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El joven Kubrick

Manuel J. Lombardo | 3 de abril de 2013 a las 7:28

El historiador Paolo Cherchi Usai, uno de los primeros espectadores que tuvieron la oportunidad de ver Fear an desire, el primer largometraje de Kubrick, después de 40 años de ocultamiento voluntario por parte del director, sostiene la interesante tesis de que en ese gesto de rechazo no se esconde tanto la vergüenza o el pudor por las imperfecciones de la obra primeriza de quien luego sería considerado uno de los grandes cineastas de la Historia, como todo lo contrario, a saber, el escamoteo consciente a los ojos del mundo de unos temas y unas obsesiones que ya se condensaban en los 62 minutos de un filme bélico de muy bajo presupuesto aunque de poderosa atmósfera abstracta rodado en los márgenes de la industria de Hollywood. “Fear and desire, apunta Cherchi, revelaba demasiado pronto los secretos, los trayectos privilegiados y las motivaciones más íntimas; Kubrick había cometido el error más imperdonable para un gran jugador de ajedrez como él: anunciar con sus movimientos el propio método de asedio al Rey adversario”.

¿Y cuáles serían esos movimientos, cuál ese método? El propio Kubrick daba las claves en una carta escrita al que iba a ser el exhibidor de la película, Josef Burstyn, pionero de las salas de Arte y Ensayo en el Nueva York de los 50: “Su estructura, alegórica. Su concepción, poética. El drama del hombre perdido en mundo hostil, privado de los fundamentos materiales y espirituales, intentando comprenderse a sí mismo y a la vida que le rodea. Su odisea peligra por otra razón más: la presencia de un enemigo invisible pero mortífero; un enemigo, empero que, bien analizado, resulta salido casi de su mismo molde”.

Ya están en Fear and desire, título explícito y revelador del carácter conceptual de la empresa, los temas del doble, el tiempo y la violencia, el gran conflicto entre la razón y el caos, la materialización de ese gran marco que encuadra toda la obra de Kubrick y que Deleuze definió como “un cerebro con disfunción”. En efecto, la guerra en Fear and desire es antes un estado mental, una distorsionada y angustiosa proyección interior, que un campo de batalla o un juego de estrategias sobre el terreno. El pelotón de soldados infiltrado entre las líneas enemigas parece avanzar en círculos, consciente de su propia condición de grupo humano a la deriva en un territorio desdibujado y hostil, en un espacio indeterminado y sin tiempo (nada sabemos de la localización, la fecha o el conflicto en el que están inmersos) que Kubrick traza a mitad de camino entre las veleidades de fotógrafo de rostros y encuadres psicológicos y un más que meritorio trabajo de montaje y diseño sonoro que empasta y densifica la fragmentariedad y las torpezas técnicas del debutante con un sugerente manto de voces y relatos superpuestos, música incidental (de Gerard Fried) en los límites de la atonalidad y pequeños gestos de cinefilia asimilada que habrían de verse depurados hasta la perfección obsesiva en posteriores trabajos.

Financiada con dinero familiar y rodada en las montañas de San Gabriel en Los Ángeles en apenas tres semanas, Fear and desire contó con un guión del poeta Howard Sackler, quien supo trasladar a los diálogos y a la narración over ese carácter metafórico, poético y abstracto que lo prosaico de las imágenes no siempre alcanzaba a fraguar. El avance incierto del pelotón se detiene empero en dos secuencias culminantes cargadas de tensión fílmica y violencia: el asedio a la cabaña donde se encuentran los mandos del ejército enemigo, rodado y montado de manera ejemplar y con una reveladora metáfora del doble ante el espejo, y el acoso del soldado Sidney, interpretado por un joven Paul Mazursky, a la muchacha (Virginia Leith) que han hecho prisionera, escena clave para entender el combate de pulsiones, el acceso a la locura, ese viaje sin retorno, que inscribe en plena luz diurna el camino al fin de la noche que es, en realidad, toda la película.

La edición de Divisa no sólo nos trae la flamante copia restaurada por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, sino también los tres primeros cortos documentales rodados por un Kubrick que daba sus primeros pasos en el cine después de una precoz carrera como fotógrafo. El primero de ellos, Day of the fight (1951), parte precisamente de un reportaje fotográfico previo, Prizefighter, para recrear una jornada en la vida del púgil Walter Cartier. Kubrick consiguió que la RKO comprara y distribuyera este documental para completar sus sesiones dobles y logró también un nuevo encargo de la casa, Flying padre (1951), otro reportaje sobre la vida cotidiana de un cura de Nuevo México que recorre con su avioneta los pueblos de su parroquia, un trabajo en el que, a pesar de las limitaciones del formato, aparecen ya unos primeros planos de lugareños de una potencia fotogénica digna de los maestros clásicos del documental. Algo más largo y también fruto de un encargo del Sindicato Internacional de Marinos, The seafarers (1953) permitió a Kubrick trabajar por primera vez en color y con más medios (el filme tiene algunos travellings destacables), distanciándose ya de manera clara de la estética del cine “fotografiado”.

