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Memorias de un conseguidor

Manuel J. Lombardo | 7 de octubre de 2013 a las 7:01

Scotty Bowers as a marine

Crónica veraz o delirio senil, ejercicio de memoria selectiva o exageración morbosa, ‘Servicio completo’ relata los tejemanejes de Scotty Bowers como suministrador de placer en el Hollywood dorado.

Maquetaci—n 1Resulta difícil discernir entre la historia y la leyenda cuando hablamos de Hollywood, un lugar (todavía) mítico cimentado sobre la eficacia fordiana del trabajo especializado, el glamour de las estrellas y las mentiras de la publicidad como pilares para el funcionamiento engrasado de la gran maquinaria de la industria de los sueños.

Acosado y vigilado siempre por las ligas de la Decencia o por puritanos con cargo público (Hays, McCarthy), Hollywood se granjeó pronto fama de gran prostíbulo de Norteamérica, de ciudad del vicio y el pecado, de territorio libre en el que cualquier fantasía, y por supuesto, cualquier perversión, podía hacerse realidad. Siempre que fuera de puertas para adentro.

Los dos volúmenes de Hollywood Babilonia (Tusquets) que Kenneth Anger dedicó a los escándalos (sexuales, criminales) más sonados de la ciudad son ya hoy sendos clásicos de referencia en lo que respecta al eterno gossip angelino, regenerado a cada década, siempre con nuevos protagonistas (de Robert Downey Jr. a Lindsay Lohan), bajo una misma mirada morbosa y un mismo objetivo mercantil.

Este Servicio completo viene a sumarse a esa crónica de la leyenda negra y viciosa del Hollywood dorado antes de su ocaso y de la llegada del sida en los 80, y no escatima en detalles de las apetencias, rarezas y voracidad sexuales de algunas conocidas estrellas, cineastas, productores y empleados de los grandes estudios y alrededores.

Hijo de una familia humilde del Medio Oeste y marine en la Segunda Guerra Mundial, Scotty Bowers, un tipo apuesto y libertino ya desde su adolescencia, fue a parar a una gasolinera de Hollywood Boulevard por la que pasaban cada día, además de los jóvenes soldados y sus chicas, muchos profesionales de la industria del cine. Si hemos de creerle a pies juntillas, todo sucedió de manera rápida e improvisada, sin ánimo de lucro, y una cosa llevó a la otra: de una insinuación de Walter Pidgeon, el protagonista de Qué verde era mi valle, que acabó en una felación rápida, a una red clandestina y perfectamente organizada (por él mismo) que ofrecía todo tipo de servicios sexuales que se practicaban en una caravana a espaldas del establecimiento o en las mansiones cercanas.

Un Bowers ya anciano y desinhibido, quién sabe también si excesivamente fantasioso o de memoria algo magnificada por el tiempo, relata ahora aquellas aventuras prohibidas e íntimas, poniéndose en primer plano no sólo como alcahuete, conseguidor y protagonista de numerosas azañas sexuales, sino también como ejemplo de ese sueño americano capaz de convertir a cualquier hijo de la clase trabajadora en un auténtico emprendedor o en el mejor amigo de las elites a golpe de iniciativa, encanto y trato servicial.

Walyer PidgeonErrol Flynn

 

 

 

 

Satisfacer el morbo es pues el principal aliciente de un relato que se nutre de abundantes anécdotas, unas supuestamente vividas por el superdotado Bowers, y otras más bien de segunda mano, sobre las apetencias, casi siempre homosexuales, muchas veces extrañas o extravagantes, de estrellas, directores o profesionales de Hollywood como George Cukor, Katherine Hepburn, Cary Grant, Randolph Scott, Errol Flynn, Vincent Price, Laurence Olivier, Vivien Leigh, Tyrone Power, Spencer Tracy, Charles Laughton, Ramón Novarro, Montgomery Cliff, Rock Hudson, Anthony Perkins, John Carradine, Raymond Burr o Néstor Almendros, pero también de compositores como Cole Porter y Noël Coward, cantantes como Edith Piaf, escritores como Sommerset Maughan o Tennesse Williams, personalidades de la realeza europea como los Duques de Windsor o políticos de la talla de J. Edgar Hoover, director del FBI.

