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Lavarse los ojos, ver las cosas de otro modo

Manuel J. Lombardo | 7 de julio de 2016 a las 8:06

Abbas-Kiarostami

De pocos cineastas puede decirse que hayan sido realmente auténticos maestros, poetas capaces de apartar a un lado el ego romántico del creador para proponerse, sin darse demasiada importancia, como verdaderos pasadores y transmisores de sabiduría,  conocimiento y emoción.

Abbas Kiarostami (Teherán, 1940-París, 2016) tal vez ha sido, junto a Rossellini, el gran maestro del cine moderno, quien nos ha enseñado a ver y mirar (el cine) de otra manera, el que nos ha revelado la esencia de las imágenes y los sonidos, su trampantojo, su verdad más profunda, su conexión inapelable con la vida.

Ha muerto Kiarostami apenas dos días después de Cimino, prácticamente con la misma edad. Dos grandes cineastas que no pueden estar más alejados el uno del otro. Ahí donde uno exhibió su enorme ego, su afán perfeccionista y su lírica épica en unas aguas infestadas de pirañas, Kiarostami buscó borrarse, como el Sabzian de su Close-up, en una práctica del cine artesanal y pequeña, de vocación didáctica, reflexiva y experimental, buscando una y otra vez nuevos caminos, nuevos horizontes y lanzando siempre nuevos interrogantes, proponiendo una solución para cada problema, como recuerdan los amigos de Revista Lumière.

Son muchas las voces autorizadas y expertas que van a escribir hoy buenos textos sobre su obra y su persona, así que me permitirán que me despida de él desde un rincón estrictamente personal. Aún recuerdo con intensidad el impacto que me produjo un discurso escrito por Kiarostami con motivo del centenario del cine, un texto que parecía condensar todo lo que puede decirse sobre el cine y sobre el papel regenerador del espectador en su futuro. Aquel texto revelador y hermoso me sirvió para elaborar mi primer examen como profesor en la universidad, un texto que los alumnos tenían que comentar y poner en relación con algunas de las principales teorías fílmicas, de Bazin a Morin. Me recuerdo emocionado leyendo el comentario que de aquel texto hizo Alfonso Crespo, donde quise ver, y aún hoy sigo viendo, que a través de Kiarostami se abría también la posibilidad más gozosa de trasmitir y enseñar algo sobre el cine entre las cuatro paredes de un aula. Cuando años más tarde leímos a Bergala y La hipótesis del cine sentimos avivarse de nuevo esa misma llama.

No sé si instintivamente seguí empecinado en que mis alumnos vieran y conocieran a Kiarostami en las clases de Filmología, tal vez como un pequeño gesto de resistencia en una facultad en la que el cine iba muriendo a cada nuevo curso: los trayectos en coche de las mujeres de Ten filmados con dos pequeñas cámaras digitales, los haikus visuales de Five, los rostros en primer plano de decenas de mujeres emocionadas viendo una película imaginaria en Shirin, las correspondencia fílmica con Víctor Erice a propósito de la educación y los inolvidables niños de ¿Dónde está la casa de mi amigo?

Cada nueva película de Kiarostami durante estos últimos veinte años ha sido todo un aliciente de nuevas expectativas y lecciones, de nuevos viajes y descubrimientos, de nuevos caminos para seguir manteniendo viva la idea del cine como proceso en permanente estado de construcción, reflexión y reinvención. Con Kiarostami no podía darse nunca nada por sentado, y uno sabía que detrás de cada imagen, detrás de cada rostro, detrás de cada sendero zigzagueante en el paisaje, había siempre un poeta revelando una verdad más profunda que la de la mera superficie de las cosas.

Su muerte nos deja huérfanos en una época de malos maestros (pienso en el severo Haneke, que da lecciones morales desde una tarima demasiado elevada), y, lo que es peor, trunca una nueva etapa internacional en su carrera en la que, lejos ya de Irán, donde no corren precisamente buenos tiempos para los poetas y los librepensadores, nos había llevado al corazón de la vieja Europa (Copia certificada) o al lejano Japón urbano (Like someone in love) en busca de nuevos retos, historias y aventuras.

Hace unas semanas pudimos entrevistar en Sevilla a Marin Karmitz, productor de muchas de sus películas recientes. Le preguntamos por la salud, últimamente achacosa, del maestro, y también por sus próximos proyectos. Nos dijo que estaba mejor, ilusionado con poder arrancar pronto el rodaje de su nueva película… en China.

