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¿Adiós al 3D?

Manuel J. Lombardo | 11 de diciembre de 2014 a las 9:06

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Este 2014 va camino de cerrar sus listas de lo mejor del año con una ausencia flagrante en la cartelera, o al menos con una ausencia vista en las condiciones originales y genuinas en las que fue concebida y realizada por su autor.

Hablamos de Adieu au langage (Adiós al lenguaje), de Jean-Luc Godard, Premio del Jurado en Cannes, un filme que, por diversas circunstancias, todas ellas oscuras y escurridizas, no sólo no se ha estrenado (el pasado 28 de noviembre) en España en su formato original en 3D, sino que lo ha hecho además con nocturnidad y alevosía, sin apenas promoción, con sólo tres copias en circulación para una exhibición convencional en Madrid y Barcelona.

Hace ahora cinco años, con el estreno de Avatar, nos vendieron (de nuevo) el 3D como la locomotora de la inminente digitalización de todos procesos cinematográficos, algo que, en efecto, ha terminado produciéndose aunque por el camino haya sido precisamente el 3D el más damnificado, una vez pasada la primera oleada de reclamo por novedad y se haya confirmado un descenso del interés del público por ver (y pagar de más) películas en formato estereoscópico; un formato al que, por cierto, le queda todavía mucho margen de mejora en lo que respecta a la luminosidad y las proporciones de las figuras como consecuencia del uso de las gafas.

Con Hollywood volcado en el gimmick tridimensional casi exclusivamente en el cine de gran espectáculo, los blockbusters y la animación infantil, algunos autores consagrados han probado también ensanchar los usos del 3D más allá de los efectos lúdicos habituales: Werner Herzog con La cueva de los sueños olvidados, Wim Wenders con Pina o Martin Scorsese con La invención de Hugo han trabajado el espacio, los volúmenes, las texturas y el movimiento buscando nuevas e interesantes soluciones de puesta en escena a la luz de la dimensión añadida. Todo ello por no hablar de cómo un cineasta experimental como Ken Jacobs ha llevado el 3D a unos límites extremos sobre la percepción ocular, el ritmo y la repetición.

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Godard siempre se ha manifestado abierto a la experimentación con nuevos soportes, formatos y tecnologías, especialmente desde que, a comienzos de los años 70, con títulos como Numéro deux (1975), fuera uno de primeros en integrar y utilizar la imagen video como marca esencial de su discurso ensayístico y reflexivo. Ya en 2012, dentro del proyecto colectivo 3x3D, el suizo adelantaba en el corto Les trois désastres algunos caminos de experimentación que su cine de capas superpuestas e imágenes en collage con textos, grafismos, músicas y palabras, podía llegar a alcanzar con el uso de esta nueva tecnología, y todo en ello sin necesidad de un gran presupuesto, a través de dos cámaras fotográficas alineadas y (de)sincronizadas para obtener los efectos tridimensionales sin apenas salir de casa y sin apartarse un ápice de sus temas y obsesiones de siempre.

Nuevo canto elegíaco por el fin de una civilización, exploración fascinante de la naturaleza sometida a la pintura tridimensional y entendida como textura, puñetazo en la cara de un tiempo sin memoria, nueva disección de la intimidad de la pareja, Adieu au langage no sólo es la esperada, hermosa, poética, crítica y lúcida obra de un maestro en su plenitud, sino toda una experiencia sensorial que reta al ojo a nuevos estímulos y ejercicios a partir de la exploración de la profundidad, la doble exposición, que obliga a que “cada ojo gestione por sí mismo”, el color o las texturas.

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Nada de eso puede percibirse plenamente en las copias en 2D que la distribuidora Vertigo ha puesto en circulación en nuestro país, cercenando el deseo y los propósitos experimentales de Godard, y frustrando a toda esa legión de fieles seguidores y cinéfilos que sostienen, no sin razón, que el director de Notre musique es el más grande de los cineastas de éste y de todos los tiempos.

