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Chris Marker: La política, entre chicas y gatos

Manuel J. Lombardo | 16 de julio de 2012 a las 22:14

“Me hubiera gustado vivir una época más pacífica para dedicarme a filmar lo que realmente prefiero, chicas y gatos”

Chris Marker

 

Las manos y la voz de Chris Marker, su avatar gatuno (Guillaume-en-Êgypte) surfeando en Second Life, paraíso virtual paralelo en el que el cineasta sin rostro vive refugiado desde hace años, su laboratorio de pantallas, ordenadores, cables, libros, revistas, recortes y cachivaches. Lo hemos visto en Agnès de ci de là Varda, la estupenda serie de televisión de Agnès Varda, compañera de viajes, batallas y rodajes. Un Chris Marker nonagenario igual de inquieto y curioso que en los días de Les estatues meurent aussi o Lettre de Sibérie, suscrito a la actualidad, encantado de probar el último dispositivo tecnológico, presto a echarse a la calle a espigar imágenes y testimonios de la última revuelta, de la última causa justa, pero también de chicas bellas y gatos pasajeros.

Este nuevo cofre Chris Marker, Mosaico (1968-2004), el segundo que edita el sello Intermedio en España, llega justo a tiempo para revitalizar y reconstruir un puente histórico entre la mirada comprometida y política del Marker de los años sesenta y este tiempo convulso de crisis profunda e indignación. Justo a tiempo para recordar que todo ya pasó antes, sí, pero que también todo se filmó antes y mucho mejor que ahora.

A Marker le hubiera gustado rodar tal vez más fábulas futuristas y románticas como La Jetée o ir con más frecuencia al encuentro de sus cineastas favoritos (Hitchcock, Kurosawa, Tarkovski, Medvedkin). Sin embargo, su espíritu, que es también, aunque en otro tono, el mismo de Varda o Godard, lo ha llevado siempre  a estar donde había que estar (de Chile a Yugoslavia, de EE.UU a Vietnam, de Cuba a Rumanía, de China a Brasil, de Japón a Guinea Bissau), con la cámara siempre cargada, dispuesta a registrar ese gran archivo visual de su tiempo que luego cobraría forma pensante en la sala de montaje, con sus flamantes maquinitas de vídeo, entre fundidos y encadenados, con rótulos caseros y texturas más o menos sucias y profesionales.

Este cofre establece así un puente entre décadas lejanas a partir de un mismo compromiso con la realidad y con el poder ensayístico del cine, en un gesto indudablemente político, un gesto de izquierdas, que no se queda en la superficie de los discursos y las soflamas de urgencia para ir un poco más allá, más al fondo, de sus propias estructuras y maneras de enunciación.

La sexta cara del Pentágono (1968) testimonia en estilo directo la marcha de los estudiantes norteamericanos contra la Guerra de Vietnam, capturando la energía de uno de los últimos grandes momentos de impulso utópico civil del siglo XX en Estados Unidos. Y entre el tumulto, esquivando las cargas de la policía, aún hay tiempo para filmar una cara bonita, para seguir, ralentizar o congelar un hermoso rostro de mujer que desafía a los fusiles a un metro de distancia.

 

La Embajada (1973) va un poco más allá al coquetear con la textura (Super-8) y las formas del found footage para desmontar la falacia de la realidad documental en un experimento de ficción política protagonizado por un grupo (de actores) que ‘simula’ un encierro en una embajada cuando las calles están tomadas por el ejército. Marker nos está hablando del Golpe de Estado en Chile, pero una delatora Torre Eiffel al final del metraje revela que se trata de un juego, más simbólico y potente si cabe que de haber sido cierto.

El puente se sigue cruzando en los noventa con Casco Azul (1995), la filmación, en un plano fijo y cercano, del testimonio del médico François Crémieux, miembro de las fuerzas de la ONU destacadas en Bosnia-Herzegovina, un soldado que desmonta con distanciada elocuencia y portentosa palabra la falacia humanitaria de aquella empresa internacional en epicentro de la más cruenta de las guerras recientes en Occidente. Mentiras y teatro para acabar matando perros como entrenamiento para el alma.

