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Ai Weiwei: el artista 2.0

Manuel J. Lombardo | 28 de enero de 2013 a las 16:11

Coincidiendo con la inauguración de la que será su primera exposición en España, que se podrá ver desde el próximo día 1 de febrero hasta el 30 de junio en el CAAC (Centro Andaluz de Arte Contemporáneo) de Sevilla, llega a las carteleras el documental Ai Weiwei: Never Sorry, una producción dirigida por Alison Klayman que, tras su presentación en el Festival de Sundance, ha circulado para mostrar la faceta más política, crítica y reivindicativa de este carismático artista chino, posiblemente uno de los más importantes, cotizados y mediáticos de la actualidad.

Rodado en China y en varias de las ciudades del mundo que han acogido sus exposiciones (Londres, Nueva York, Munich) en los últimos tres años, Ai Weiwei: Never Sorry sigue al orondo artista comprometido, al artista incordio de las autoridades chinas, al padre de un hijo de año y medio de una mujer que no es su esposa, al defensor de las libertades y al luchador incansable contra la censura en un país que, a pesar de su supuesta apertura democrática en los últimos años, aún no parece haberse desembarazado de las viejas y siniestras inercias del régimen comunista transmutadas ahora en un nuevo y feroz modelo ultracapitalista.

En su estudio-búnker en las afueras de Beijing, rodeado de su amplio equipo de colaboradores y asistentes (sus particulares “asesinos a sueldo”, los peones de sus movimientos artísticos), acompañado de sus gatos y casi siempre pegado a un teléfono móvil o la pantalla de un ordenador, blogueando o lanzando tuits a la red como dardos a una diana, un Ai Weiwei sereno y reflexivo expone algunas de las claves de su proyecto artístico y vital, que pasa hoy, superadas ya las etapas del underground o el conceptualismo más elemental, por hacer de las nuevas comunicaciones y medios de la era digital las principales armas para una nueva forma de arte 2.0.

A lo largo de este retrato del artista en acción y de sus circunstancias diarias, vigiladas de cerca por las cámaras de seguridad y los chivatos apostados a la puerta de su casa, emergen algunos datos biográficos relevantes: la figura de un padre poeta, Ai Qing, un auténtico tesoro nacional que nunca fue bien visto por ningún régimen, una profunda inadaptación a la oficialidad ya desde los primeros días en la Escuela de Arte de Beijing, una larga temporada de exilio y aprendizaje en Nueva York en los años ochenta, un regreso concienciado y valiente a un país cerrado tras los acontecimientos de Tian’anmen en 1989, un crecimiento artístico en la resistencia, la clandestinidad y el activismo (con la publicación consecutiva en los noventa de los libros Blanco, Negro y Gris) a partir de la reflexión satírica sobre las relaciones entre tradición y modernidad o sobre el propio concepto del arte, y el posterior reconocimiento internacional para liderar a toda una nueva generación de creadores chinos que exponen hoy regularmente en los mejores centros de arte contemporáneo del mundo.

Ai Weiwei: Never sorry se centra especialmente en las últimas acciones del artista: sus trabajos de investigación documental, denuncia y dignificación de las víctimas tras el devastador terremoto en la Provincia de Sichuan, su propio pulso personal contra los policías que lo golpearon brutalmente para impedir que testificara a favor de un amigo detenido, la celebración festiva de la demolición del gran estudio de arte planeado por él mismo en Shanghai, o su propio arresto de casi tres meses en abril de 2011, gestos que, difundidos en Internet, en su blog o a través de Twitter, o filmados por él mismo y por su equipo de colaboradores con pequeñas cámaras o dispositivos digitales, esa nueva arma de contrapoder de muchos de los cineastas chinos de la Sexta Generación (de Jia Zhang-ke a Wang Bing), se han convertido en su producción artística, viral y colectiva, libertaria y crítica, irónica y autoconsciente, más importante en los últimos años.

(Más) libre te quiero

Manuel J. Lombardo | 26 de enero de 2013 a las 13:09

Año y medio después del 15-M, el movimiento parece haberse disuelto y atomizado entre la crisis galopante y la angustia de un futuro incierto. Quedan, empero, rescoldos y documentos que atestiguan aquel fervor espontáneo y colectivo, aquella legendaria acampada en la Puerta del Sol, imágenes incontestables de las cargas policiales y la violencia indiscriminada, un reguero de cuentas de Twitter que siguen alimentando un espíritu antisistema que mantiene viva la alerta social ante los atropellos cotidianos a la ciudadanía para salvar los maltrechos cimientos del viejo capitalismo o de una organización democrática manifiestamente mejorable.