Prolijo en lenguaje y argot de la calle, cercano en ocasiones al de la literatura pornográfica, Bowers relata de manera directa, sin florituras, yendo literalmente al grano en la descripción explícita de los actos sexuales propios o ajenos.

Lejos de arrojar una mirada moralista o censora sobre sus personajes y amistades, sus gustos particulares o sus vicios de alcoba, Bowers se mueve entre la celebración del sexo y la admiración por ese mundo de esplendor y lujo, por más que, en ocasiones, el libro deje entrever también las orejas del oportunismo y la explotación del morbo que suscitan la notoriedad, la doble vida y la fama de las personalidades que por él desfilan. Tal vez para espantar esa posible sospecha, Bowers acude en algunas páginas a su infancia y adolescencia, a su vida familiar, a su experiencia en la II Guerra Mundial o a la propia historia de Hollywood como justificación de un auténtico relato autobiográfico: lo más sincero pero también lo menos interesante del libro. Le toca al lector discernir ahora cuánto hay en estas páginas de confesión auténtica en el ocaso o de chismoso ajuste de cuentas para dejar royalties a los herederos.

Servicio completo. La secreta vida sexual de las estrellas de Hollywood – Scotty Bowers (con Lionel Friedberg) – Anagrama – 328 págs. – 19,90 euros

Adiós al lenguaje, adiós al hombre

Manuel J. Lombardo | 14 de abril de 2013 a las 10:40

Si hubiera un ranking en la Historia de la barbarie humana, el periodo de terror instaurado en Camboya entre 1975 y 1979 por los jemeres rojos, liderados por el siniestro Pol Pot, ocuparía uno de los más deshonrosos primeros puestos no sólo por la crueldad atroz de sus actos, revelada por las investigaciones, los testimonios de supervivientes y verdugos y toneladas de documentos escritos y gráficos que, a pesar de la voluntad de no dejar rastro, quedaron de aquellos hechos, sino por la implacable y sistemática metodología que allí se puso en práctica para la aniquilación del hombre, principal obstáculo para la fundación del nuevo pueblo al servicio de la interpretación más enloquecida del ideario marxista-leninista.

Las estadísticas hablan de 1,7 millones de muertos, un tercio de la población del país, asesinados, previa tortura, previa confesión y autoinculpación falsas, en esos centros y campos de muerte a los que el cine sólo pudo llegar tarde (Los gritos del silencio) para intentar lavar su mala conciencia o remedar la culpa con sentimentalismo y épica de supervivencia.

Sin embargo, el cineasta camboyano Rithy Panh (1964) ha hecho de su experiencia en aquellos días, de su biografía personal, marcada por la desaparición de casi toda su familia y el posterior exilio en Francia, el objetivo central de su vida y su trabajo, empeñado en el conocimiento antes incluso que en la verdad, no sólo en la recuperación de la memoria de las víctimas y la búsqueda de respuestas, sino en la fidelidad a un método propio que supera, en la justa distancia para no caer “en el fatalismo teñido de complacencia”, en el rigor de sus investigaciones, en la búsqueda de los protagonistas y en su confrontación con ellos, con sus rostros, sus silencios y contradicciones, en el chequeo exhaustivo de documentos y fotografías, en la recreación y la repetición de los gestos de los verdugos in absentia, el de los tribunales de justicia que han sentado en el banquillo y condenado a los responsables de aquella aniquilación sistemática y planificada.

