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Cine de verano #9: ‘Noche y día’ (2008, Hong Sangsoo)

Manuel J. Lombardo | 13 de septiembre de 2013 a las 14:13

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Un coreano en París

“La felicidad es un corazón que no le da tanta importancia a todo”

Hong Sangsoo

 

Las sencillas peripecias de Noche y día, la única película que Hong Sangsoo ha rodado fuera de su país, transcurren entre los primeros días de agosto y comienzos de octubre, el periodo que nuestro protagonista, Kim Sung-nam (Kim Yeong-ho), un pintor en los cuarenta, pasa en París no exactamente de vacaciones, como haría cualquier turista asiático en Europa, sino más bien huyendo de Corea del Sur después de un delirante y extraño asunto relacionado con las drogas y la policía.

Allí ha dejado a su mujer, Sung-in, a la que llama por teléfono desde la pensión barata (para coreanos) en la que se hospeda en el 14º Arrondissement, el modesto y desangelado centro de operaciones desde el que sale cada día para vagabundear sin rumbo ni objetivo preciso, a la manera del protagonista de El signo del león, el primer largo de Eric Rohmer, por una Ciudad de la Luz que, bajo la mirada “estéticamente destensada” y prosaica de Hong, nada tiene de postal típica ni de escenario idílico para la comedia romántica.

NDposter2Más bien al contrario, se diría que, en el seguimiento pertinaz, rutinario y sin suspense de los pasos de su antihéroe y en el retrato de sus encuentros casuales, el cineasta se empeña en establecer una relación puramente física con la ciudad para bajar la mirada ante la monumentalidad y la belleza sobradamente fotografiadas de la capital, la misma que ha alimentado de distinta manera a otros grandes cineastas (cinéfilos) asiáticos como Tsai Ming Liang (¿Qué hora es?), Hou Hsiao Hsien (El vuelo del globo rojo) o Nobuhiro Suwa (Un couple parfait), para filmarla desde el punto de vista de sus personajes, en ocasiones cerca incluso de las aceras o las alcantarillas, como ha retratado tantas veces cualquier rincón, cualquier callejuela estrecha de Seúl, a saber, con esa aparente desafección por el gran paisaje que preludia que los asuntos importantes de su cine se libran y declinan a otra escala bien distinta.

Y esa escala es la de la narración y el interior atribulado, sentimentalmente confuso y algo embriagado de sus personajes: una narración aparentemente simple, basada en variaciones y repeticiones, pero que pronto se desdobla y se espeja de la manera más sorprendente y compleja; y una interioridad de los personajes, aquí con un protagonista que entronca con su habitual galería de profesores, artistas, escritores o directores de cine, que podría ser un alter ego del propio cineasta, lleno de dudas, torpezas e inseguridades, que marca el devenir, a la manera de un diario, de los acontecimientos, las acciones, los mal-encuentros y las reflexiones al paso de los mismos.

Por supuesto, esta narración y esta estructura de diario quedarán trascendidos por esa portentosa inclusión de la fantasía, la imaginación o el sueño que, como en buena parte de las películas de Hong, que dan siempre la sensación de ser tan sólo una de las muchas películas posibles para cada historia, no conoce de códigos visuales o sonoros propios para distinguirse claramente de la otra realidad de la ficción. Un recurso tan sencillo como en desuso, como lo son también esos zooms de reencuadre o las panorámicas a tirones marca de la casa, que vuelca y pliega a la película sobre sí misma con la sencillez de un juego de niños.

Nuestro atribulado coreano en París ha huido de casa fruto de un evidente Mcguffin (anunciado en los rótulos que abren el filme al son de la 7ª Sinfonía de Beethoven, recurrente y trágico motivo musical que reaparecerá en contrapunto con la liviandad del filme) para adentrarse en su propia zozobra personal a golpe de realidad (su dinero se acaba, se enamora, su miedo a volver crece), una búsqueda que en Hong tiene siempre algo de infantil y tragicómica, ligera y grave a un mismo tiempo.

