Archivos para el tag ‘Jonas Mekas’

Fragmentos del Paraíso

Manuel J. Lombardo | 26 de diciembre de 2012 a las 23:06

El cine de Jonas Mekas parece estar atravesado por la urgencia de la captura del instante como único gesto posible para restituir la sensación de pérdida o de desarraigo. Una captura que es siempre compulsiva, vibrante, aparentemente desordenada y caótica, una captura del momento que se desvanece en el mismo acto de filmar (“filmo, luego existo” o “yo no hago películas, yo filmo”, suele proclamar siempre el cineasta), fragmentos fugaces que funcionan como haikus que cantan la belleza del mundo ante la mirada de un expatriado que, desde las calles de Brooklyn o Manhattan, observando desde la ventana de su apartamento, recuerda la Lituania rural de su infancia como el auténtico (e irrecuperable) paraíso perdido.

El cine de Mekas vibra, literalmente, en la aceleración y el roce de su materia, en el gozoso ruido de los fotogramas y las imágenes que se atropellan o superponen en la moviola, en la energía asimétrica de un cuerpo que reacciona a los pequeños gestos cotidianos, a un rostro familiar, a la visita de un amigo, al gato que se encarama a una mesa, a las flores de un jarrón, a las hojas de los árboles, a una nevada, a un día de lluvia, en las músicas que regresan una y otra vez en ritornello, en la materialidad y el grano lírico de una voz única que exhibe, tozuda, su fuerte acento como auténtico gesto de resistencia, de extraterritorialidad, en un nuevo mundo al que no se ha terminado de pertenecer nunca del todo.

Con su pequeña cámara Bolex, rodeado de friends in cinema de la vanguardia experimental más solidaria y libre, desde las barricadas de Film Culture, la Film-Makers Cooperative o el Anthology Film Archives, Mekas le otorgó al diario fílmado y a otros formatos menores la categoría de poesía cinematográfica con mayúsculas, haciendo de la intimidad y lo cotidiano, de la enunciación en primera persona, de la memoria inscrita en el presente, la forma indispensable para explicar y filmar el mundo (y los recuerdos) desde esa inocencia original que se encontraba en las primeras películas de los Lumière.

Intermedio nos regala ahora dos piezas centrales de la larga y continuada (así puede comprobarse si uno visita la web del director, donde se cuelgan a diario nuevas piezas, proyectos o materiales) carrera de este poeta lituano exiliado en Nueva York tras ser expulsado de su país, pasar por campos de refugiados y escapar de rusos y alemanes, ya se trate de sus escritos y dietarios (publicados no hace mucho por Caja Negra con el título Ningún lugar adonde ir), como de sus películas, de las que Walden. Diaries, notes, sketches (1969) marca un punto de partida que, primero en soporte analógico y más recientemente en formato digital (véanse, por ejemplo, sus correspondencias con José Luis Guerin), atraviesa los últimos 40 años con una insobornable constancia y una frescura en la mirada impropias de un anciano de 90 años.

Rodado de manera casi clandestina, Reminiscencias de un viaje a Lituania (1972) puede ser entendido como un auténtico filme político a pesar de tratar de la propia memoria personal y familiar de Mekas en el regreso al hogar después de muchos años de exilio. Desde las calles de Nueva York a la casa materna en Seminiskiai, la película busca denodadamente recuperar los paisajes, los aromas, los sonidos y los sabores de una arcadia perdida. Mekas filma a su madre cocinando, a su hermano Adolfas, a sus primos y antiguos amigos, canta con ellos, se reúnen a la mesa, celebran el presente, pero sobre todo ello gravita el pasado, la expulsión de ese paraíso, el periplo de la huida, rememorada también en Viena, lugar de tránsito, en una visita junto a Peter Kubelka.

Más difícil resulta encontrar la herida, porque en el cine celebratorio y panteísta de Mekas siempre hay pequeñas heridas que afloran, en la monumental En el camino, de cuando en cuando, vislumbré breves momentos de belleza (2000), filme de casi cinco horas y 12 capítulos que articula, en aparente desorden, apenas unas horas antes de la entrada del nuevo milenio, los home movies filmados por Mekas en los 60, 70 y 80: imágenes de su esposa Hollis, sus hijos Oona y Sebastián o sus amigos que alcanzan una inopinada condición lírica y melancólica en su reelaboración desde un presente en el que esa pareja que nunca discutió y se amó profundamente ya no es más una pareja y donde todo parece cobrar el tono de una emocionante despedida.

