Archivos para el tag ‘cine español’

La (pequeña) gran familia

Manuel J. Lombardo | 8 de enero de 2014 a las 8:11

fiesta-nominados-goya-2013-concha-velasco-goya-de-honor

Nunca tuvo el cine español tan a mano dar un verdadero quiebro a sus propias y viejas inercias, más aun cuando la crisis y el cambio de paradigma lo azotan y zarandean con fuerza, con unas cifras generales que no invitan precisamente al optimismo: 16% menos de recaudación en taquilla, una pérdida de 16 millones de espectadores respecto a 2012 y un descenso de rodajes nacionales del 30%.

Nunca en una misma temporada hubo un ramillete tan variado y estimulante de películas nacidas precisamente de la coyuntura y las nuevas condiciones de producción o de un fértil periodo de eclecticismo y libertad creativa, esas que forman parte de la etiqueta del otro cine español, para poder alcanzar con merecimiento, en un momento de pánico y desconcierto, un estatus de visibilidad y promoción como el que, aunque sea por unas semanas, proporcionan estos Premios Goya.

Hablamos de títulos de ficción como Gente en sitios, de Juan Cavestany, Un ramo de cactus, de Pablo Llorca, Los ilusos, de Jonás Trueba, Historia de la meva mort, de Albert Serra, El muerto y ser feliz, de Javier Rebollo, junto a nuevos modelos híbridos, documentales o de sesgo experimental como los que proponen El futuro, Costa da Morte, Arraianos, La casa Emak Bakia, Sé villana, la Sevilla del Diablo, La fotógrafa, Dime quién era Sanchicorrota o La jungla interior, entre otros, reconocidos todos en importantes festivales nacionales e internacionales y olímpicamente ninguneados por nuestros académicos.

Pero no, el otro cine español seguirá un año más en el sitio que, al parecer, le corresponde; a saber, en esos márgenes del reconocimiento crítico o los festivales (físicos u online) que a nadie importan, para dejar el lugar de honor, la pasarela de rostros jóvenes y guapos y los focos mediáticos a unos títulos que siguen confirmando el añejo statu quo y las formas caducas de una industria y sus distintas familias, que parecen estar condenándose ellas mismas a una suerte de suicidio asistido y en directo, con una escasa capacidad autocrítica, mientras las instituciones oficiales y el gobierno confirman, ley a ley, ayuda a ayuda, su desprecio por el cine y la cultura, mirados siempre con sospecha de ser un molesto foco de disidencia crítica.

Y es que, hasta que se produzca un recambio generacional y, en consecuencia, un cambio de mentalidad respecto a lo que es o puede ser el cine español, la Academia y sus académicos siguen confiando únicamente en el modelo industrial de-toda-la-vida, en contentar a esa gran familia española que es mucho más pequeña de lo que pensamos y que no es otra que la de los centenares de profesionales que componen el gremio que legitima y premia ese mismo statu quo, sin atender a otros modelos que no sean los que ellos mismos proponen y los que les dan de comer al fin y al cabo: una pescadilla que se muerde la cola, en definitiva.

Los complacientes y previsibles filmes de Álex De la Iglesia (Las brujas de Zugarramurdi), Daniel Sánchez-Arévalo (La gran familia española), David Trueba (Vivir es fácil con los ojos cerrados) y Gracia Querejeta (15 años y un día) o la exitosa comedia de Javier Ruiz Caldera 3 Bodas de más consolidan, con ayuda del amigo americano o las televisiones privadas, a los niños mimados de la profesionalidad contrastada, el prestigio académico y la taquilla (aunque no tanto, repasen las cifras en la web del ICAA, hagan las cuentas entre presupuesto, copias y recaudación y échense a temblar), por más que, como en los tiempos de La soledad, se hayan colado aquí Caníbal, del almeriense Manuel Martín Cuenca, y La Herida, el debut del sevillano Fernando Franco, no tanto como muestras de ese otro cine, tal y como se podrá leer hoy en muchos sitios, sino como saludables y adultas propuestas autoriales ya sancionadas por la crítica que no buscan tanto la disidencia industrial o complacer a todos los públicos como apostar por un cierto rigor formal, una cierta mirada moderna al aquí y ahora y una relativa resistencia realizada desde dentro. Algo es algo.