Alain Resnais, hasta el final de las historias

Manuel J. Lombardo | 2 de marzo de 2014 a las 19:56

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La muerte de Alain Resnais (1922-2014) nos ha cogido a contrapelo. Y no porque, con 91 años, no le hubiera llegado ya la hora, sino porque, precisamente, lo veíamos hace apenas dos semanas en aparente plenitud de forma y jovialidad, con su pelo blanco, sus gafas de sol, su camisa roja y su corbata negra, haciendo bromas a fotógrafos y periodistas, en el Festival de Berlín, a donde fue a presentar la que será, ya sí, su última película, Aimer, boire et chanter, un título que se nos antoja toda una declaración testamentaria de intenciones de quien ha sido uno de los cineastas más importantes, estimulantes e inimitables del cine moderno.

Sabíamos de los problemas de salud de su compañero de promoción Jacques Rivette, también del parón del rodaje de la nueva película del centenario Manoel de Oliveira, pero nada hacía presagiar que las energías vitales de Resnais pudieran estar debilitándose, menos aún después de haber asistido en los últimos años a la sucesión de un ramillete de películas, Asuntos privados en lugares públicos, Las malas hierbas y Vous n’avez encore rien vu, que posiblemente se encuentren entre lo mejor de su carrera, que ya es mucho decir en una carrera como la suya: cintas crepusculares y luminosas, libres y juguetonas, livianas y profundas, volátiles y sólidas, humorísticas y mortuorias, reincidentes y testamentarias, siempre reflexivas, lúcidas y autosuficientes, auténticas piezas de orfebrería cinematográfica al vacío en las que reunió a su troupe habitual de actores cómplices, su esposa Sabine Azema, André Dussollier o Pierre Arditti, para regenerar el legado de ese nuevo cine que él contribuyó a forjar desde mediados del pasado siglo en estos tiempos de anorexia minimalista y autorismo con corsé.

Resulta demasiado fácil decir que este Resnais del siglo XXI, que venía ya impulsado por ese maravilloso díptico dramático-musical de Smoking/No smoking y On connait la chanson, era un cineasta joven y renacido, tan inquieto como el de los días de Hiroshima, Muriel y Marienbad, pero es que es una verdad como un templo. Si me apuran, este último Resnais se nos antoja más libre, cálido y sabio que nunca, más consciente del gozo de hacer cine, de compartir el trabajo con los suyos, de confiar, como hizo siempre, en un espectador inteligente, capaz de acompañarlo en esa búsqueda del placer de las formas y el relato, de entrar con él en ese laberinto de historias y memorias infinitas, canciones populares, tonos pastel, luces de neón, nieve artificial y travellings eternos.

Cinéma (Herbes folles)

 

Gandolfini, el último fundido a negro

Manuel J. Lombardo | 21 de junio de 2013 a las 6:59

No era difícil imaginar que James Gandolfini (1961-2013) moriría relativamente joven y de un ataque al corazón, en plena faena, al pie del cañón, tal y como sucedió la madrugada del miércoles en un hotel de Roma.

Su imponente presencia física, su voz cascada y con grano, su fuerte y peculiar acento, sus manos grandes y sus gestos rudos, su humanidad desbordante, nos hacían pensar en una vida vivida sin demasiado freno, una vida disfrutada a cada trago, a cada buen plato de comida (pasta con salsa de tomate y ajo, posiblemente), a cada cigarro, a cada postre (cannoli, por supuesto).

Con todo, Gandolfini es ya, desde hace más de una década, un actor inmortal, un icono de esta época, gracias a su papel como Tony Soprano en la que sin duda es la serie que ha marcado un antes y un después en la historia de la televisión, la madre de todas las series de esta era dorada en la que las ficciones adultas y complejas se han refugiado en la pequeña pantalla como nuevo teatro popular de pasiones e identificaciones universales, actualizando la mejor tradición aristotélica y shakesperiana.

Porque el culto a Tony Soprano, mafioso en chándal y bisutería, “criatura abismática y autoconsciente” (Iván de los Ríos), “hombre de grandes apetitos y todos los vicios, mezcla de lo exótico y lo ordinario”, como lo describe Noël Carrol en el muy recomendable libro Los Soprano forever (Errata Naturae), se ha convertido también en el culto a Gandolfini, que le dio cuerpo, peso, hondura, zozobras y matices hasta ahora insospechados a un personaje de su estirpe a lo largo de las seis gloriosas temporadas (1999-2007) que duró en antena, para pena de sus millones de fieles, renovados empero a cada instante, la serie creada para la HBO por David Chase.

Con su gigantesca composición, Gandolfini humanizó al gángster, tumbó al criminal sin escrúpulos en el diván del psicoanalista, profundizó en los roces, miedos, mentiras y rencores de la familia de clase media, bajó a la tierra de lo cotidiano y lo banal a una figura tantas veces estereotipada o simplificada por el cine y la televisión, consiguiendo que un tipo que sería fácilmente odiado o repudiado moralmente acabara por conquistar los corazones y la empatía incondicional de una audiencia masiva. Pequeño milagro de la narración televisiva y la serialidad bien entendida y mejor construida.

