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Cine de verano #1: ‘Adventureland’ (2009, Greg Mottola)

Manuel J. Lombardo | 15 de julio de 2013 a las 7:10

El satélite del amor

Como ya pasara con la frenética y concentrada Supersalidos, Adventureland (2009), el tercer largometraje de Greg Mottola (Daytrippers, Paul), corría el riesgo de caer en el mismo saco del olvido o el menosprecio al que van a parar tantas películas mediocres pensadas para satisfacer los bajos instintos de ese público adolescente de mucha secreción hormonal y poca actividad cerebral.

Nada hubiera sido más injusto (aunque la cosa tampoco fue un gran éxito) para un filme con un encanto y una luz propias dentro de un subgénero altamente codificado en sus sucesivos reciclajes y nuevos rostros de temporada. Y es que no sólo es ésta, o al menos eso me parece a mí, una de las mejores comedias (románticas, generacionales, como prefieran) norteamericanas de los últimos años, sino también una de esas pequeñas películas tocadas por la gracia y cierto fulgor melancólico que saben capturar la esencia y las tribulaciones de una edad y la atmósfera de una época (los últimos ochenta) en su retrato de una juventud autoconsciente y confusa, en su mirada cálida y cercana que parte de estereotipos teen para llevarlos a un territorio realista y emotivo que, en cierta forma, puede recordarnos al aire ligero, inteligente, novelesco y filosófico de un Truffaut o un Eustache (Mes petites amoureuses), a los cuentos veraniegos de Rohmer o, para ser más justos con la tradición cinematográfica y cultural en la que se inscribe el filme, a esas comedias juveniles norteamericanas que, como American Graffiti, de Georges Lucas, algunas cintas del malogrado John Hughes (El club de los cinco, Pretty in pink, Todo en un día), un título de referencia como Dazed and confused, de Richard Linklater, o series como Geeks and freaks (para la que Mottola dirigió varios capítulos), han capturado, con altas dosis de empatía por el loser o el inadaptado, el tránsito de una etapa vital a otra con el fin de curso y las vacaciones de verano como campo de pruebas, ensayos, errores y experiencias trascendentales en el que soltar amarras y forjar la madurez.

Un camino y un tono que han seguido también otros cineastas norteamericanos con pedigrí autorial como Wes Anderson (Academia Rushmore, Moonrise Kingdom) o Noah Baumbach (Una historia de Brooklyn, Greenberg) o que se filtra entre algunos de los mejores filmes de la generación mumblecore.

Si en Supersalidos la impronta de Judd Apatow marcaba el tono destroyer y gamberro de una noche loca de juerga y ganas de sexo que acababa en un entrañable e insólito canto a la amistad masculina antes de la inevitable separación y el futuro universitario, Adventureland se sitúa en una misma encrucijada provinciana, suburbial y de clase media para dibujar, ahora con menos voluntad satírica y un tempo más contemplativo y sereno, el asendereado camino de educación sentimental de un joven, amante de la literatura y la filosofía (Jesse–La red social- Eisenberg, parloteando a la velocidad del rayo), enamorado de su compañera de fatigas (Kristen Stewart, en el que tal vez sea su mejor papel hasta la fecha) en el decadente parque de atracciones en el que pretende conseguir los ahorros necesarios para iniciar sus estudios universitarios en Nueva York durante las vacaciones de verano.

Mottola dibuja un rico y variado universo adolescente sobrevolado por el miedo al fracaso y tocado por la sensibilidad romántica y construye personajes creíbles, sensibles, tragicómicos e inteligentes (el viejo amigo saboteador, el nuevo amigo freek con el que compartir extraños placeres secretos, la guapa altiva, el novio secreto y mayor de la chica, los padres vigilantes o los excéntricos y memorables responsables del parque de atracciones, interpretados por Bill Hader y Kristen Wigg) alrededor de una pareja protagonista cuyas idas y venidas provocan reconocibles e inevitables identificaciones, del desfase de madurez y experiencias entre uno y otra a los miedos, frustraciones e inseguridades comunes de una edad difícil.

Así, todo en esta veraniega y acogedora Adventureland fluye suavemente bañado por unos tonos cálidos y crepusculares, como los colores de neón o los fuegos artificiales que iluminan las noches del parque, acompasado por un puñado de canciones “deprimentes” (David Bowie, Lou Reed, The Replacements, la Velvet Underground, The Cure, Crowded House; pero también el insidioso Rock me Amadeus de Falco) que envuelven y protegen a sus criaturas en el complejo proceso de aprendizaje de la amistad, la traición, la renuncia o la decepción, en el ritual de despedida de una época irrepetible, esa de la esperanza, las mariposas en el estómago y el primer gran (des)amor, el tiempo del descubrimiento, en fin, de uno mismo en el espejo deformante de la feria de la vida.