Rehabilitar la casa del cine

Manuel J. Lombardo | 27 de abril de 2013 a las 7:52

Se nos va a encallecer la lengua y romper el teclado de tanto lamentar la crisis galopante que vive en nuestro país el cine de autor, el viejo arte y ensayo, el cine festivalero, el de versión original, tanto monta, más aún cuando la noticia -más bien una pactada llamada de socorro- del posible cierre de Alta Films, la productora, distribuidora y red de salas pionera y líder en el sector que dirige Enrique González Macho, calentara hace una semana en El País los motores del debate, aún tímido y de vuelo rasante, entre la cinefilia más militante.

Resulta evidente que, como el resto de los sectores de la cultura, el del cine no orientado al entretenimiento masivo y la venta de palomitas vive momentos de decadencia como consecuencia de un cúmulo de factores entre los que se cuentan la competencia abusiva, permitida y desleal del amigo americano, el cambio de hábitos de su público tradicional, la flagrante pérdida de educación y pedagogía cinematográficas, la digitalización de todos los procesos que lo rodean, la subida del IVA, la falta de apoyo de la televisión o, por supuesto, la piratería, que en España alcanza cifras de las que no deberíamos sentirnos orgullosos por lo que delatan de una cierta mentalidad general respecto al valor de la cultura y sus productos.

Sin embargo, en todo este complejo entramado de factores, nadie de la casa parece entonar un digno mea culpa sobre su propia responsabilidad, renuncia (hay quien diría traición) y mala gestión para haber llegado a esta situación.

El caso Alta puede servirnos como ejemplo de una empresa pionera que, si bien hace 20 o incluso 10 años funcionaba satisfactoriamente de acuerdo a las normas del viejo orden de la distribución y su mercado natural en un país por entonces emergente y deseoso de diversidad, ha ido perdiendo a pasos agigantados no sólo su lugar de privilegio en el reparto del pastel del sector, amparado por la excepcionalidad cultural y financiado en parte con fondos europeos, sino que parece no haber entendido ni dado respuestas al rápido cambio de paradigma que dicta los comportamientos del nuevo público cinéfilo, al que las nuevas circunstancias ha marcado una oferta, unas expectativas y unos calendarios que nada tienen que ver ya con los que manejaba la maquinaria tradicional.

Al margen de discursos nostálgicos sobre la esencia de la experiencia cinematográfica, el cine de autor, alternativo, periférico, artístico, festivalero o como queramos llamarlo, sigue hoy tan vivo, agitado, fértil y estimulante como hace 40 años, por más que ahora haya que verlo casi de contrabando (algo que, por otro lado, hizo siempre el cinéfilo de pro), en una pantalla plana de televisión, en DVD o Blu-ray (abocados también a una profunda crisis), en los festivales de turno (a veces convertidos en auténticas aspiradoras de la programación local de ciertas ciudades) o descargado legalmente desde las plataformas online.

Se impone así una realidad compleja ante la que no conviene ponerse demasiado apocalípticos antes de tiempo, un periodo de crisis y transformación que, como otros a lo largo de la Historia del cine, ha de resolverse gradualmente ante nuestros ojos, unos ojos, eso sí, cada vez más impacientes, acostumbrados ya a una nueva velocidad de tránsito de la información y las imágenes.

Si resulta evidente que el modelo Alta parece estar desvirtuado y agotado, no es menos cierto que, en sus márgenes, en el extrarradio de la independencia, siguen surgiendo pequeñas empresas que, como Paco Poch, Abordar-Casa de Películas o Surtsey Films, por citar a las más meritorias y valientes, sí que se han atrevido a asumir el papel que realmente le corresponde a una distribuidora independiente: a saber, mimar, adelantarse o acompañar a su público potencial en la detección, difusión y apreciación de ese cine audaz y minoritario, ni siquiera digo difícil o radical, con el que ya nadie se atreve, ese cine exigente y adulto para un público al que se le supone exigente y adulto, ese cine-cine que no necesita más coartadas que la calidad, la búsqueda formal, el riesgo y la singularidad, nada de temas de candente actualidad, nada de público cautivo, nada de star-system del circuito de V.O., para reivindicar su labor y su (pequeño, moderado) margen de beneficios.

