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Anne y Jean-Luc, una historia de amor y revolución

Manuel J. Lombardo | 22 de enero de 2013 a las 0:25

Un año ajetreado es la segunda novela autobiográfica de Anne Wiazemsky (Berlín, 1947), nieta del ilustre escritor francés y Premio Nobel de Literatura François Mauriac, actriz adolescente en Al azar, Baltasar, de Robert Bresson, cuya experiencia relató en La joven (El Aleph), estudiante de filosofía, musa, actriz, amante y esposa (entre 1967 y 1979) de Jean-Luc Godard, novelista (Canines, El libro de las despedidas, El libro de los destinos), guionista y directora de algunos programas de televisión.

El año en cuestión va justamente del verano de 1966 al de 1967, el periodo en el que Wiazemsky, por entonces menor de edad y estudiante de bachillerato en tránsito hacia la Universidad, conoció y (se) enamoró a un Godard en pleno éxito recién separado de Anna Karina, con quien había rodado sus primeras y exitosas películas (Una mujer es una mujer, Vivir su vida, Pierrot el loco), un año intenso repleto de nuevas experiencias, dudas y conflictos familiares y personales que forjaron la personalidad adulta de una adolescente hermosa, confusa e inquieta y que culminaron con una boda secreta en un ayuntamiento suizo y el rodaje de una película, La Chinoise, que, en su adaptación del Pequeño Libro Rojo de Mao a una célula de “Robinsones del marxismo-leninismo”, iba a preludiar el espíritu que habría de inundar las calles poco tiempo después en mayo de 1968.

A partir de las notas de su diario de juventud, una lúcida, sincera y precisa Wiazemsky va desgranando poco a poco, siempre atenta a los detalles y sujeta al vaivén de los estados de ánimo, los acontecimientos excepcionales de aquel periodo convulso y maravilloso: la primera carta de amor que escribió al director de Maculino, femenino dirigida a la redacción de los Cahiers du cinéma, el primer encuentro con el cineasta, al que siempre retrata como un niño travieso, cariñoso y celoso, locuaz y seductor, tan tierno, cortés y tímido en la intimidad como seguro, autoritario e incluso agresivo en sus rodajes y apariciones públicas, las escapadas furtivas, las sesiones de cine para ver las películas de Lang, Rossellini, Renoir y Bergman o las comedias de Louis de Funès, los primeros encuentros sexuales, las angustiosas falsas alarmas de embarazo, las peleas continuas con su madre y su familia, que desaprobaba la relación desigual sin disimulos, o el despertar de su vocación como actriz, escritora o fotógrafa.

Si un Bresson siempre correcto aunque excesivamente paternal y protector era el protagonista de fondo de aquella primera novela de iniciación, un Godard entregado y furiosamente romántico lo es de ésta, aunque no sea exactamente una novela sobre el cineasta o su cine, sino más bien el relato de aprendizaje y formación de una joven de buena familia seducida por el crepitante ambiente cultural e intelectual del París de mediados de los sesenta, una ciudad efervescente por la que desfilan figuras como Jeanson, Cournot, Sartre, Merleau-Ponty, Sollers, Truffaut, Rivette, Coutard, Bertolucci, Barbara, Jeanne Moreau, Jean-Pierre Léaud, Jean Vilar o Maurice Béjart, un París que ella pasó de contemplar desde la barrera a protagonizar en primer plano, acompañando al que todos consideraban como el cineasta más genial de su generación.

Un año ajetreado puede leerse así en clave histórica y generacional, para aquellos lectores no cinéfilos o no interesados por la figura de Godard y su entorno, pero resulta especialmente recomendable para el conocedor y el seguidor del director de Al final de la escapada, en su retrato insólito tras el que se adivinan pasiones, sonrisas e incluso gestos de torpeza y ternura keatonianas que él mismo siempre se encargó de esconder tras sus gafas de sol. Si sus películas con Karina ya dejaban traslucir, entre las fracturas del lenguaje y la voluntad de épater la bourgeois, un profundo espíritu romántico escondido en la cinefilia y la pasión por la literatura o la música, el periodo de cortejo, seducción, inspiración y convivencia inicial con Wiazemsky nos revelan a un Godard mucho más frágil y transparente, a un tipo tal vez solitario y desesperado que buscó en el amor de una joven burguesa la protección para sus propias carencias.

Lo que vino después, fuera ya de las páginas de este libro, es de sobra conocido: una radicalización y una politización de Godard en su carácter y en sus prácticas cinematográficas que lo fueron aislando cada vez más del cine francés y de su propia esposa, y una carrera como actriz de Wiazemsky que se prolongó durante unos cuantos años junto a su esposo (Week-end, Todo va bien) o a cineastas como Pasolini (Teorema, Porcile) antes de la separación definitiva.

Un año ajetreado – Anne Wiazemsky – Trad. de Javier Albiñana – Anagrama – 224 págs. – 18 euros

 

 

La armonía que nace del ruido

Manuel J. Lombardo | 3 de diciembre de 2012 a las 23:09

En apenas unos años han visto la luz dos hermosos libros sobre el proceso de trabajo de Robert Bresson (1901-1999), el más depurado y esencial de los cineastas modernos, artífice de un método personal, riguroso e inimitable que ha creado más escuela en el cine contemporáneo de lo que él mismo o sus exégetas nunca hubieran imaginado.