Y al otro lado del puente asoman Los gatos encaramados (2004), película-síntesis, último gran gesto reconciliador markeriano entre la política, las chicas guapas y sus queridos gatos, o cómo contar el presente, el 11-S, la segunda guerra de Irak, las elecciones francesas, la repetición de los errores, el repunte de una nueva conciencia crítica entre la juventud, posible germen de lo que hoy se moviliza desde el movimiento 15-M, siguiendo la pista de unos gatos sonrientes pintados en las paredes y los lugares más insospechados de París.

Pero por las aguas bajo ese puente también han bajado los experimentos lúdicos, los divertimentos tecnológicos, la imagen como experiencia de vida: Teoría de los conjuntos (1990), parábola sobre la condición humana a propósito de un Arca de Noé digital; Slon Tango (1990), o el baile de un elefante al son de un tango de Stravinski; Tres vídeos haikus (1994), homenaje a los Lumière, al Sena transfigurado y al espíritu de las vanguardias; o E-CLIP-SE (1999), un vagabundeo visual alrededor del eclipse de sol del 11 de agosto de 1999 en un jardín de París a vista de… lechuza.

Chris Marker. “Mosaico” 1968-2004 – Intermedio – Digipack 2DVD + libreto 64 págs. (textos de José Ángel Alcalde, François Maspero, Rubén García López y Jean-André Fieschi) – 158 min. – 24,95 euros

La memoria sin dueño

Manuel J. Lombardo | 16 de abril de 2012 a las 22:23

El proyecto yourlostmemories.com pretende devolver a sus propietarios el material familiar anónimo de Super-8 encontrado por azar

Una de las aportaciones más interesantes de los pequeños dispositivos y cámaras digitales al panorama del cine contemporáneo ha sido la legitimación artística y estética de ciertos formatos que, hasta no hace mucho, circulaban en paralelo, por carreteras secundarias y marginales, a la Institución cinematográfica, cuya autopista principal ha estado siempre saturada por la ficción y sus convenciones y estructuras de producción.

La voluntad de volver a testimoniar y documentar el mundo o de inscribir el yo en un discurso elaborado con materiales propios, devolvía al cine amateur, tan viejo como el propio cine, un valor y una categoría de visibilidad que, hasta entonces, apenas trascendía el ámbito íntimo y familiar.

Aquellas películas en Super-8 de bodas, bautizos, comuniones, comidas, viajes, excursiones o reuniones familiares al alcance de unas cuantas familias o aficionados, se multiplican hoy en un archivo infinito de nuestro tiempo registrado por pequeñas cámaras, móviles, web cams o tabletas que las nuevas tecnologías digitales permite catalogar e incluso editar y manipular en prácticas de apropiacionismo.

Un título reciente de nuestra cartelera, [REC]3, extrae buena parte de su singularidad discursiva de su intento de afrontar el exploit zombi desde unos códigos de puesta en escena que simulan tantos vídeos caseros o pseudoprofesionales de boda, paradigma kitsch de la imagen-recuerdo de nuestra era, como estrategia paródica y autoconsciente para insuflar un plus de “realismo” que airee o regenere sus formas y convenciones.

Estos días teníamos noticia también de la aparición de un portal web español, yourlostmemories.com, cuyo objetivo pasa precisamente por la recuperación y la legitimación de este tipo de material casero y familiar, íntimo y privado, en un proyecto inicialmente destinado a devolver a sus propietarios o a sus protagonistas las películas anónimas encontradas en mercadillos de segunda mano o anticuarios de todo el mundo.

Más allá de su altruismo y de su voluntad solidaria, yourlostmemories.com nos interesa especialmente como incipiente gran archivo de la historia íntima de España, como gran arca virtual de imágenes perdidas, innobles y no oficiales que bien pueden devolvernos el perfil de un tiempo, unos rostros y unos lugares que, en su propia condición anónima, destilan una poesía de lo cotidiano que, unida al propio desgaste del material como consecuencia del paso del tiempo o a los modos amateur de sus gestos, desprenden un valor documental y testimonial repleto de encanto e interés en sí mismo.

