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Cinematogramas de la conciencia

Manuel J. Lombardo | 23 de marzo de 2014 a las 13:01

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La Jetée (1962) es posiblemente la más conocida y singular de todas las películas de Christian François Bouche-Villeneuve, o lo que es lo mismo, Chris Marker (1921-2012). Tan singular que no es ni siquiera una película propiamente dicha, como tal vez sepa ya el lector iniciado. Ensayo visual (y sonoro) sobre la sustancia de la memoria y las imágenes con forma de relato de ciencia-ficción futurista, La Jetée está compuesta casi íntegramente (apenas un plano, el de un leve parpadeo, fue rodado con una cámara de cine) de imágenes fijas, aparentes fotogramas extraídos de un filme imaginario, que nos sitúan ante un artefacto único y estéticamente problemático inscrito entre dos universos, el de la fotografía y el cine, justo en sus intersticios, proponiendo a su espectador un ejercicio de relleno de sentido (acaso no es esa la operación mental que hace el cine) que la sitúa como una de las obras clave de todo el cine moderno a pesar de su metraje de apenas 28 minutos.

Pero La Jetée es también una reflexión mortuoria y elegíaca sobre la civilización y la Historia (entre guerras, con evidentes ecos a los campos de exterminio) y, sobre todo, una melancólica historia de amor, variación parisina, decolorada y apocalíptica de Vertigo, de Hitchcock, un relato obsesivo, premonitorio y meándrico entre un hombre secuestrado y una recurrente imagen de la infancia: la de una mujer en un muelle de un aeropuerto a la que perseguirá a través del Tiempo, entre otras imágenes y recuerdos, desde la prisión de las catacumbas subterráneas tras la III Guerra Mundial, buscando, como James Stewart, resucitarla de nuevo, generar el milagro de hacerle abrir los ojos por una última vez antes de tomar conciencia de su propia muerte.

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Es La Jetée un objeto que elimina las viejas reglas del tiempo narrativo para proponerse, en palabras de Philippe Dubois, como un “filme mental que se sustenta completamente sobre una fotografía y que es a su vez la película misma (una fotografía que dura)”.

Al propio Marker, siempre parco en palabras y apariciones, le gustó siempre presentar y acompañar a su película, insistir en su carácter precario (“el material se creó con una Pentax 24×36, y la única parte de ‘cine’ (ese parpadeo), con una Arriflex de 35 mm, alquilada durante una hora”), ponerla como estímulo para nuevas generaciones de cineastas. Con todo, su photo-roman sigue permaneciendo aislado (apenas acompañado por algunas propuestas de su amiga Agnès VardaSalut les Cubans- o de José Luis GuerinUnas fotografías en la ciudad de Sylvia-) en la historia del cine, tal es su carácter único e inimitable, por más que la chequera y el desahogo hayan perpetrado aquella 12 monos que se quiso remake-homenaje sin que nadie lo hubiera pedido.

Lib-Marker y La JeteeEste enjundioso y estupendo ensayo de Antònia Escandell Tur que ahora edita con mimo la editorial zaragozana Jekyll & Jill viene a sumarse a la celebración bibliográfica de esta pequeña gran obra desde el rigor analítico y la precisión contextual. Estamos ante un trabajo de investigación académico, sí, pero despojado de los habituales y molestos peajes de este tipo de publicaciones gracias a una exquisita labor editorial, generosa en ilustraciones y pequeños detalles, entre ellos el que materializa “al amante que se interpone entre la pareja que forman el cine y la fotografía” en las viñetas de un cómic, que hace de este libro un pequeño fetiche para markerianos.

La tesis no es otra que buscar el justo acomodo teórico (de Barthes a Lytoard, de Kristeva a Derrida, de Benjamin a Deleuze, de Rancière a Fontcuberta, pasando por las monografías de referencia de Dubois, Ortega o Weinrichter) a ese lugar insólito que ocupan las imágenes, el montaje y los sonidos (su voz en off, la música de Trevor Duncan, sus esenciales efectos sonoros) de La Jetée, a saber, este interregno para “narrar la historia de un amor imposible que no es únicamente el de sus protagonistas, separados por estratos temporales y condenados a no encontrarse jamás. Otro romance late bajo las imágenes y les imprime un temblor, una tensión de donde surge la extrema intimidad que emana de los fotogramas: el idilio entre la fotografía y el cine, igualmente imposible –por la prohibición del incesto”.

Chris Marker y La Jetée. La fotografía después del cine – Antònia Escandell Tur – Jekyll & Jill – 192 págs. – 22 euros

Chris Marker: La política, entre chicas y gatos

Manuel J. Lombardo | 16 de julio de 2012 a las 22:14

“Me hubiera gustado vivir una época más pacífica para dedicarme a filmar lo que realmente prefiero, chicas y gatos”

Chris Marker

 

Las manos y la voz de Chris Marker, su avatar gatuno (Guillaume-en-Êgypte) surfeando en Second Life, paraíso virtual paralelo en el que el cineasta sin rostro vive refugiado desde hace años, su laboratorio de pantallas, ordenadores, cables, libros, revistas, recortes y cachivaches. Lo hemos visto en Agnès de ci de là Varda, la estupenda serie de televisión de Agnès Varda, compañera de viajes, batallas y rodajes. Un Chris Marker nonagenario igual de inquieto y curioso que en los días de Les estatues meurent aussi o Lettre de Sibérie, suscrito a la actualidad, encantado de probar el último dispositivo tecnológico, presto a echarse a la calle a espigar imágenes y testimonios de la última revuelta, de la última causa justa, pero también de chicas bellas y gatos pasajeros.

