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Cine de verano #2: ‘Noche de verano en la ciudad’ (1990, Michel Deville)

Manuel J. Lombardo | 22 de julio de 2013 a las 6:18

El tacto de la noche

Toute une nuit (1982), de Chantal Akerman, y Noche de verano en la ciudad (Nuit d’été en ville, 1990), de Michel Deville, están irremediablemente asociadas en mi memoria cinéfila, dos películas que comparten el tiempo de una única y larga noche de verano, dos cintas que han sabido capturar ese clima estival de cierto abandono y entrega al azar como promesa de pasiones fugaces, relaciones furtivas o amores incipientes.

El hermoso film de Akerman se mueve entre las sombras expresionistas y los cuadros hopperianos de una noche urbana (Bruselas) de tonos más bien fríos, en planos geométricamente calculados y elegantes travellings marca de la casa. Su elocuencia es la de la composición precisa del encuadre, el gesto y el silencio de sus corazones solitarios, hombres y mujeres sin nombre que buscan en las calles, los bares, las estaciones o las habitaciones el refugio del amor, el encuentro fortuito o la calidez del cuerpo del otro. Casi no hay palabras, apenas el ruido de fondo del tráfico y los sonidos de la noche o alguna melodía que se escapa de una radio.

Me gusta imaginar que, frente a la exterioridad minimalista de cada pequeño relato esbozado en el filme coral de Akerman, Noche de verano en la ciudad, una película que trabaja sobre otro tipo de sensualidad en una misma atmósfera de abstracción y tiempo detenido, se adentra en el interior de uno cualquiera de ellos sin pedir permiso.

La película de Deville responde avant la lettre al cine de cámara, a la pieza menor y de sesgo teatral apenas cimentada sobre un único escenario, un diáfano apartamento (¿parisino?), una intuida noche de verano y dos intérpretes, la malograda Marie Trintgnant y el fibroso Jean-Hughes Anglade, amantes a los que encontramos ya, sin preámbulo alguno, desnudos en la cama, intuimos que justo después del sexo.

Una mano acaricia una espalda y la cámara la acompaña en su recorrido lateral hasta la cabeza. No hay presentaciones ni nombres, ni siquiera una figura completa, tan sólo el roce fragmentado de los cuerpos, a la postre el principal atractivo de la película.

El veterano Michel Deville (Boulogne, 1931), cineasta cuya carrera se vio siempre ensombrecida por la nouvelle vague en la que no se le incluyó nunca, conjugaba aquí algunos de los mejores hallazgos y virtudes de su trayectoria, que arrancó a comienzos de los sesenta con policíacos y comedias ligeras (Esta noche o nunca, Adorable mentiro, Eddie el gangster) y se cerró, al menos entre nosotros, con algunos títulos interesantes y de buena acogida como Le Paltoquet, Dossier 51, La lectora o Las confesiones del Dr. Sachs.

Estrenado en España en 1992 y editado años más tarde en DVD (Notro), Noche de verano en la ciudad se postula como un film de carácter coreográfico, por más que la palabra y sus cuidados diálogos literarios, cortesía de Rosalinde Deville, esposa del cineasta, pudieran parecer la esencia de su relato. Y es que la película no consigue anclar tanto el verbo y su capacidad de fabulación como los movimientos de sus actores, la suave agitación de unos cuerpos que bailan y se desplazan por un espacio único como si de una pieza de danza contemporánea se tratara.

He vuelto a ver la película y a la hora de escribir estas líneas apenas soy capaz de retener detalles importantes su historia, que no es otra que la de dos amantes pasajeros que buscan cada uno en el otro el interlocutor para escapar de su propio cuerpo, explicarse y explicar su mundo. No es eso lo que más nos interesa o lo que tal vez recordaremos de este filme, aunque se trate aquí de grandes temas, del camino de la pasión hacia el amor, de la atracción y el deseo como catalizadores del recuerdo, del futuro de la pareja o el reconocimiento de uno mismo.

Lo que nos interesa, y lo que parece interesarle también a Deville, es cómo poner en imágenes, cómo conseguir una forma singular para el encuentro sexual y la intimidad de la pareja; cómo filmar con ojos renovados, como si fuera la primera vez, esas sensaciones físicas de emanan del roce y las caricias; cómo hacer visible, en definitiva, el sentido del tacto, el estremecimiento o el pudor.

La cámara de Deville no sólo reconoce el espacio y lo coreografía con la complicidad de sus dos actores, sino que busca también recorrer e inspeccionar los cuerpos generosamente desnudos de la Trintgnant y Anglade, materializar en un rápido reencuadre o en un brusco corte de montaje, a la manera del Godard de Une femme mariée, ese portentoso efecto sinestésico que traduzca en un lenguaje de imágenes aquél de los afectos físicos. Salvo contadas excepciones, el cine siempre ha tenido problemas o ha abusado del cliché de sábanas blancas para asomarse a la intimidad de los cuerpos. Aquí Deville parece derribar esa frontera con una mirada propia que es, irremediablemente, una mirada también nuestra.