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Pertrechado de unos vaqueros, unas zapatillas de deporte, un par de polos y camisas de quita y pon, una mochila o una ridícula bolsa de plástico, Kim se cruza con (¿el fantasma de?) una antigua ex-novia despechada, visita la buhardilla de dos jóvenes coreanas que estudian Bellas Artes, se acerca al Museo D’Orsay a contemplar el famoso cuadro de Courbet El origen del mundo, se refugia de la lluvia en una iglesia donde se queda dormido, se sienta en los cafés, va a los pequeños restaurantes donde sirven ostras, soju o comida coreana, visita a algunos artistas coreanos en la ciudad, se va de excursión a Deauville, a donde regresará más tarde con la intención de conquistar a Yoo-jung, o discute con un joven norcoreano al que ha conocido en una reunión.

Sin embargo, cuando ya nos hemos acostumbrado a su rutina, en un golpe magistral del guion, justo cuando parece haber encontrado un nuevo amor junto al que empezar de nuevo en un otro lugar, nuestro protagonista recibe una llamada…

Tema, variaciones y déjà vu

Manuel J. Lombardo | 25 de mayo de 2013 a las 8:29

Diecisiete años y 14 películas han tenido que esperar los avispados distribuidores españoles para estrenar en España una película del surcoreano Hong Sangsoo, uno de los más insobornables, constantes, singulares, apreciados y realmente independientes cineastas de nuestro tiempo. Y todo, claro, por la presencia en En otro país de Isabelle Huppert, rostro del prestigio y la qualité de ese gran-cine-europeo-de-autor que tanto gusta a las Academias y a los programadores de certámenes con pedigrí.

Con todo, la alegría por este gozoso estreno no debe atenuarse, sobre todo porque, a pesar de la Huppert y sus tics de mujer fría e impenetrable en tierra extraña (de eso se trata precisamente), En otro país no se aparta un ápice de ese permanente work in progress, de ese tema y variaciones continuo que es el cine de Hong: retratista moderno de las pulsiones más primarias y sus consecuencias tragicómicas, de las relaciones sentimentales cortocircuitadas, de los amores y desamores pasajeros y huidizos en unos paisajes recurrentes, callejones estrechos, bares de cuatro sillas donde se bebe hasta caer redondo, apartamentos austeros y habitaciones pequeñas, playas desiertas y cruces de caminos, que viene trabajando a razón de película por año, especialmente desde que abrazara la ligereza del formato digital como nueva y nítida textura para sus relatos aparentemente simples aunque enrevesados y metacinematográficos, escritos en bloques de tiempo y palabra y a golpe de zoom, anacrónica marca de estilo que en sus manos renace cargada de sentido reflexivo.

Si en aquella memorable Noche y día se llevaba a su antihéroe romántico coreano a París para ensayar una suerte de variación rohmeriana sobre un paisaje urbano mitificado por la cinefilia, En otro país invierte la operación trayéndose a casa, a una ciudad de vacaciones en la costa, a una actriz que forma parte del imaginario del cine europeo, premisa que le sirve a Hong no sólo para afinar el gag basado en la confusión idiomática y cultural, sino para insistir con más rotundidad en sus principios y temas irrenunciables, para volver a bifurcar una vez más su relato hasta tres veces (y con espejismos incluidos) planteando posibles caminos de ficción (¿cuántica?), ampliando el espectro de la narración hacia infinitas posibilidades, todas ellas sugerentes, todas ellas haciéndose eco entre sí (como la vida misma y sus rutinas) a través de pequeños detalles, historias de las que apenas ha decidido seleccionar unas pocas, explicitando no sólo la propia construcción de la película, sino el generoso arsenal de opciones que un cineasta en verdadero estado de inspiración puede llegar a conjugar en hora y media.

Como en otros filmes recientes de Hong, todo es simple y complejo a la vez en En otro país, una comedia (a veces realmente patosa e hilarante) que, lejos de ser una mera triplicación de un mismo personaje femenino y sus mal-encuentros en un nuevo entorno, va dejando pistas de un relato a otro para conformar una pequeña sinfonía de cámara cuyas notas se tocan cada vez de una manera distinta. Notas que son colores (rojo, naranja) en el paisaje, lugares de retorno (una playa, una casa, un balcón, un faro), objetos (un paraguas, una botella), andares cómicos, canciones de campaña o cambios de vestuario modulados a distintas velocidades, a distintos ritmos, en distintos timbres, desde puntos de vista cambiantes de manera casi imperceptible, en un juego de ligeras variaciones y (falsas) repeticiones que se incorporan y engrandecen con coherencia y naturalidad ese gran opus que es la filmografía viva de Hong Sangsoo.