Fear and desire (Miedo y deseo) (1953) – Stanley Kubrick – Divisa – DVD/Blu-ray – 12,99/18,99 euros – Incluye los cortometrajes Flying padre (1951), Day of the fight (1951), The seafearers (1953)

Historia(s) de España

Manuel J. Lombardo | 17 de diciembre de 2012 a las 19:50

Coinciden estos días la publicación de dos libros y dos packs DVD que contribuyen desde distintos ámbitos a la construcción y revisión de la Historia del cine y la televisión españoles

Mis alumnos de Historia del Cine Universal de la FCOM de Sevilla saben bien de mi devoción por el manual Un siglo en sombras (luego reeditado por Paidós como La cultura del cine), del profesor de la Universitat Jaime I de Castellón y editor de la revista Archivos Vicente J. Benet, suerte de biblia metodológica para el estudio de la historia del cine desde una perspectiva sintética, múltiple y transversal. A la manera de entender, explicar y analizar el cine de Benet le deben por tanto lo mucho o poco que hayan asimilado de un discurso capaz de establecer puentes entre el cine de los orígenes y su estética de atracciones y esta era digital de sensaciones y espectáculo o de retorno a una cierta mirada radical.

Si la Historia del cine mundial desaparece hoy de los planes de estudios universitarios, aún resiste por fortuna la del cine español, de manera que sus alumnos y docentes deberían estar de enhorabuena con la publicación de El cine español. Una historia cultural (Paidós), en el que Benet acomete, con el habitual rigor metodológico y claridad expositiva, la no fácil tarea de historiar y pensar nuestro cine desde una perspectiva que recoge la herencia historiográfica para someterla a una revisión a la luz de la historia cultural.

Tal y como apunta el autor en su prólogo, “el cine refleja nuestra sociedad y, a partir de ella, los valores, las ideas, los iconos, las visiones de mundo y las fantasías que han servido para reconocernos. Y, por supuesto, los acontecimientos históricos, las resistencias y los traumas producidos por la incorporación de España a la senda de la modernidad”. Partiendo de esta idea, Benet se propone acudir a las películas como documentos, como productos culturales útiles para entender el modo en que la sociedad española ha querido reflejarse en cada momento, pero también, necesariamente, como textos (con un estilo, una forma, unos formatos dentro de un determinado contexto industrial, tecnológico y de recepción) que revelan los valores de una sociedad y que, evidentemente, están conectados con otras manifestaciones artísticas de su tiempo.

Benet busca trascender con este libro ciertas ideas esencialistas respecto al cine español (la picaresca, el humor negro, la mística, el esperpento…) partiendo de un concepto, el modernismo vernáculo, en el que las señas de la Modernidad (de la que el cine, como otros medios de masas, es hijo natural) se funden con determinadas tradiciones locales específicas; alianza clave para entender el carácter híbrido y sintético del cine español, cuya españolidad “se desprenderá del análisis de soluciones estilísticas concretas en las tensiones que se derivan de la instalación de la modernidad”: la españolada como sello del cine como fenómeno popular, la propaganda durante el Franquismo, la adaptación de las tendencias del realismo y las formas autorales en los cincuenta, el choque entre tradición y modernidad en el desarrollismo, el conflicto entre identidad y memoria en la Transición o el repliegue hacia los modelos de imitación transnacionales en los tiempos actuales de los conglomerados audiovisuales y la crisis y la ansiedad galopantes.

