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Constelación Varda

Manuel J. Lombardo | 10 de diciembre de 2012 a las 23:15

Los planetas y las constelaciones se han alineado en este último tramo de 2012 para celebrar el talento y la sensibilidad desbordantes de Agnès Varda (Bruselas, 1928). Al amplio ciclo dedicado por el SEFF y a la exposición con algunas de sus instalaciones, cortometrajes y trabajos fotográficos que puede verse estos días en el CAAC, se une ahora la edición de una preciosa caja con la integral de su filmografía, 20 largos y 16 cortos (agrupados como turísticos, CinéVardaPhoto, ensayos, contestatarios y parisinos), títulos de ficción, ensayos y documentales, también algunos materiales audiovisuales y fotografías para sus exposiciones (Quelques veuves de Noirmoutier, Les Justes de France), editada conjuntamente por Ciné-Tamaris, su productora y la de los filmes de su marido Jacques Demy (editados también en su momento en otra espléndida caja), y Canal Arte, que ha auspiciado algunos de sus últimos proyectos como la serie viajera Agnès de ci de la Varda (2011), también incluida aquí en su integridad.

Estamos, por tanto, ante una de esas ediciones de referencia con un valor inconmensurable más allá de su 1’8 kg. de peso y de sus 22 DVD, de los numerosos materiales extras, que incluyen presentaciones de cada película, entrevistas, conversaciones, descartes  o materiales de archivo de la televisión, de los 2 DVD con sus proyectos museísticos y una selección de fotografías, el precioso álbum de 132 páginas con fotos y textos sobre cada filme escritos por la propia autora, y una caja sorpresa que incluye recortables, postales, sellos, juegos de mesa e incluso unos cuantos fotogramas de alguna de sus películas. Un auténtico cofre del tesoro con uno de los corpus fundamentales del cine moderno; una de las más libres, gozosas y generosas entregas creativas del cine de nuestro tiempo.

El cinéfilo español podrá completar así las flagrantes lagunas filmográficas de la obra de Varda en nuestro mercado, donde apenas se había editado un cofre (Fnac) que incluía cuatro de sus más conocidos largos del ficción, Cléo de 5 à 7 (1961), La felicidad (1964), Una canta, la otra no (1976) y Sin techo ni ley (1985), y un DVD doble (Sherlock) con Los espigadores y la espigadora (2000) y su continuación Dos años después (2002), los dos documentales ensayísticos que, después de varios años de olvido, volvieron a situar a la Varda en el epicentro del interés de la crítica y, sorprendentemente, del gran público.

Incluso una película fundacional de la nouvelle vague como Cléo de 5 à 7 brilla ahora con una nueva luz gracias a la copia restaurada digitalmente, labor de recuperación y limpieza que ha afectado también a títulos como Documenteur, su hermoso y melancólico retrato de una mujer y su hijo en el exilio norteamericano, o a títulos hasta ahora invisibles como Les créatures (1965) o Nausicaa (1970), recuperados aunque sea de forma parcial para esta edición.

El cofre Tout(e) Varda tiene también un valor añadido poco habitual en este tipo de recopilaciones integrales, y ese es el carácter conceptual, no meramente cronológico o genérico, de la agrupación y el orden de sus títulos. Es bien sabido que el trabajo de la Varda abarca desde la fotografía a la videoinstalación, de la ficción al ensayo, del documental al divertimento, carácter transversal, discontinuo y permeable que adquiere ahora, en su visión de conjunto, evidentes y no tan evidentes puentes y vínculos que hacen ver la totalidad de su obra, desde La Pointe courte (1954) a Les plages d’Agnès (2008), como un enorme y coherente tapiz de fragmentos, ecos y resonancias, de reverberaciones y pasadizos, de ideas y filiaciones, de conceptos y desarrollos en diferentes formatos, duraciones, tonos y contextos históricos y políticos.

Así, por ejemplo, el hecho de poder ver una detrás de otra Murs Murs y Documenteur, ambas rodadas en un mismo lugar (Los Ángeles) y en una misma época (1980), permite comprobar cómo la cineasta es capaz de tratar u orientar un  mismo material y un mismo marco con dos sensibilidades que no ofrecen tanto un anverso y un reverso de una misma realidad sino los complementos, o al menos algunos de los muchos posibles, que exploran el potencial documental y fabulador del cine, un potencial  que se escapa siempre por los márgenes de las convenciones o los géneros.