La batalla de las acusaciones y reclamaciones se ha librado fundamentalmente en internet. Si Vertigo, que ha redactado una nota oficial exculpatoria poco convincente, acusa a los exhibidores de no haber querido la película en 3D para sus salas, algunos exhibidores devuelven la acusación diciendo que es la distribuidora la que no ha ofrecido siquiera esa posibilidad.

Diarios como La Vanguardia, El Mundo, Público o El Periódico se han hecho eco de la noticia y el debate, aunque ha sido la prensa especializada la que ha tomado partido más severo en el asunto. Una revista de gran tirada como Caimán-Cuadernos de cine dedica el editorial de su número de diciembre a denunciar el caso, una denuncia que se extiende al paulatino empobrecimiento de la oferta de exhibición en su conjunto, y no sólo en nuestro país, y a la ausencia de espacios alternativos para películas especiales como ésta, incluso cuando han sido compradas para su explotación comercial.

Mucho más allá en su denuncia va la revista Lumière, que ha redactado un breve manifiesto en el que acusa a los distribuidores de maltrato y secuestro de la película e incita a sus lectores a no acudir a las proyecciones en 2D o a esperar unos días a su inminente edición en Bluray, ésta ya sí en el 3D original y con suculentos materiales extra, para visionados colectivos y privados.

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Épica, didáctica y susurro de la Historia del Cine

Manuel J. Lombardo | 22 de enero de 2014 a las 7:18

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Con permiso de las Histoire(s) du cinéma de Godard, el logro más épico y autorreflexivo por contar la historia del cine y su tiempo a través de su materia, sus formas y su propio lenguaje, que no es otro que el del montaje y la asociación de imágenes y sonidos expuestos a sus más diversas variaciones y permutaciones, o de proyectos como los de Martin Scorsese sobre el cine norteamericano e italiano, The Story of Film: Una Odisea, la serie de más de quince horas del irlandés Mark Cousins, es posiblemente el documental más ambicioso de todos cuantos se han propuesto, en pleno cambio de paradigma de lo analógico a lo digital, acometer la tarea de contar el relato, uno de los posibles relatos, claro está, de la historia del cine con una voluntad general y divulgativa, aunando la perspectiva política, la estética, la económica, la tecnológica o la cultural sin renunciar, empero, al análisis en detalle y a la mirada subjetiva (dotada de una prosa de cualidades líricas) de su autor, historiador y responsable también del manual de referencia Historia del cine (Blume).

La plataforma virtual Filmin y el sello Avalon son los responsables de la llegada a nuestro país de esta serie emitida en 2011 por Channel 4, que podrá verse online a partir del próximo día 22 de enero y a cuya difusión esperemos siga pronto una edición en DVD-Bluray.

PORTADA TSOFDivida en 15 capítulos, The Story of Film nacía como un documental al uso para la televisión, pero fue alcanzando dimensiones que no se ajustan del todo al diseño de las parrillas y a la paciencia de los espectadores de hoy. Lo que en principio iba a ser un recorrido de 3 horas fue cogiendo cuerpo, tiempo de rodaje y kilómetros hasta convertirse en una serie de casi 1.000 minutos repleta de material y fragmentos restaurados y filmada a lo largo de 6 años en cuatro continentes, lo que da cuenta del sesgo global del proyecto, no exclusivamente centrado en las cinematografías occidentales y muy atento a los “cines del mundo”, reuniendo a algunos de los mejores cineastas vivos de todo el planeta (Lynch, Scorsese, Van Sant, Davies, Von Trier, Wenders, Ming Liang, Makhmalbaf, Loach, Lhurmann, Campion, Denis, Donen o Bertolucci) en entrevistas que explican las transformaciones y la evolución de las formas, la tecnología, la industria y la sensibilidad de los propios autores y el público a lo largo de doce décadas de historia.