En uno de estos periodos clave de nuestra historia se sitúa precisamente el estudio monográfico de Manuel Palacio La televisión durante la Transición española (Cátedra), un enjundioso volumen que, como el trabajo de Benet, articula y desarrolla la tesis de la televisión, por entonces exclusivamente pública, como “parte esencial de la conformación de la opinión pública, los mecanismos de socialización de los ciudadanos, el ordenamiento del universo simbólico e instrumento determinante en el proceso político y cultural acontecido en este periodo”. Dividido en dos grandes bloques (uno dedicado a aspectos históricos y el otro “vehiculado a partir de las políticas de memoria y de creación de los discursos y narrativas”), el libro recorre, analiza y sistematiza la programación de las dos únicas cadenas de la época, la primera como reflejo de las reglas de la cultura de masas, el entretenimiento y lo público, la segunda más volcada hacia el ámbito cultural, para llegar a la conclusión de que en la televisión de la Transición, antes incluso de la muerte del dictador, convivieron modelos e ideologías mucho más heterodoxos de lo que pudiera pensarse, desde los rescoldos del ideario propagandístico del régimen, a propuestas de sesgo izquierdista que sentaron las bases de “pluralidad democrática” que estaban por venir. Una verdadera edad de oro de libertad creativa por la que desfilaron los últimos discursos de Franco y los primeros saludos navideños del Rey Juan Carlos, Arias Navarro, Adolfo Suárez o Felipe González, una erotizada Rocío Jurado y un resistente Manolo Escobar, las ficciones de Mercero, el subversivo programa infantil Cuentopos, las originales adaptaciones de clásicos de Fernán Gómez, el Un, dos, tres, los telediarios de Ladislao Azcona, las aventuras de Curro Jiménez, los debates de La Clave, Vivir cada día, Popgrama, el A Fondo de Martín Soler o las grandes series como Cañas y Barro o Fortunata y Jacinta, cuyas imágenes forman parte del documental Las lágrimas del Presidente que acompaña la edición.

Oficialismo y marginalidad

Si el cine español ha tenido alguna vez un proyecto sólido, unificador y duradero ese fue el NO-DO, nacido en 1943 y clausurado en 1977, plataforma oficial de propaganda del Franquismo a partir de un formato prácticamente inmutable que buscaba, como recuerdan Rodríguez Tranche y Sánchez-Biosca, “agitar a las masas, mantener bien presentes los emblemas esenciales del Régimen y focalizar los intereses de la población hacia su lucha por la vida cotidiana configurando un paisaje común de ambientes y sentimientos”.

Divisa, Planeta y TVE editan ahora conjuntamente un monumental cofre con 10 DVD y un libro ilustrado que recoge la serie de televisión Los años del NO-DO, un recorrido año a año por la España del NO-DO que reelabora y selecciona cronológicamente los noticiarios y documentales originales en un formato para la ocasión: 1.870 minutos de imágenes y locuciones que, más allá del alimento de la nostalgia, devuelven la imagen fidedigna de aquella España ideal e imaginada.

Justo en los estertores del franquismo y el NO-DO, un joven pintor de Tarrasa, Antoni Padrós, empezaba a rodar de manera clandestina y en 16mm sus primeros cortos, muestras iconoclastas del underground catalán que, lejos de los preceptos de la Escuela de Barcelona, se abría paso desde la irreverencia, el amateurismo, el activismo político y la mezcla de referentes cultos y populares en una obra radical e insólita que encabalga perfectamente el tránsito de un régimen a otro desde la independencia más absoluta. Cameo y la Filmoteca de Catalunya recuperan ahora en 4 DVD (Antoni Padrós. El cine y sus márgenes) la práctica totalidad de sus trabajos, sus cortos (Alice has discovered the Napalm Bomb, Dafnis y Cloe, Pim, pam, pum, revolución, Ice Cream, Swedenborg), y sus dos largos, Lock-out (1973) y Shirley Temple Story (1976), ejercicios excesivos e inclasificables protagonizados por Rosa Morata que funcionan como el perfecto contraplano de la oficialidad visual de la España de la Transición y en sintonía con la libertad formal del cine moderno europeo de la época. El pack se completa con una entrevista a Padrós, un libreto con textos de Xosé Prieto y el último mediometraje del autor, L’home precís, un canto de cisne de no menos insólita inspiración culta centroeuropea.

 

 

Utopías restauradas

Manuel J. Lombardo | 8 de octubre de 2012 a las 22:15

Después de editar hace unos meses el indispensable cofre con la totalidad de los cortometrajes conservados hasta hoy del gran Méliès, y al rebufo de este renacido interés (puro marketing, en realidad) por el cine mudo tras el estreno de La invención de Hugo Cabret o The Artist, Divisa prolonga su idilio con los tesoros del cine de los orígenes con la edición en DVD y Blu-ray de la versión original coloreada restaurada de Le voyage dans la lune (1902), mítico título fundacional del cine fantástico y de ciencia-ficción, quintaesencia de la poética mélièsiana y obra clave de esa estética de atracciones que alimentó los asombros de la mirada en los albores del siglo XX.

Buscada durante décadas y finalmente localizada en condiciones de conservación lamentables en la Filmoteca de Catalunya en 1993, esta versión de Le voyage dans la lune confirmaba no sólo la certeza de que Méliès ideó su universo de trucos, viajes extraordinarios, transformaciones y féeries a todo color, para lo que contaba con una plantilla de mujeres que trabajaban en el tintado manual, fotograma a fotograma, de sus películas, sino la concepción de un sugerente universo plástico en el que el color no supone tanto una pretendida búsqueda de realismo como una herramienta expresiva más al servicio de la fabulación deudora de las ilustraciones, los dibujos o la pintura popular de finales del siglo XIX.