Cualquier edición de Intermedio cuenta siempre con los mejores materiales de acompañamiento. La de Mekas incluye un magnífico texto de Miguel García, una de las firmas más prometedoras y cálidas de la joven crítica, junto a otros de Peter Kubelka, Adolpho Arrietta, P. Adams Sidney y Rubén García. Pero también una jugosa y ruidosa entrevista filmada con Mekas realizada en Madrid por la revista Lumière en 2009, toda una lección sintética de uno de los mejores antimaestros de la historia del cine, y el cortometraje-homenaje This is a Bolex, de Alberto Cabrera.

Jonas Mekas. Diarios – Intermedio – 3DVD + libro (64 págs.) – 404 mins. – 34’95 euros

 

 

España lejos de España

Manuel J. Lombardo | 10 de abril de 2012 a las 6:56

La edición de un nuevo libro sobre el cine español de la Transición coincide con un ciclo en el Anthology Film Archives de Nueva York

El cine y la Transición política en España (1975-1982). Manuel Palacio (ed.). Biblioteca Nueva. 270 págs. 16 euros

Gracias a Twitter, nuestro nuevo amigo y confidente, descubrimos el ciclo que la prestigiosa Anthology Film Archives de Nueva York que fundara y dirige Jonas Mekas dedica esta semana al cine español de la Transición, Spanish cinema of the early post-Franco era (1975-1983), en el que podrán verse algunos títulos esenciales y sobradamente conocidos de aquel periodo como El Sur, de Erice, El desencanto, de Chávarri, Arrebato, de Zulueta, El diputado y El pico, de Eloy de la Iglesia, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón y Laberinto de pasiones, de Almodóvar, junto a otros no tan difundidos o apreciados como El anacoreta, de Juan Esterlich, Ocaña, retrato intermitente (foto de apertura), de Ventura Pons, y Manuela, de Gonzalo García Pelayo, cineasta al que algún día habrá que reivindicar en su justa importancia como una de las rarezas más gozosas, irregulares, iconoclastas y libres del cine español de aquellos y otros tiempos.

Comisariado por el profesor universitario Gerard Dapena, este pequeño ciclo (necesariamente incompleto: el público neoyorquino ya conoce y valora a Pere Portabella, Paulino Viota o Basilio Martín Patino mejor incluso que nosotros) viene a recordarnos las circunstancias sociales, políticas y culturales de un país en proceso de transformación que precisamente dio sus mejores y más valientes frutos creativos cuando más inestable y confusa era su situación, aviso para navegantes de estas procelosas aguas de la cultura oficial que se abren hoy ante los recortes y las restricciones que sólo pueden afectar a la creación ya previamente institucionalizada en sus formas y modelos.

Y es que buena parte de aquellos títulos y buena parte de su vigor, su aire de época o su radicalidad lingüística nacieron de una urgencia, una necesidad de libertad y unas circunstancias precarias que nada tienen que ver con ese cine de calidad que sólo quiere hacer industria, un cine adocenado y encorsetado en modelos viables que dicta su propia sentencia de muerte desde sus estructuras de producto que quiere contentar a todos y no molestar a nadie.

Resulta muy oportuno para refrescar la memoria y poner un poco de orden a aquel tiempo el libro que también acaba de editarse, El cine y la transición política en España (1975-1982), una publicación nacida de dos seminarios celebrados en la Universidad Carlos III de Madrid y coordinada por Manuel Palacio que pone en pie la circunstancias, el contexto, las figuras, vías creativas y derivas de un cine nacido de la necesidad de emanciparse de un pasado oscuro, de coger aire del exterior para respirar en casa y de la voluntad de retratar o fabular esa realidad escondida o silenciada por el régimen franquista.

