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¿Ideas políticas sin forma?

Manuel J. Lombardo | 19 de enero de 2014 a las 8:19

Dogville

Que el cine puede ser una herramienta utilísima para la comprensión o el desenmascaramiento de las ideas dominantes o para el conocimiento de la teoría y los mecanismos de la política es algo que resulta incontestable a estas alturas de la película. Eso sí, siempre y cuando el análisis no se quede en la superficie de los argumentos o los temas para entrar a cuestionar también, siguiendo esa premisa godardiana que dice que hacer cine político es también hacerlo políticamente, los mecanismos discursivos, narrativos o formales que ponen en juego esos textos supuestamente reveladores, incorporando así no sólo el qué sino también el cómo en el procedimiento analítico.

portada_18525Es precisamente esta premisa la que parece obviar conscientemente el politólogo asiduo a las tertulias televisivas Pablo Iglesias Turrión, en este libro que no parece buscar tanto adhesiones entre el cinéfilo habitual como en aquellos otros lectores interesados tangencialmente por el cine popular como paciente del que extraer conclusiones sobre el funcionamiento de ciertas ideologías en nuestro tiempo de productos acríticos y consumo irreflexivo.

Con un bagaje teórico que bebe de Maquiavelo, Sade, Weber, Lenin, Gramsci, Benjamin, Rancière o el mediático y espectacular Slavoj Žižek, Iglesias pone en su mesa de operaciones algunas de las principales preocupaciones de los estudios culturales (la nación, la violencia política, el género, el colonialismo, la posmodernidad capitalista en el Tercer Mundo, el feminismo…) para analizar el tratamiento de ciertos asuntos y teorías políticas a través de algunas películas que, como no podía ser de otra forma, vienen como anillo al dedo: con Žižek y Malraux nos adentramos en la interpretación ideológica del pasado en el cine de memoria histórica, de la polaca Katyn a nuestra Balada triste de trompeta; con Agamben observamos el Dogville de Lars Von Trier como trasunto del Estado de Excepción con licencia para matar; con Fanon leemos Apocaypse Now! en clave poscolonial; con Brecht se revela una cierta estética política entre el documento y la ficción en La batalla de Argel de Pontecorvo; con Harvey nos adentramos en la ciudad-mundo de Amores perros; y con Judith Butler se cuestiona representación de la feminidad a partir de la Lolita de Kubrick.

También con Žižek, Iglesias concluye que la ideología sigue hoy campando a sus anchas en este supuesto mundo postideológico donde el cine no es sino una más de sus manifestaciones, puede que la más extendida y aún una de las más influyentes.

Maquiavelo frente a la gran pantalla. Cine y política – Pablo Iglesias Turrión – Akal/Pensamiento crítico – 160 págs. – 14 euros

La urbe proyectada

Manuel J. Lombardo | 9 de diciembre de 2013 a las 22:29

uzak-lejano-pelicula-1

Como nos alertan siempre León Lasa y Javier González-Cotta, no conviene confundir al viajero con el turista. Menos aun en estos tiempos de masificación, vuelos low-cost, tours organizados, españoles por el mundo y cámaras digitales de gatillo fácil. Puede que el cine haya hecho bastante daño en este paulatino proceso de desnaturalización del viaje y el contacto con la ciudad como espacio vivo y tejido complejo. Un daño relativo, se entiende, en tanto que tiende a mitificar e imprimir en sus imágenes una idealización de la urbe que, en la mayoría de los casos, responde a una imagen previa, tipificada, postalizada, si me permiten el término, que poco tiene que ver con su verdadero trazado, su respiración, su idiosincrasia particular y la de sus gentes.

Como señala Gloria Camarero, editora de este libro colectivo, “la percepción que tenemos de una ciudad es la que nos han ofrecido las imágenes cinematográficas que la han reinterpretado y que guardamos en nuestra memoria”. Lo sabe bien el autor de  Estambul, paseos, miradas, resuellos, que se fue a la ciudad del Bósforo y el Cuerno de Oro buscando los rincones solitarios, invernales, grisáceos y desolados de las películas de Nuri Bilge Ceylan (Lejano, Los climas), que resultaron estar más dispersos y lejanos sobre el terreno que lo que el plano-contraplano o el montaje nos mostraban en la pantalla suturada y reversible. Lo sabemos nosotros, que viajamos, cuando podemos, a París, Viena, Roma o Lisboa esperando encontrar, enfermos de cinefilia, las huellas, los cafés, las calles, las paradas de metro y los museos que un día pisaran los protagonistas de las películas de Truffaut, Rohmer, Linklater, Fellini, Moretti, Tanner, Wenders o Monteiro.