Esta nueva copia, cuidadosamente restaurada en un proceso largo y costoso en el que han participado Lobster Films, la Fondation Groupama Gan y la Fondation Technicolor y que sólo ha sido posible gracias a las últimas tecnologías digitales, deslumbra ahora por el brillo y la viveza fulgurante e irreal de sus tonalidades pastel, por una extraña cualidad fantástica que se suma al propio atrevimiento, de raíz más wellsiana que vernesiana y siempre en clave paródica, de un viaje a la Luna en el que el realismo, las coordenadas físicas o la verosimilitud científica quedaban totalmente suspendidas para dar rienda suelta a la creación de imágenes emblemáticas (sobra decir cuál es la más recordada) y al artificio barroco de los decorados y las escenas ideadas por Méliès en su estudio de Montreuil.

Acompañada ahora de una nueva banda sonora a cargo del dúo electrónico francés Air, una música que, en cierta forma, reproduce ese aire ingenuo, intemporal y naif de la propuesta de Méliès a través de melodías, timbres, voces y texturas vintage, Le voyage dans la lune recupera toda su poesía y su encanto artesanales y nos es dada a ver como si de la primera vez se tratara, en un ejercicio de restauración que va más allá de la arqueología filológica para restituir también la propia experiencia de asombro de la mirada sin esa molesta distancia nostálgica que embalsama y entierra la Historia.

Esta versión coloreada, que se presentó en el Festival de Cannes de 2011, puede verse también ahora con dos acompañamientos musicales clásicos de piano (Frederick Hodges) u orquesta (Robert Israel) y viene acompañada por el magnífico documental sobre su historia y su restauración El viaje extraordinario, realizado por Eric Lange y Eric Bromberg, que incluye entrevistas con Michel Gondry, el heredero más visible hoy del espíritu mélièsiano, Jean-Pierre Jeunet, Michel Hazanavicius, los miembros de Air o Costa-Gavras, actual responsable de la Cinemáteque Française. Como complemento, también se incluyen otros cortos de temática lunar de Méliès: el fundacional La luna a un metro (1898), Eclipse de sol con luna llena (1907) y Excursión a la luna (1908).

Tal vez pensando en un programa doble, Divisa también ha reeditado ahora la copia restaurada por el Murnau Stiftung de La mujer en la luna (Frau im mond, 1929), el último filme mudo de Fritz Lang para los estudios UFA, basado en una novela y un guion de su esposa y colaboradora Thea Von Harbou, un filme realizado inmediatamente después de Metrópolis y Spione en el que Lang vuelve a conjugar su querencia por las enrevesadas y discursivas tramas folletinescas con su visionarismo escenográfico, ambiental y arquitectónico a la hora de plasmar en imágenes las utopías futuristas, convenientemente asesoradas por un comité científico para la ocasión. Mucho más interesante en su segunda parte, cuando aborda ya el viaje hacia la luna de sus protagonistas en el cohete espacial o cuando se produce el alunizaje en una superficie arenosa y desértica, La mujer en la luna ha pasado a la Historia del cine por preludiar y materializar ciertos asuntos e iconografía (el cohete, la cuenta atrás en el lanzamiento, la falta de gravedad, la comprobación de la existencia de oxígeno) en torno al viaje espacial, así como por su poética carga existencial y romántica incorporada a las ambiciones de expansión y conquista del universo del hombre.

El viaje a la Luna – George Méliès – DVD-Blu-ray – Divisa – Incluye ‘El viaje extraordinario’ (2011) + entrevistas – 80 mins. – 14,95/18,95 euros

La mujer en la luna (1929) – Fritz Lang – DVD – Divisa – 161 mins. – 14,95 euros

‘Louie’, la comedia frente al espejo

Manuel J. Lombardo | 18 de septiembre de 2012 a las 22:21

Creada y protagonizada por el cómico Louis C.K., la serie de televisión ‘Louie’ (FX) coquetea con la ‘autoficción’ y la crisis del hombre blanco de clase media

A falta de dos episodios para que concluya su tercera temporada, emitida estos días en el canal FX de la televisión por cable norteamericana, la serie Louie, creada, escrita, dirigida, montada y protagonizada por el cómico de origen judío Louis C.K. (Louis Szekely, Washington, 1967), va camino de hacer historia (una pequeña historia, en todo caso) como una de las piezas más divertidas, inteligentes (sí, perdonen el tópico del humor inteligente), corrosivas y autoconscientes de la comedia catódica, de la comedia como género en expansión, nos atreveríamos a decir.

