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Círculo de cine bizarro

Manuel J. Lombardo | 2 de julio de 2012 a las 22:56

Carlos Vermut debuta en el largometraje con Diamond Flash, inclasificable “thriller dramático de mujeres, con superhéroes y algo de giallo” que puede verse en Internet

Otro cine español es posible, sí, pero fuera de lo que entendemos por “cine español” y de sus circuitos habituales de consumo o apreciación institucional. Diamond Flash, cinta que circula hoy por festivales más o menos alternativos (de Sitges a Abycine, del Rizoma al D’A de Barcelona) y que puede verse en estupendas calidades por la módica cantidad de 2’95 euros en Filmin.es, se emparenta con esa nueva práctica del off industrial que, como los últimos trabajos del siempre austero Pablo Llorca (Uno de los dos no puede estar equivocado, El tiempo que fue y el que es) o los dos últimos títulos del iconoclasta Juan Cavestany (Dispongo de barcos, El señor) y, en divisiones estéticas muy alejadas, parecen dispuestos a renovar o dinamitar viejas tradiciones de nuestro cine bajo las claves de la producción artesanal low-cost, el revisionismo histórico-político o, como en el caso que nos ocupa, el posthumor más absurdo, surreal y desprejuiciado.

Avalada por una inteligente campaña viral en las redes sociales y sus plataformas mediáticas (el programa La Nube, de La2, esta pasada semana), Diamond Flash se abraza a las hechuras del cine de presupuesto exiguo, limpio tratamiento digital (la cinta ha sido rodada en HD con una cámara fotográfica de última generación), rigor formal y absoluta libertad de navegación intergenérica para desplegar una extraña suerte de narrativa laberíntica y cifrada contaminada por las nuevas formas del absurdo, las continuas referencias cruzadas a la cultura pop (eminentemente nacional) y una alegre cinefilia entendida como disolución de fronteras entre lo autorial, lo popular y el exploit, o lo que es lo mismo, entre Godard y Argento, entre Haneke y Carpenter, entre Buñuel y Franco, entre Bergman y Ozores, entre Jaime Rosales y La hora Chanante.

Tiraremos del tópico para decir que la película de Carlos Vermut (Madrid, 1980), cortometrajista (Maquetas), ilustrador y dibujante de cómics (El bayán rojo, Plutón BRN Nero), es un auténtico “ovni cinematográfico”, a saber, un objeto audiovisual no identificado, o al menos, extraterritorial y, por tanto, sospechoso, dentro de nuestro cine. Sin embargo, en ella conviven, o al menos así quiero verlo yo, la parodia despiadada de ese costumbrismo realista del cine de temática social tan caro a la tradición patria, con todas sus claves sobre asuntos graves y serios como la violencia de género o la pederestia en el epicentro de alguna de sus tramas, y el coqueteo con las figuras (el superhéroe enmascarado) y las señas estilísticas (el cuidado trabajo de planificación e iluminación, los brotes súbitos de violencia) de cierto cine de terror y misterio de bajo presupuesto.

Vermut vacía de referentes espacio-temporales precisos una cinta empeñada en abrirse paso hacia la depuración, la abstracción y el desconcierto, en un proceso episódico (podría hablarse de viñetas con enormes agujeros negros entre ellas) por el que, en todo caso, se cuelan citas, guiños, diálogos, músicas (de Bach al electropop) e imágenes (Rocío Jurado, Rocío Dúrcal, la preparación de unas judías con chorizo, un  cojín musical de Bob Esponja, los posters de El extraño viaje y Un hombre y una mujer, colgados en la pared) que remiten a un mundo posible o a una tipología paródica o caricaturesca de los personajes que subvierte los estereotipos de la pareja en crisis o la familia como núcleos de una normalidad siempre desafiada.

Diamond Flash nos trae también otros rostros, otros cuerpos y otros tonos y granos dentro de su apuesta indisimulada por la palabra y el diálogo como mecanismos para la dilatación temporal y el extrañamiento. Un estimulante elenco de desconocidas actrices –Ángela Boix, Rocío León, Eva Llorach o Victoria Radonich– traza una polifonía de gestos y cadencias que funcionan para el propósito del distanciamiento sin que asome por ningún lado ese molesto reconocimiento de tics que tanto suele anclar al cine nacional en tipos e inercias interpretativas.

Historia de un secuestro infantil, de sus dos secuestradoras enamoradas (salidas de una película de Nicholas Ray remezclada por Godard), de un superhéroe enmascarado que resuelve y desaparece dejando una estela roja a su paso; historia improbable de una reconciliación entre hermanos con secretos íntimos, de brujas con acento argentino y torturas demoradas en plano fijo, Diamond Flash va levantando su estructura rizomática y delirante desde el trabajo sobre la duración y la perplejidad, entre los pliegues sombríos y las etapas cómicas de un viaje por un laberinto en el que todo, o casi todo, es posible.