No es, por tanto, sorprendente, encontrar entre el catálogo de la primera los últimos filmes de Béla Tarr (The Turin Horse) o Ermanno Olmi (Il villaggio di cartone); ver en el de la segunda una estimable pieza de cámara como Tomboy, de la francesa Céline Sciamma, o esa joya del cine reciente que es Tabú, del portugués Miguel Gomes, una cinta que ha circulado, eso sí, con muy pocas copias, por las ciudades donde todavía resiste una comunidad cinéfila estable y respetable; o encontrar entre las propuestas de Surtsey títulos muy recomendables como The Trip, de Michael Winterbottom, y Érase una vez en Anatolia, del turco Nuri Bilge Ceylan, dos cineastas que apenas hace unos años eran los niños mimados de empresas como Alta, o cintas de cierto riesgo por el anonimato de sus autores como El molino y la cruz, de Lech Majewski,  El estudiante, del argentino Santiago Mitre, Violeta se fue a los cielos, del chileno Andrés Wood o Weekend, de Andrew Haigh. Incluso un documental sobre Woody Allen, el valor más seguro del cine de autor de hoy, ha sido distribuido ya por esta pequeña compañía independiente.

Grandes, medianas y pequeñas

Manuel J. Lombardo | 21 de febrero de 2013 a las 9:18

Dejo a los cronistas de diario las polémicas sobre el sesgo político, la calidad de los chistes o el tradicional aburrimiento de la gala de los Goya que coronó a Blancanieves, de Pablo Berger, como la gran triunfadora en los premios que entrega cada año el gremio de profesionales del cine español. Prefiero centrarme en los discursos del presidente de la Academia, Enrique González Macho, y del director de Lo imposible, Juan Antonio Bayona, síntomas de esa esquizofrenia paranoide tan cara a nuestro cine a la que, por cierto, el propio Berger dio carta de naturaleza en su confuso speech final en el que celebró a un tiempo el carácter “industrial” y la necesidad de “libertad”.

Persistente en su cantinela, González Macho se pertrechó tras la subida del IVA cultural, la piratería (su particular bestia negra), el canon digital y la necesidad de apoyo de la televisión pública para desviar, una vez más, la atención hacia afuera, sin capacidad de autocrítica alguna sobre la calidad media de los “productos” del sector o las medidas destinadas a reconectar al público (perdido) con esa tan cacareada idea del cine como “patrimonio cultural”. A la vista de las otras dos grandes triunfadoras de la noche, Lo imposible y Las aventuras de Tadeo Jones, resulta paradójico reivindicar el cine como parte del legado cultural de una nación cuando se premian productos de imitación (hollywoodiense) sin identidad diseñados para el mercado global.

A Bayona lo hemos visto estos días exhibiendo orgulloso las cifras de taquilla de Lo imposible, tanto que se diría que iba a los Goya con el premio ya recogido y con un cierto espíritu desafiante ante sus compañeros o sus detractores. En efecto, su discurso como mejor director (sic) insistió en la superación de complejos que legitima su megalomanía como gestor de blockbusters globalizados (tanto que no parezcan españoles) para luego subrayar que en el cine español “debe haber películas grandes, medianas y pequeñas”. Olvida Bayona que a los Goya sólo suelen acudir las películas grandes, si acaso alguna mediana, nunca las pequeñas, a saber, las que verdaderamente entienden eso del “cine libre” con lo que terminaría por liarse Berger. Por si fuera poco, el realizador compartió su Goya con la protagonista real de la odisea que narra su película, última demostración de cinismo y pornografía sentimental, esta vez sin violines ni carnes abiertas, que le faltaba a su recorrido planetario.

Nuestro modelo industrial es mucho más uniformado de lo que nos quiere hacer pensar cada año la Academia, a pesar de blancos y negros, mudez, adaptaciones libres de cuentos clásicos, polis corruptos, héroes animados o tsunamis digitales. Un uniforme que pasa por la deuda con los modelos televisivos, la desconsideración hacia la diversidad o la inteligencia del público, la ausencia de debate estético o la flagrante desconexión con la realidad, más flagrante aún cuando desde la platea se reivindican posiciones políticas que luego nunca aparecen ni en los temas ni formas de las películas, o al menos en las que llegan a los Goya.

Así, nada más falaz e irreconciliable que ese “industria + cine libre”, nada menos resuelto en una cinematografía que no sólo no afronta su presente y su crisis de cara, sino que esconde la cabeza como un avestruz para sacarla apenas una vez al año a la luz de los focos.