En la tradición de las mejores autoficciones cómicas de nuestro tiempo, con Jerry Seinfeld y Larry David (Curb your enthusiasm) soplando en el cogote, Louie asume también la herencia de cierto humor realista, desencantado, crítico, ácido y reflexivo propio del stand-up comedian, en la línea de su querido Lenny Bruce (ahí está siempre presente el poster de uno de sus shows colgado en su apartamento), para lanzarse a tumba abierta a una suerte de (falsa) expiación pública por capítulos en la que lo autobiográfico (la crisis de los cuarenta del hombre blanco, padre y divorciado) merodea siempre por los límites de la ficción para terminar por confundir al personaje con la persona y a la persona con el personaje, y en consecuencia, para extraer de esta borrosa y permeable frontera una mirada al mundo (al propio mundo de Louis C.K.) en la que el patetismo cobra una nueva dimensión y un nuevo puente de identificaciones en la permanente exposición (con escarnio) de los defectos, vicios, limitaciones, complejos, mezquindades, temores y demás lacras físicas y morales de un tipo cuyas principales aspiraciones pasan por conjugar su vida profesional como comediante on the road con su faceta de padre y su deseo de encontrar pareja con la que rehacer su vida o, en su defecto, echar un polvo o masturbarse si no hay más remedio.

Desde su primera temporada (2010), Louie ha ido evolucionando desde un esquema más o menos fijo, a saber, con la alternancia entre sus monólogos en el Comedy Cellar neoyorquino (porque Louie es, no lo olvidemos, un prototipo neoyorquino, y no es difícil encontrar ciertos paralelismos con el primer Woody Allen) y la puesta en escena de situaciones o gags en los que, en mayor o menor grado, se apunta algún tema o concepto, a una paulatina desaparición de esos monólogos en favor del desarrollo, cada vez más extremo, cada vez más libre narrativamente, cada vez más tentado de la digresión hacia el absurdo o lo surreal, de viñetas que están ya más cerca de la búsqueda de una cierta estupefacción que de los clásicos chistes de la comedia de situación. Así, por ejemplo, el último episodio visto hasta la fecha, Late Show (Part 2), nos trae a Louie ante un excéntrico coach-ejecutivo de una gran cadena de televisión, interpretado por el mismísimo David Lynch, para enfrentarlo a sus propios temores y limitaciones para dar ese (¿ansiado?) salto hacia el éxito masivo al tiempo en que el propio universo del cine de Lynch es asumido como elemento para la parodia más hilarante.

Louie desentraña también los propios mecanismos de la comedia y las estrategias del monologuista sin necesidad de mostrar su proceso creativo. Consciente de la inagotable eficacia en un escenario de los chistes escatológicos sobre pedos, penes, vaginas o encuentros sexuales frustrados, consciente también de su propio cuerpo, cada vez más envejecido y gordo, como diana para sus dardos, Louie se lanza sin temor ni rubor algunos a hacer comedia sobre asuntos prohibidos, a saber, desafiando y, de paso, criticando, lo políticamente correcto como frontera para el humor. Aparecen así, dando una vuelta más de tuerca a lo grotesco, lo siniestro o lo innombrable, la enfermedad, la muerte, las relaciones con los hijos, la religión, el sexo explícito (siempre bizarro o insatisfactorio) o los prejuicios y miserias humanas de todo tipo (raciales, de género, religiosos, morales…) como asuntos a los que sacar punta hasta ese límite en el que la mina se quiebra o puede llegar a convertirse incluso en un arma mortal, poniendo así a la comedia (y al comediante) ante el espejo y desafiando el “buen gusto” como único y verdadero enemigo irreconciliable de todo gran gesto cómico.

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Martin Scorsese presenta The Blues – Scorsese, Levin, Wenders, Burnett, Figgis, Eastwood, Pearce – Divisa – Digipack 4DVD/7 documentales – 810 min. – 25 euros

Producida en 2003, The Blues supone una nueva y particular contribución de Martin Scorsese a su infatigable labor de preservación documental de la música norteamericana, una serie de siete entregas en la que embarcó a Wim Wenders (The soul of a man), Clint Eastwood (Piano blues), Levin (Padrinos e hijos), Mike Figgis (Rojo, blanco y blues), Richard Pearce (Camino a Memphis), Charles Burnett (Entre lo sagrado y lo profano) y a él mismo (Nostalgia del hogar) en siete viajes por las diferentes facetas, familias, escuelas, focos y tradiciones de “la madre de todas las músicas norteamericanas”, ahondando en sus orígenes y en sus ramificaciones hasta nuestros días.

