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Volver al cine (y no desfallecer en el intento)

Manuel J. Lombardo | 15 de enero de 2014 a las 9:24

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Desde aquí hemos denunciado en más de una ocasión, mucho antes incluso de esta penúltima y aguda crisis del sector, la mala gestión de algunos distribuidores y exhibidores, sobre todo la de aquellos que aún cuentan con una programación de versión original que entiende el cine como un valor cultural que va más allá del entretenimiento y la venta de refrescos y palomitas, a la hora de mantener su apuesta por un cine estéticamente exigente o en contacto con las últimas tendencias.

De unos años a esta parte se observa cómo un modelo cada vez más complaciente, academicista y políticamente correcto de películas adultas ha ido ocupando paulatinamente el lugar que, hasta hace poco, quedaba reservado para el verdadero cine de autor, el viejo arte y ensayo, o las apuestas cinéfilas más a la vanguardia sancionadas por los principales festivales internacionales o la crítica especializada.

También hemos constatado cómo algunas de estas salas de versión original, muchas de ellas mantenidas con ayudas de fondos europeos dedicados a la promoción del cine continental o artístico, se abrían cada vez más a títulos españoles o latinoamericanos, que no precisan de subtítulos y, por tanto, de salas especializadas, o incluso a producciones de Hollywood, bajo pretexto de ofrecer al público extranjero de la ciudad la oportunidad de ver películas en inglés.

Capitales como Sevilla se han ido quedando poco a poco fuera de los circuitos de estrenos de los títulos más interesantes y minoritarios de la temporada, bien sea por el escaso número de copias en circulación, por la falta de equipamiento digital para las mismas, por una simple cuestión de previsión, oferta y demanda o, como también hemos señalado en alguna ocasión, por los efectos de la resaca del SEFF, que parece quemar todo aquel filme que pase por su programación de cara a su futura explotación comercial en la ciudad, sobre todo si la fecha de estreno no está muy alejada del mismo.

Hiroshi Sugimoto - Plaza, New York, 1978

Con el centro histórico cada vez más despoblado de salas (y con algunas de ellas muy envejecidas), los centros comerciales de los barrios del extrarradio y las multisalas se han convertido en los escaparates seguros para el cine comercial de las multinacionales norteamericanas, que siguen imponiendo su sistema de distribución por lotes para saturar el mercado y anular casi por completo la posibilidad de competencia para las empresas pequeñas o independientes.

De igual forma, la transformación digital es ya una realidad innegociable y aquellas salas que no se hayan reconvertido (por ejemplo, el Nervión Plaza ya lo ha hecho por completo) corren el serio riesgo de perder el tren de las nuevas políticas de distribución de copias, que han cambiado los viejos rollos y latas de celuloide por un disco duro portátil (DCP) que puede descargarse en los servidores de los cines y pasar rápidamente al siguiente, lo que supone, además de mayor comodidad en el transporte, un abaratamiento del proceso en términos de fabricación, soporte y número de copias.

Este es el panorama cambiante de los sectores de la distribución y la exhibición en el que han caído como un verdadero mazazo el IVA del 21% para la Cultura, el empobrecimiento de las clases medias que sustentan el consumo de estas industrias y el cambio de hábitos que, con Internet y la renovación del parque de receptores de televisión como consecuencia de la implantación de la TDT, el HD o el pay-per-view, por no hablar de la piratería, ha ido despoblando poco a poco las salas en una situación crítica que se asemeja bastante a aquella de los años cincuenta del pasado siglo, cuando la irrupción de la TV y la caída del sistema de los estudios de Hollywood y su obligación de desprenderse de sus salas como consecuencia de la aplicación de la ley antimonopolio, provocaron una sangría de millones de espectadores en tiempo récord.

Ante este panorama poco alentador –pérdida de espectadores e ingresos, cierre de salas, cambio de hábitos-, los exhibidores, tantas veces criticados, han sido los primeros, y los únicos, en tomar iniciativas para paliar la situación. Medidas como la Fiesta del Cine del pasado mes de octubre, con entradas a menos de 3 euros, políticas de empresas como Cinesur, que ha sacado a la venta un carné que permite acudir al cine entre semana por 5 euros, o la que ahora se anuncia desde UCC (Unión Cine Ciudad), Miércoles al cine, que desde el 15 de enero hasta el 15 de abril pondrá a la venta entradas a 3,70€, están destinadas a atraer de nuevo al público disidente con precios económicos para revitalizar la costumbre de ir al cine y dar un nuevo impulso que frene la tendencia.

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Las primeras convocatorias han sido un éxito, pero se antojan puntuales e insuficientes. Y es que están siendo sólo los exhibidores, la mayoría de ellos locales o regionales, los únicos que toman medidas, aún a sabiendas que esta reducción del precio de la entrada no puede mantenerse demasiado tiempo en vigor.