Algunos de estos documentos, nacidos y difundidos a través de Internet, las redes sociales o circuitos alternativos, se reúnen ahora en el ciclo #15m TomaElCaac que se viene celebrando desde el pasado día 22 hasta el 27 de enero en el Aula del CAAC, una muestra que incluye además presentaciones y mesas redondas a cargo de algunos de los autores de los trabajos audiovisuales, centrados tanto en las manifestaciones y acciones realizadas en Madrid y Barcelona como en aquellas que tuvieron lugar en Sevilla: acampadas, movilizaciones, asambleas de pueblos y barrios y demás actividades lúdicas y reivindicativas del movimiento expuestas bajo diferentes formatos, tonos y calidades.

Entre la variada oferta, el documental Libre te quiero, del veterano cineasta Basilio Martín Patino, es el principal reclamo del ciclo, un trabajo que, desde su presentación hace unas semanas, se ha convertido en el filme-emblema del movimiento, lo cual no significa necesariamente que sea el mejor o el más interesante. Y es que en Libre te quiero, que toma prestado su título de la canción de Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo, parece quedarse en la superficie más anecdótica, y si me apuran, ingenua, del movimiento. A la vista de su impecable y poco integrada trayectoria en el cine español, a Patino se le presupone siempre una capacidad innata para trascender el registro documental y ahondar en el potencial reflexivo y metalingüístico del discurso cinematográfico, ahí están sus Canciones para después de una guerra, La seducción del caos o Andalucía, un siglo de fascinación para confirmarlo. Sin embargo, en Libre te quiero el cineasta parece contentarse con la celebración testimonial de aquel brote colectivo, con el lado más festivo, también con algunos momentos de tensión y represión policial, pero sin que la palabra individual o las ideas cinematográficas, en otras ocasiones creadas a partir de un uso portentoso del montaje, alcancen a poner de manifiesto el pensamiento o las contradicciones detrás del 15M o, esto sí nos parece más grave aún, el pensamiento y las contradicciones que hay detrás de su película.

Se suceden así, acompasadas por la canción de Prada en eterno retorno, unas mismas escenas de masas, unos mismos gestos, una misma repetición de movimientos y consignas. Uno hubiera esperado tal vez mayor distancia, no en vano ha pasado más de un año y medio de aquello, pero Patino no quiere o puede ir más allá del valor testimonial de sus imágenes como documento de archivo para la Historia.

El 15M, como nos demuestra este ciclo y algunos excelentes trabajos audiovisuales sin autor que pueden verse en Internet, también ha sido y es capaz de crear “filmes políticos hechos políticamente”, tal y como enseñó Godard a mediados de los sesenta.

 

 

(Regreso a) La isla de Agnès Varda

Manuel J. Lombardo | 15 de noviembre de 2012 a las 19:46

Hoy hemos estado en la exposición del CAAC Las dos orillas de Agnès Varda e irremediablemente hemos recordado esta otra, L’île et elle, que vimos Angélica y yo en París en 2006.  Aquí copio y pego mis impresiones de entonces, intactas (salvo los enlaces y las fotos), tal y como se publicaron en Diario de Sevilla.

A sus 78 años, la veterana directora francesa Agnès Varda sigue ofreciendo una muy saludable y estimulante muestra de juventud creadora y voluntad de (suave) vanguardia entre el confuso marasmo de jóvenes creadores epatantes que creen haber encontrado en la imagen digital la salvación para sus veleidades artísticas.

A escasos cinco minutos de su casa en la parisina calle Daguerre (¿casualidad?, ¿búsqueda? La directora de Cléo de 5 a 7 le dedicó hace unos años un documental –Daguerreotypes– al padre de la fotografía, su primera vocación), la Fondation Cartier pour L’Art Contemporaine exhibe desde el pasado 18 de junio y hasta el próximo 8 de octubre la serie de instalaciones titulada L’île et elle, un muy personal e intransferible recorrido por los rincones de la peculiar isla de Noirmoutier, situada en la costa atlántica de la región de Loire, cerca de Nantes, donde la Varda ha pasado sus veranos desde hace muchos años.