Así, desde las raíces africanas a la integración de sus esencias en el rock o el hip-hop, el blues es visto aquí desde diferentes perspectivas y sensibilidades (desde el carácter político de su condición de música de los negros oprimidos a su disección como pura forma estética), a través de un generosísimo arsenal de material de archivo, entrevistas, actuaciones en vivo de algunas de sus figuras y bajo la libertad de formato (del clásico documental de compilación a la introducción de la ficción, como ocurre en el episodio de Burnett) que cada director, a partir de su propia relación personal con la música, establece como hilo conductor.

 

Alps – Yorgos Lanthimos – Avalon – 90 min. – 15 euros

Abanderado del nuevo cine griego que se ha convertido en la última moda festivalera (próximamente en el SEFF), un cine horizontal que se ha emancipado al fin de sus padres históricos a través de una extraña querencia por los márgenes más lúdicos de la herencia moderna y una inopinada filiación con los perfiles gélidos y minimalistas de cierto cine centroeuropeo, Lanthimos prolonga el gusto por los relatos claustrofóbicos, parabólicos y distópicos que hicieran de su premiado Canino todo un pequeño acontecimiento en el circuito de versión original.
Alps vuelve a convocar, entre planos disfóricos y superficies asépticas, una suerte de extrañamiento brechtiano que conjuga un particular teatro del absurdo sobre la identidad, protagonizado por personajes-marioneta en busca de una salida para su autismo emocional impuesto por los caprichos de un demiurgo que no parece tenerles demasiada simpatía. Vaciando de sentido la iconografía y el lenguaje del cine, el pop o el deporte, haciendo circular a sus criaturas hacia el abismo de la performance autodestructiva, Alps traza su desolador panorama humano con una autocomplacencia que tiene mucho menos de provocadora que de oportunista.

“Hacer como si…”

Manuel J. Lombardo | 3 de septiembre de 2012 a las 21:51

Avalon edita un cofre con ‘Los pasos dobles’ y ‘El cuaderno de barro’, díptico de Isaki Lacuesta en torno a la mitología africana, la dualidad, François Augiéras y Miquel Barceló

La búsqueda parece ser el leitmotiv que atraviesa la asendereada, fértil y difícilmente catalogable obra de Isaki Lacuesta (Cravan vs. Cravan, La leyenda del tiempo, Los condenados La noche que no acaba), uno de los creadores audiovisuales más interesantes surgidos en España en lo que va de siglo. La búsqueda como tema, de una identidad confusa y dispersa, de un secreto, de una memoria perdida, de un espejismo o un eco, pero también la búsqueda como una flexible categoría estética en sí misma, a saber, la búsqueda, el proceso, como camino que dicta una forma propia e intransferible a cada proyecto.

Los pasos dobles, Concha de Oro en San Sebastián 2011, es otra nueva muestra de su constante inquietud por atravesar formatos, narraciones y texturas bajo la forma híbrida de un palimpsesto en el que se cruzan y superponen la tradición oral y la mitología de los relatos ancestrales africanos, la literatura occidental de viajes y aventuras (con los textos del excéntrico escritor y pintor François Augiéras [1925-1971] como hilo conductor), una cinefilia sui géneris (el bandolero, el western) y la obra plástica de Miquel Barceló, afincado desde hace años en el interior rural de Mali, desde donde, a partir del contacto con la cultura local y la exploración del azar, los materiales innobles y lo efímero, ha redefinido los rasgos primitivistas de su cotizadísima firma.

Lacuesta  configura con todos estos elementos y el paisaje del País Dogón y sus gentes (no actores “haciendo como si…”, según las enseñanzas de Jean Rouch) un relato múltiple y cruzado que se desdobla, literalmente, en el seguimiento de un viaje y en la búsqueda de un búnker secreto como símbolo o mcguffin del misterio insondable de toda experiencia fabuladora, a saber, reinterpretando los datos dispersos de la biografía de Augiéras y la rica tradición oral africana con la fisonomía de sus pobladores y con Barceló como doble, trasunto y legado de aquel legado mítico.

Los pasos dobles ha de verse así como una ficción sobre las múltiples capas de toda ficción, como un work in progress que no termina de cerrarse sobre sí mismo sino como una de las varias opciones posibles que sus materiales ofrecían. Pero también como parte de un díptico del que también forma parte el documental El cuaderno de barro, un trabajo que funciona como retrato de Barceló en acción (junto a Josef Nadj), con la filmación íntegra de su impresionante perfomance con arcilla Paso Doble, y como germen, como cuaderno de notas (ahí están ya las termitas que devoran el papel, las pinturas a carbón en la cueva, los albinos surgidos de la noche cuales zombis del desierto), del que trasladar y desdoblar elementos para que éstos encuentren un nuevo acomodo, un nuevo sentido, en el gran relato en constante metamorfosis que es los Los pasos dobles.