Con Tony Soprano, Galdolfini accedía además a un muy visible papel protagonista para el que su físico, su tipología de italoamericano excesivo o violento, no parecía estar destinado. Nacido para ser ese secundario indispensable en películas de género criminal o de mafiosos de barrio, el actor de carácter alcanzaba con su personaje un lugar en el olimpo catódico, una conquista y una prisión al mismo tiempo, la culminación del sueño de todo intérprete, pero también trampa mortal una vez que tu personaje se ha convertido ya en un mito, en un ente con vida propia.

Si hasta Los Soprano lo habíamos visto en pequeños papeles en títulos como Amor a quemarropa, Marea roja, La noche cae sobre Manhattan, Perdita Durango, Acción civil, 8mm, El hombre que nunca estuvo allí, Todos los hombres del rey o The Mexican, después de la mítica serie las cosas ya nunca serían iguales: Galdolfini ya no podría ser un actor de reparto o un protagonista más, un nuevo personaje, sino el mismísimo Tony Soprano sacado de contexto, acarreando un peso tal vez demasiado grande encima.

Con todo, lo vimos y disfrutamos recientemente en papeles y títulos estimables como In the loop, de Armando Ianucci, como un Teniente General del ejército norteamericano, en Killing them softly, de Andrew Dominik, como heterodoxo asesino a sueldo, o en La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, interpretando al Secretario de Defensa Leon Panetta, donde su sola presencia en una sala de mandos era ya todo un espectáculo en sí mismo.

Descanse en paz el hombre y el actor. Larga vida al mito.

El último parpadeo (Chris Marker, 1921-2012)

Manuel J. Lombardo | 30 de julio de 2012 a las 15:35

A sus 103 años, recién salido del hospital, con nueva película por estrenar y rodando ya la siguiente, Manoel de Oliveira sigue enterrando a los más grandes y longevos cineastas de nuestro tiempo. Esta mañana, justo un día después de su 91 cumpleaños, conocíamos la muerte de Chris Marker (1921-2012) a través de una escueta y emotiva nota del crítico Jean-Michel Frodon publicada en las redes sociales: “Un monde plus vide et plus triste: Chris Marker n’y est plus”. En cuestión de minutos, el orbe cinéfilo más selecto se unía en un sincero duelo colectivo por la pérdida del que sin duda ha sido uno de los más grandes creadores audiovisuales: escritor, fotógrafo, cineasta, ensayista, pensador, memorista, amante de los gatos y las chicas guapas y activista sin rostro de las imágenes y los sonidos que ha atravesado la mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI con una constante inquietud por la búsqueda de formas pensantes, musicales y hermosas capaces de explicar el mundo, su belleza, su misterio, sus miserias y sueños utópicos,  para mostrarlo desde una mirada siempre lúcida, joven y perpleja, siempre en paralelo a los avances tecnológicos (de lo analógico a lo digital pasando por el vídeo) puestos el servicio de la creatividad, el juego, el pensamiento y el trabajo artesanal en el taller-laboratorio, alejado de toda circunstancia comercial o coyuntura industrial.

No hace ni dos semanas que celebrábamos aquí la aparición en España de un segundo cofre con varias piezas de Marker en el sello Intermedio, el único que se ha atrevido a presentarnos como se merece al autor de Lettre de Sibérie, La jetée, Le jolie mai, Loin du Vietnam, Le fond de l’air est rouge, Sans Soleil, Recuerdos del porvenir, El último Bolchevique, A.K., Level 5, Gatos encaramados, Inmemory, Roseware y otros proyectos siempre heterodoxos, inclasificables y pioneros en su búsqueda de nuevos formatos (el foto-relato, el documental creativo, el cine-ensayo, el retrato, el diario de viaje, la instalación, el CD-ROM interactivo, la alteridad virtual en plataformas como Second Life) a través de los que poner en juego eso que Isaki Lacuesta (Las variaciones Marker) llama “el instante del parpadeo que no quiere escondernos nada, sino abrirnos los ojos”.

Porque es en el montaje, en el trabajo intersticial entre planos, en la creación de estructuras plenas, autónomas e intransferibles donde reside buena parte del genio markeriano, más allá incluso de su don de haber estado siempre donde había que estar, de haber colocado su objetivo en el rincón preciso del acontecimiento o en el ojo del huracán de la última revolución para intentar cambiar el mundo.

Nada mejor que recuperar los dos cofres de Intermedio o visitar su canal en Youtube para rendirle homenaje; o revisar las dos únicas publicaciones en castellano que han estudiado y analizado a fondo su trabajo: Mystère Marker. Pasajes en la obra de Chris Marker, que acompañó la retrospectiva que le dedicó el Festival de Las Palmas en 2006, y C.M.: Retorno la inmemoria del cineasta, un libro editado como complemento de una exposición que, sí, señores y señoras, pudo verse en el CAAC sevillano allá por el 2000.