El primero, La joven, aparecía en 2008 (El Aleph), y en él la actriz y escritora Anne Wiazemsky novelaba el recuerdo, preciso, en ocasiones torturado, del rodaje de Au hazard Balthasar (1966), en el que la por entonces joven aspirante a actriz, futura musa y amante de Godard, moldeaba su cuerpo, sus gestos y su mirada aún adolescentes bajo la mano firme de un Bresson implacable, perfeccionista y secretamente enamorado.

El segundo, Sombras de un sueño, acaba de aparecer en la editorial Contra que dirige Didac Aparicio, otrora responsable del exquisito e imprescindible sello de DVD Intermedio y hoy al mando de una nueva aventura empeñada en legitimar la literatura sobre temas de la cultura popular a golpe de originalidad, buen criterio y mejor gusto.

Sombras de un sueño, escrito por el ensayista Paul Guth (1910-1997) y publicado originalmente en Francia en 1945 (traducido ahora por Javier Bassas), no es otra cosa, pero qué gran cosa, que el diario del rodaje de Las damas del Bois de Boulogne, el filme de Bresson que, con diálogos de Jean Cocteau y protagonizado por María Casares y Paul Bernard, adaptaba un pasaje de Jacques el fatalista, de Denis Diderot.

Un diario, anotado entre el 10 de abril de 1944 y el 10 de febrero de 1945, preciso y detallado, objetivo y aparentemente distanciado, en el que un profano Guth (“abandoné mi butaca del Cine Palace para ir a ver lo que sucede detrás de la pantalla”) va dando cuenta de su propio descubrimiento del proceso de creación de una película, una película realizada en el marco altamente profesionalizado de los estudios del cine clásico francés que, sin embargo, iba a apuntalar ya los primeros destellos de la modernidad, cada vez más depurada, singular y cinematográfica, del Bresson de Diario de un cura rural, Un condenado a muerte se ha escapado, Pickpocket o Mouchette.

Percibimos en estas páginas como Guth va construyendo desde su capacidad de observación, digamos, no contaminada, el mejor correlato posible para descifrar las claves de ese misterio (el oficio) que hace del caos de un rodaje, del ir y venir de técnicos, ayudantes, maquilladores, productores, actores, figurantes, músicos o perros a tantos francos la hora, del lento proceso de preparación de un plano, de las discusiones, dudas, temores, recelos y hastíos de unos y otros, de las esperas, los parones obligados y los accidentes, un proceso que finalmente encuentra su emoción, su forma definitiva, fluida y autónoma, aparentemente ajena a toda idea de construcción previa, en una “película de intimidad trágica, con una tonalidad ligeramente florida, poco habitual en el cine, una película de rostros” (Cocteau), una película que va “del blanco puro al negro puro a través de una gama muy amplia de grises” (Bresson).

Como señala Gonzalo de Lucas en el prólogo que acompaña la edición, y siguiendo una idea también esbozada por Alain Bergala, “aprender a ver películas, justamente, pasa por reconocer esta otra historia, más secreta y privada, y casi siempre más tensa y contradictoria, que es la experiencia de un trabajo”, un trabajo que aquí se nos da a ver (a leer) sin la necesidad de convertirlo en un circo celebratorio y festivo (a la manera de La noche americana, de Truffaut), sino más bien a ras de tierra, en el día a día, persona a persona, sin jerarquías ni deslumbramientos, con el eco de las bombas alemanas y las alarmas sobre París resonando de fondo, con la distancia descriptiva justa y precisa que no enfatiza ni promociona el mundo del cine a la manera del reportaje periodístico al uso, sino que describe y ahonda en su materia y en su estética, en ocasiones con una prosa metafórica y lírica del altísimos vuelos (“el cine, purificado cada vez justo antes de empezar a rodar, va saltando de silencio en silencio, de soledad en soledad. Sus tumultos, sus muchedumbres, sus luces: sombras de un sueño”; “travellings agitados: ¿podría alguien trazar el calendario de una película a partir del polvo que se ve en la espalda del director?; “el camarógrafo la empuja [la cámara] contra sí, la incrusta en su carne, la acoge en su pecho. Sueña con convertirse en la cámara misma y captar imágenes por los poros de su piel”), en la construcción de ese “puente entre el trabajo y el arte”, en la modulación de esa “armonía que nace del ruido”.

Sombras de un sueño. Diario de rodaje de ‘Las damas del Bois de Boulogne’ de Robert Bresson – Paul Guth – Contra – 242 págs. – 19,90 euros

Au Hasard, Balthazar

Manuel J. Lombardo | 28 de marzo de 2012 a las 8:33

Desde los tiempos de The Smiths, no veíamos una portada tan hermosa y melancólica. Evidentemente, se trata de una imagen de Au Hasard, Balthazar (1966), de Robert Bresson, con una joven Anne Wiazemsky acariciando la cabeza del asno Balthazar. El grupo, Azusa Plane; el disco, Where the Sands Turn to Gold. Habrá que seguirles la pista. Estas cosas no pasan todos los días.