La magnífica edición internacional (con subtítulos en inglés y francés) de Avalon no sólo incluye ambos títulos y la banda sonora de aires western de Gerard Gil para la primera, sino un generoso material extra (audiocomentarios, making of, material descartado, entrevistas con Lacuesta y la productora Luisa Matienzo, cortos relacionados con el proyecto o grabaciones en Super8 de Augiéras) y un hermoso libro a todo color con textos, extractos, fotografías y reproducciones del propio Barceló que ayudan a entender mucho mejor el carácter mestizo y el constante cruce y retroalimentación de referencias literarias y plásticas que conforman las películas.

Los pasos dobles (Edición coleccionista 3 discos) – Isaki Lacuesta – Avalon – 265 min. – Incluye ‘El cuaderno de barro’, BSO y libro (64 págs.) – 16,95 euros

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El Nacimiento de una nación (1915) (Ed. especial) – David W. Griffith – 2DVD / Blu-Ray – Divisa – 192 minutos – 17,95 euros

Divisa recupera los masters restaurados de la edición internacional del sello Kino Lorber de la que, durante décadas, fue considerada como la mejor película de la Historia del cine, un fresco épico y melodramático sobre la Guerra de Secesión norteamericana en el que D.W. Griffith sentó “las bases del lenguaje cinematográfico” e inauguró la era dorada del largometraje con un estreno sonado y un escándalo derivado de su incorrección política y su visión sesgada de la Historia en su retrato de los afroamericanos y el Ku Klux Klan.

Esta espléndida edición en dos DVD (también disponible en Blu-Ray) incluye la versión restaurada del filme con dos bandas sonoras diferentes, la original compuesta por Joseph Carl Breil para su estreno y una nueva para este remaster a cargo de la Alto Motion Picture Orchestra, además algunos extras históricos muy interesantes como la presentación del filme realizada por el propio Griffith junto al actor Walter Huston para su reestreno en 1930, posters, programas de mano y material gráfico de la época, un estudio sobre los problemas del filme con la censura, un documentado Cómo se hizo de 25 minutos realizado en 1993 y siete cortometrajes de Griffith sobre la Guerra Civil realizados entre 1910 y 1911 en su etapa de aprendizaje en la Biograph.

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El Globo blanco (1995) / El espejo (1997) – Jafar Panahi – A Contracorriente – 12,95 euros c/u

Jafar Panahi cumple hoy condena y arresto domiciliario por su apoyo a las denuncias de corrupción y fraude en las últimas elecciones democráticas de Irán. Aún así, ha seguido trabajando en la clandestinidad (This is not a film) mientras la comunidad cinematográfica internacional clama por su liberación.

A Contracorriente nos trae ahora sus dos primeras películas, las que lo dieron a conocer en los festivales internacionales como discípulo aventajado de Abbas Kiarostami, para quien trabajó como ayudante y quien es también el guionista de la primera de ellas, El Globo blanco (1995), un relato concentrado en una jornada en el que una niña sortea numerosos avatares para conseguir un pez de colores en el día de Año Nuevo. Panahi explora la duración pero, sobre todo, el rostro y la naturalidad desbordante de una niña que, como en futuras películas, simboliza en sus encuentros y en su tenacidad la situación y el destino de la nación iraní. Sin embargo, es El Espejo (1997) la película que confirma que en Panahi hay algo más que una simple reelaboración neorrealista con protagonista infantil y trasfondo político. La cinta desdobla su superficie para desentrañar de forma consciente y reflexiva los procesos de un rodaje que vuelve a tener como protagonista a una niña que decide parar la película, poniendo el filme ante el abismo de su propia construcción y dinamitando las fronteras entre realidad y ficción.

 

Méliès, intelectual y artesano

Manuel J. Lombardo | 28 de mayo de 2012 a las 22:19

Divisa edita en España la edición definitiva de la obra de George Méliès (1861-1938), un pack de 6 DVD con los 199 títulos que se conservan de su filmografía

