Archivos para el tag ‘Pablo Llorca’

El mundo que es

Manuel J. Lombardo | 13 de mayo de 2013 a las 10:59

La importancia de una película como Recoletos (arriba y abajo) es inversamente proporcional a la provocadora y consciente austeridad de su cartel, a su breve duración, a su reparto de segunda (o no tanto) o a su aspecto amateur (la película está rodada en vídeo digital) y aparentemente poco trabajado, nada nuevo por otra parte en el último cine de Pablo Llorca, sobre todo desde que abandonara drásticamente los modos de producción tradicionales que alumbraron sus primeros filmes (Venecias, Jardines colgantes), hoy títulos de culto, para enrocarse en una auténtica independencia autofinanciada y de principios estéticos insobornables que sigue dando sus frutos (La cicatriz, El mundo que fue y el que es) lejos de toda visibilidad.

Recoletos (arriba y abajo) es una película importante porque se atreve a hablar de lo que no habla ya nadie en el cine español, a saber, se atreve a hablar de España, del aquí y ahora, pero también del franquismo y su herencia oculta (o no tanto), de la Transición, de las castas y las clases dirigentes, de las traiciones de la izquierda a su ideario progresista después de llegar al gobierno. Y todo ello desde la más elocuente y sobria sencillez, a través de un preciso cuento moral sobre el fracaso de la alta burguesía y sus juegos y estrategias de poder (que incluyen, como no, un cierto aire de superioridad) encarnado en un empresario de mediana edad cuya estabilidad de adúltero consentido y profesional de éxito será zarandeada por la aparición en su vida familiar de un siniestro personaje del pasado.

Llorca hace de la limitación virtud asumiendo un esencialismo bressoniano y langiano en la puesta en escena que evita engorrosos planos de conjunto con un repertorio de encuadres con el aire justo para hacer respirar al drama. De igual forma, su narración clásica funciona como un engrasado mecanismo de relojería, tan precisa en lo estrictamente visual (muerte del suegro) como efectiva en su montaje o en sus escenas dialogadas, a mitad de camino entre el costumbrismo y la desafección.

Un filme importante, en fin, porque desafía la inteligencia y la memoria de su espectador más allá de toda estética, de toda moda cinéfila o todo discurso sobre la Historia. Lenguaje cinematográfico depurado funcionando a su máximo potencial con unos elementos mínimos. Extraterritorial e insumiso, político y radical en el sentido más literal, Pablo Llorca ha hecho la que posiblemente sea la mejor película española del año.

Recoletos (arriba y abajo). España, 2012, 75 min. Dirección y guión: Pablo Llorca. Fotografía: Wiro Berriatúa. Intérpretes: Jaime Pujol, Zay Nuba, Cesáreo Estébanez, Beatriz Pecker.

*Crítica publicada originalmente en Diario de Sevilla con motivo del concurso de la película en el SEFF’2012.

Círculo de cine bizarro

Manuel J. Lombardo | 2 de julio de 2012 a las 22:56

Carlos Vermut debuta en el largometraje con Diamond Flash, inclasificable “thriller dramático de mujeres, con superhéroes y algo de giallo” que puede verse en Internet

Otro cine español es posible, sí, pero fuera de lo que entendemos por “cine español” y de sus circuitos habituales de consumo o apreciación institucional. Diamond Flash, cinta que circula hoy por festivales más o menos alternativos (de Sitges a Abycine, del Rizoma al D’A de Barcelona) y que puede verse en estupendas calidades por la módica cantidad de 2’95 euros en Filmin.es, se emparenta con esa nueva práctica del off industrial que, como los últimos trabajos del siempre austero Pablo Llorca (Uno de los dos no puede estar equivocado, El tiempo que fue y el que es) o los dos últimos títulos del iconoclasta Juan Cavestany (Dispongo de barcos, El señor) y, en divisiones estéticas muy alejadas, parecen dispuestos a renovar o dinamitar viejas tradiciones de nuestro cine bajo las claves de la producción artesanal low-cost, el revisionismo histórico-político o, como en el caso que nos ocupa, el posthumor más absurdo, surreal y desprejuiciado.

