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Heredar el cine

Manuel J. Lombardo | 29 de noviembre de 2012 a las 18:43

El talento de los padres no se hereda. Pero tal vez sí pueda heredarse su legado de una forma hermosa y honorable, sin royalties, fundaciones, ni derechos de autor de por medio.

Documenteur (1981), de Agnès Varda, es un filme sobre la soledad de una madre exiliada que busca casa con su hijo en la zona residencial de Venice Beach, Los Ángeles, una película nacida de una mirada extranjera y melancólica a un paisaje urbano que, a escasas millas de Hollywood, revela una realidad crepitante y mestiza alejada de todo glamour y de toda falsa expectativa de sueño americano. Ese niño de ocho años estaba interpretado por Mathieu Demy, el propio hijo de Varda y Jacques Demy, un niño que observa, juega y aprende mientras su madre de ficción, interpretada por Sabine Mamou, exorciza sus fantasmas de la separación y la distancia del hogar.

Treinta años después, Mathieu Demy se ha convertido en un actor y director de cine, y regresa a aquellos mismos espacios en Americano (2011), su primer filme, que arranca con la noticia de la muerte de una madre (exorcismo extraño y revelador) y recorre pronto los mismos lugares, las mismas casas y las mismas playas de Documenteur buscando respuestas que ayuden a reconstruir el vínculo y la identidad disipada de la madre ausente.

En este regreso a Los Ángeles, antes incluso, en un sueño premonitorio, las imágenes de aquel filme, su música triste para piano compuesta por Georges Delerue, nutren el recuerdo de la nueva historia, creando ese humus de la memoria (una memoria de ficción, pero también una memoria autobiográfica en cierto modo), que funcionará ya como flujo esencial de una nueva aventura de extranjería y autodescubrimiento.

Nuestro protagonista busca ahora a una amiga de la madre llamada Lola, una Lola (Salma Hayek) que se nos parece mucho a la protagonista del primer filme de Jacques Demy y a la misma enigmática mujer de Model shop (1969), interpretadas por Anouk Aimée.

Cantos de sirena

Manuel J. Lombardo | 4 de junio de 2012 a las 22:58

Versus recupera “Marea nocturna” (Night tide, 1961), una poética cinta de culto dirigida por Curtis Harrington y protagonizada por Dennis Hopper

Es muy probable que Jacques Demy y Curtis Harrington desconocieran respectivamente la existencia de Marea nocturna (Night tide, 1961) y Lola (1961), dos películas rodadas en las mismas fechas, una en las playas y paseos de Santa Mónica, California, la otra en las calles, salas y pasajes de Nantes, en la costa atlántica francesa.

Ambas comparten, sin embargo, un mismo aire de época filtrado en sus imágenes, un mismo ambiente, una misma mirada que hace de sus localizaciones y exteriores naturales, de sus ambientes portuarios (sus bares, sus locales nocturnos, sus parques de atracciones en el paseo marítimo), de sus personajes, jóvenes desorientados, huérfanos o desarraigados en búsqueda de amor o sexo, en busca de un destino vital, un díptico perfecto para una sesión doble que bien podría mostrarnos las dos caras de una misma moneda: la del cine moderno abriéndose paso entre las ruinas de clasicismo y el cine industrial de género o de serie B en los albores de una década que iba a cambiar para siempre el panorama del cine mundial.

Convertida con el paso de los años en una auténtica película de culto y escrutada bajo los más diversos prismas críticos (del psicoanálisis al feminismo), ensombrecida y banalizada por aquel melifluo remake ochentero protagonizado por Tom Hanks y Daryl Hannah titulado 1, 2, 3…Splash, Marea nocturna nos traslada a una Norteamérica insólita que sólo cierto cine independiente y de bajo presupuesto en los márgenes de Hollywood, incluso a escasas millas de su epicentro, podía mostrar sin los peajes y derivas habituales de su maquinaria de relatos y estereotipos.

El debutante Curtis Harrington (1926-2007), hasta entonces un joven crítico (autor de un libro sobre Josef Von Sternberg), amigo y colaborador de cineastas de vanguardia como Kenneth Anger o Maya Deren y director de algunos cortos experimentales (Fragment of Seeking, Picnic, and The Wormwood Star), trazaba en este su primer largo de ficción un paisaje realista que iba a ser atravesado poco a poco por la poderosa fuerza e iconografía del mito, la fantasía y las viejas leyendas, gracias, entre otros recursos, a un gran trabajo fotográfico de Vilis Lapenieks y a un sugerente score de aire jazzístico y contemporáneo del gran David Raksin.

Johnny Drake, interpretado por un joven y deslumbrante Dennis Hopper, actor del Método que había despuntado ya en papeles secundarios de rebelde sin causa, es un marinero recién desembarcado que queda fascinado por Mora (Linda Lawson), una misteriosa mujer a la que ha conocido en un club de jazz y que trabaja en una atracción itinerante simulando ser una auténtica sirena. A pesar de los avisos, las predicciones y los malos augurios, Drake se enamora de ella para caer en una espiral de extraños acontecimientos, rituales, sueños y revelaciones que desembocarán en tragedia.

Marea nocturna va desplegando así su suave y simbólico oleaje de misterio, persecución, obstáculos y fabulación, su peculiar y lírica estética de bajo coste entre espacios, paisajes y rincones que luchan por desprenderse de su carácter prosaico para apuntar al duelo entre la realidad y lo imaginario, entre lo visible y lo invisible, entre lo concreto y lo abstracto. Drake atraviesa y recorre los espacios y paisajes (el carrusel sobre el que vive Mora, su apartamento con vistas al océano, la carpa del espectáculo de la sirena, el muelle por el que sigue a esa otra mujer misteriosa que se aparece de cuando en cuando, interpretada por el propio Harrington travestido, o la destartalada casa donde vive del Capitán Murdock) intentando descifrar qué secreto se esconde detrás de esa extraña mujer, rescatada de una lejana isla griega cuando aún era una niña por un marinero británico.

Impregnada del espíritu de los cuentos de Poe y de las atmósferas de las cintas de terror de Val Lewton y Jacques Tourneur para la RKO (en especial, de La mujer pantera) y precursora del tono hipnótico de otro título afín como Carnival of souls (1962, Herk Harvey), Marea nocturna bucea entre la realidad y el sueño, entre el mundo de las apariencias y el universo de lo esotérico y lo oculto, para materializar en imágenes de melancólica y terrorífica belleza (la sirena sumergida bajo el agua, inerte y con los ojos abiertos) ese poderoso y ambiguo interregno en el que las proyecciones de la imaginación cobran presencia al ser convocadas por el deseo, un deseo nocturno, lunático y febril.

Marea nocturna (Night tide, 1961) – Curtis Harrington – Versus/Cinema Bis – 82 min. – 11,95 euros