Toca ahora darle un rapapolvo a los distribuidores que, por lo que cuentan off the record algunos empresarios, no han reducido ni un euro los precios de su parte del negocio ni sus prácticas abusivas, algo más criticable aún teniendo en cuenta que, como comentábamos antes, sus gastos reales en términos de fabricación de copias, se han reducido considerablemente con la implantación del DCP.

Está muy bien que queramos recuperar al público para las salas con una bajada de los precios y otras medidas de estimulación, pero dicha operación no puede descansar, como así parece estar ocurriendo, únicamente en los exhibidores.

La (pequeña) gran familia

Manuel J. Lombardo | 8 de enero de 2014 a las 8:11

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Nunca tuvo el cine español tan a mano dar un verdadero quiebro a sus propias y viejas inercias, más aun cuando la crisis y el cambio de paradigma lo azotan y zarandean con fuerza, con unas cifras generales que no invitan precisamente al optimismo: 16% menos de recaudación en taquilla, una pérdida de 16 millones de espectadores respecto a 2012 y un descenso de rodajes nacionales del 30%.

Nunca en una misma temporada hubo un ramillete tan variado y estimulante de películas nacidas precisamente de la coyuntura y las nuevas condiciones de producción o de un fértil periodo de eclecticismo y libertad creativa, esas que forman parte de la etiqueta del otro cine español, para poder alcanzar con merecimiento, en un momento de pánico y desconcierto, un estatus de visibilidad y promoción como el que, aunque sea por unas semanas, proporcionan estos Premios Goya.

Hablamos de títulos de ficción como Gente en sitios, de Juan Cavestany, Un ramo de cactus, de Pablo Llorca, Los ilusos, de Jonás Trueba, Historia de la meva mort, de Albert Serra, El muerto y ser feliz, de Javier Rebollo, junto a nuevos modelos híbridos, documentales o de sesgo experimental como los que proponen El futuro, Costa da Morte, Arraianos, La casa Emak Bakia, Sé villana, la Sevilla del Diablo, La fotógrafa, Dime quién era Sanchicorrota o La jungla interior, entre otros, reconocidos todos en importantes festivales nacionales e internacionales y olímpicamente ninguneados por nuestros académicos.

Pero no, el otro cine español seguirá un año más en el sitio que, al parecer, le corresponde; a saber, en esos márgenes del reconocimiento crítico o los festivales (físicos u online) que a nadie importan, para dejar el lugar de honor, la pasarela de rostros jóvenes y guapos y los focos mediáticos a unos títulos que siguen confirmando el añejo statu quo y las formas caducas de una industria y sus distintas familias, que parecen estar condenándose ellas mismas a una suerte de suicidio asistido y en directo, con una escasa capacidad autocrítica, mientras las instituciones oficiales y el gobierno confirman, ley a ley, ayuda a ayuda, su desprecio por el cine y la cultura, mirados siempre con sospecha de ser un molesto foco de disidencia crítica.

Y es que, hasta que se produzca un recambio generacional y, en consecuencia, un cambio de mentalidad respecto a lo que es o puede ser el cine español, la Academia y sus académicos siguen confiando únicamente en el modelo industrial de-toda-la-vida, en contentar a esa gran familia española que es mucho más pequeña de lo que pensamos y que no es otra que la de los centenares de profesionales que componen el gremio que legitima y premia ese mismo statu quo, sin atender a otros modelos que no sean los que ellos mismos proponen y los que les dan de comer al fin y al cabo: una pescadilla que se muerde la cola, en definitiva.

Los complacientes y previsibles filmes de Álex De la Iglesia (Las brujas de Zugarramurdi), Daniel Sánchez-Arévalo (La gran familia española), David Trueba (Vivir es fácil con los ojos cerrados) y Gracia Querejeta (15 años y un día) o la exitosa comedia de Javier Ruiz Caldera 3 Bodas de más consolidan, con ayuda del amigo americano o las televisiones privadas, a los niños mimados de la profesionalidad contrastada, el prestigio académico y la taquilla (aunque no tanto, repasen las cifras en la web del ICAA, hagan las cuentas entre presupuesto, copias y recaudación y échense a temblar), por más que, como en los tiempos de La soledad, se hayan colado aquí Caníbal, del almeriense Manuel Martín Cuenca, y La Herida, el debut del sevillano Fernando Franco, no tanto como muestras de ese otro cine, tal y como se podrá leer hoy en muchos sitios, sino como saludables y adultas propuestas autoriales ya sancionadas por la crítica que no buscan tanto la disidencia industrial o complacer a todos los públicos como apostar por un cierto rigor formal, una cierta mirada moderna al aquí y ahora y una relativa resistencia realizada desde dentro. Algo es algo.

Rehabilitar la casa del cine

Manuel J. Lombardo | 27 de abril de 2013 a las 7:52

Se nos va a encallecer la lengua y romper el teclado de tanto lamentar la crisis galopante que vive en nuestro país el cine de autor, el viejo arte y ensayo, el cine festivalero, el de versión original, tanto monta, más aún cuando la noticia -más bien una pactada llamada de socorro- del posible cierre de Alta Films, la productora, distribuidora y red de salas pionera y líder en el sector que dirige Enrique González Macho, calentara hace una semana en El País los motores del debate, aún tímido y de vuelo rasante, entre la cinefilia más militante.