Un libro colectivo y multidisciplinar que asume nuevos y variados enfoques, de la historiografía clásica (con el texto seminal de Julio Pérez Perucha y Vicente Ponce publicado en 1985: Algunas instrucciones para evitar naufragios metodológicos y rastrear la transición democrática en el cine español) a los hoy inevitables Estudios Culturales (y su preocupación por la “afectividad, la sexualidad y la etnicidad” en algunos títulos emblemáticos), con el fin de recorrer las Escrituras (Portabella y su cine de “modificación política”, Almodóvar en el seno de la “cultura progre y la movida madrileña”, El desencanto entre la “memoria histórica y el psicoanálisis” o una nueva interpretación de Arrebato a la luz de los estudios de género y el estrellato), las Representaciones (la comedia sentimental, el cine erótico clasificado S, el cine de mujeres y feminista de Pilar Miró, Cecilia Bartolomé o Josefina Molina) y las Memorias (la figura de Franco, la Guerra Civil como tema recurrente, la reapropiación del archivo histórico en nuevas plataformas como Youtube) de un cine de transición y en transición, de una “breve pero apasionante Edad de oro del cine español”.

 

Y ahora, por el mismo precio, cuatro recomendaciones sonoras para la semana:

 

Take Shelter – David Wingo – Milan Music – 46 min. – 18 euros

Sumamos al tejano David Wingo, líder de la banda de rock fronterizo Ola Podrida y colaborador de David Gordon Green (George Washington, All the real girls), a nuestra más selecta lista de nuevos compositores a seguir de cerca. Su música para Take shelter, el segundo largo de Jeff Nichols, rememora texturas sintéticas y modos propios de un Cliff Martinez para dibujar un paisaje del extrañamiento y la amenaza del fin del mundo con aires de electrónica vintage, atmósferas densas y una precisa integración orgánica de las cuerdas que intensifica el núcleo dramático del filme.

 

The Lorax – John Powell – Varèse Sarabande – 46 min. – 18 euros

El británico John Powell suma y sigue un nuevo título a su imparable carrera como compositor de referencia de la nueva era de la animación digital tridimensional, de la saga de Shrek a las entregas de Happy feet. The Lorax sigue de cerca a uno de sus mejores trabajos, Horton hears a who!, con su habitual arsenal multicolor que remezcla todo lo que se le ponga por delante en una nueva superficie sonora brillantemente producida: el pop, el rock, el jazz, el lounge, los ritmos latinos y, cómo no, la música de cine sinfónica y coral de toda la vida.

 

Ben-Hur (complete edition) – 5 CD – Miklós Rózsa – FSM – 366 min. – 50 euros

Buenas fechas estas para dar cuenta de la que parece ser la edición definitiva de una de las bandas sonoras míticas del viejo Hollywood: cinco compactos y seis horas de música que incluyen, sobra decirlo, todo el material compuesto por Rózsa y ejecutado por la orquesta y coros de la MGM convenientemente restaurado, junto con los descartes, pruebas de grabación y versiones discográficas alternativas (Savina y Kloss). Para todos los detalles está el ensayo de 28 páginas de Jeff Bond. Coleccionistas apúrense, sólo se han imprimido 4.000 copias.

 

Jane Eyre – Bernard Herrmann – Naxos – Adriano/Slovak Radio Symphony Orchestra – 67 min. – 6’99 euros

Poco a poco, el económico y siempre estimulante sello Naxos ha ido absorbiendo referencias del catálogo de Marco Polo, su serie más selecta y cara. Así, con nueva portada, reaparece ahora a razonable precio el score completo de Herrmann para la Jane Eyre de 1943 dirigida por Robert Stevenson, quintaesencia musical del carácter romántico, brumoso y victoriano que distingue al compositor norteamericano. Si bien el sonido de la Slovak Radio Symphony Orchestra con Adriano al frente podría ser más brillante y matizado, esta es la grabación de referencia.

Cuaderno de viajes y retratos

Manuel J. Lombardo | 3 de abril de 2012 a las 7:00

Guest. José Luis Guerin. Versus. 127 min. Libreto con entrevista y textos de Quim Casas, Carlos Losilla, José E. Monterde y Jenaro Talens. Extras: Ensayo visual de Alberto Bermejo (12 min.). 18 euros

“Llego a una ciudad desconocida y callejeo cámara en mano, sin otro rumbo ni idea preconcebida más que la de una predisposición abierta al encuentro, a la revelación latente en lo fortuito”. Durante un año, de septiembre de 2007 a septiembre de 2008, José Luis Guerin aceptó acudir a cuantos festivales le invitaran a presentar su última película, En la ciudad de Sylvia, con el propósito de filmar imágenes y sonidos de los lugares y las gentes que se cruzaran en su camino, apenas provisto de una pequeña cámara digital y acompañado de un reducido equipo de rodaje.

