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Gandolfini, el último fundido a negro

Manuel J. Lombardo | 21 de junio de 2013 a las 6:59

No era difícil imaginar que James Gandolfini (1961-2013) moriría relativamente joven y de un ataque al corazón, en plena faena, al pie del cañón, tal y como sucedió la madrugada del miércoles en un hotel de Roma.

Su imponente presencia física, su voz cascada y con grano, su fuerte y peculiar acento, sus manos grandes y sus gestos rudos, su humanidad desbordante, nos hacían pensar en una vida vivida sin demasiado freno, una vida disfrutada a cada trago, a cada buen plato de comida (pasta con salsa de tomate y ajo, posiblemente), a cada cigarro, a cada postre (cannoli, por supuesto).

Con todo, Gandolfini es ya, desde hace más de una década, un actor inmortal, un icono de esta época, gracias a su papel como Tony Soprano en la que sin duda es la serie que ha marcado un antes y un después en la historia de la televisión, la madre de todas las series de esta era dorada en la que las ficciones adultas y complejas se han refugiado en la pequeña pantalla como nuevo teatro popular de pasiones e identificaciones universales, actualizando la mejor tradición aristotélica y shakesperiana.

Porque el culto a Tony Soprano, mafioso en chándal y bisutería, “criatura abismática y autoconsciente” (Iván de los Ríos), “hombre de grandes apetitos y todos los vicios, mezcla de lo exótico y lo ordinario”, como lo describe Noël Carrol en el muy recomendable libro Los Soprano forever (Errata Naturae), se ha convertido también en el culto a Gandolfini, que le dio cuerpo, peso, hondura, zozobras y matices hasta ahora insospechados a un personaje de su estirpe a lo largo de las seis gloriosas temporadas (1999-2007) que duró en antena, para pena de sus millones de fieles, renovados empero a cada instante, la serie creada para la HBO por David Chase.

Con su gigantesca composición, Gandolfini humanizó al gángster, tumbó al criminal sin escrúpulos en el diván del psicoanalista, profundizó en los roces, miedos, mentiras y rencores de la familia de clase media, bajó a la tierra de lo cotidiano y lo banal a una figura tantas veces estereotipada o simplificada por el cine y la televisión, consiguiendo que un tipo que sería fácilmente odiado o repudiado moralmente acabara por conquistar los corazones y la empatía incondicional de una audiencia masiva. Pequeño milagro de la narración televisiva y la serialidad bien entendida y mejor construida.

Con Tony Soprano, Galdolfini accedía además a un muy visible papel protagonista para el que su físico, su tipología de italoamericano excesivo o violento, no parecía estar destinado. Nacido para ser ese secundario indispensable en películas de género criminal o de mafiosos de barrio, el actor de carácter alcanzaba con su personaje un lugar en el olimpo catódico, una conquista y una prisión al mismo tiempo, la culminación del sueño de todo intérprete, pero también trampa mortal una vez que tu personaje se ha convertido ya en un mito, en un ente con vida propia.

Si hasta Los Soprano lo habíamos visto en pequeños papeles en títulos como Amor a quemarropa, Marea roja, La noche cae sobre Manhattan, Perdita Durango, Acción civil, 8mm, El hombre que nunca estuvo allí, Todos los hombres del rey o The Mexican, después de la mítica serie las cosas ya nunca serían iguales: Galdolfini ya no podría ser un actor de reparto o un protagonista más, un nuevo personaje, sino el mismísimo Tony Soprano sacado de contexto, acarreando un peso tal vez demasiado grande encima.

Con todo, lo vimos y disfrutamos recientemente en papeles y títulos estimables como In the loop, de Armando Ianucci, como un Teniente General del ejército norteamericano, en Killing them softly, de Andrew Dominik, como heterodoxo asesino a sueldo, o en La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, interpretando al Secretario de Defensa Leon Panetta, donde su sola presencia en una sala de mandos era ya todo un espectáculo en sí mismo.

