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Cine de verano #7: El cine de Ferragosto

Manuel J. Lombardo | 26 de agosto de 2013 a las 17:52

Pranzo di Ferragosto - 02

La comedia italiana, aquel prodigioso invento del “milagro económico” de los años cincuenta nacido de las cenizas de la posguerra, el Neorrealismo y su cruce industrial con los géneros populares, ha retratado en numerosas ocasiones esa encrucijada del verano, en pleno mes de agosto, en la que la ciudad, Roma para más señas, se queda prácticamente vacía con la salida de los veraneantes de puente o fin de semana hacia las playas o destinos más cercanos en la festividad de Ferragosto.

Cuenta la enciclopedia digital que la tradición del Ferragosto (Feriae Augusti), que se celebra en Italia el 15 de agosto, fue instituida en el siglo XVIII a.c. por el Emperador Augusto para celebrar y marcar en el calendario estival una tradición más antigua aún relacionada con el fin de las actividades agrícolas. Ya durante el período fascista, a partir de la segunda mitad de los años veinte, el Ferragosto adquirió visos de breve periodo vacacional oficial e institucionalizado con la promoción por parte del régimen de viajes organizados que permitían a las clases populares conocer sus ciudades, sus rincones rurales y sus monumentos en excursiones de un día.

Nuestro generoso redactor enciclopédico incluye también en la entrada española una lista de títulos del cine italiano ambientados en Ferragosto, casi un género en sí mismo: Ferragosto en bikini (1961, Girolami), L’Ascensore (1976, Comencini), Un sacco bello (1980, Verdone) o el éxito reciente Manuale de Amore 3 (2011, Veronese).

No faltan en esta lista Il sorpasso (1962), de Dino Risi, Caro Diario (1992), de Nanni Moretti), o el que sin duda es el mejor título ferragosteño, Pranzo di Ferragosto (2008), de Gianni di Gregorio, una gozosa comedia costumbrista capaz de integrar la mejor tradición local con unos aires y un desparpajo realistas que rara vez asoman en el cine con tanta autenticidad y encanto.

En el Ferragosto en blanco y negro de Risi, el pícaro Vittorio Gassman y el estudiante Jean-Louis Trintignant huyen de una Roma desolada para adentrarse en un viaje (sin retorno) en descapotable por esa Italia veraniega de fiestas, playas y chiringuitos tras la que se esconde, empero, una mirada amarga, más próxima a La dolce vita o a Antonioni de lo que podría imaginarse, a la superficialidad de un tiempo aparentemente feliz que acabaría por truncarse pronto.

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Algo de eso hay también en la Roma (1972) de Fellini, un retrato poliédrico y libre de la ciudad eterna filtrado por el artificio, la memoria, el mito y lo oculto que nos dejó, entre otras estampas inolvidables, aquella batida nocturna en motocicleta de una pandilla de jóvenes que nos descubría, como si de una ensoñación, una gran escenografía o una fantasmagoría se tratara, los rincones, calles y monumentos históricos de la ciudad.

También en el primer episodio de la autobiográfica Caro diario, Moretti confiesa algunas de sus pasiones cuando el verano toca a Ferragosto y la ciudad se queda desierta y silenciosa, cuando muchos cines cierran y apenas pueden verse películas pornográficas, de terror o italianas. A Moretti le gusta recorrer en moto los barrios de la ciudad, los del centro y los de la periferia, ver y filmar edificios y áticos en los que le gustaría vivir, ir a las verbenas populares y ver bailar a la gente, ver alguna película en el cine que le recuerde la falta de sensibilidad de los críticos, visitar por primera vez, en fin, el lugar en el que fue asesinado Pasolini.

Caro diario

Vacaciones_De_Ferragosto-CartelEn un momento de Pranzo di Ferragosto, nuestro protagonista, un cincuentón afable, soltero, con ojeras y sin blanca, también sale en moto con su amigo del barrio (un luminoso Trastevere de adoquines y tonos ocres) para buscar pescado para la comida. En su piso alquilado ha dejado a cuatro ancianas de las que se hace cargo a regañadientes para pagar favores y de las que recibe, impertérrito, cualquier dinero o propina que quieran darle como compensación. Gianni (Di Gregorio, guionista y director, un señor que llegó muy tarde a esto del cine) organiza así una jornada vacacional memorable como antihéroe urbano: un tipo fácilmente caricaturizable que, en sus manos, se convierte en un auténtico titán de la romanidad más gestual y gozosa, un verdadero tipo de comedia capaz de hacer bailar a sus entrañables ancianas (con la portentosa Valeria de Franciscis como su mamma, una anciana coqueta y dominante de aires sofisticados) en un pequeño piso convertido en un auténtico teatro humano sobre los caprichos, las envidias y las mezquindades observado siempre desde la comprensión  y el afecto por sus criaturas.