Comedia dramática, Corea del Sur-Francia, 2012, 89 min. Dirección y guión: Hong Sangsoo. Fotografía: Jee Yunejeong, Park Hongyeol. Música: Jeong Yongjin. Intérpretes: Isabelle Huppert, Yu Jun-Sang, Moon So-Ri, Jung Yu-Mi, Yoon Yeo-Jung. En salas.

¿Derecha o izquierda?

Manuel J. Lombardo | 29 de septiembre de 2012 a las 11:32

In another country (2012, Hong Sangsoo)

El año pasado (en ‘Lumière’)

Manuel J. Lombardo | 17 de marzo de 2012 a las 12:37

 

Nuestros colegas de la revista Lumière no tienen prisas aunque trabajan rápido y de forma incansable. Y lo que es peor, casi por amor al arte. Acaban de publicar, justo a destiempo, como debe ser, su esperado, radical, original y siempre fiable balance de 2011 en dos categorías, Top películas 2011 y Acontecimientos del año, un balance que arroja la rotunda pasión de sus redactores y colaboradores, entre los que orgulloso me cuento, por el cine del surcoreano Hong Sangsoo, que ha resultado ganador, one more time, con su The day he arrives, nueva variación a los vericuetos del azar, las segundas (y terceras) oportunidades y el amor en fuga fotografiada en callejones estrechos y restaurantes austeros y destilada entre licores de alta gradación.

Por la lista desfilan también algunos viejos conocidos de nuestra triste cartelera nacional: Kaurismäki y Le Havre, en segundo lugar, Almodóvar y La piel que habito, en tercera posición, o Van Sant y su delicada Restless, en el puesto 9. Apenas tres de las diez películas de este top se estrenaron el año pasado en España, prueba inequívoca de que Lumière mira mucho más allá y mucho más a los lados de lo que nuestros cegatos mercaderes de imágenes y sus agendas de distribución están dispuestos a suministrarnos previo paso por caja.

Es la marca de identidad, libre e irreductible, siempre rigurosa y de prosa fina, de una revista que, tras cuatro años de andadura, no sólo no se ha adocenado como otras ilustres competidoras que nos prometían el oro y el moro y han acabado por poner a Clooney y a Scorsese en sus portadas, sino que se ha radicalizado aún más, como no podía ser de otra manera, en busca de los rincones más exquisitos, valientes y no contaminados (especialmente por la crítica) de la creación audiovisual contemporánea; en los cines, pero también en los museos, como lo confirma el descubrimiento, éste fuera del top, de la muy interesante videoinstalación Film, de Tacita Dean, que ha podido verse en la Tate Modern de Londres.

Lejos de toda sospecha de modernidad impostada o de pose de vanguardia por la vanguardia, los Lumière se rinden por igual al gran y anacrónico Terence Davies, último estilista del cine británico, poeta neoclásico capaz de arrancar su portentosa The deep blue sea con diez minutos de música (el arrebatador y desaforado Violin Concerto op.14 de Samuel Barber) e imágenes silenciosas de la sublimación romántica, que a la desarmante simplicidad y frescura de un filme como L’Estate di Giacomo, de Alessandro Comodin, una de esas pequeñas películas de verano que irradian una luz y una ambigüedad que nos reconcilian con el carácter táctil de las imágenes y con el sonido crepitante de los bosques y los chapoteos en el agua. Algo no demasiado alejado a lo que, a partir de Pavese (cuya lectura se nos antoja hoy tal vez más necesaria que nunca), consigue Jean-Marie Straub en L’Inconsolable, que rememora entre líneas a su compañera perdida, Daniele Huillet, en un nuevo ejercicio de control y precisión, de transparencia, voces y documento de bloques de tiempo desarrollado en escultóricos planos fijos en plena naturaleza.

Betrand Bonello y su densa coreografía de mujeres de prostíbulo de sonrisa violentada (L’Apollonide) y el británico Ben Rivers y su búsqueda de texturas de la herrumbre, el moho y la materia (Sack Barrow) completan una lista en la que también se cuela la recuperada We can’t go home again, testamento civil y contracultural de un Nicholas Ray con el que los Lumière parecen reconocer también la deuda histórica de Godard, padre de (casi) todas las cosas, con el que tal vez fuera el único cineasta verdadero en los estertores del Hollywood clásico.