Avalada por una inteligente campaña viral en las redes sociales y sus plataformas mediáticas (el programa La Nube, de La2, esta pasada semana), Diamond Flash se abraza a las hechuras del cine de presupuesto exiguo, limpio tratamiento digital (la cinta ha sido rodada en HD con una cámara fotográfica de última generación), rigor formal y absoluta libertad de navegación intergenérica para desplegar una extraña suerte de narrativa laberíntica y cifrada contaminada por las nuevas formas del absurdo, las continuas referencias cruzadas a la cultura pop (eminentemente nacional) y una alegre cinefilia entendida como disolución de fronteras entre lo autorial, lo popular y el exploit, o lo que es lo mismo, entre Godard y Argento, entre Haneke y Carpenter, entre Buñuel y Franco, entre Bergman y Ozores, entre Jaime Rosales y La hora Chanante.

Tiraremos del tópico para decir que la película de Carlos Vermut (Madrid, 1980), cortometrajista (Maquetas), ilustrador y dibujante de cómics (El bayán rojo, Plutón BRN Nero), es un auténtico “ovni cinematográfico”, a saber, un objeto audiovisual no identificado, o al menos, extraterritorial y, por tanto, sospechoso, dentro de nuestro cine. Sin embargo, en ella conviven, o al menos así quiero verlo yo, la parodia despiadada de ese costumbrismo realista del cine de temática social tan caro a la tradición patria, con todas sus claves sobre asuntos graves y serios como la violencia de género o la pederestia en el epicentro de alguna de sus tramas, y el coqueteo con las figuras (el superhéroe enmascarado) y las señas estilísticas (el cuidado trabajo de planificación e iluminación, los brotes súbitos de violencia) de cierto cine de terror y misterio de bajo presupuesto.

Vermut vacía de referentes espacio-temporales precisos una cinta empeñada en abrirse paso hacia la depuración, la abstracción y el desconcierto, en un proceso episódico (podría hablarse de viñetas con enormes agujeros negros entre ellas) por el que, en todo caso, se cuelan citas, guiños, diálogos, músicas (de Bach al electropop) e imágenes (Rocío Jurado, Rocío Dúrcal, la preparación de unas judías con chorizo, un  cojín musical de Bob Esponja, los posters de El extraño viaje y Un hombre y una mujer, colgados en la pared) que remiten a un mundo posible o a una tipología paródica o caricaturesca de los personajes que subvierte los estereotipos de la pareja en crisis o la familia como núcleos de una normalidad siempre desafiada.

Diamond Flash nos trae también otros rostros, otros cuerpos y otros tonos y granos dentro de su apuesta indisimulada por la palabra y el diálogo como mecanismos para la dilatación temporal y el extrañamiento. Un estimulante elenco de desconocidas actrices –Ángela Boix, Rocío León, Eva Llorach o Victoria Radonich– traza una polifonía de gestos y cadencias que funcionan para el propósito del distanciamiento sin que asome por ningún lado ese molesto reconocimiento de tics que tanto suele anclar al cine nacional en tipos e inercias interpretativas.

Historia de un secuestro infantil, de sus dos secuestradoras enamoradas (salidas de una película de Nicholas Ray remezclada por Godard), de un superhéroe enmascarado que resuelve y desaparece dejando una estela roja a su paso; historia improbable de una reconciliación entre hermanos con secretos íntimos, de brujas con acento argentino y torturas demoradas en plano fijo, Diamond Flash va levantando su estructura rizomática y delirante desde el trabajo sobre la duración y la perplejidad, entre los pliegues sombríos y las etapas cómicas de un viaje por un laberinto en el que todo, o casi todo, es posible.

