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España en la pecera

Manuel J. Lombardo | 26 de enero de 2014 a las 19:08

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Gente en sitios, el último largometraje de Juan Cavestany (Madrid, 1967), aclamado por la crítica como uno de los mejores filmes españoles de 2013 a pesar de su escasa difusión y ninguna candidatura a los Goya, se abre con una melodía al piano de Enrique Granados y se cierra con la gran bandera de España que ondea en la Plaza de Colón de Madrid. Son dos símbolos inequívocos de una españolidad que esta película hecha a mano entre fines de semana y con la colaboración altruista de un puñado de amigos y numerosos actores conocidos de nuestro cine, cuestiona abiertamente desde el extrañamiento y el absurdo kafkiano, llevando al límite la estética del sketch en una fórmula insólita que distorsiona la superficie realista de sus imágenes, filmadas con una pequeña cámara digital, en una nueva forma de esperpento coral que entronca con una vieja tradición cultural al tiempo en que se trae a un reconocible paisaje de crisis y depresión moral algunos guiños cinéfilos lynchianos o las maneras de ese posthumor que ha encontrado en nuestro país, de lo bizarro a lo chanante, una gran veta para la renovación de las formas y modos de la comedia.

Cartel Gente en sitiosEn apenas 75 minutos y con apenas algunos engarces que podrían hacer pensar en una leve estructura, Gente en sitios hace honor a su título para presentar una larga serie de escenas y situaciones en las que lo cotidiano (buscar trabajo, vender pañuelos en los semáforos, quedarse encerrado, robar un piso, reprobar al vecino, suplantar la personalidad de otro, comer en un restaurante, intentar ligar en una discoteca, compartir coche, cruzarse con una amiga, recoger al hijo del colegio…) se ve súbitamente contaminado, atravesado o asaltado por lo absurdo, lo surreal o por una suerte de patetismo (volver a aprender a andar, a beber o a dormir) que busca provocar el estupor y la perplejidad antes que la risa o la carcajada convencional.

Cavestany ha depurado aquí una fórmula de andar por casa (aunque con un tratamiento sonoro digno de elogio) ensayada ya en Dispongo de barcos (2010) y El Señor (2012), sus anteriores, baratos y muy minoritarios trabajos (apenas vistos en festivales o en plataformas de Internet) después de unos inicios en el cine industrial con los guiones de Los lobos de Washington o la dirección de El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo (2004) y Gente de mala calidad (2008), que intentaban trasladar a la comedia cierto espíritu excéntrico y crítico desarrollado ya en algunas piezas teatrales (Urtain, Penumbra, Alejandro y Ana) para el conocido grupo Animalario.

Estas tres películas hechas entre amigos, sin presupuesto y a salto de mata nos descubren una España urbana de barrios periféricos, impersonales polígonos industriales y bares cutres en la que no es fácil reconocer espacios y geografías, no-lugares contemporáneos donde el sentido de la comunidad o la comunicación han sido sustituidos por el vagabundeo o la soledad hasta los límites mismos de la enajenación, la locura o el terror. Así, las decenas de personajes de estas tres cintas parecen haber caído en un mundo extraño o haber sido expulsados de esa vida normal de apariencias y confort de la sociedad del bienestar.

Juan Cavestany

Y es que esta trilogía digital no sólo ha de leerse como una respuesta a los modelos de producción y género del cine español, sino como toda una reflexión sobre la España de hoy y la variada tipología de ciudadanos de clase media que la conforman, una España que Cavestany observa con cierto desencanto y perplejidad, con una mirada crítica y sarcástica llevada hasta sus últimas consecuencias, pero con el humor, un humor condenadamente extraño, como única posible escapatoria o como paradójica vía de comprensión y empatía.

Gente en sitios convoca además a lo más granado del actual star system actoral nacional, de Santiago Segura a Maribel Verdú pasando por Eduard Fernández, Raúl Arévalo, Adriana Ugarte, Carlos Areces, Tristán Ulloa, Eva Llorach, Javier Gutiérrez, Diego Martín, Martiño Rivas o Irene Escolar, para confirmar que es posible una vía intermedia entre ese cine de corte más experimental o híbrido que proponen algunos nuevos cineastas, y las infraestructuras y modos de la ficción del viejo cine industrial, justo en un momento en el que conviene revisar con urgencia el presente y el futuro de nuestro cine.