Las instalaciones que conforman la exposición trasladan al formato audiovisual, a la fotografía, a las construcciones o al juego con los objetos cotidianos las sensaciones y experiencias que para la directora de La felicidad evocan los paisajes, las gentes, los sonidos o los olores de aquella isla a la que tan sólo se puede acceder a pie o en vehículo durante las pocas horas que baja la marea cada día.

Así, por ejemplo, la que lleva por título Ping-Pong, Tong et Camping (2005-2006) evoca los juegos y sonidos de la infancia a través del diseño de un espacio colorista formado por objetos de plástico propios de una tienda de todo a cien como sandalias, cubos, rastrillos o colchonetas, una de las cuales sirve además de pantalla sobre la que se proyecta un divertido vídeo en el que la Varda juega con el montaje asociativo a partir de las onomatopeyas y de los sonidos de una partida de tenis de mesa.

No muy lejos encontramos Ma cabane de l’echec (2006), curiosa cabaña traslúcida hecha de tiras de celuloide, celuloide que procede precisamente de una película, Les créatures, protagonizada por Michel Piccoli y Catherine Deneuve, rodada por la directora en la isla de Noirmoutier en el año 1966. A su lado, una nueva cabaña, ésta de madera y Uralita, contiene una serie de retratos de hombres y mujeres anónimos de la isla en los que la autora deja la impronta de su preciso y humanista ojo fotográfico, que mira cara a cara a los retratados con esa serena complicidad que da a entender siempre un vínculo con ellos que va más allá del retrato o el perfil antropológicos.

Si bajamos a la planta subterránea de la exposición, lo primero que nos encontramos es un paso con barrera. Se trata de la instalación titulada Le pasaje du Gois (2006), que evoca precisamente la experiencia de la necesaria espera de los peatones o los conductores para acceder a la isla cuando la marea baja así lo permite. Una vez dentro, nos encontraremos con la pieza más grande y espectacular de la exhibición, La grande carte postale ou Souvenir de Noirmoutier (2006), en la que Varda hace un homenaje a las viejas postales turísticas que promocionaban la isla. Una enorme postal de 5 m. x 2 m. deja ver en varias pantallas que se descubren al apretar un botón vídeos que muestran rincones de la vida (también la submarina) de la isla, que se despliega como un pequeño puzzle que recompone experiencias y sensaciones filtradas por lo subjetivo y por la propia historia del lugar.

A su derecha, lo autobiográfico cobra de nuevo protagonismo en Le tombeau de Zgougou (2006), nueva muestra del juguetón espíritu naif de la artista, sentido homenaje a su inseparable gato Zgougou, protagonista anónimo de varias de sus películas (lo hemos visto en Jacquot de Nantes o en la reciente Los espigadores…, donde tiene su propio episodio), al que enterró en su casa de la isla recientemente. Un vídeo de estirpe méliesiana con música de Steve Reich acompaña las imágenes de la construcción de una tumba de arena con conchas marinas y flores donde descansa, en paz y para siempre, el fiel y gatuno acompañante de la directora.

La música y el sonido están también muy presentes en el recorrido. Este último adquiere especial relevancia en Le tryptique de Noirmoutier (2004-2005), donde tres pantallas y sus respectivos altavoces muestran y proyectan imágenes y sonidos del interior de una casa familiar, en la que una madre y una hija realizan sus tareas cotidianas de cocina, y de la playa que la rodea, donde un padre y un hijo juegan y pasean en la arena. Varda nos invita aquí a la contemplación y la escucha del tiempo real y apunta a la utopía del cine como registro pleno de una realidad que siempre se escapa (por los lados).

La visita se cierra, como el ciclo de la vida, con una última instalación en torno a la muerte y la ausencia, la de los maridos de algunas de las viudas de la isla. Los catorce auriculares de las catorce sillas situadas frente a un mural con catorce pequeñas pantallas de Les veuves de Noirmoutier (2004-2005) susurran al visitante catorce historias íntimas de viudez y recuerdos, una de las cuales, de la propia Varda, que se filma a sí misma en una silla junto al mar, no necesita de la palabra para evocar su idilio, aún vivo, con el que fuera su compañero, esposo y cómplice Jacques Demy, director de Los paraguas de Cherburgo, con quien compartió tantas vivencias en la isla.