Así, el episodio 1 nos lleva a Los albores de un nuevo arte (1895-1918) desde algunos de los estudios y localizaciones donde se rodaron las primeras películas y nos revela algunas curiosidades como que los guionistas mejor pagados de esa época fueron mujeres. En los episodios 2 y 3, El triunfo del cine americano y Los rebeldes del cine, que abarca desde 1918 hasta 1932, desarrolla la primera Era Dorada, aún muda, del cine americano, cuando Hollywood era el epicentro de la industria del entretenimiento mundial. Es la época de Chaplin y Keaton, pero también la de algunos rebeldes iconoclastas como Stroheim, Flaherty o Dreyer, el Expresionismo, el Surrealismo y el despegue de cinematografías como la japonesa y la china.

El episodio 4 se centra en el apogeo del cine clásico en los 30: Los grandes géneros y el surgimiento del gran cine europeo. Es la década de Hawks, Ford y Hitchcock. El capítulo analiza con detenimiento tres estupendas películas de 1939: El mago de Oz, Lo que el viento se llevó y Ninotchka.

El Neorrealismo italiano, Orson Welles o La Caza de Brujas son tratados en el episodio 5, La Guerra y los nuevos lenguajes (1939-1952), mientras que la apertura de los años cincuenta ocupa el sexto, Sexo, pasión y rabia (1953-1957), que viaja a Egipto, India, China, México, Reino Unido y Japón para descubrirnos a Satyajit Ray, Chahine o Buñuel, única presencia española en la serie junto a Erice y Almodóvar.

El Nuevo Cine Europeo (Fellini, Bergman, Pasolini) y las Nuevas Olas son los protagonistas de los episodios 7 y 8, que se adentran en la modernidad de los sesenta, mientras que el episodio 9 (1967-1979), glosa el gran cambio generacional, temático y formal del Nuevo Cine Americano a través de cineastas como Kubrick, Polanski, Hopper, Schrader, Scorsese, Spielberg o Coppola.

El episodio 10, Directores de un cine radical (1969-1979), nos devuelve a los autores europeos de la década, con protagonismo del alemán Wenders o el británico Loach, y se acerca también a Australia, Japón, África y Sudamérica como focos de nuevos lenguajes e identidades fílmicas tras la emancipación colonial.

Con los 70 (episodio 11) se producen grandes cambios en la cultura popular. Aparecen los primeros multicines y se estrenan La guerra de las Galaxias, Tiburón y El exorcista, los tres grandes blockbusters de la nueva era. En la India, Amitabh Bachchan se convierte en una estrella nacional desde las exuberantes producciones de Bollywood.

mark-cousins6Los 80 (episodio 12) vienen marcados por las protestas contra el conservadurismo de Reagan y Thatcher. También es la década del cine chino de la quinta generación y del cine soviético que empieza a cuestionar el pasado. En los 90 (episodio 13) Kiarostami revoluciona desde Irán la forma de hacer cine para cuestionar las fronteras del realismo. El final de la década (episodio 14) verá cómo la tecnología digital cambiará para siempre la manera de hacer las películas y su superficie. Es también una época marcada por la posmodernidad paródica de los hermanos Coen y Tarantino. En el último episodio, El futuro del cine, se verá el impacto del 11 de septiembre, el surgimiento de nuevos cines nacionales como el rumano, a David Lynch como patriarca del cine digital más a la vanguardia o a Sokurov como uno de los grandes renovadores de la imagen en el siglo XXI.

Sicilia Paradiso!

Manuel J. Lombardo | 30 de abril de 2012 a las 22:59

Viajar se ha convertido en algo cada vez más engorroso e incómodo para mí. Si no fuera por Angélica, que me anima a moverme y se encarga de la intendencia de las reservas, los vuelos, los itinerarios y todo lo demás, creo que no iría más lejos de La Pañoleta.

Estos días atrás hemos estado en Sicilia, más concretamente en Palermo, desde donde hemos hecho algunas excursiones en las que, además de las habituales estampas del turista accidental low-cost, he seguido desarrollando mi particular y poco original mirada cinéfila al paisaje y el paisanaje locales.