Cuaderno de viajes y retratos

Manuel J. Lombardo | 3 de abril de 2012 a las 7:00

Guest. José Luis Guerin. Versus. 127 min. Libreto con entrevista y textos de Quim Casas, Carlos Losilla, José E. Monterde y Jenaro Talens. Extras: Ensayo visual de Alberto Bermejo (12 min.). 18 euros

“Llego a una ciudad desconocida y callejeo cámara en mano, sin otro rumbo ni idea preconcebida más que la de una predisposición abierta al encuentro, a la revelación latente en lo fortuito”. Durante un año, de septiembre de 2007 a septiembre de 2008, José Luis Guerin aceptó acudir a cuantos festivales le invitaran a presentar su última película, En la ciudad de Sylvia, con el propósito de filmar imágenes y sonidos de los lugares y las gentes que se cruzaran en su camino, apenas provisto de una pequeña cámara digital y acompañado de un reducido equipo de rodaje.

El resultado de ese proceso, reelaborado, depurado y ensamblado durante meses en la sala de edición, pudo verse en 2010 en el Festival de Venecia, punto de partida y final del viaje: Guest, una película que organizaba aquellos registros bajo la forma de un largometraje impulsado por la idea del esbozo, los ecos y las resonancias, una pieza abierta, viajera e inacabada que, en su pequeño gesto, acababa por trascender su formato, su carácter diarístico sin pistas ni orden cronológico, en un gran mapa subjetivo del mundo observado por un cineasta preocupado por las esencias, un cineasta que ha hecho de su trabajo, desde Innisfree a Unas fotos…en la ciudad de Sylvia, de Tren de sombras a su reciente correspondencia fílmica con Jonas Mekas, de En construcción a la videoinstalación La Dama de Corinto, un ejercicio constante de interrogación sobre el acto de filmar y sobre la propia forma cinematográfica expuesta a sus procesos de espejismo y construcción.

Guest se mueve entre el diario filmado, el cine directo y la búsqueda de cierta poesía de lo cotidiano. Es, sobre todo, un filme de apuntes y bocetos (como los que el propio Guerin realiza en su cuaderno) que apenas organiza una de las muchas películas que podrían haberse construido a partir de sus materiales. Guerin se sitúa, expectante, a veces haciéndose el ingenuo, ante el propio reto, atento a lo azaroso, pendiente (o incitador) de las palabras, los gestos y los rostros, siempre singulares, de sus interlocutores, que no son nunca esas gentes del cine que lo reclamaban sino aquellos personajes anónimos que nada tienen que ver con la farándula festivalera, las presentaciones o las ruedas de prensa.

Guest se fragua así en los márgenes del motivo que impulsa ese viaje de invitado a gastos pagados, fuera de programa, en el terreno de lo imprevisible, en el retrato de la vida (también marginal) que transcurre y fluye lejos del mundo del cine: en las grandes plazas de Bogotá o México D.F., en las azoteas y cuartos de La Habana vieja, en las calles de Macao, Sao Paulo, Manila, Santiago de Chile o Hong Kong, en los arrabales enfangados de Lima, en los descampados de las afueras de Jerusalem, en las habitaciones, todas parecidas, de tantos hoteles, en un pequeño restaurante en Nueva York, donde Guerin escucha las sencillas enseñanzas del maestro Jonas Mekas, o en la cafetería o la sala de cine en las que la también cineasta Chantal Akerman proclama, algo exaltada, sus ideas sobre el asunto judío o desenmascara a viva voz las supuestas fronteras entre el documental y la ficción.

Sin embargo, Guest no es, aunque también, un viaje antropológico por el mundo y su perfil menos grato y degradado, sino un viaje por el propio cine como herencia y como proceso de construcción de algo nuevo. Cual flâneur cámara en mano, Guerin va anotando y tejiendo motivos y ecos (nubes, predicadores, tipos solitarios o iluminados), interrogando a sus propias imágenes, a veces descompensadas, en ocasiones dilatadas en exceso, para relacionarlas con la historia (personal) del cine (Los viajes de Sullivan, Jennie, Las señoritas de Rochefort), para hacerlas dialogar, secreta e íntimamente, con los flujos de la melancolía que atraviesan todo ejercicio de escritura en primera persona. Ante la hoja en blanco, ante el gran e inabarcable lienzo del mundo en movimiento, Guerin va buscando anclajes, líneas invisibles, trazos y figuras musicales, rimas consonantes y asonantes, ecos que resuenan a miles de kilómetros de distancia, imágenes que fijen y cristalicen la fugacidad de la vida, que restituyan la dignidad perdida de los parias, imágenes con las que dialogar para reconocerse como algo más que un mero turista, como algo más que un observador neutral y distante.