Descanse en paz el hombre y el actor. Larga vida al mito.

I love Lena!

Manuel J. Lombardo | 31 de mayo de 2012 a las 9:35

Esto de las series, de las series norteamericanas, se entiende, se ha convertido en una nueva religión para la clase media (cuando hoy todos creemos ser clase media), un nuevo consenso para el tiempo de ocio casero en el que no faltan tantos placeres culpables como lugares comunes, tantas identificaciones satisfechas como argumentos para las nuevas camadas del ámbito académico.

Desde el descubrimiento de Los Soprano, la madre del cordero, uno también ha caído rendido a los encantos narrativos y afectivos de la serialidad, y por los desgastados cojines de mi sofá han pasado ya centenares de episodios de The Wire, Boardwalk Empire, Deadwood, Mildred Pierce, Carnivale, Boss, The Good wife, Modern family, Mad Men, Justified, The Walking dead, Homeland, Generation Kill o Tremé, por citar los títulos más memorables.

Ando ahora siguiendo en paralelo la segunda temporada de The Killing, definitivamente estirada y desinflada, sacándose burdos ases de la manga a cada nuevo episodio; la quinta de Mad men, paradigma de sofisticación y elegancia, una serie capaz de lo mejor y lo peor, de la sutileza y el manierismo más deslumbrantes a la obvia sobrecarga de subtexto cultural para sus analistas y exégetas universitarios; y la que, a mi juicio, es la más grata sorpresa de la temporada, Girls, de Lena Dunham, una comedia de chicas neoyorquinas de la cadena HBO.

Girls integra dos universos aparentemente irreconciliables como el nuevo indie post-mumblecore y el inconfundible toque de la factoría del humor angelino de Judd Apatow. Nacida para ser una estrella (alternativa), la Dunham (Nueva York, 1986), un glorioso patito feo con tanto carisma y magnetismo como escaso sentido del pudor, desplegó ya el universo de Girls en su segundo largometraje, Tiny furniture, una de esas peliculitas con encanto que descubría todo el potencial de una mirada y una escritura autobiográficas tras la que podía escucharse eso que llaman “la voz de una generación”.

Girls recupera a algunos de sus personajes, el que interpreta ella misma, Hannah, y el de su excéntrica y salvaje amiga británica Jessa, interpretada por la radiante Jemima Kirke, para trazar una suerte de “chicas urbanas de hoy en día” liberado de corsés y correcciones políticas hasta el punto de hacer de la franqueza (sexual y verbal), la excentricidad o los clásicos conflictos sentimentales sus principales bazas para el “entretenimiento inteligente”.

Las chicas de Girls no tienen especiales atributos, son cuatro variantes (complementarias) de la veinteañera post-universitaria de clase media, se enamoran y se desenamoran, follan o se masturban, trabajan o dejan sus trabajos, escriben diarios, tuitean y van a fiestas, se traicionan y se reconcilian, se emborrachan o se drogan, y también se equivocan constantemente, se humillan ante ellas mismas, ante sus padres, sus amigos, sus novios o sus amantes de ida y vuelta.

La Dunham, que se reserva el mejor personaje, transita con inopinada soltura por la cuerda floja de lo patético, por la frontera entre la screwball y el estupor posthumorístico, para devolver una imagen no tan deformante de esa generación mimada que parece mirar siempre hacia los felices ochenta como arcadia vintage en la que encontrar modelos estéticos (la moda, la música), soluciones y vías de escape para estos tiempos de desconcierto, precariedad y crisis.

Girls apenas necesitó dos capítulos de 25 minutos para asentar un mundo de ficción con vida propia, un mundo que comunica los apuntes autobiográficos y el retrato generacional con una excepcional y variopinta galería de personajes, femeninos pero también masculinos, y unos diálogos ágiles y brillantes que han sabido disolver la literatura de diario con talento, sentido del ritmo, soltura y desparpajo.