Esta vez no he perdido el tiempo, como ya me ocurrió en una visita a Ferrara hace unos años, buscando la inexistente casa natal de Michelangelo Antonioni. Ni siquiera nos hemos acercado a Noto, en el otro extremo de la isla, donde éste rodó las escenas finales de La aventura que tanto me recuerdan a un cuadro de Di Chirico. Aquí ha sido todo más casual e involuntario, y el asalto de la memoria no ha estado tan movido por la mitomanía o el fetichismo cinéfilo. Así, en la ruidosa y estimulante Palermo me paseé con cierta indiferencia por delante de la escalera del Teatro Massimo en la que Coppola filmó la tercera entrega de El Padrino, la misma en la que caía muerta, abatida por los disparos, su hija Sophia en la escena final. Ni siquiera entramos.

En la misma Piazza Verdi se encuentra también el cine Rouge et Noir, que conserva un cierto aire modernista en su hall aunque ha sido dramáticamente remozado en su interior para terminar por parecerse a esos cines del centro de cualquier ciudad de provincias reformados en los ochenta y con tapicerías sintéticas de color naranja.

Entramos a ver, parecía oportuno, To Rome with love, la nueva película europea de Woody Allen, esta vez a costa de la film comission romana. El neoyorquino hace ya tiempo que va con piloto automático, escribiendo lo primero que le sale, mostrando una absoluta desgana por el proceso de rodaje, si acaso encantado de pasar 4 ó 5 semanas en los mejores hoteles y restaurantes de Barcelona, París, Londres, Oviedo o, como ahora, de la ciudad eterna. Su película es lamentable, una colección de desafortunadas piezas cómicas alla italiana en las que cualquier asomo de talento, gracia u originalidad son pura coincidencia. Darius Khondji filma la ciudad en relamido modo de postal de ferragosto y el elenco, incluida nuestra cada vez más loreniana Penélope Cruz, da la sensación de contentarse con aprovechar el tiempo libre después de cada jornada de trabajo. Hasta Roberto Benigni, tristemente envejecido, parece fuera de sitio en el que hubiera sido su terreno natural.

No muy lejos del cine descubrí por azar la estupenda librería dello spettacolo Broadway. Entre libros de cine nuevos y viejos, demasiados para elegir uno en tiempos de economía de crisis, encontré ese DVD que siempre me traigo de vuelta de cualquier viaje, a ser posible acorde con el lugar y su cine. Se trata de una preciosa edición de la Cineteca de Bologna con los cortometrajes documentales de Vittorio de Seta (1923-2011), el director de la emblemática Banditi a Orgosolo (1961), “antropólogo con mirada de poeta”, como lo define Scorsese en un artículo del libro que acompaña la edición y en el que también escriben Roberto Saviano o Alberto Farassino.

Se trata de sus primeros filmes de los años cincuenta (1954-1959), documentales sobre pescadores, agricultores, artesanos y contadini sicilianos y sardos que muestran un mundo arcaico en vías de extinción, una prolongación de aquella mirada de Visconti en La terra trema que hoy tal vez siga teniendo continuidad en el cine italiano en la obra de Michelangelo Frammartino (Le quattro volte).

También había un cierto trasfondo cinéfilo en el viaje en un pequeño coche alquilado que hicimos a Segesta y Erice. En la primera, no muy lejos del teatro y el templo dóricos entre montañas, rodaron Jean-Marie Straub y Danièle Huillet su imprescindible Sicilia! (1999), a partir de textos de Vasco Pratolini, la película más musical de todas las que conozco en su forma de filmar el habla, el acento, la cadencia del lenguaje local expuesto a un espectacular y preciso ejercicio de vaciado.