De igual forma, la posibilidad de ver conjuntamente dos películas de 1987, Jane B. par Agnès V., su heterodoxo retrato sobre las múltiples caras y facetas de la actriz Jane Birkin, y Kung-fu Master, la delicada y hermosa película de ficción sobre la relación entre una mujer madura (Jane Birkin) y un adolescente (Mathieu Demy, el hijo de la cineasta) que realizó en mitad del rodaje de la primera, nos regala también esa idea del cine que nace y se hace casi sobre la marcha, de ese cine que se nutre de un flujo constante de elementos que tienen que ver con el tiempo, el espacio, las personas o el azar, un cine expandido y en constante transferencia.

En este sentido, la caja Tout(e) Varda puede verse también como una gran autobiografía personal y familiar, no sólo porque incluya los títulos que la Varda dedicó a Jacques Demy y su cine (Jacquot de Nantes, Les demoiselles ont eu 25 ans, L’Universe de Jacques Demy), sino porque a través de muchas otras puede reconstruirse también, a partir de su presencia, de su voz y sus gestos, la vida de la mujer, la cineasta o la madre de sus hijos, que aparecen, como ellos mismos o como personajes de ficción, en varios títulos de una carrera a punto de cumplir ya 60 años.

Tout(e) Varda – Caja 22 DVD + Álbum (132 págs.) + Caja sorpresa – Ciné-Tamaris/Arte – 20 largos + 16 cortos + suplementos e inéditos – 120 euros.

Heredar el cine

Manuel J. Lombardo | 29 de noviembre de 2012 a las 18:43

El talento de los padres no se hereda. Pero tal vez sí pueda heredarse su legado de una forma hermosa y honorable, sin royalties, fundaciones, ni derechos de autor de por medio.

Documenteur (1981), de Agnès Varda, es un filme sobre la soledad de una madre exiliada que busca casa con su hijo en la zona residencial de Venice Beach, Los Ángeles, una película nacida de una mirada extranjera y melancólica a un paisaje urbano que, a escasas millas de Hollywood, revela una realidad crepitante y mestiza alejada de todo glamour y de toda falsa expectativa de sueño americano. Ese niño de ocho años estaba interpretado por Mathieu Demy, el propio hijo de Varda y Jacques Demy, un niño que observa, juega y aprende mientras su madre de ficción, interpretada por Sabine Mamou, exorciza sus fantasmas de la separación y la distancia del hogar.

Treinta años después, Mathieu Demy se ha convertido en un actor y director de cine, y regresa a aquellos mismos espacios en Americano (2011), su primer filme, que arranca con la noticia de la muerte de una madre (exorcismo extraño y revelador) y recorre pronto los mismos lugares, las mismas casas y las mismas playas de Documenteur buscando respuestas que ayuden a reconstruir el vínculo y la identidad disipada de la madre ausente.

En este regreso a Los Ángeles, antes incluso, en un sueño premonitorio, las imágenes de aquel filme, su música triste para piano compuesta por Georges Delerue, nutren el recuerdo de la nueva historia, creando ese humus de la memoria (una memoria de ficción, pero también una memoria autobiográfica en cierto modo), que funcionará ya como flujo esencial de una nueva aventura de extranjería y autodescubrimiento.

Nuestro protagonista busca ahora a una amiga de la madre llamada Lola, una Lola (Salma Hayek) que se nos parece mucho a la protagonista del primer filme de Jacques Demy y a la misma enigmática mujer de Model shop (1969), interpretadas por Anouk Aimée.

Cantos de sirena

Manuel J. Lombardo | 4 de junio de 2012 a las 22:58

Versus recupera “Marea nocturna” (Night tide, 1961), una poética cinta de culto dirigida por Curtis Harrington y protagonizada por Dennis Hopper

Es muy probable que Jacques Demy y Curtis Harrington desconocieran respectivamente la existencia de Marea nocturna (Night tide, 1961) y Lola (1961), dos películas rodadas en las mismas fechas, una en las playas y paseos de Santa Mónica, California, la otra en las calles, salas y pasajes de Nantes, en la costa atlántica francesa.

