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Ninfomanía

Manuel J. Lombardo | 29 de enero de 2014 a las 8:38

I. El eterno (misterio) femenino: instrucciones de uso

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Repudiado por Cannes, una vez más en el centro de la polémica, Lars Von Trier parece ir siempre un paso por delante de sus exégetas y detractores, posiblemente prisionero de su necesidad de no repetirse (aunque en su cine se detecten cada vez con más claridad unos mismos temas y variaciones) y autopromocionarse en voz alta, de provocar a las siempre fácilmente impresionables conciencias burguesas o de abrir un nuevo camino formal aún inexplorado.

Con el paréntesis apocalíptico y existencial de Melancolía de por medio, Nymphomaniac I, con un prólogo y los cuatro primeros episodios de su relato sobre una mujer consumida por los fantasmas del sexo, bien puede prolongar la puesta en imágenes de los más profundos rincones de la psique (la del propio Trier, se entiende) relacionada con los límites y tabúes, materia psicoanalítica de primer orden, de aquella Anticristo que puso a prueba, además del potencial de sofisticación pictórica de la nueva imagen digital, a los estómagos y ojos menos complacientes para mirarse en el espejo deformante de los miedos del hombre amenazados por la furia desatada de la mujer.

Siempre juguetona, distante y asendereada, Nymphomaniac I nos convoca a la materialización de una fabulación que se abre en el abismo de un espacio abstracto de texturas orgánicas, desde un inquietante negro que preludia lo insondable de una tarea que intenta explicar, ahí es nada, o tal vez todo lo contrario (no es para tanto), ese misterio eterno de la sexualidad y la psique femeninas desde la edad más temprana, con los juegos de infancia, hasta la madurez torturada y autoconsciente.

Es de nuevo Charlotte Gaingsbough la protagonista de este relato-puzzle contado a un hombre maduro que escucha e interpela (Stellan Skarsgård), y es, en esta primera entrega, la joven Stacy Martin la que encarna ese camino de ascenso y caída por el tobogán del sexo y el deseo desprovistos de todo anclaje emocional, expuestos siempre a una cámara fría, casi científica, tanto como el propio dispositivo del filme, que si bien sigue confiando en el poder evocador y narrador de la palabra y en las imágenes de texturas crudas, se permite también coquetear con los rótulos, los números, los textos sobreimpresionados, la pantalla partida, la música descontextualizada, el material de archivo y las citas cultas (del arte de la pesca a la polifonía bachiana pasando por la historia del judaísmo) para construir el tejido complejo, heterodoxo y siempre sorprendente de un filme desasosegante e irónico, cautivador y molesto, gélido como pocos a la hora de mostrar el sexo y su relato, como si de un desapasionado documental de naturaleza se tratara.

Es más que probable que la segunda entrega o la versión íntegra de 5 horas completen, a buen seguro con más carnaza para los expertos en los límites del porno, el sentido de esta primera: lo que aquí se nos ofrece se mueve siempre por el filo de la navaja, se la juega a su propia dinámica lúdica, a su puzzle imposible para desenmascarar y reconstruir unos fantasmas que tal vez sean también los nuestros.

II. Ante en abismo de la libertad

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Como casi siempre en Lars Von Trier, es mucho lo que se pone en juego en este (forzado) díptico que ahora entrega su segunda mitad. Desde luego, mucho más que el mero relato de un tránsito por la ninfomanía y su historia, por la pérdida del placer o por la exclusión de la sociedad de una mujer enferma.

Lo que se juega aquí tras la máscara de un relato múltiple, juguetón y poliédrico es nada más y nada menos que un alegato por la libertad del hombre (o mejor dicho, de la mujer) en tiempos de crisis, miseria moral, miedo y mucha corrección política.

A su conclusión (provisional, aún queda pendiente poder ver algún día su metraje completo), esta Nymphomaniac puede verse también como la película más radicalmente feminista jamás hecha por un hombre, un cineasta al que tantas veces se ha acusado, por cierto, de poner en el límite (de la vejación o el sacrificio) a sus personajes femeninos.