Sin aniversario ni efeméride oficial de por medio, 2012 se ha convertido en un inopinado y festivo Año Méliès gracias al homenaje tridimensional de Scorsese a su figura mítica y crepuscular en La Invención de Hugo, a la reciente restauración de la copia original coloreada de Le voyage dans la lune (1902), ahora con una nueva banda sonora electro-vintage a cargo del dúo francés Air y, muy especialmente, a la aparición en España de la que, hasta la fecha, podemos considerar como edición definitiva de su legado cinematográfico: una caja con 6 DVD y un libreto de 80 páginas (con textos de Norman McLaren, John Frazer, Serge Bromberg y Eric Lange y una detallada lista de los títulos incluidos con fecha, duración, género y datos sobre el formato, la música o el comentario) editada por el sello Divisa a partir de los materiales de la edición internacional Arte/Lobster, que incluye no sólo los 199 cortometrajes que se conservan (algunos incompletos) de su vasta filmografía (más de 500 títulos) producida entre 1896 y 1913, sino también jugosos extras como Le grand Méliès, el filme dirigido por Georges Franju en 1953 que ha inspirado a Scorsese, el espléndido documental La magia de Méliès (1997, Jacques Mény) y un par de cortos de nuestro Segundo de Chomón (Las rosas mágicas y Excursión a la luna), el más aventajado discípulo mélièsiano.

Nos encontramos con cerca de 900 minutos de material que recorre sus primeros trabajos, noticiarios, reconstrucciones históricas, vistas y escenas documentales realizadas en la estela de los Lumière, hasta su última película para la Star Films, El viaje de la familia Bourrichon (1913), sin olvidarnos de algunos de sus grandes títulos fundacionales del género fantástico como El viaje a la luna, El hombre de la cabeza de goma, El viaje a través de lo imposible o Los enredos del diablo: un generosísimo y variado metraje que confirma no sólo a uno de los grandes inventores y pioneros de la Historia del cine, “un intelectual y un artesano a la vez, un vanguardista, un experimental y un independiente que siempre pensó en el gran público”, en palabras del animador Norman McLaren, sino que alumbra de primera mano todos esos ingenios, trucos, gadgets y hallazgos que él supo trasladar de la tradición teatral espectacular a la técnica de la nueva máquina cinematográfica.

Como explican Bromberg y Lange en las notas del librero, esta recuperación historiográfica es fruto de un trabajo de más de 25 años de búsqueda en Filmotecas públicas y en archivos privados de todo el mundo de los negativos o las copias conservadas en las mejores condiciones posibles, fusionando incluso algunas de distinta procedencia con el fin de restituir el metraje original. Esta labor arqueológica viene a hacer justicia en muchos casos a una obra deteriorada, incompleta o perdida, sobre todo desde que el propio Méliès, en un gesto de desencanto y desesperación, quemara en 1923 buena parte de su archivo en el mismo jardín de su casa de Montreuil en el que había construido el estudio en el que rodó la mayor parte de sus películas.

De igual forma, la edición ha dado prioridad a todas aquellas versiones coloreadas (a mano) que se conservan, aunque muchas de ellas han tenido que ser completadas con material en blanco y negro para conseguir todo su metraje. Siempre a partir de los materiales más próximos al 35mm, se han equilibrado, etalonado y estabilizado las imágenes gracias a los más avanzados procesos digitales de limpieza y restauración de imagen, intentando también reconstruir y unificar la velocidad de proyección que, contra la creencia común y como señalan Bromberg y Lange, “elimina esa impresión de película acelerada y grotesca que no existía en absoluto en los comienzos del cine”.

Como gran novedad, esta edición incluye también algunos comentarios en off que recuperan, a partir de documentos y catálogos de la época, la experiencia original de los explicaores que narraron los filmes en sus proyecciones públicas, así como aproximaciones o reconstrucciones bastante fidedignas de los acompañamientos musicales de la época, ya fueran para piano o para pequeña orquesta.

Más un hombre del XIX que del XX, Méliès fue tanto un pionero del cine como el último de los maestros del espectáculo de la pantomima. Desde el Teatro Robert-Houdin, buscó incansable nuevas soluciones para su universo de trucos, desapariciones, transformaciones, fantasmagorías y féeries, en esa prodigiosa nueva máquina descubierta un 28 de diciembre en un café del Boulevard des Capucines. Méliès sintetizó la magia y la ciencia en la encrucijada de un siglo que abrazaba la modernidad como esperanza de progreso, integrando el melodrama, el music-hall, el café-concert y el circo en las nuevas formas de espectáculo popular que se imponían como nuevo entretenimiento para las masas en su tiempo de ocio. Su gusto por lo espectacular y lo imaginario, por lo irracional y lo antinaturalista, por los cuentos de Perrault y la iconografía de Doré, se integraron y desplegaron en una abigarrada, barroca y fascinante estética de atracciones que, lejos de agotar su potencial en la primera década del siglo XX, aún permanece vigente bajo diversas formas y modelos cinematográficos.

George Méliès. El primer mago del cine – 6 DVD + Libro (80 págs.: textos de McLaren, Frazer, Bromberg y Lange) – Divisa Home Video – 896 min. – 39,95 euros