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Cine de verano #10: ‘Las playas de Agnès’ (2008, Agnès Varda)

Manuel J. Lombardo | 16 de septiembre de 2013 a las 6:09

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Las playas de toda una vida

La clave autobiográfica de Las playas de Agnès (2008) se materializa en la idea del espejo, que devuelve la propia imagen (siempre ligeramente deformada) y, sobre todo, en dos tipos de movimientos esenciales: uno horizontal, el de las panorámicas o los travellings que recorren de derecha a izquierda o de izquierda a derecha las playas, su paisaje favorito (véase Documenteur), que han formado parte de las distintas etapas de la vida de la cineasta Agnès Varda; otro vertical, hacia atrás, como metáfora de un viaje que arranca en el presente, en el momento de hacer la película, cuando la directora acaba de celebrar su 80 cumpleaños, para desandar, en un gesto que ella convierte en literal, toda una vida marcada por el arte, la fotografía, el cine, los encuentros, la relación con Jacques Demy y una curiosidad incansable por el conocimiento, por el otro y por las distintas manifestaciones de la belleza.

Les plages d'AgnèsAsí, entre el reflejo especular (que lo es también de la propia película en su proceso), lo horizontal y lo vertical, Las playas de Agnès se propone como viaje por la memoria personal y autobiográfica a partir de la recopilación de objetos encontrados, articulándose en una de esas estructuras rizomáticas a las que el cine de Varda nos tiene tan acostumbrados, dejándose llevar, aparentemente, por digresiones, desvíos y paréntesis que, en realidad, son tan o más importantes que esa gran carretera principal de grandes éxitos propia de toda confesión o retrospección vital en el crepúsculo.

Porque en el gran árbol de la vida de la Varda la nostalgia se espanta y las ramas son tan importantes como el tronco, esas ramas que crecen libre e imprevisiblemente hacia arriba, hacia abajo o hacia los lados, ramas que conforman un todo frondoso y enrevesado que ella maneja siempre como si de un juego de niños se tratara, asociando ideas y figuras a través del montaje, acercando momentos, lugares y gentes a través de su brillante relato oral, espigando objetos, rostros y souvenirs de aquí y de allá que acaban cobrando sentido en un gran relato libre y gozoso urdido por una prodigiosa capacidad para atrapar la vida en sus pequeños momentos y manifestaciones dispersas.

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Las playas de Agnès es así, además de un testimonio confesional, un auténtico film-collage que pone de manifiesto las distintas facetas creativas de Varda, su capacidad para transfigurar una misma idea en una imagen fija (fotografía), en una imagen sonora en movimiento (cine), en un juego interactivo (la instalación), ya sea respetando cierto pacto con la realidad (documental) o reconstruyéndola e interpretándola a su manera (ficción), como en esos interludios en los que cualquier playa puede ser un escenario para lo maravilloso.

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De esta manera, la cronología no es exactamente su modus operandi, por más que, aparentemente, el relato siga un cierto orden de los acontecimientos: la infancia familiar en Bruselas, a cuya casa regresará de nuevo; los veranos felices en la pequeña localidad costera de Sète, que luego fue la protagonista de su primer largometraje, La Pointe Courte (1954); la llegada a París en los años de la II Guerra Mundial y la inmediata liberación (una llegada materializada aquí en un maravilloso viaje en barco que une de manera imposible el océano con el río Sena); los estudios de Arte y Fotografía; los encuentros cruciales con figuras como Jean Vilar, el dramaturgo, actor y director teatral que le dio sus primeros trabajos como fotógrafa en el Festival de Avignon, Alain Resnais o Chris Marker, con cuyo alter ego, el gato Guillaume-en-Égypte, establece un divertido diálogo a lo largo del filme; la relación con Jacques Demy, que atraviesa todo el filme como una emocionante elegía que se resiste a desbordarse en el sentimentalismo, culminada con unos sobrecogedores primeros planos de su pelo, sus ojos y su piel pocos días antes de morir; la irrupción de la Nouvelle Vague y las películas del reconocimiento (Cléo de 5 a 7, La felicidad); los viajes a China, a Cuba (“Socialismo y cha-cha-cha”) o a Los Ángeles, en Estados Unidos; los días del compromiso político (los Black Panthers, el espíritu del 68) y el “feminismo feliz”; el nacimiento de los hijos (Rosalie y Matthieu) y su relación con ellos y la nueva familia; el regreso a la Francia de Sin techo ni ley; las películas con Jane Birkin; su gato Zgougou o ya más recientemente, la labor desde su pequeña productora Ciné-Tamaris, convertida en una auténtica playa creativa en la mítica Rue Daguerre del barrio de Petit-Montrouge; y sus deliciosas instalaciones y videocreaciones, que han expandido, siempre de manera lúdica y luminosa, muchos de los motivos y temas de su trabajo hacia territorios interactivos y nuevos soportes que multiplican aún más su sentido de la creación como collage, compilación y reapropiación de los propios materiales, los materiales de toda una vida.