo denso y viscoso, en algo que ofrece resistencia a la materia y al movimiento al fin y al cabo.

Ilusionismo corporal, robótica de la carne, fotografía de lo imposible, sonido hecho materia, matemáticas del aire.

Vuelvo a mirar y sigo sin salir de mi asombro. Este clip anónimo y desclasado, un fragmento sin pedigrí cultural alguno, no sólo me hace recuperar momentáneamente la fe en el cuerpo humano como epicentro de sensaciones y emociones, sino pensar también en la capacidad de la nueva imagen digital e hiperrealista (se trata de un vídeo filmado en alta definición) que define nuestro tiempo para cuestionarse a sí misma y sus fronteras apelando a los orígenes, al momento primigenio, al instante fundacional del cinematógrafo (o de los dispositivos previos que condujeron a él como el zoopraxiscopio de Muybridge) como moderna máquina de registro de los cuerpos en movimiento.

Al fin y al cabo, entre algunos de los primeros cortos de Edison y Lumière y estas imágenes no hay tanta distancia.