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Tres años más tarde, Di Gregorio se reencarnaría en otro personaje parecido para seguir rodeado de mujeres. El Gianni pensionista de Gianni e le donne tiene una misma madre caprichosa, una esposa que abusa de su bondad e intenta despertarlo de su apatía, una hija que se ha traído al novio a vivir a casa, una hermosa vecina con perro y un amigo abogado que le anima echar una cana al aire. Crónica del hombre maduro en crisis, el filme retrata a nuestro protagonista en una Roma popular, luminosa y estival en la que cada mujer es un estimulo y también la encarnación de una gloriosa y melancólica renuncia.

Sicilia Paradiso!

Manuel J. Lombardo | 30 de abril de 2012 a las 22:59

Viajar se ha convertido en algo cada vez más engorroso e incómodo para mí. Si no fuera por Angélica, que me anima a moverme y se encarga de la intendencia de las reservas, los vuelos, los itinerarios y todo lo demás, creo que no iría más lejos de La Pañoleta.

Estos días atrás hemos estado en Sicilia, más concretamente en Palermo, desde donde hemos hecho algunas excursiones en las que, además de las habituales estampas del turista accidental low-cost, he seguido desarrollando mi particular y poco original mirada cinéfila al paisaje y el paisanaje locales.

Esta vez no he perdido el tiempo, como ya me ocurrió en una visita a Ferrara hace unos años, buscando la inexistente casa natal de Michelangelo Antonioni. Ni siquiera nos hemos acercado a Noto, en el otro extremo de la isla, donde éste rodó las escenas finales de La aventura que tanto me recuerdan a un cuadro de Di Chirico. Aquí ha sido todo más casual e involuntario, y el asalto de la memoria no ha estado tan movido por la mitomanía o el fetichismo cinéfilo. Así, en la ruidosa y estimulante Palermo me paseé con cierta indiferencia por delante de la escalera del Teatro Massimo en la que Coppola filmó la tercera entrega de El Padrino, la misma en la que caía muerta, abatida por los disparos, su hija Sophia en la escena final. Ni siquiera entramos.

En la misma Piazza Verdi se encuentra también el cine Rouge et Noir, que conserva un cierto aire modernista en su hall aunque ha sido dramáticamente remozado en su interior para terminar por parecerse a esos cines del centro de cualquier ciudad de provincias reformados en los ochenta y con tapicerías sintéticas de color naranja.

Entramos a ver, parecía oportuno, To Rome with love, la nueva película europea de Woody Allen, esta vez a costa de la film comission romana. El neoyorquino hace ya tiempo que va con piloto automático, escribiendo lo primero que le sale, mostrando una absoluta desgana por el proceso de rodaje, si acaso encantado de pasar 4 ó 5 semanas en los mejores hoteles y restaurantes de Barcelona, París, Londres, Oviedo o, como ahora, de la ciudad eterna. Su película es lamentable, una colección de desafortunadas piezas cómicas alla italiana en las que cualquier asomo de talento, gracia u originalidad son pura coincidencia. Darius Khondji filma la ciudad en relamido modo de postal de ferragosto y el elenco, incluida nuestra cada vez más loreniana Penélope Cruz, da la sensación de contentarse con aprovechar el tiempo libre después de cada jornada de trabajo. Hasta Roberto Benigni, tristemente envejecido, parece fuera de sitio en el que hubiera sido su terreno natural.

No muy lejos del cine descubrí por azar la estupenda librería dello spettacolo Broadway. Entre libros de cine nuevos y viejos, demasiados para elegir uno en tiempos de economía de crisis, encontré ese DVD que siempre me traigo de vuelta de cualquier viaje, a ser posible acorde con el lugar y su cine. Se trata de una preciosa edición de la Cineteca de Bologna con los cortometrajes documentales de Vittorio de Seta (1923-2011), el director de la emblemática Banditi a Orgosolo (1961), “antropólogo con mirada de poeta”, como lo define Scorsese en un artículo del libro que acompaña la edición y en el que también escriben Roberto Saviano o Alberto Farassino.

Se trata de sus primeros filmes de los años cincuenta (1954-1959), documentales sobre pescadores, agricultores, artesanos y contadini sicilianos y sardos que muestran un mundo arcaico en vías de extinción, una prolongación de aquella mirada de Visconti en La terra trema que hoy tal vez siga teniendo continuidad en el cine italiano en la obra de Michelangelo Frammartino (Le quattro volte).