Cabe situar el trabajo de Panh, cuyo núcleo central encontramos en documentales como Bophana (1996), S21, la máquina de matar de los jemeres rojos (2003) y Duch, le maître des forges de l’enfer (2011), en la tradición de Shoah de Claude Lanzmann, al que cita explícitamente como referente en su indagación en la palabra, en el testimonio como recurso capaz de evocar y reconstruir desde el presente el relato de los hechos sin ninguna imagen de archivo. Una restitución de la palabra que se nos antoja de nuevo esencial en Panh, más aún cuando uno de los rasgos distintivos del proyecto de exterminio del jemer rojo pasó precisamente por aniquilar el lenguaje, vaciarlo de sentido, de emociones y sentimientos, para construir sobre sus cenizas una nueva y aséptica terminología, técnica, numérica, hecha de códigos y siglas, al servicio de la revolución, del nuevo pueblo. Inevitable no acordarse aquí de Si esto es un hombre, de Primo Levi, o de La cuestión humana, de François Emmanuel, llevada al cine por Klotz y Perceval, que nos contaba también el clínico y tecnificado lenguaje de los mandos nazis a la hora de planificar y ejecutar el exterminio judío en los campos.

En La eliminación, un libro indispensable, Rithy Panh relata con espeluznante elocuencia dos procesos y dos momentos históricos que se trenzan: por un lado, su encuentro y su entrevista, filmada en centenares de horas y descrita y extractada aquí en sus momentos más escalofriantes, reveladores o contradictorios, con Kaing Guek Eav, conocido como Duch, responsable del centro de tortura y ejecución S21, en Phnom Penh, de 1975 a 1979, y a quien no pudo entrevistar en S21; por otro, el relato de esos mismos cuatros años desde el punto de vista del joven Panh, que fue literalmente arrancado de su vida junto a su familia para vagar, pasar penurias y hambre y ver poco a poco como los suyos morían por el camino, sin tiempo para ser llorados, enterrados o velados. Porque ahí resuena también con fuerza en este libro y el los filmes de Panh el siniestro lema, uno más de tantos, de aquella eficaz maquinaria de exterminio: no hay palabras, no hay hombres, no hay sentimientos, no hay cuerpos, no hay rastro, no hay memoria.

La eliminación – Rithy Panh (en colaboración con Christophe Bataille) – Anagrama – 220 págs. – 18,90 euros

Anne y Jean-Luc, una historia de amor y revolución

Manuel J. Lombardo | 22 de enero de 2013 a las 0:25

Un año ajetreado es la segunda novela autobiográfica de Anne Wiazemsky (Berlín, 1947), nieta del ilustre escritor francés y Premio Nobel de Literatura François Mauriac, actriz adolescente en Al azar, Baltasar, de Robert Bresson, cuya experiencia relató en La joven (El Aleph), estudiante de filosofía, musa, actriz, amante y esposa (entre 1967 y 1979) de Jean-Luc Godard, novelista (Canines, El libro de las despedidas, El libro de los destinos), guionista y directora de algunos programas de televisión.

El año en cuestión va justamente del verano de 1966 al de 1967, el periodo en el que Wiazemsky, por entonces menor de edad y estudiante de bachillerato en tránsito hacia la Universidad, conoció y (se) enamoró a un Godard en pleno éxito recién separado de Anna Karina, con quien había rodado sus primeras y exitosas películas (Una mujer es una mujer, Vivir su vida, Pierrot el loco), un año intenso repleto de nuevas experiencias, dudas y conflictos familiares y personales que forjaron la personalidad adulta de una adolescente hermosa, confusa e inquieta y que culminaron con una boda secreta en un ayuntamiento suizo y el rodaje de una película, La Chinoise, que, en su adaptación del Pequeño Libro Rojo de Mao a una célula de “Robinsones del marxismo-leninismo”, iba a preludiar el espíritu que habría de inundar las calles poco tiempo después en mayo de 1968.

A partir de las notas de su diario de juventud, una lúcida, sincera y precisa Wiazemsky va desgranando poco a poco, siempre atenta a los detalles y sujeta al vaivén de los estados de ánimo, los acontecimientos excepcionales de aquel periodo convulso y maravilloso: la primera carta de amor que escribió al director de Maculino, femenino dirigida a la redacción de los Cahiers du cinéma, el primer encuentro con el cineasta, al que siempre retrata como un niño travieso, cariñoso y celoso, locuaz y seductor, tan tierno, cortés y tímido en la intimidad como seguro, autoritario e incluso agresivo en sus rodajes y apariciones públicas, las escapadas furtivas, las sesiones de cine para ver las películas de Lang, Rossellini, Renoir y Bergman o las comedias de Louis de Funès, los primeros encuentros sexuales, las angustiosas falsas alarmas de embarazo, las peleas continuas con su madre y su familia, que desaprobaba la relación desigual sin disimulos, o el despertar de su vocación como actriz, escritora o fotógrafa.