Resulta evidente que, como el resto de los sectores de la cultura, el del cine no orientado al entretenimiento masivo y la venta de palomitas vive momentos de decadencia como consecuencia de un cúmulo de factores entre los que se cuentan la competencia abusiva, permitida y desleal del amigo americano, el cambio de hábitos de su público tradicional, la flagrante pérdida de educación y pedagogía cinematográficas, la digitalización de todos los procesos que lo rodean, la subida del IVA, la falta de apoyo de la televisión o, por supuesto, la piratería, que en España alcanza cifras de las que no deberíamos sentirnos orgullosos por lo que delatan de una cierta mentalidad general respecto al valor de la cultura y sus productos.

Sin embargo, en todo este complejo entramado de factores, nadie de la casa parece entonar un digno mea culpa sobre su propia responsabilidad, renuncia (hay quien diría traición) y mala gestión para haber llegado a esta situación.

El caso Alta puede servirnos como ejemplo de una empresa pionera que, si bien hace 20 o incluso 10 años funcionaba satisfactoriamente de acuerdo a las normas del viejo orden de la distribución y su mercado natural en un país por entonces emergente y deseoso de diversidad, ha ido perdiendo a pasos agigantados no sólo su lugar de privilegio en el reparto del pastel del sector, amparado por la excepcionalidad cultural y financiado en parte con fondos europeos, sino que parece no haber entendido ni dado respuestas al rápido cambio de paradigma que dicta los comportamientos del nuevo público cinéfilo, al que las nuevas circunstancias ha marcado una oferta, unas expectativas y unos calendarios que nada tienen que ver ya con los que manejaba la maquinaria tradicional.

Al margen de discursos nostálgicos sobre la esencia de la experiencia cinematográfica, el cine de autor, alternativo, periférico, artístico, festivalero o como queramos llamarlo, sigue hoy tan vivo, agitado, fértil y estimulante como hace 40 años, por más que ahora haya que verlo casi de contrabando (algo que, por otro lado, hizo siempre el cinéfilo de pro), en una pantalla plana de televisión, en DVD o Blu-ray (abocados también a una profunda crisis), en los festivales de turno (a veces convertidos en auténticas aspiradoras de la programación local de ciertas ciudades) o descargado legalmente desde las plataformas online.

Se impone así una realidad compleja ante la que no conviene ponerse demasiado apocalípticos antes de tiempo, un periodo de crisis y transformación que, como otros a lo largo de la Historia del cine, ha de resolverse gradualmente ante nuestros ojos, unos ojos, eso sí, cada vez más impacientes, acostumbrados ya a una nueva velocidad de tránsito de la información y las imágenes.

Si resulta evidente que el modelo Alta parece estar desvirtuado y agotado, no es menos cierto que, en sus márgenes, en el extrarradio de la independencia, siguen surgiendo pequeñas empresas que, como Paco Poch, Abordar-Casa de Películas o Surtsey Films, por citar a las más meritorias y valientes, sí que se han atrevido a asumir el papel que realmente le corresponde a una distribuidora independiente: a saber, mimar, adelantarse o acompañar a su público potencial en la detección, difusión y apreciación de ese cine audaz y minoritario, ni siquiera digo difícil o radical, con el que ya nadie se atreve, ese cine exigente y adulto para un público al que se le supone exigente y adulto, ese cine-cine que no necesita más coartadas que la calidad, la búsqueda formal, el riesgo y la singularidad, nada de temas de candente actualidad, nada de público cautivo, nada de star-system del circuito de V.O., para reivindicar su labor y su (pequeño, moderado) margen de beneficios.

No es, por tanto, sorprendente, encontrar entre el catálogo de la primera los últimos filmes de Béla Tarr (The Turin Horse) o Ermanno Olmi (Il villaggio di cartone); ver en el de la segunda una estimable pieza de cámara como Tomboy, de la francesa Céline Sciamma, o esa joya del cine reciente que es Tabú, del portugués Miguel Gomes, una cinta que ha circulado, eso sí, con muy pocas copias, por las ciudades donde todavía resiste una comunidad cinéfila estable y respetable; o encontrar entre las propuestas de Surtsey títulos muy recomendables como The Trip, de Michael Winterbottom, y Érase una vez en Anatolia, del turco Nuri Bilge Ceylan, dos cineastas que apenas hace unos años eran los niños mimados de empresas como Alta, o cintas de cierto riesgo por el anonimato de sus autores como El molino y la cruz, de Lech Majewski,  El estudiante, del argentino Santiago Mitre, Violeta se fue a los cielos, del chileno Andrés Wood o Weekend, de Andrew Haigh. Incluso un documental sobre Woody Allen, el valor más seguro del cine de autor de hoy, ha sido distribuido ya por esta pequeña compañía independiente.