Este nuevo cofre Chris Marker, Mosaico (1968-2004), el segundo que edita el sello Intermedio en España, llega justo a tiempo para revitalizar y reconstruir un puente histórico entre la mirada comprometida y política del Marker de los años sesenta y este tiempo convulso de crisis profunda e indignación. Justo a tiempo para recordar que todo ya pasó antes, sí, pero que también todo se filmó antes y mucho mejor que ahora.

A Marker le hubiera gustado rodar tal vez más fábulas futuristas y románticas como La Jetée o ir con más frecuencia al encuentro de sus cineastas favoritos (Hitchcock, Kurosawa, Tarkovski, Medvedkin). Sin embargo, su espíritu, que es también, aunque en otro tono, el mismo de Varda o Godard, lo ha llevado siempre  a estar donde había que estar (de Chile a Yugoslavia, de EE.UU a Vietnam, de Cuba a Rumanía, de China a Brasil, de Japón a Guinea Bissau), con la cámara siempre cargada, dispuesta a registrar ese gran archivo visual de su tiempo que luego cobraría forma pensante en la sala de montaje, con sus flamantes maquinitas de vídeo, entre fundidos y encadenados, con rótulos caseros y texturas más o menos sucias y profesionales.

Este cofre establece así un puente entre décadas lejanas a partir de un mismo compromiso con la realidad y con el poder ensayístico del cine, en un gesto indudablemente político, un gesto de izquierdas, que no se queda en la superficie de los discursos y las soflamas de urgencia para ir un poco más allá, más al fondo, de sus propias estructuras y maneras de enunciación.

La sexta cara del Pentágono (1968) testimonia en estilo directo la marcha de los estudiantes norteamericanos contra la Guerra de Vietnam, capturando la energía de uno de los últimos grandes momentos de impulso utópico civil del siglo XX en Estados Unidos. Y entre el tumulto, esquivando las cargas de la policía, aún hay tiempo para filmar una cara bonita, para seguir, ralentizar o congelar un hermoso rostro de mujer que desafía a los fusiles a un metro de distancia.

 

La Embajada (1973) va un poco más allá al coquetear con la textura (Super-8) y las formas del found footage para desmontar la falacia de la realidad documental en un experimento de ficción política protagonizado por un grupo (de actores) que ‘simula’ un encierro en una embajada cuando las calles están tomadas por el ejército. Marker nos está hablando del Golpe de Estado en Chile, pero una delatora Torre Eiffel al final del metraje revela que se trata de un juego, más simbólico y potente si cabe que de haber sido cierto.

El puente se sigue cruzando en los noventa con Casco Azul (1995), la filmación, en un plano fijo y cercano, del testimonio del médico François Crémieux, miembro de las fuerzas de la ONU destacadas en Bosnia-Herzegovina, un soldado que desmonta con distanciada elocuencia y portentosa palabra la falacia humanitaria de aquella empresa internacional en epicentro de la más cruenta de las guerras recientes en Occidente. Mentiras y teatro para acabar matando perros como entrenamiento para el alma.

Y al otro lado del puente asoman Los gatos encaramados (2004), película-síntesis, último gran gesto reconciliador markeriano entre la política, las chicas guapas y sus queridos gatos, o cómo contar el presente, el 11-S, la segunda guerra de Irak, las elecciones francesas, la repetición de los errores, el repunte de una nueva conciencia crítica entre la juventud, posible germen de lo que hoy se moviliza desde el movimiento 15-M, siguiendo la pista de unos gatos sonrientes pintados en las paredes y los lugares más insospechados de París.

Pero por las aguas bajo ese puente también han bajado los experimentos lúdicos, los divertimentos tecnológicos, la imagen como experiencia de vida: Teoría de los conjuntos (1990), parábola sobre la condición humana a propósito de un Arca de Noé digital; Slon Tango (1990), o el baile de un elefante al son de un tango de Stravinski; Tres vídeos haikus (1994), homenaje a los Lumière, al Sena transfigurado y al espíritu de las vanguardias; o E-CLIP-SE (1999), un vagabundeo visual alrededor del eclipse de sol del 11 de agosto de 1999 en un jardín de París a vista de… lechuza.

Chris Marker. “Mosaico” 1968-2004 – Intermedio – Digipack 2DVD + libreto 64 págs. (textos de José Ángel Alcalde, François Maspero, Rubén García López y Jean-André Fieschi) – 158 min. – 24,95 euros