Si un Bresson siempre correcto aunque excesivamente paternal y protector era el protagonista de fondo de aquella primera novela de iniciación, un Godard entregado y furiosamente romántico lo es de ésta, aunque no sea exactamente una novela sobre el cineasta o su cine, sino más bien el relato de aprendizaje y formación de una joven de buena familia seducida por el crepitante ambiente cultural e intelectual del París de mediados de los sesenta, una ciudad efervescente por la que desfilan figuras como Jeanson, Cournot, Sartre, Merleau-Ponty, Sollers, Truffaut, Rivette, Coutard, Bertolucci, Barbara, Jeanne Moreau, Jean-Pierre Léaud, Jean Vilar o Maurice Béjart, un París que ella pasó de contemplar desde la barrera a protagonizar en primer plano, acompañando al que todos consideraban como el cineasta más genial de su generación.

Un año ajetreado puede leerse así en clave histórica y generacional, para aquellos lectores no cinéfilos o no interesados por la figura de Godard y su entorno, pero resulta especialmente recomendable para el conocedor y el seguidor del director de Al final de la escapada, en su retrato insólito tras el que se adivinan pasiones, sonrisas e incluso gestos de torpeza y ternura keatonianas que él mismo siempre se encargó de esconder tras sus gafas de sol. Si sus películas con Karina ya dejaban traslucir, entre las fracturas del lenguaje y la voluntad de épater la bourgeois, un profundo espíritu romántico escondido en la cinefilia y la pasión por la literatura o la música, el periodo de cortejo, seducción, inspiración y convivencia inicial con Wiazemsky nos revelan a un Godard mucho más frágil y transparente, a un tipo tal vez solitario y desesperado que buscó en el amor de una joven burguesa la protección para sus propias carencias.

Lo que vino después, fuera ya de las páginas de este libro, es de sobra conocido: una radicalización y una politización de Godard en su carácter y en sus prácticas cinematográficas que lo fueron aislando cada vez más del cine francés y de su propia esposa, y una carrera como actriz de Wiazemsky que se prolongó durante unos cuantos años junto a su esposo (Week-end, Todo va bien) o a cineastas como Pasolini (Teorema, Porcile) antes de la separación definitiva.

Un año ajetreado – Anne Wiazemsky – Trad. de Javier Albiñana – Anagrama – 224 págs. – 18 euros

 

 

El dinosaurio y el bebé

Manuel J. Lombardo | 24 de septiembre de 2012 a las 22:05


El hecho de que una película como Madrid 1987, escrita y dirigida por David Trueba y protagonizada por José Sacristán y María Valverde, haya pasado sin pena ni gloria por la cartelera, habría de hacer saltar todas las alarmas sobre la nula capacidad de absorción de nuestra institución cinematográfica de todo aquel cine medianamente adulto o mínimamente serio que se salga del habitual redil formulario de los productos realizados para asaltar la taquilla el primer fin de semana.

Que se sepa, Trueba es un cineasta (La buena vida, Soldados de Salamina, La silla de Fernando) y un escritor reconocido, Sacristán una leyenda viva de nuestro cine y nuestro teatro, y María Valverde uno los rostros jóvenes más fotografiados y promocionados de la última década. Sin embargo, juntos apenas han conseguido llamar la atención de 6.500 espectadores en el fugaz paso de la cinta por las salas.

Por suerte, Anagrama, casa habitual de las novelas de Trueba (Abierto toda la noche, Cuatro amigos, Saber perder), acaba de editar una caja que incluye tanto el guion original como la película en DVD, prueba del nuevo destino que tal vez le espera a todo ese cine de cierta vocación marginal (o, al menos, no necesariamente masiva) que vaya a producirse en este país en los próximos años.