Ambas comparten, sin embargo, un mismo aire de época filtrado en sus imágenes, un mismo ambiente, una misma mirada que hace de sus localizaciones y exteriores naturales, de sus ambientes portuarios (sus bares, sus locales nocturnos, sus parques de atracciones en el paseo marítimo), de sus personajes, jóvenes desorientados, huérfanos o desarraigados en búsqueda de amor o sexo, en busca de un destino vital, un díptico perfecto para una sesión doble que bien podría mostrarnos las dos caras de una misma moneda: la del cine moderno abriéndose paso entre las ruinas de clasicismo y el cine industrial de género o de serie B en los albores de una década que iba a cambiar para siempre el panorama del cine mundial.

Convertida con el paso de los años en una auténtica película de culto y escrutada bajo los más diversos prismas críticos (del psicoanálisis al feminismo), ensombrecida y banalizada por aquel melifluo remake ochentero protagonizado por Tom Hanks y Daryl Hannah titulado 1, 2, 3…Splash, Marea nocturna nos traslada a una Norteamérica insólita que sólo cierto cine independiente y de bajo presupuesto en los márgenes de Hollywood, incluso a escasas millas de su epicentro, podía mostrar sin los peajes y derivas habituales de su maquinaria de relatos y estereotipos.

El debutante Curtis Harrington (1926-2007), hasta entonces un joven crítico (autor de un libro sobre Josef Von Sternberg), amigo y colaborador de cineastas de vanguardia como Kenneth Anger o Maya Deren y director de algunos cortos experimentales (Fragment of Seeking, Picnic, and The Wormwood Star), trazaba en este su primer largo de ficción un paisaje realista que iba a ser atravesado poco a poco por la poderosa fuerza e iconografía del mito, la fantasía y las viejas leyendas, gracias, entre otros recursos, a un gran trabajo fotográfico de Vilis Lapenieks y a un sugerente score de aire jazzístico y contemporáneo del gran David Raksin.

Johnny Drake, interpretado por un joven y deslumbrante Dennis Hopper, actor del Método que había despuntado ya en papeles secundarios de rebelde sin causa, es un marinero recién desembarcado que queda fascinado por Mora (Linda Lawson), una misteriosa mujer a la que ha conocido en un club de jazz y que trabaja en una atracción itinerante simulando ser una auténtica sirena. A pesar de los avisos, las predicciones y los malos augurios, Drake se enamora de ella para caer en una espiral de extraños acontecimientos, rituales, sueños y revelaciones que desembocarán en tragedia.

Marea nocturna va desplegando así su suave y simbólico oleaje de misterio, persecución, obstáculos y fabulación, su peculiar y lírica estética de bajo coste entre espacios, paisajes y rincones que luchan por desprenderse de su carácter prosaico para apuntar al duelo entre la realidad y lo imaginario, entre lo visible y lo invisible, entre lo concreto y lo abstracto. Drake atraviesa y recorre los espacios y paisajes (el carrusel sobre el que vive Mora, su apartamento con vistas al océano, la carpa del espectáculo de la sirena, el muelle por el que sigue a esa otra mujer misteriosa que se aparece de cuando en cuando, interpretada por el propio Harrington travestido, o la destartalada casa donde vive del Capitán Murdock) intentando descifrar qué secreto se esconde detrás de esa extraña mujer, rescatada de una lejana isla griega cuando aún era una niña por un marinero británico.

Impregnada del espíritu de los cuentos de Poe y de las atmósferas de las cintas de terror de Val Lewton y Jacques Tourneur para la RKO (en especial, de La mujer pantera) y precursora del tono hipnótico de otro título afín como Carnival of souls (1962, Herk Harvey), Marea nocturna bucea entre la realidad y el sueño, entre el mundo de las apariencias y el universo de lo esotérico y lo oculto, para materializar en imágenes de melancólica y terrorífica belleza (la sirena sumergida bajo el agua, inerte y con los ojos abiertos) ese poderoso y ambiguo interregno en el que las proyecciones de la imaginación cobran presencia al ser convocadas por el deseo, un deseo nocturno, lunático y febril.

Marea nocturna (Night tide, 1961) – Curtis Harrington – Versus/Cinema Bis – 82 min. – 11,95 euros