A Erice llegamos en el funicular que sale de un extremo de la ciudad de Trapani, un espantoso trazado de calles atestado de suciedad y coches, sin un árbol a la vista. El pequeño pueblo medieval encaramado a la montaña domina un paisaje panorámico con el mar y las salinas al frente y los valles a su alrededor. Realmente impresionante, más aun cuando se sube colgado en el vacío, en inquietante silencio, en la cabina del teleférico. Una vez arriba, el turismo de llegar-mirar-y-marcharse vuelve a imponer su dictadura barata y multicolor a unas calles de piedra ocre que conducen siempre a unos mismos lugares, cafés y pasticcherias con zona Wi-Fi y tiendas de souvenirs con productos supuestamente típicos. En todo caso, la vista del Castillo di Venere o de la iglesia de San Giovanni perduran en la retina. Son ésas precisamente las imágenes que Martin Scorsese hace aparecer en el prólogo de su estupenda serie documental sobre el cine italiano Il mio viaggio in Italia (1999) para recordarnos que sus antepasados, los padres de sus abuelos, proceden precisamente de Erice, desde donde partieron a finales del siglo XIX para instalarse en las calles de Little Italy, en Nueva York.

Animados por los consejos de mi amigo Antonio, a quien pienso pedir explicaciones, decidimos pasar el día e incluso hacer noche en Cefalú, un pueblo pintoresco en la costa 70 kilómetros al Este de Palermo; por lo visto, y más allá de su pequeña playa familiar, el lugar ha alcanzado fama añadida después de que Giusseppe Tornatore rodara allí algunas escenas de Cinema Paradiso. Resulta curioso comprobar cómo el cine popular ha funcionado aquí precisamente como elemento aniquilador de lo popular. Atestado de turistas como nosotros en sus tres calles principales, Cefalú también ha acabado convertido en un decorado de película de Tornatore, pero tal vez de un Tornatore del futuro, que lo habrá, no lo duden. A propósito de todo esto, me he acordado de aquella escena de Caro Diario en la que Nanni Moretti ironizaba con el político de un pueblo de las islas Eolias sobre la pertinencia de convertir el lugar, “tutto nuovo”, decía, en un gran decorado iluminado por Vittorio Storaro y con banda sonora permanente de Ennio Morricone, shan-shan

Si la película de Tornatore nos resulta ya un indigesto cannolo nostálgico por el que los años y los segundos visionados pasan como losas, pasear por lo que queda de su idealización de la Sicilia de los años 50 y 60 resulta aún más triste si cabe. Otro dèja vu: toda Italia se encuentra estos días en plena campaña para las elecciones municipales del próximo fin de semana. Como en una de tantas películas de Don Camilo protagonizas por Fernandel, no hemos dejado de escuchar mítines en las plazas o anuncios vociferados (con música de fondo de Cinema Paradiso, cómo no) desde los altavoces de los coches ante la indiferente o la perpleja mirada de los forasteros y la escasa atención de los lugareños, que parecen mucho más pendientes de atender a los visitantes en bermudas que de sus propios líderes políticos.

Como ejercicio de normalidad entre tanto estímulo turístico, decidimos una vez más meternos en el cine. En el pequeño y centenario Cinema Francesca, regentado por dos entrañables ancianos que hacen simultáneamente de taquilleros, porteros, acomodadores y vendedores de refrescos, echaban Bel Ami, la adaptación del relato de Maupassant protagonizada por el pálido e insufrible Robert Pattinson: un (previsible) espanto academicista y sin alma que vimos con desgana y mucha humedad en una sala igualmente destrozada por las malditas reformas de la modernidad.

Toca ahora reposar y volver a la rutina, tal vez para ver de nuevo la Sicilia! de los Straub, revisar las escenas finales de El Padrino 3 o incluso, si me apuran, las de Cinema Paradiso, qué remedio; pero sobre todo, dedicarle el tiempo y la atención que se merece il mondo perduto que atesoran los cortos de De Seta, el de esos auténticos y viejos sicilianos de verdad que, por suerte o desgracia, no conocieron estos tiempos de realidades de cartón piedra y escenarios para la épica pullmantur.