Diamond Flash – Carlos Vermut – 128 min. – Filmin.es – 2,95 euros

 

 

Ustedes, los vivos

Manuel J. Lombardo | 23 de abril de 2012 a las 22:08

“Apresúrate a gozar, tú que estás vivo, en tu cálido lecho, antes de que el gélido Leteo acaricie tu pie desnudo”

J. W. Goethe

Se edita en DVD ‘La comedia de la vida’, el hilarante cuarto largometraje del singular cineasta sueco Roy Andersson

El cineasta sueco Roy Andersson (Göteburg, 1943) estuvo ensayando más de treinta años antes de apuntalar su inconfundible estilo en esa perla escondida y sin parentela del cine contemporáneo que es Songs from the second floor (2000), Premio del Jurado en el Festival de Cannes e incomprensiblemente inédita en España más allá de los circuitos cinéfilos y festivaleros más selectos.

Treinta años de lentas, meditadas y espaciadas pruebas que tomaron forma en dos películas –A Swedish love story (1970), un relato romántico infantil en la estela realista de los nuevos cines del Este que se convertiría en un gran éxito local, y Giliap (1975), una cinta que, cuenta la leyenda urbana, provocó que Ingmar Bergman le aconsejara abandonar el cine para siempre –, y sobre todo en un puñado de memorables anuncios publicitarios para la televisión sueca en los que se fraguaba, cada vez de forma más depurada y precisa, una peculiar, distanciada y negrísima mirada cómica a la condición humana y sus miserias construida sobre la figura formal del plano fijo, la profundidad de campo, la duración, la disposición y los movimientos de los personajes en el encuadre, un particular tratamiento cromático y escenográfico de corte retro y un sentido del gag emparentado con el cine mudo o con una suerte de “Tati pesimista y distópico”, en palabras del crítico David Bordwell.

El universo expresionista, despojado y altamente estilizado del cine de Andersson pasa siempre por la reconstrucción y el artificio, por el trabajo artesanal, minucioso y perfeccionista en el plató, por la creación de unos espacios de tonalidades verdosas y desvaídas que, en su asimilación al plano fijo y la perspectiva, devienen el perfecto ámbito de significación para la viñeta y el fragmento minimalista y discontinuo, sin duda heredado de su experiencia publicitaria, como escenario grotesco de los avatares de unas criaturas solitarias de estirpe kafkiana y singular fisonomía que apechugan como pueden con la condena de estar vivas, o casi (¡esa palidez delatora!), en un mundo absurdo, uniformado e injusto movido por los hilos invisibles de un demiurgo caprichoso y poco complaciente.

Si todos estos elementos se desplegaban ya con toda su mueca siniestra (¡esas filas humanas entrado en un camión-cámara de gas!) en los sardónicos tableaux vivants de Songs from the second floor, una cinta nacida de un poema de César Vallejo, La comedia de la vida (Du levande, 2007), esta vez a partir de una cita no menos reveladora de Goethe, prolonga el trazo anderssoniano en sus hallazgos formales, revisitando algunos asuntos, personajes, tipos y lugares conocidos (el bar, la cocina, el hall con ascensor, la taquilla de la estación del tren, las salas de reuniones de ejecutivos, los salones de celebraciones…), aligerando muy levemente el trasfondo pesimista (tan sólo un poco, no crean, los bombarderos que sobrevuelan la ciudad en el último plano son concluyentes) al son de una marcha de banda de ragtime, para retomar de nuevo el sketch como glorioso marco para la reflexión, lúcida y pesimista, apocalípticamente cómica, como tal vez no puede ser de otra manera, sobre nuestros días aciagos de bonos con trampa, suegras sádicas, vecinos molestos y ejecutivos sin escrúpulos.

Bastan dos memorables secuencias, y en La comedia de la vida hay muchas donde elegir, para situar a Andersson en el podio de la mejor comedia contemporánea, en la estirpe de ese posthumor de la Nueva Comedia que tanto se reivindica hoy y del que sus anuncios y dos últimas películas podrían ser pilares fundacionales: la de la pesadilla de ese pobre operario en la que tira del mantel de una lujosa mesa burguesa ante la atónita mirada de los invitados para destapar unas cruces gamadas impresas en la superficie; o esa otra en la que el mismo personaje asiste a su delirante juicio por “grave irresponsabilidad” mientras su abogado gimotea y sus jueces se beben unas jarras de cerveza antes de proclamar, indolente tras su condena a la silla eléctrica, que “¡así es la vida!”.

La comedia de la vida (2007) – Roy Andersson – Cameo – 87 min. – 12,95 euros – (Sin extras)