Así las cosas, rodada en formato digital con exiguo presupuesto y apenas un par de localizaciones, Madrid 1987 vuelve su mirada a los primeros años del desencanto (socialista), a la España de la cultura del pelotazo, Rumasa, Jesús Gil y el atentado de ETA en Hipercor, no tanto con un tono nostálgico como con la necesidad de buscar algunas posibles respuestas a la actual crisis nacional, una crisis, me temo, que no es sólo económica.

Un viejo, cínico y desencantado novelista y columnista de prensa, un personaje hecho a trazos de Francisco Umbral, Manuel Vicent y Rafael Azcona, y una joven estudiante de Periodismo en cuyo personaje puede adivinarse a la generación del propio Trueba, juegan al juego de la seducción y la palabra fabuladora entre las cuatro paredes del cuarto de baño cutre del estudio que un amigo le ha prestado a éste para culminar sus faenas amorosas.

Miguel y Ángela tensan y destensan la cuerda del deseo y el duelo intelectual a golpe de diálogo lúcido y ritmado, expanden los límites de ese único espacio de azulejos verdosos y toallas sucias para trazar no sólo el relato de una pequeña batalla romántica y generacional, sino para desentrañar también, a mitad de camino entre la decepción, la ironía y la esperanza (ese final, a paso firme), los flecos de una Transición incompleta que se nos antoja aún demasiado cercana, con olores, tonalidades y sabores todavía familiares.

Madrid 1987 coquetea con la teatralidad metafórica de Samuel Beckett con unos personajes de una inteligencia y una locuacidad en vías de extinción para la ficción de nuestros días, carne hecha de palabra literaria de altos vuelos que, en el mejor de los casos, Sacristán y Valverde consiguen convertir en una gran pieza de teatro de cámara, y en el peor, en una excesiva, visible y algo mecánica retahíla verbosa.

Siempre discreto, tal vez algo temeroso del sostenimiento del plano y las tomas largas, y pudoroso aunque elegante en su manera de filmar los cuerpos y el sexo, Trueba confía plenamente en su propio texto y en sus dos actores para camuflarse, tal vez emulando esa misma concepción de estilo invisible que pone en boca de Miguel, tras una puesta en escena que algunos podrían llegar a tachar de funcional pero que, sin embargo, extrae petróleo ya refinado de un espacio y unos elementos tan limitados.

En el ejercicio de lectura en paralelo del guion que posibilita esta edición, pueden apreciarse las pequeñas variantes y alteraciones de texto en boca de Sacristán y Valverde y el preciso y cuidadoso sentido de la descripción y el gusto por el detalle asociativo del Trueba escritor.

Madrid 1987 – David Trueba  – Anagrama – Caja: DVD + Libro (guion) – 103 mins./136 págs. – 24’95 euros

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Metrópolis (versión de Giorgio Moroder) – Fritz Lang – DVD/Blu-Ray- 1927/1984/2010 – Divisa – 15/18 euros  

Después de editar la versión más completa conocida de este clásico del cine alemán a partir de materiales encontrados en la Filmoteca Argentina, Divisa recupera también la versión, ensamblada en 1984 y retocada en 2010, del compositor Giorgio Moroder, una suerte de filme-sinfonía techno, hoy plenamente vigente en sus texturas sonoras electrónicas y su registro digital, con canciones interpretadas de Freddie Mercury, Pat Benatar, Adam Ant, Bonnie Tyler o Jon Anderson. A prueba de puristas y ortodoxos.

 

San Benny el carterista / Mi hijo, mi héroe – Edgar G. Ulmer – Versus/CinemaBis – 152 min. – 11’95 euros.

La Historia del cine le ha hecho su hueco de gloria al director de origen austriaco Edgar G. Ulmer (1904-1972) como uno de los más prolíficos (y mentirosos) directores de la serie B hollywoodiense, ocasionalmente capaz de rodar (en apenas unos días) pequeñas obras maestras en las condiciones de producción menos favorables (Detour). Versus recupera ahora dos de sus filmes menos conocidos, ambos inéditos en España, las simpáticas comedias de redención San Benny el carterista (1951) y Mi hijo, el héroe (1943).