portada_18345En la línea de un recomendable libro anterior, Ciudades proyectadas, cine y espacio urbano, de Stephen Barber (GG), aunque algo desigual en la profundidad de sus aportaciones y en ocasiones desconcertante en la selección de los títulos analizados, Ciudades europeas en el cine tal vez satisfaga a lectores o viajeros que quieran ir un poco más allá de lo que ofrecen hoy esas guías cinematográficas de ciudades contaminadas por el temible efecto film commission, productos que suelen alimentar los bajos instintos del reconocimiento mítico y anecdótico sin entrar en mayores consideraciones más allá de señalar el emplazamiento preciso de tal o cual escena (para poder decir ese “aquí estuve yo”) o la dirección del restaurante de Nueva York en el que Meg Ryan fingió el orgasmo más famoso de la historia del cine.

Las grandes capitales europeas, también un puñado de ciudades españolas (Madrid, Barcelona, Bilbao y Sevilla) son objeto de diferentes aproximaciones a partir de sus imágenes cinematográficas de ayer y de hoy: desde la reflexión metalingüística y musical sobre la modernidad de las sinfonías urbanas de la vanguardia de los años veinte (Berlín, Sinfonía de una ciudad, El hombre de la cámara, À propos de Nice) a la Sevilla oculta e invisible, ésa en la que “vive la gente”, parafraseando a Pata Negra, que proponen cineastas como Benito Zambrano (Solas) o Alberto Rodríguez (El traje).

La ruta de ciudades cinematográficas de este libro nos lleva también a una Atenas escindida entre la tragedia (a través del cine de Constantinos Giannaris) y la comedia (con Papathanasiou y Reppas); a un Berlín atravesado por la metáfora de la ruina (de Alemania, año cero, a Goodbye, Lenin); a la Helsinki de Kaurismäki como territorio político, entre los espacios de las clases populares y los de las elites económicas; a un Londres posmoderno convertido en escenario para la ciencia-ficción, el terror paródico y la fantasía (de Zombis Party a Attack the block!); al Madrid de la Democracia forjado por la comedia urbana, con Almodóvar como abanderado; a Moscú como testigo de las transformaciones políticas de Rusia a lo largo del siglo XX; a la caótica y bulliciosa Nápoles como destino clásico del viajero romántico, con Goethe y Rossellini (Te querré siempre) como referencias inevitables; al atlas y las esencias del París popular retratado por Guitry o Tati; a la Praga del exilio y el recuerdo a través de Kundera y sus adaptaciones fílmicas (La broma y La insoportable levedad del ser); a la Viena esplendorosa, fascinante y convulsa del 1900 vista por La novia del viento (2001), de Bruce Beresford; a la Lisboa de los sin techo, las prostitutas o los marginados de algunos documentales recientes (y aquí es donde echamos más de menos otra mirada); o a una Roma escrutada desde tres perspectivas diferentes, de la ciudad aeterna de los viajeros, los autores y los propios romanos, la más popular del barrio del Testaccio, o aquella otra en la que los grabados de Piranesi dialogan con los escenarios urbanos de los filmes de Ferzan Özpetek.

Ciudades europeas en el cine – Gloria Camarero (ed.) – Akal – 304 págs. – 12 euros

La mala reputación

Manuel J. Lombardo | 7 de mayo de 2012 a las 22:08

Versus recupera en DVD ‘El abanico de Lady Windermere’  (1925), el primer gran filme de Ernst Lubitsch en Hollywood, adaptación de la comedia escrita por Oscar Wilde en 1892

Frente a los que auguraban que el éxito de The Artist, pescado congelado en un martes de mercado, podría volver a poner de moda o revitalizar la difusión del cine mudo, soy de los que opinaban que el efecto podría ser justamente el contrario, a saber, que se iba a momificar y convertir aún más en pieza (muerta y enterrada) de museo un lenguaje, una estética y unos modos que ya en sí mismos son mucho más resistentes y heterogéneos de lo que el amable y encantador pastiche de Michel Hazanavicius y sus exégetas nos hicieron ver.

Han pasado ya unos meses desde el fenómeno y no vemos ese repunte mudo por ningún lado, ni en las televisiones digitales, ni en las ediciones de DVD o Blu-Ray, a lo sumo en las programaciones de las filmotecas de siempre (es su obligación), por más que hasta la fecha la mejor película del año, Tabú, del portugués Miguel Gomes, vista ya en los festivales de Berlín y Las Palmas, sea precisamente una cinta que coquetea libre y lúdicamente con el silent y el blanco y negro en su reescritura del universo colonial de la literatura de Isak Dinesen y del mítico título de 1931 que rodaron Robert Flaherty y F.W. Murnau en los Mares del Sur.