El resultado de ese proceso, reelaborado, depurado y ensamblado durante meses en la sala de edición, pudo verse en 2010 en el Festival de Venecia, punto de partida y final del viaje: Guest, una película que organizaba aquellos registros bajo la forma de un largometraje impulsado por la idea del esbozo, los ecos y las resonancias, una pieza abierta, viajera e inacabada que, en su pequeño gesto, acababa por trascender su formato, su carácter diarístico sin pistas ni orden cronológico, en un gran mapa subjetivo del mundo observado por un cineasta preocupado por las esencias, un cineasta que ha hecho de su trabajo, desde Innisfree a Unas fotos…en la ciudad de Sylvia, de Tren de sombras a su reciente correspondencia fílmica con Jonas Mekas, de En construcción a la videoinstalación La Dama de Corinto, un ejercicio constante de interrogación sobre el acto de filmar y sobre la propia forma cinematográfica expuesta a sus procesos de espejismo y construcción.

Guest se mueve entre el diario filmado, el cine directo y la búsqueda de cierta poesía de lo cotidiano. Es, sobre todo, un filme de apuntes y bocetos (como los que el propio Guerin realiza en su cuaderno) que apenas organiza una de las muchas películas que podrían haberse construido a partir de sus materiales. Guerin se sitúa, expectante, a veces haciéndose el ingenuo, ante el propio reto, atento a lo azaroso, pendiente (o incitador) de las palabras, los gestos y los rostros, siempre singulares, de sus interlocutores, que no son nunca esas gentes del cine que lo reclamaban sino aquellos personajes anónimos que nada tienen que ver con la farándula festivalera, las presentaciones o las ruedas de prensa.

Guest se fragua así en los márgenes del motivo que impulsa ese viaje de invitado a gastos pagados, fuera de programa, en el terreno de lo imprevisible, en el retrato de la vida (también marginal) que transcurre y fluye lejos del mundo del cine: en las grandes plazas de Bogotá o México D.F., en las azoteas y cuartos de La Habana vieja, en las calles de Macao, Sao Paulo, Manila, Santiago de Chile o Hong Kong, en los arrabales enfangados de Lima, en los descampados de las afueras de Jerusalem, en las habitaciones, todas parecidas, de tantos hoteles, en un pequeño restaurante en Nueva York, donde Guerin escucha las sencillas enseñanzas del maestro Jonas Mekas, o en la cafetería o la sala de cine en las que la también cineasta Chantal Akerman proclama, algo exaltada, sus ideas sobre el asunto judío o desenmascara a viva voz las supuestas fronteras entre el documental y la ficción.

Sin embargo, Guest no es, aunque también, un viaje antropológico por el mundo y su perfil menos grato y degradado, sino un viaje por el propio cine como herencia y como proceso de construcción de algo nuevo. Cual flâneur cámara en mano, Guerin va anotando y tejiendo motivos y ecos (nubes, predicadores, tipos solitarios o iluminados), interrogando a sus propias imágenes, a veces descompensadas, en ocasiones dilatadas en exceso, para relacionarlas con la historia (personal) del cine (Los viajes de Sullivan, Jennie, Las señoritas de Rochefort), para hacerlas dialogar, secreta e íntimamente, con los flujos de la melancolía que atraviesan todo ejercicio de escritura en primera persona. Ante la hoja en blanco, ante el gran e inabarcable lienzo del mundo en movimiento, Guerin va buscando anclajes, líneas invisibles, trazos y figuras musicales, rimas consonantes y asonantes, ecos que resuenan a miles de kilómetros de distancia, imágenes que fijen y cristalicen la fugacidad de la vida, que restituyan la dignidad perdida de los parias, imágenes con las que dialogar para reconocerse como algo más que un mero turista, como algo más que un observador neutral y distante.