Diamond Flash – Carlos Vermut – 128 min. – Filmin.es – 2,95 euros

 

 

El grado cero de Pablo Llorca

Manuel J. Lombardo | 21 de mayo de 2012 a las 22:13

Casa sin fin y Periférica co-editan nueve piezas documentales de Pablo Llorca, uno de nuestros cineastas más secretos, marginales e insólitos

El de Pablo Llorca (Madrid, 1963) es uno de los casos más singulares del último cine español. Desde que debutara allá por 1989 con Venecias, y a lo largo de varias películas de ficción (Jardines colgantes, Todas hieren, Las olas, La cicatriz, Uno de los dos no puede estar equivocado, Aníbal y el mundo) y documentales (Una historia europea, Smara), este cineasta-artesano y siempre extraterritorial ha ido adelgazando poco a poco sus producciones, también su estilo, cada vez más depurado, brechtiano y bressoniano, marginándose voluntariamente de todo contexto industrial como gesto (suicida) de auténtica independencia, gestionada desde su propia productora y distribuidora La cicatriz, para hacer películas lejos de cualquier tendencia o coyuntura autorial, pero, y esto es lo más sorprendente, sin renunciar tampoco a ciertas ambiciones de escala, género y narrativa (el cine histórico-político ambientado en épocas pasadas, los repartos amplios, numerosas localizaciones) que no cuadran a priori con el carácter povera de sus presupuestos.

Desde que abrazara el formato digital en La espalda de Dios (2000), parece como si Llorca se hubiera empeñado en hacer de él la herramienta ideal no sólo para el abaratamiento de costes y la autonomía de producción, sino también para aquilatar un cine de imágenes concretas y texturas limpias y cinematográficas que parecen buscan el esqueleto material del lenguaje como ejercicio de cuestionamiento de sus esencias fundacionales, una experiencia tan radical que, como no puede ser de otra forma, apenas ha encontrado visibilidad y distribución en nuestro país. Tanto es así que su último largo, El mundo que fue (y el que es), un filme que recrea, con un generoso reparto que podría haber salido de Amar en tiempos revueltos, los días de la represión franquista de algunos miembros de Partido Comunista de España a lo largo de varias décadas para arribar hasta el presente, apenas ha podido verse en el Festival de Las Palmas o en el I Festival de cine online Márgenes.

Lo que nos llega ahora, envuelto en una preciosa caja metálica, es Lo viejo y lo nuevo, nueve piezas cortas inscritas en el proyecto 6 Grados, recopilación de imágenes documentales de todo tipo de la que ha podido verse una selección en la galería Casa sin fin de Cáceres. Se trata de una pequeña selección de materiales y apuntes tomados con su cámara digital entre 2006 y 2009 en varios viajes, souvenirs, postales, gestos, esbozos, retratos, todos ellos de una sola toma, sin montaje y con sonido directo, algunos en plano fijo, otros con leves desplazamientos o reencuadres, que nos sitúan en una suerte de grado cero de la mirada ante rincones, personas o paisajes de Costa Rica, Berlín, Madrid, Finlandia, Nueva York, Lisboa, Salvador de Bahía, Burgos o Smara, siempre desde la sensación, como apunta bien Carlos Losilla, de que “la realidad nunca termina en los bordes del encuadre”: una pareja que se despide y se aleja en moto por la carretera, dos hombres que leen el periódico en un café, una niña que juega a las muñecas en el suelo de su casa, un grupo de cabañas de madera idénticas, una joven negra que anima y jalea a unos jugadores de baloncesto en la calle, el actor portugués Luis Cintra maquillándose antes de salir a escena, un trompetista y un pianista ensayando en su pequeño apartamento ante la mirada de dos mujeres, un afinador poniendo a punto el órgano de una iglesia o un profesor dando una clase a sus alumnos en la escuela de un campo de refugiados saharauis.