También había un cierto trasfondo cinéfilo en el viaje en un pequeño coche alquilado que hicimos a Segesta y Erice. En la primera, no muy lejos del teatro y el templo dóricos entre montañas, rodaron Jean-Marie Straub y Danièle Huillet su imprescindible Sicilia! (1999), a partir de textos de Vasco Pratolini, la película más musical de todas las que conozco en su forma de filmar el habla, el acento, la cadencia del lenguaje local expuesto a un espectacular y preciso ejercicio de vaciado.

A Erice llegamos en el funicular que sale de un extremo de la ciudad de Trapani, un espantoso trazado de calles atestado de suciedad y coches, sin un árbol a la vista. El pequeño pueblo medieval encaramado a la montaña domina un paisaje panorámico con el mar y las salinas al frente y los valles a su alrededor. Realmente impresionante, más aun cuando se sube colgado en el vacío, en inquietante silencio, en la cabina del teleférico. Una vez arriba, el turismo de llegar-mirar-y-marcharse vuelve a imponer su dictadura barata y multicolor a unas calles de piedra ocre que conducen siempre a unos mismos lugares, cafés y pasticcherias con zona Wi-Fi y tiendas de souvenirs con productos supuestamente típicos. En todo caso, la vista del Castillo di Venere o de la iglesia de San Giovanni perduran en la retina. Son ésas precisamente las imágenes que Martin Scorsese hace aparecer en el prólogo de su estupenda serie documental sobre el cine italiano Il mio viaggio in Italia (1999) para recordarnos que sus antepasados, los padres de sus abuelos, proceden precisamente de Erice, desde donde partieron a finales del siglo XIX para instalarse en las calles de Little Italy, en Nueva York.

Animados por los consejos de mi amigo Antonio, a quien pienso pedir explicaciones, decidimos pasar el día e incluso hacer noche en Cefalú, un pueblo pintoresco en la costa 70 kilómetros al Este de Palermo; por lo visto, y más allá de su pequeña playa familiar, el lugar ha alcanzado fama añadida después de que Giusseppe Tornatore rodara allí algunas escenas de Cinema Paradiso. Resulta curioso comprobar cómo el cine popular ha funcionado aquí precisamente como elemento aniquilador de lo popular. Atestado de turistas como nosotros en sus tres calles principales, Cefalú también ha acabado convertido en un decorado de película de Tornatore, pero tal vez de un Tornatore del futuro, que lo habrá, no lo duden. A propósito de todo esto, me he acordado de aquella escena de Caro Diario en la que Nanni Moretti ironizaba con el político de un pueblo de las islas Eolias sobre la pertinencia de convertir el lugar, “tutto nuovo”, decía, en un gran decorado iluminado por Vittorio Storaro y con banda sonora permanente de Ennio Morricone, shan-shan

Si la película de Tornatore nos resulta ya un indigesto cannolo nostálgico por el que los años y los segundos visionados pasan como losas, pasear por lo que queda de su idealización de la Sicilia de los años 50 y 60 resulta aún más triste si cabe. Otro dèja vu: toda Italia se encuentra estos días en plena campaña para las elecciones municipales del próximo fin de semana. Como en una de tantas películas de Don Camilo protagonizas por Fernandel, no hemos dejado de escuchar mítines en las plazas o anuncios vociferados (con música de fondo de Cinema Paradiso, cómo no) desde los altavoces de los coches ante la indiferente o la perpleja mirada de los forasteros y la escasa atención de los lugareños, que parecen mucho más pendientes de atender a los visitantes en bermudas que de sus propios líderes políticos.

Como ejercicio de normalidad entre tanto estímulo turístico, decidimos una vez más meternos en el cine. En el pequeño y centenario Cinema Francesca, regentado por dos entrañables ancianos que hacen simultáneamente de taquilleros, porteros, acomodadores y vendedores de refrescos, echaban Bel Ami, la adaptación del relato de Maupassant protagonizada por el pálido e insufrible Robert Pattinson: un (previsible) espanto academicista y sin alma que vimos con desgana y mucha humedad en una sala igualmente destrozada por las malditas reformas de la modernidad.

Toca ahora reposar y volver a la rutina, tal vez para ver de nuevo la Sicilia! de los Straub, revisar las escenas finales de El Padrino 3 o incluso, si me apuran, las de Cinema Paradiso, qué remedio; pero sobre todo, dedicarle el tiempo y la atención que se merece il mondo perduto que atesoran los cortos de De Seta, el de esos auténticos y viejos sicilianos de verdad que, por suerte o desgracia, no conocieron estos tiempos de realidades de cartón piedra y escenarios para la épica pullmantur.