I love Lena!

Manuel J. Lombardo | 31 de mayo de 2012 a las 9:35

Esto de las series, de las series norteamericanas, se entiende, se ha convertido en una nueva religión para la clase media (cuando hoy todos creemos ser clase media), un nuevo consenso para el tiempo de ocio casero en el que no faltan tantos placeres culpables como lugares comunes, tantas identificaciones satisfechas como argumentos para las nuevas camadas del ámbito académico.

Desde el descubrimiento de Los Soprano, la madre del cordero, uno también ha caído rendido a los encantos narrativos y afectivos de la serialidad, y por los desgastados cojines de mi sofá han pasado ya centenares de episodios de The Wire, Boardwalk Empire, Deadwood, Mildred Pierce, Carnivale, Boss, The Good wife, Modern family, Mad Men, Justified, The Walking dead, Homeland, Generation Kill o Tremé, por citar los títulos más memorables.

Ando ahora siguiendo en paralelo la segunda temporada de The Killing, definitivamente estirada y desinflada, sacándose burdos ases de la manga a cada nuevo episodio; la quinta de Mad men, paradigma de sofisticación y elegancia, una serie capaz de lo mejor y lo peor, de la sutileza y el manierismo más deslumbrantes a la obvia sobrecarga de subtexto cultural para sus analistas y exégetas universitarios; y la que, a mi juicio, es la más grata sorpresa de la temporada, Girls, de Lena Dunham, una comedia de chicas neoyorquinas de la cadena HBO.

Girls integra dos universos aparentemente irreconciliables como el nuevo indie post-mumblecore y el inconfundible toque de la factoría del humor angelino de Judd Apatow. Nacida para ser una estrella (alternativa), la Dunham (Nueva York, 1986), un glorioso patito feo con tanto carisma y magnetismo como escaso sentido del pudor, desplegó ya el universo de Girls en su segundo largometraje, Tiny furniture, una de esas peliculitas con encanto que descubría todo el potencial de una mirada y una escritura autobiográficas tras la que podía escucharse eso que llaman “la voz de una generación”.

Girls recupera a algunos de sus personajes, el que interpreta ella misma, Hannah, y el de su excéntrica y salvaje amiga británica Jessa, interpretada por la radiante Jemima Kirke, para trazar una suerte de “chicas urbanas de hoy en día” liberado de corsés y correcciones políticas hasta el punto de hacer de la franqueza (sexual y verbal), la excentricidad o los clásicos conflictos sentimentales sus principales bazas para el “entretenimiento inteligente”.

Las chicas de Girls no tienen especiales atributos, son cuatro variantes (complementarias) de la veinteañera post-universitaria de clase media, se enamoran y se desenamoran, follan o se masturban, trabajan o dejan sus trabajos, escriben diarios, tuitean y van a fiestas, se traicionan y se reconcilian, se emborrachan o se drogan, y también se equivocan constantemente, se humillan ante ellas mismas, ante sus padres, sus amigos, sus novios o sus amantes de ida y vuelta.

La Dunham, que se reserva el mejor personaje, transita con inopinada soltura por la cuerda floja de lo patético, por la frontera entre la screwball y el estupor posthumorístico, para devolver una imagen no tan deformante de esa generación mimada que parece mirar siempre hacia los felices ochenta como arcadia vintage en la que encontrar modelos estéticos (la moda, la música), soluciones y vías de escape para estos tiempos de desconcierto, precariedad y crisis.

Girls apenas necesitó dos capítulos de 25 minutos para asentar un mundo de ficción con vida propia, un mundo que comunica los apuntes autobiográficos y el retrato generacional con una excepcional y variopinta galería de personajes, femeninos pero también masculinos, y unos diálogos ágiles y brillantes que han sabido disolver la literatura de diario con talento, sentido del ritmo, soltura y desparpajo.