Un cuerpo cansado en tierra extraña

Manuel J. Lombardo | 24 de enero de 2013 a las 8:22

Un José Sacristán al que no estamos acostumbrados a ver ha protagonizado dos de las mejores y más singulares películas españolas de 2012. En Madrid, 1987, de David Trueba, ejercicio de cámara con apenas dos actores, interpreta a un curtido columnista de prensa en el que tal vez sea su último intento de seducción de una joven presa, un tipo cínico y de vuelta de todo que, encerrado en un baño cutre como único escenario, acude a su elocuencia y a su facilidad de palabra como únicos recursos para llenar el tiempo (perdido) e intentar echar la última cana al aire. En El muerto y ser feliz, tercer largometraje de Javier Rebollo, Sacristán encarna a un asesino a sueldo de origen español perdido en el paisaje, primero urbano y vertical, luego rural y horizontal, de una Argentina despojada y hasta cierto punto fantasmal, trasunto de esa topografía que cierto nuevo cine de allá ha forjado de un tiempo a esta parte contra su fisonomía y sus registros habituales. Herido de muerte por la enfermedad, poco preciso ya en su oficio de liquidador y seductor hasta el último aliento, el asesino de Sacristán se desplaza achacoso, melancólico, cantarín y taciturno por los paisajes enrarecidos de un país ajeno en el que, sin embargo, parece sentirse muy cómodo.

Tanto en una película como en otra, Trueba y Rebollo parecen estar hablando del cine español a través del cuerpo de Sacristán, un cuerpo histórico y vapuleado que, con esa proverbial voz grave y rotunda, es descubierto ahora en su carnalidad decadente y flácida, un cuerpo, en definitiva, cargado del simbólico peso de la experiencia y de todos los cuerpos que ha interpretado en la ficción desde los años 60.

Podría decirse que El muerto y ser feliz, road movie horizontal con aromas de western crepuscular, es también un filme-metáfora sobre la posibilidad de hacer hoy y aquí ese cine moderno que fue imposible cuando le tocaba su turno: la figura de Sacristán como cuerpo extraño en un país lejano (y hermano) podría ser también la declaración de que sólo desde el exterior, en la distancia, lejos de los modelos e inercias de nuestro cine industrial, puede gestarse una mirada singular capaz de conectar con la modernidad (del primer Godard de Pierrot le fou a la densidad de los paisajes salteños de Lucrecia Martel, de la resistente cinefilia uruguaya a las fabulaciones encadenadas e interminables de Mariano Llinás) perdida para siempre en los eslabones de la historia.

Con todo, hay en este trabajo de Rebollo, como en Lo que sé de Lola y Una mujer sin piano, una cierta fórmula de laboratorio cinéfilo demasiado evidente y visible, demasiado pensada para el nuevo espectador culto amante del minimalismo y la depuración, conocedor de las numerosas citas y referencias que atraviesan un relato lineal que es también una historia de fantasmas, de muertos que caminan y desaparecen para volver a aparecer y caminar de nuevo.

El juego de voces off (la del propio Rebollo y su guionista habitual Lola Mayo) que contrapuntean, desafían o rellenan la narración, la composición reflexiva y juguetona de los planos en scope, el tratamiento del color, los explícitos movimientos de cámara, el uso entrecortado de la música o cierta elocuencia cómica de raigambre muda son recursos tal vez demasiado meditados en una forma que se quiere a un tiempo relato mítico y retrato extrañado de una geografía atemporal que hay que descifrar y entender desde la perplejidad y el asombro.

El muerto y ser feliz. Road movie existencial, España, 2012, 94 min. Dirección: Javier Rebollo. Guion: J. R., Lola Mayo. Fotografía: Santiago Racaj. Intérpretes: José Sacristán, Roxana Blanco, Vicky Peña, Valeria Alonso, Fermí Reixach.

 

Círculo de cine bizarro

Manuel J. Lombardo | 2 de julio de 2012 a las 22:56

Carlos Vermut debuta en el largometraje con Diamond Flash, inclasificable “thriller dramático de mujeres, con superhéroes y algo de giallo” que puede verse en Internet

Otro cine español es posible, sí, pero fuera de lo que entendemos por “cine español” y de sus circuitos habituales de consumo o apreciación institucional. Diamond Flash, cinta que circula hoy por festivales más o menos alternativos (de Sitges a Abycine, del Rizoma al D’A de Barcelona) y que puede verse en estupendas calidades por la módica cantidad de 2’95 euros en Filmin.es, se emparenta con esa nueva práctica del off industrial que, como los últimos trabajos del siempre austero Pablo Llorca (Uno de los dos no puede estar equivocado, El tiempo que fue y el que es) o los dos últimos títulos del iconoclasta Juan Cavestany (Dispongo de barcos, El señor) y, en divisiones estéticas muy alejadas, parecen dispuestos a renovar o dinamitar viejas tradiciones de nuestro cine bajo las claves de la producción artesanal low-cost, el revisionismo histórico-político o, como en el caso que nos ocupa, el posthumor más absurdo, surreal y desprejuiciado.