El sector más talibán de la crítica ha acusado a la serie de “lack of diversity” (“falta de diversidad”), argumentando que en ella sólo salen blancos judíos de clase media con problemas de blancos judíos de clase media. Esta crítica es, en realidad, el mejor de los halagos posibles, ya que el verdadero logro de Girls, una serie de autora, es hablar de lo que conoce de primera mano, sin complacencia, sin estadísticas ni manuales de guión o corrección política a la hora de escribir y afrontar cada nuevo episodio. Las criaturas de Dunham, aun cuándo rozan los estereotipos y cierta tipología generacional, están muy vivas y se mueven por su mundo sin complejos, sin necesidad de pedir disculpas más que a ellas mismas cada vez que se equivocan, y lo hacen a diario o, mejor dicho, semanalmente.

Girls empieza a emitirse en España este domingo 3 de junio en Canal+ Comedia a las 22:00h.

Mujeres en la ventana

Manuel J. Lombardo | 23 de marzo de 2012 a las 10:29

Acaba de editarse en DVD la miniserie Mildred Pierce, producida por la HBO y dirigida por Todd Haynes (Poison, Safe, Velvet goldmine, Lejos del cielo, I’m not there), de la que ya escribimos aquí hace unos meses.

La edición, parca en materiales extras (nada de making of, nada de entrevistas), sí que contiene al menos el audio-comentario (sin subtítulos) de Haynes acompañado por su co-guionista, Jon Raymond, y el director de producción Mark Friedberg, éste último responsable de su cuidado aspecto visual, que con un presupuesto limitado ha conseguido recrear la ciudad de Los Ángeles durante la era de la Depresión con un preciosismo poco habitual en las producciones para televisión. Salvo las de HBO, claro.

Gracias a él descubrimos que, además de la pintura de Edward Hopper, referencia evidente de ésta y tantas producciones (de Pennies from heaven, de Ross, a Don’t come knocking, de Wenders), y del cine norteamericano de los años setenta de aire retro, detrás de las imágenes y las atmósferas envolventes de Mildred Pierce se esconde también el trabajo del fotógrafo Saul Leiter (n.1923), fuente de inspiración para los decorados, las localizaciones, los colores y los encuadres de la miniserie.

Como siempre en estos casos, acudo a mi amigo, fotógrafo y gran conocedor de la materia, Miguel Romero. Me alaba el gusto y me cuenta que Leiter era un gran desconocido hasta hace apenas dos o tres años, cuando la Fondation Henri Cartier-Bresson organizó una retrospectiva de su trabajo.

Fotógrafo de moda profesional, Leiter nos sorprende con unas insólitas imágenes en color en un contexto y una época (los años cincuenta y sesenta) que hemos aprendido a ver y mirar en blanco y negro. Su uso del Kodachrome nos regala una paleta de colores ligeramente desvaídos que nos devuelve un tiempo y su superficie en unos tonos y unas texturas cargados de melancolía, una forma de retratar las calles, los escaparates, el tráfico o a los anónimos viandantes a mitad de camino entre la realidad y el cine.

Entre las fotografías de Leiter, algunas remiten a los colores ocres y verdosos que dominan Mildred Pierce; otras, a mujeres solitarias y pensativas, mujeres sentadas en un café o descansando, desnudas, en una silla; Unas cuantas, directamente a esos planos recurrentes en los que Kate Winslet observa el mundo a través de los cristales de las ventanas de cafés, coches o autobuses.

Mirar hacia fuera para mirar hacia dentro, escribíamos, gesto primordial de un motivo clásico de la pintura, la fotografía y el cine. También es ése el gesto recurrente y central de otra película reciente que nos sacude fuerte en la memoria: The deep blue sea, de Terence Davies, en la que una Rachel Weisz herida de amor fuma junto a la ventana decidiendo cómo seguir adelante después de la ruptura.