El sector más talibán de la crítica ha acusado a la serie de “lack of diversity” (“falta de diversidad”), argumentando que en ella sólo salen blancos judíos de clase media con problemas de blancos judíos de clase media. Esta crítica es, en realidad, el mejor de los halagos posibles, ya que el verdadero logro de Girls, una serie de autora, es hablar de lo que conoce de primera mano, sin complacencia, sin estadísticas ni manuales de guión o corrección política a la hora de escribir y afrontar cada nuevo episodio. Las criaturas de Dunham, aun cuándo rozan los estereotipos y cierta tipología generacional, están muy vivas y se mueven por su mundo sin complejos, sin necesidad de pedir disculpas más que a ellas mismas cada vez que se equivocan, y lo hacen a diario o, mejor dicho, semanalmente.

Girls empieza a emitirse en España este domingo 3 de junio en Canal+ Comedia a las 22:00h.

Una risa nueva

Manuel J. Lombardo | 12 de mayo de 2012 a las 8:41

A estas alturas, la Nueva Comedia Americana no necesita de discursos legitimadores ni de vigilantes de seguridad para reivindicarse ella solita como una de las vetas más estimulantes del último cine norteamericano, posiblemente la que de manera más transversal, integrada e iconoclasta sigue proponiendo ciertos modelos de resistencia a la complacencia, la blandenguería y el siempre sospechoso buen gusto con su querencia natural por la subversión, figura central de todo discurso cómico que se precie (de Sennett a W.C. Fields, de Lubitsch a los hermanos Marx, de Landis a Ramis), no sólo del orden, los modos de conducta o los estereotipos aptos para el consumo familiar, sino de las propias reglas de juego de la comedia clásica y sus mecanismos.

En cualquier caso, libros como Una risa nueva (Ed. Nausícaä) y ciclos como el que anuncia el Festival de San Sebastián para su próxima edición (Very funny things. Nueva comedia americana) corroboran el valor histórico y la vitalidad contemporánea de un género que ha llevado un poco más allá el humor y la risa (a veces, hasta congelarla en estupor) como horizonte de expectativas de nuevas narraciones, nuevos cuerpos, nuevos conflictos con la autoridad y nuevos descalabros peterpanescos, principales señas de identidad de un corpus de títulos alumbrados desde finales de los setenta y de una generación de cineastas y cómicos que tiene hoy a sus mejores representantes en el entorno de Judd Apatow o en figuras como Wes Anderson, los hermanos Farrelly, Paul Thomas Anderson, Adam McKay, David Gordon Green, Jody Hill, Jared Hess, Todd Phillips, Ruben Fleisher, Ben Stiller, Will Ferrell, Steve Carrel, Adam Sandler, Vince Vaughn, John C. Reilly, Paul Rudd, Seth Rogen, Jason Segel, Kirsten Wiig, Tina Fey o Lena Dunham.

El otrora orondo Jonah Hill ha atravesado este gozoso paisaje desde el flanco apatowiano (Supersalidos, de Greg Mottola) hasta conectar con el post-indie (Cyrus, de los hermanos Duplass), haciendo de su cuerpo excesivo y flexible y de su locuaz judaísmo el principal atractivo para desplegar la comedia de extremos, límites y contrapuntos. En esta cinta que produce, escribe y protagoniza se trata, como en tantas ocasiones, de un regreso a los ochenta, nueva arcadia generacional, en busca de modelos, tipos y subgéneros a los que poder hincar el diente de la ultraparodia: la buddy movie (de camuflaje) y el high school se dan cita en esta Infiltrados en clase que, a partir de la serie televisiva protagonizada por Johnny Depp, somete a un nuevo ejercicio de torsión y terapia de choque al universo cafre adolescente (con sus braketts, sus geeks and freaks, sus fiestas locas y sus proms) con la despiadada desmitificación del género policial, en la línea de la desopilante Los otros dos, para lanzarse a tumba abierta por la autopista del absurdo y la más arbitraria de las digresiones, otra marca de la casa, capaces de devolver al sketch la autonomía plena dentro de un engranaje narrativo que no atiende a demasiados encajes de guión.

Así, lo mejor de Infiltrados en clase no es sólo el duelo corporal y de estereotipos entre el no-gordo Hill y el guapo-tonto Tatum, tampoco el aparatoso aterrizaje de dos supuestos adultos en su propia máquina del tiempo, ni siquiera los pequeños y generosos detalles de nostalgia pop que se dejan por el camino. Lo mejor está, y pienso en esa obra maestra del género que es El reportero: la leyenda de Ron Burgundy, en esas secuencias delirantes (las pruebas en la Academia de policía, el viaje alucinógeno después de tomar drogas) que funcionan de manera autónoma, por sí solas, como una fiesta privada y secreta en una pequeña habitación de la gran fiesta oficial en casa de los padres.