Yourlostmemories.com nos conecta también con una de las prácticas y vetas más estimulantes de la creación visual y audiovisual contemporánea, aquella que trabaja a partir del found footage o material encontrado (los Conner, Forgács, Cornell, Grifi, Jacobs, Baldwin, Berliner, Khlar, Gehr, Frampton, Rosenblatt, Arnold, Müller, Gianikian y Ricci-Lucchi o Tcherkassky), y de la que en España tenemos algunos buenos ejemplos como Tren de sombras, de José Luis Guerin, que reconstruye y recrea las texturas y el modo de enunciación de viejas películas caseras que nunca existieron para su discurso reflexivo sobre el cine y la memoria, o Un instante en la vida ajena, en la que José Luis López Linares editó el portentoso material amateur filmado por la aficionada Madronita Andreu para descubrirnos la España de los 20 a los 80 (Semana Santa y Feria sevillanas incluidas) en unos tonos y unos colores que nos acercan aquel tiempo con una fuerza y una frescura inusitadas que en nada se parecen a las imágenes institucionales en blanco y negro del NO-DO que han conformado la memoria de los españoles.

Yourlostmemories.com no es ajeno a esta reutilización libre y creativa del material encontrado, y en su web se pueden ver también algunos remontajes realizados por Isabel Coixet, Isaki Lacuesta o el sevillano Daniel Cuberta, quien en Faces somete a un ejercicio de ritmo casi estroboscópico a unas imágenes familiares tras las que se esconde una insospechada emoción fotogénica.

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Y ahora, las habituales recomendaciones músico-cinematográficas de la semana:

Richard Galliano (Quintet) – Nino Rota – Deutsche Grammophon – 57 min. – 18 euros

Con motivo del centenario de Nino Rota (1911-1979), el acordeonista Richard Galliano se suma a los homenajes con nuevas versiones jazzísticas de sus inolvidables melodías para el cine de Fellini, ejecutadas por un quinteto de lujo formado por John Surman, Dave Douglas, Boris Klozov y Clarence Penn. Juntos hilvanan un delicioso continuum rotiano que desarrolla libremente los temas de La Strada, I vitelloni, Las noches de Cabiria, Ocho y medio, La dolce vita, Guilietta de los espíritus y Amarcord con el eco del vals y el tema de amor de El padrino como motivos de referencia.

 

La Conquête – Nicola Piovani – Editions La Marguerite – 30 min. – 12 euros

Si hubiera que nombrar a un legítimo heredero del legado musical de Nino Rota en el cine italiano y europeo, ése es Nicola Piovani, poseedor de un talento natural para la melodía y los aires populares que, unidos a su gusto por las formaciones de cámara, resucitan una parte del inimitable espíritu ligero, luminoso y emotivo del compositor milanés. Su música es lo mejor de La conquête, biopic de la escalada al poder de Sarkozy que suena a puro circo (mediático y político) gracias a sus marchas y ritornellos orquestados con frescura, gracejo y ocasional tono sombrío.

 

El hombre del brazo de oro (1955)  – Otto Preminger – Versus – Video-ensayo de Gerardo Sánchez / Texto de T. Fernández Valentí – 12 euros

El hombre del brazo de oro tiene su hueco en la historia de Hollywood por ser una de las primeras cintas en tratar de forma abierta la adicción a las drogas, asunto que le costaría a un independiente y provocador Preminger no pocos problemas con la censura. Con un Frank Sinatra pasando el mono, un memorable score jazzístico de Elmer Bernstein y los créditos de Saul Bass, la película, basada en la novela de Nelson Algren, resiste el paso del tiempo por encima de su tono moralista. La copia de Versus es estupenda y los extras, muy didácticos.

 

Flic Story (Historia de un policía) (1975) – Jacques Deray – Avalon –  Textos de Ramón Alfonso – 15 euros

Título emblemático del polar francés de los setenta, Flic story reunía a Alain Delon, también productor de la cinta, y a Jean-Luc Trintignant, en una persecución de tintes casi obsesivos entre un policía y un sangriento criminal en la Francia desocupada de finales de los años 40. El artesano Deray (Borsalino) se pliega a sus estrellas y aplica una cierta frialdad seca a una puesta en escena demasiado deudora de sus decorados. No es Melville, pero merece la pena asomarse de nuevo a un género con modos y respiración propios. Sin extras.