Pack CavestanyPack Juan Cavestany – Cameo – 2DVD – Incluye: Gente en sitios, El Señor y Dispongo de barcos – 11 euros

Círculo de cine bizarro

Manuel J. Lombardo | 2 de julio de 2012 a las 22:56

Carlos Vermut debuta en el largometraje con Diamond Flash, inclasificable “thriller dramático de mujeres, con superhéroes y algo de giallo” que puede verse en Internet

Otro cine español es posible, sí, pero fuera de lo que entendemos por “cine español” y de sus circuitos habituales de consumo o apreciación institucional. Diamond Flash, cinta que circula hoy por festivales más o menos alternativos (de Sitges a Abycine, del Rizoma al D’A de Barcelona) y que puede verse en estupendas calidades por la módica cantidad de 2’95 euros en Filmin.es, se emparenta con esa nueva práctica del off industrial que, como los últimos trabajos del siempre austero Pablo Llorca (Uno de los dos no puede estar equivocado, El tiempo que fue y el que es) o los dos últimos títulos del iconoclasta Juan Cavestany (Dispongo de barcos, El señor) y, en divisiones estéticas muy alejadas, parecen dispuestos a renovar o dinamitar viejas tradiciones de nuestro cine bajo las claves de la producción artesanal low-cost, el revisionismo histórico-político o, como en el caso que nos ocupa, el posthumor más absurdo, surreal y desprejuiciado.

Avalada por una inteligente campaña viral en las redes sociales y sus plataformas mediáticas (el programa La Nube, de La2, esta pasada semana), Diamond Flash se abraza a las hechuras del cine de presupuesto exiguo, limpio tratamiento digital (la cinta ha sido rodada en HD con una cámara fotográfica de última generación), rigor formal y absoluta libertad de navegación intergenérica para desplegar una extraña suerte de narrativa laberíntica y cifrada contaminada por las nuevas formas del absurdo, las continuas referencias cruzadas a la cultura pop (eminentemente nacional) y una alegre cinefilia entendida como disolución de fronteras entre lo autorial, lo popular y el exploit, o lo que es lo mismo, entre Godard y Argento, entre Haneke y Carpenter, entre Buñuel y Franco, entre Bergman y Ozores, entre Jaime Rosales y La hora Chanante.

Tiraremos del tópico para decir que la película de Carlos Vermut (Madrid, 1980), cortometrajista (Maquetas), ilustrador y dibujante de cómics (El bayán rojo, Plutón BRN Nero), es un auténtico “ovni cinematográfico”, a saber, un objeto audiovisual no identificado, o al menos, extraterritorial y, por tanto, sospechoso, dentro de nuestro cine. Sin embargo, en ella conviven, o al menos así quiero verlo yo, la parodia despiadada de ese costumbrismo realista del cine de temática social tan caro a la tradición patria, con todas sus claves sobre asuntos graves y serios como la violencia de género o la pederestia en el epicentro de alguna de sus tramas, y el coqueteo con las figuras (el superhéroe enmascarado) y las señas estilísticas (el cuidado trabajo de planificación e iluminación, los brotes súbitos de violencia) de cierto cine de terror y misterio de bajo presupuesto.

Vermut vacía de referentes espacio-temporales precisos una cinta empeñada en abrirse paso hacia la depuración, la abstracción y el desconcierto, en un proceso episódico (podría hablarse de viñetas con enormes agujeros negros entre ellas) por el que, en todo caso, se cuelan citas, guiños, diálogos, músicas (de Bach al electropop) e imágenes (Rocío Jurado, Rocío Dúrcal, la preparación de unas judías con chorizo, un  cojín musical de Bob Esponja, los posters de El extraño viaje y Un hombre y una mujer, colgados en la pared) que remiten a un mundo posible o a una tipología paródica o caricaturesca de los personajes que subvierte los estereotipos de la pareja en crisis o la familia como núcleos de una normalidad siempre desafiada.

Diamond Flash nos trae también otros rostros, otros cuerpos y otros tonos y granos dentro de su apuesta indisimulada por la palabra y el diálogo como mecanismos para la dilatación temporal y el extrañamiento. Un estimulante elenco de desconocidas actrices –Ángela Boix, Rocío León, Eva Llorach o Victoria Radonich– traza una polifonía de gestos y cadencias que funcionan para el propósito del distanciamiento sin que asome por ningún lado ese molesto reconocimiento de tics que tanto suele anclar al cine nacional en tipos e inercias interpretativas.

Historia de un secuestro infantil, de sus dos secuestradoras enamoradas (salidas de una película de Nicholas Ray remezclada por Godard), de un superhéroe enmascarado que resuelve y desaparece dejando una estela roja a su paso; historia improbable de una reconciliación entre hermanos con secretos íntimos, de brujas con acento argentino y torturas demoradas en plano fijo, Diamond Flash va levantando su estructura rizomática y delirante desde el trabajo sobre la duración y la perplejidad, entre los pliegues sombríos y las etapas cómicas de un viaje por un laberinto en el que todo, o casi todo, es posible.

Diamond Flash – Carlos Vermut – 128 min. – Filmin.es – 2,95 euros