Ahí donde el proyecto Correspondencia(s) nos mostraba no hace mucho el potencial de los formatos digitales para nuevos modos de intercambio epistolar audiovisual, Llorca parece aquí apostar por el monólogo y el diario, en una versión mucho más solitaria y no necesariamente comunicativa, a saber, filmando unas fotografías temporales sin especial voluntad artística o transitiva, decidiendo a lo sumo el punto de inicio y el de corte, anotando, como se hace en un cuaderno de viajes, “imágenes que reflejan la realidad, la diversidad de la realidad, una realidad que se compone de lo que muere y lo que nace, de lo viejo y de lo nuevo”.

Lo viejo y lo nuevo – Pablo Llorca – Casa sin Fin / Ed. Periférica – 24 min. – Caja metálica – Incluye 9 stills impresos en color y ficha sobre el autor y su obra – 19,50 euros

 

 

————————————————————————————————————————————————

And now, for something completely different (2 DVD + 2 B.S.O.):

Diez negritos (1945) – René Clair – Versus – 93 min. – 11,95 euros

Diez negritos es una de esas películas sin autor (René Clair, nada menos) adscritas a la infancia, una de esas cintas que uno recuerda como experiencia iniciática en no se sabe bien qué tipo de misterios del cine y de la vida. Volvíamos a verla ayer con una misma inocencia, con una candidez que pronto revelaba el verdadero arte con mayúsculas del escenario y la interpretación (¡ese reparto memorable, con Barry Fitzgerald, Walter Huston y Judith Anderson!) en una de esas tramas whodunit tan caras a Agatha Christie. Poco importa la torpe resolución de la autoría de los crímenes, el placer está siempre en el trayecto, en los pequeños detalles.

 

Medianeras – Gustavo Taretto – Karma Films – 90 min. – 14,95 euros

El nuevo cine argentino empieza a buscar fórmulas de conciliación entre sus extremos. Medianeras, debut en el largo de Gustavo Taretto, podría ser una de esas películas-puente con su retrato sentimental y generacional sobre los nuevos solitarios entreverado de lecciones de Arquitectura y Urbanismo en tiempos de diseño gráfico, videoclubes y redes sociales. Javier Drolas y Pilar Pérez de Ayala se eluden y explican (demasiado) en voz alta como fórmula infalible para las identificaciones básicas y Taretto, que ya ensayó la fórmula en un corto homónimo, reescribe la comedia romántica para generaciones hedonistas y descreídas.

 

This must be the place – Gavin Friday y Varios – EMI – 78 mins. – 18 euros

A Sorrentino lo teníamos calado desde aquella Las consecuencias del amor en la que él solito había decidido señalarse como gran autor a golpe de énfasis y reciclaje posmoderno. El amigo de la familia y El divo no hicieron sino confirmar su tendencia, literal, a la impostura, que estalla de nuevo ahora en esta road movie con pedigrí pop en la que la banda sonora es, de largo, lo mejor del viaje: Gavin Friday pone las atmósferas elegíacas, The Talking Heads el tema que da título al film, The Pieces of Shit (David Byrne y Will Oldham) las canciones dramáticas, y Mantovani, Part, Iggy Pop, Jónsi & Alex y Julia Kent el resto del repertorio.

The Rum diary – Christopher Young – Lakeshore Records – 71 min. – 18 euros

Cuesta imaginarse a Christopher Young, especialista en materia siniestra, fantástica y terrorífica (Hellraiser, Copycat, Species) en un ambiente tropical y caribeño como el de esta odisea pegajosa y etílica por el desquiciado universo periodístico de Hunter S. Thompson. En todo caso, su versatilidad, una guitarra, una trompeta, unos bongos y un cierto aire televisivo, jazzístico e irónico le permiten salvar el escollo con la habitual profesionalidad. El resto de la ambientación y el tono relajado lo ponen el inevitable y festivo Dean Martin, la JD Band, el propio Johnny Depp y una Patti Smith en pantalón corto.