Avalada por una inteligente campaña viral en las redes sociales y sus plataformas mediáticas (el programa La Nube, de La2, esta pasada semana), Diamond Flash se abraza a las hechuras del cine de presupuesto exiguo, limpio tratamiento digital (la cinta ha sido rodada en HD con una cámara fotográfica de última generación), rigor formal y absoluta libertad de navegación intergenérica para desplegar una extraña suerte de narrativa laberíntica y cifrada contaminada por las nuevas formas del absurdo, las continuas referencias cruzadas a la cultura pop (eminentemente nacional) y una alegre cinefilia entendida como disolución de fronteras entre lo autorial, lo popular y el exploit, o lo que es lo mismo, entre Godard y Argento, entre Haneke y Carpenter, entre Buñuel y Franco, entre Bergman y Ozores, entre Jaime Rosales y La hora Chanante.

Tiraremos del tópico para decir que la película de Carlos Vermut (Madrid, 1980), cortometrajista (Maquetas), ilustrador y dibujante de cómics (El bayán rojo, Plutón BRN Nero), es un auténtico “ovni cinematográfico”, a saber, un objeto audiovisual no identificado, o al menos, extraterritorial y, por tanto, sospechoso, dentro de nuestro cine. Sin embargo, en ella conviven, o al menos así quiero verlo yo, la parodia despiadada de ese costumbrismo realista del cine de temática social tan caro a la tradición patria, con todas sus claves sobre asuntos graves y serios como la violencia de género o la pederestia en el epicentro de alguna de sus tramas, y el coqueteo con las figuras (el superhéroe enmascarado) y las señas estilísticas (el cuidado trabajo de planificación e iluminación, los brotes súbitos de violencia) de cierto cine de terror y misterio de bajo presupuesto.

Vermut vacía de referentes espacio-temporales precisos una cinta empeñada en abrirse paso hacia la depuración, la abstracción y el desconcierto, en un proceso episódico (podría hablarse de viñetas con enormes agujeros negros entre ellas) por el que, en todo caso, se cuelan citas, guiños, diálogos, músicas (de Bach al electropop) e imágenes (Rocío Jurado, Rocío Dúrcal, la preparación de unas judías con chorizo, un  cojín musical de Bob Esponja, los posters de El extraño viaje y Un hombre y una mujer, colgados en la pared) que remiten a un mundo posible o a una tipología paródica o caricaturesca de los personajes que subvierte los estereotipos de la pareja en crisis o la familia como núcleos de una normalidad siempre desafiada.

Diamond Flash nos trae también otros rostros, otros cuerpos y otros tonos y granos dentro de su apuesta indisimulada por la palabra y el diálogo como mecanismos para la dilatación temporal y el extrañamiento. Un estimulante elenco de desconocidas actrices –Ángela Boix, Rocío León, Eva Llorach o Victoria Radonich– traza una polifonía de gestos y cadencias que funcionan para el propósito del distanciamiento sin que asome por ningún lado ese molesto reconocimiento de tics que tanto suele anclar al cine nacional en tipos e inercias interpretativas.

Historia de un secuestro infantil, de sus dos secuestradoras enamoradas (salidas de una película de Nicholas Ray remezclada por Godard), de un superhéroe enmascarado que resuelve y desaparece dejando una estela roja a su paso; historia improbable de una reconciliación entre hermanos con secretos íntimos, de brujas con acento argentino y torturas demoradas en plano fijo, Diamond Flash va levantando su estructura rizomática y delirante desde el trabajo sobre la duración y la perplejidad, entre los pliegues sombríos y las etapas cómicas de un viaje por un laberinto en el que todo, o casi todo, es posible.

Diamond Flash – Carlos Vermut – 128 min. – Filmin.es – 2,95 euros