Archivos para el tag ‘Las dos orillas de Agnès Varda’

(Regreso a) La isla de Agnès Varda

Manuel J. Lombardo | 15 de noviembre de 2012 a las 19:46

Hoy hemos estado en la exposición del CAAC Las dos orillas de Agnès Varda e irremediablemente hemos recordado esta otra, L’île et elle, que vimos Angélica y yo en París en 2006.  Aquí copio y pego mis impresiones de entonces, intactas (salvo los enlaces y las fotos), tal y como se publicaron en Diario de Sevilla.

A sus 78 años, la veterana directora francesa Agnès Varda sigue ofreciendo una muy saludable y estimulante muestra de juventud creadora y voluntad de (suave) vanguardia entre el confuso marasmo de jóvenes creadores epatantes que creen haber encontrado en la imagen digital la salvación para sus veleidades artísticas.

A escasos cinco minutos de su casa en la parisina calle Daguerre (¿casualidad?, ¿búsqueda? La directora de Cléo de 5 a 7 le dedicó hace unos años un documental –Daguerreotypes– al padre de la fotografía, su primera vocación), la Fondation Cartier pour L’Art Contemporaine exhibe desde el pasado 18 de junio y hasta el próximo 8 de octubre la serie de instalaciones titulada L’île et elle, un muy personal e intransferible recorrido por los rincones de la peculiar isla de Noirmoutier, situada en la costa atlántica de la región de Loire, cerca de Nantes, donde la Varda ha pasado sus veranos desde hace muchos años.

Las instalaciones que conforman la exposición trasladan al formato audiovisual, a la fotografía, a las construcciones o al juego con los objetos cotidianos las sensaciones y experiencias que para la directora de La felicidad evocan los paisajes, las gentes, los sonidos o los olores de aquella isla a la que tan sólo se puede acceder a pie o en vehículo durante las pocas horas que baja la marea cada día.

Así, por ejemplo, la que lleva por título Ping-Pong, Tong et Camping (2005-2006) evoca los juegos y sonidos de la infancia a través del diseño de un espacio colorista formado por objetos de plástico propios de una tienda de todo a cien como sandalias, cubos, rastrillos o colchonetas, una de las cuales sirve además de pantalla sobre la que se proyecta un divertido vídeo en el que la Varda juega con el montaje asociativo a partir de las onomatopeyas y de los sonidos de una partida de tenis de mesa.

No muy lejos encontramos Ma cabane de l’echec (2006), curiosa cabaña traslúcida hecha de tiras de celuloide, celuloide que procede precisamente de una película, Les créatures, protagonizada por Michel Piccoli y Catherine Deneuve, rodada por la directora en la isla de Noirmoutier en el año 1966. A su lado, una nueva cabaña, ésta de madera y Uralita, contiene una serie de retratos de hombres y mujeres anónimos de la isla en los que la autora deja la impronta de su preciso y humanista ojo fotográfico, que mira cara a cara a los retratados con esa serena complicidad que da a entender siempre un vínculo con ellos que va más allá del retrato o el perfil antropológicos.

Si bajamos a la planta subterránea de la exposición, lo primero que nos encontramos es un paso con barrera. Se trata de la instalación titulada Le pasaje du Gois (2006), que evoca precisamente la experiencia de la necesaria espera de los peatones o los conductores para acceder a la isla cuando la marea baja así lo permite. Una vez dentro, nos encontraremos con la pieza más grande y espectacular de la exhibición, La grande carte postale ou Souvenir de Noirmoutier (2006), en la que Varda hace un homenaje a las viejas postales turísticas que promocionaban la isla. Una enorme postal de 5 m. x 2 m. deja ver en varias pantallas que se descubren al apretar un botón vídeos que muestran rincones de la vida (también la submarina) de la isla, que se despliega como un pequeño puzzle que recompone experiencias y sensaciones filtradas por lo subjetivo y por la propia historia del lugar.

A su derecha, lo autobiográfico cobra de nuevo protagonismo en Le tombeau de Zgougou (2006), nueva muestra del juguetón espíritu naif de la artista, sentido homenaje a su inseparable gato Zgougou, protagonista anónimo de varias de sus películas (lo hemos visto en Jacquot de Nantes o en la reciente Los espigadores…, donde tiene su propio episodio), al que enterró en su casa de la isla recientemente. Un vídeo de estirpe méliesiana con música de Steve Reich acompaña las imágenes de la construcción de una tumba de arena con conchas marinas y flores donde descansa, en paz y para siempre, el fiel y gatuno acompañante de la directora.

La música y el sonido están también muy presentes en el recorrido. Este último adquiere especial relevancia en Le tryptique de Noirmoutier (2004-2005), donde tres pantallas y sus respectivos altavoces muestran y proyectan imágenes y sonidos del interior de una casa familiar, en la que una madre y una hija realizan sus tareas cotidianas de cocina, y de la playa que la rodea, donde un padre y un hijo juegan y pasean en la arena. Varda nos invita aquí a la contemplación y la escucha del tiempo real y apunta a la utopía del cine como registro pleno de una realidad que siempre se escapa (por los lados).

La visita se cierra, como el ciclo de la vida, con una última instalación en torno a la muerte y la ausencia, la de los maridos de algunas de las viudas de la isla. Los catorce auriculares de las catorce sillas situadas frente a un mural con catorce pequeñas pantallas de Les veuves de Noirmoutier (2004-2005) susurran al visitante catorce historias íntimas de viudez y recuerdos, una de las cuales, de la propia Varda, que se filma a sí misma en una silla junto al mar, no necesita de la palabra para evocar su idilio, aún vivo, con el que fuera su compañero, esposo y cómplice Jacques Demy, director de Los paraguas de Cherburgo, con quien compartió tantas vivencias en la isla.