Así las cosas, y mientras el cuerpo y las cuentas aguanten, el sello Versus sigue añadiendo referencias mudas a su selecto catálogo (las últimas: El hijo de la pradera, de William S. Hart y el Robin Hood de Allan Dwan), ajeno a modas y coyunturas, fiel a una política de recuperación histórica que no necesita de empujones mediáticos para justificarse.

Protagonizada por May McAwoy, Irene Rich y el galán Roger Coldman, este último prestado “por cortesía de” Sam Goldwyn, El abanico de Lady Windermere (1925) es la quinta película de Ernst Lubitsch en Hollywood, a donde había llegado en 1922 después de consolidarse como uno de los grandes nombres del cine alemán con títulos como Carmen, El gato montés, Madame DuBarry, Ana Bolena o Sumurun. Lady Windermeres fan será la tercera de las cinco películas que dirija para Warner Brothers, estudio donde estuvo bajo contrato entre 1924 y 1926 para insuflar prestigio europeo a una casa que apenas tenía al perro Rin Tin Tin como único aval de éxito comercial y popularidad.

Adaptando esencialmente el argumento, que no así, por razones obvias, en refinado lenguaje, la frivolidad y los juegos de palabras de la conocida comedia teatral escrita por Oscar Wilde en 1892 entre los espléndidos decorados verticales, amplios y despejados creados por Harold Grieve, Lubitsch consolidaba aquí no sólo unos ambientes y una tipología de personajes (aristócratas, damas refinadas, salones elegantes) que ya no abandonaría en su carrera americana, sino que apuntaba, en su satírica y distanciada mirada a un mundo de apariencias y doble moral, ese toque que ha hecho de su cine un reconocible e inimitable oasis de elocuencia visual antes y después de que la palabra hablada irrumpiera en la estética cinematográfica.

En este enredo de honores perdidos, maternidades ocultas, infidelidades, equívocos, cotilleos afilados como navajas y doble moral de salón ambientado en el Londres del cambio de siglo, Lubitsch parece sentirse como en casa, modulando variaciones estilísticas sobre la composición, la fragmentación, la elipsis o el fuera de campo. Así, la gran secuencia del hipódromo, despliega un portentoso dominio del cruce de miradas, el montaje, los cachés y los puntos de vista sobre la controvertida figura de Mrs. Erlynne, toda una auténtica coreografía visual sobre la moral de clase y la escisión entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. La secuencia en el jardín francés, delimitada por los setos dispuestos en vertical y horizontal, confirma el elegante sentido de la ocultación y la sugerencia como herramientas para el juego de la ambigüedad sexual. De igual forma, el encadenado de planos cortos sobre el timbre de un apartamento, apuntan el refinamiento de una manera elíptica de contar y sugerir en imágenes que acompañaría al director de La viuda alegre, El bazar de las sorpresas, Ninotchka o Ser o no ser durante su posterior y exitosa carrera en Hollywood, truncada por su temprana muerte en 1947.

El abanico de Lady Windermere (1925) – Ernst Lubitsch – Versus – 85 min. – 12 euros
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Y un par de libros para la semana:

Micrologías. O historia breve de las artes mínimas – Federico L. Silvestre – Ábada – 300 págs. – 18 euros

A partir de la idea de que “lo pequeño es hermoso”, el profesor de Estética Federico L. Silvestre, autor de un interesante ensayo sobre El paisaje virtual en el cine contemporáneo, recorre una breve historia del arte en miniatura -vasijas, templetes-relicarios, orfebrería, planos-relieve, maquetas de cine, bolas de nieve, casas de muñecas y minúsculas obras de arte contemporáneo- buscando en lo mínimo ese gesto de querer empequeñecer el mundo para poder abarcarlo. Un libro tan curioso como sus objetos de estudio, un “retorno a lo pequeño en busca de placeres menguantes”.

 

La delgada línea roja – Francisco Javier Tovar – Akal/Cine – 112 págs. – 9,50 euros

Ahora que Malick ha sido finalmente canonizado, comienzan a aparecer publicaciones en castellano sobre su obra, hasta ahora inexistentes. El profesor de Filología Fco. Javier Tovar se adentra en La delgada línea roja, una de sus mejores cintas, no tanto desde una perspectiva cinéfila sino buscando la pervivencia de los clásicos grecolatinos y sus temas (Homero, Sófocles, Virgilio, la musa, la naturaleza, el asedio, el retorno, el héroe, el infierno…) en una cinta que buscó el lirismo en pleno campo de batalla. Un estudio original, serio y riguroso que además inaugura colección monográfica.