Casi siempre malinterpretado, casi nunca entendida del todo su fina e ilustrada inteligencia y, sobre todo, su sentido del humor, Von Trier pareciera querer devolver aquí todas esas críticas y lecturas desatinadas con un feroz alegato libertario que encuentra su esencia, más allá de su calculada reversión del erotismo como género exploit para la mirada masculina más primitiva, en un par de simbólicas y reveladoras secuencias: en la primera de ellas, nuestra protagonista encuentra en la cima de una montaña ese árbol, pelado de hojas y torcido por la fuerza del viento, con el que un día su padre predijo que llegaría a identificarse; en la segunda, la que cierra esta segunda parte y el díptico, el paciente oyente e interlocutor de toda la historia, la cabeza racional con la que ha dialogado el instinto y la pulsión incontrolada de la carne a lo largo de casi cuatro horas, demuestra que, a pesar de todo, no ha comprendido nada para reducirlo todo a una nueva mala interpretación de consecuencias, ahora sí, trágicas y definitivas.

Recluida en su espacio-tiempo abstracto y gélido, impulsada por un sentido de la narración prodigioso y siempre in crescendo, Nymphomaniac se asienta ya no sólo como una nueva muestra de la inteligencia cinematográfica y filosófica de uno de los grandes cineastas moralistas de nuestro tiempo, sino como toda una declaración humanista por el individuo en una época de nuevos, peligrosos y camuflados vigilantes del orden público y la sensatez.

 

El Apocalipsis según Ferrara

Manuel J. Lombardo | 29 de marzo de 2012 a las 12:35

El cine reciente le tiene ganas al fin del mundo: El incidente, de M. Night Shyamalan, Melancolia, de Lars Von Trier, The Turin Horse, de Béla Tarr, Take Shelter, de Jeff Nichols, Contagion, de Steven Soderbergh, 4:44 Last day on Earth, de Abel Ferrara.

De todas estas películas, la de Ferrara es la que lo afronta más íntimamente y más a ras de asfalto, lejos del género, en formato de cámara, con apenas cuatro duros, dos actores y casi un único escenario.

Una pareja (Willem Dafoe y Shanyn Leigh) encerrada en su loft neoyorquino decide que la mejor manera de apaciguar la angustia es abrazarse, follar, pintar, meditar, escuchar rock, meterse (o no) la última raya o despedirse de amigos y seres queridos a través del Skype. Una terraza abierta a la calle y las pantallas (la televisión, el ordenador, el vídeoportero) son las ventanas a través de las que se comunican con el exterior. El tráfico sigue, los viandantes pasean como de costumbre. Ocasionalmente, alguien se suicida desde una escalera de incendios. Un repartidor de comida china le pide a la pareja que les deje usar su ordenador para despedirse de los suyos.

El Apocalipsis es un estado de ánimo, una silenciosa, lenta e invisible invasión de la angustia, una normalidad sorda e indiferente.

Ferrara decide explorar los cuerpos de sus intérpretes, filmar el espacio, la duración y la cotidianidad, a veces en calma, otras furiosa, de esa despedida, buscar los encadenamientos (en su cine, siempre literales, siempre sugerentes) entre las formas del exterior, entre las apariencias de un mundo en cuenta atrás, y el potencial de la lente y el montaje como herramienta para la abstracción: luces, manchas, fundidos.

Suspendida en su propio tiempo de sueño febril, metafísico e hipnótico, 4:44 Last day on Earth busca, como la mujer de la pareja, refugio en el gesto creativo, un último aliento de humanidad en el roce y la comunión de los cuerpos, pero también, ay, en las pantallas que emiten imágenes o comunican con los seres queridos.

Apenas una gran mancha verdosa, una suerte de aurora boreal fuera de sitio, anuncia en el cielo la cuenta atrás. Pronto se apagarán las luces, la electricidad y las pantallas: el blanco infinito y deslumbrante del vacío.