Archivos para el tag ‘Tabu’

Furtivos en el Paraíso (Tabú)

Manuel J. Lombardo | 18 de enero de 2013 a las 18:59

Al son de las Variações pindéricas sobre Insensatez al piano de Joana Sá, sobre unas imágenes de tiempo impreciso de la selva africana en blanco y negro, Tabú se ofrece como uno de los más hermosos y libérrimos obsequios del cine de la temporada. El tercer largomeraje de Miguel Gomes (A cara que mereces, Aquele querido mes de agosto) se impregna de la saudade que atraviesa el cine portugués para reescribir la imagen muda bajo la silueta vigilante del Monte Tabú, espacio mítico que remite, sobra decirlo, al filme de Murnau y Flaherty de 1931, pero también, no es menos obvio, como veíamos en La ultima vez que vi Macau, al pasado colonial portugués como espacio para invocar a los fantasmas, las arcadias y los paraísos perdidos, los romances imposibles y trágicos, el eco aún vibrante de las melodías de un pick-up en una fiesta de verano.

Las dos mitades de Tabu trabajan sobre una misma materia, mirando hacia el pasado desde el presente, retroalimentándose la una a la otra en perspectiva entrelazada: en la primera, una anciana, su criada caboverdiana y una vecina transitan sus soledades por una Lisboa desdibujada y abstracta; en la segunda, impulsada por la palabra fabuladora e hipnótica del personaje de Ventura, se reconstruye la herida del pasado, aquel romance prohibido “en una granja en África”, una de las muchas ironías y sutiles guiños cinéfilos de la película, juguetona como pocas, que marcó la vida de sus protagonistas, amantes furtivos, cazadores cazados en un territorio de la felicidad vigilado por un caimán escurridizo y acechado por la muerte y la revolución libertaria.

Es posible que esta segunda parte nos seduzca más en su liviano y musical flujo de palabra, imagen (sin diálogos) y sonido (ambiental, caprichoso, libre), en su precisión narrativa y sus fogonazos líricos, también en sus juegos extemporáneos (el play-back al son de una canción de los Ramones), pero todo en ella reverbera y se proyecta hacia el presente. Así, Tabú se cierra en círculo, de nuevo con esas variaciones jobimianas resonando, celebrando el propio cine y su infinito potencial poético para encarnar y resucitar a los espectros, al recuerdo más vívido y fulgurante.

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Portugal, año cero

Manuel J. Lombardo | 1 de enero de 2013 a las 23:11

El año 2012 ha visto cómo las autoridades portuguesas eliminaban toda ayuda a la cinematografía como consecuencia de la crisis económica y los recortes. Ninguna película se ha rodado este año en el país luso con subvenciones estatales, fundamentales en una cinematografía sin base industrial, mercado, ni público. Incluso una institución ejemplar como la Cinemateca Portuguesa veía cómo desde el pasado noviembre no podía subtitular ya las películas extranjeras de su programación ante la falta de presupuesto. Las gentes del cine portugués se manifestaban en mayo en la plaza de São Bento mientras en una pantalla improvisada se proyectaban secuencias de algunos de los más importantes títulos de su historia en una emocionante sesión pública atravesada por un gran sentimiento patrimonial colectivo.

Paradójicamente, 2012 vio también como el cine portugués se alzaba como el más importante y hermoso de cuántos se hacen hoy en Europa, quién sabe si en el mundo, gracias a una serie de títulos (Tabú, de Miguel Gomes, A última vez que vi Macau, de Rodrigues y Rui Guerra da Mata, Gébo et L’ombre, de Oliveira, A vingança de uma mulher, de Rita Azevedo, Linhas de Wellington, de Valeria Sarmiento, É na Terra não é na lua, de Gonçalo Tocha, los proyectos colectivos salidos de Guimarães y Vila do Conde, con mediometrajes de Pedro Costa, Aki Kaurismäki, Víctor Erice, Thom Andersen o Sergei Loznitsa) que no han parado de cosechar premios a su paso por los principales festivales internacionales o que aparecen insistentemente en las listas de los mejores filmes del año.

Tutelado por el patriarca Manoel de Oliveira, que se cura un resfriado tras otro mientras algunos de sus más ilustres discípulos como Paulo Rocha (fallecido el pasado día 28) se quedan por el camino, el cine portugués contemporáneo vive un esplendor creativo muy lejos de la taquilla y los peajes de la industria, como si fuera consciente de que no es ésa la liga en la que una determinada sensibilidad artística (melancólica, solitaria y fantasmal) puede o debe competir en estos tiempos. Justo lo contrario, me temo, de lo que ocurre en el cine español, empeñado en mimetizarse a toda costa con los impersonales modelos genéricos de importación que hacen pensar en una paulatina renuncia a toda identidad cultural propia para subirse a toda prisa al carro del mercado y la industria (del entretenimiento), dejando muy en los márgenes, apenas sin visibilidad, a esas propuestas a las que todavía le interesan los retos del lenguaje, las formas o, simplemente, la belleza.

Mientras aquí todos hablaban de la (falsa) recuperación del cine mudo de The Artist, Miguel Gomes, puntal de una nueva generación de cineastas lusos, pilar de la productora O som é a furia junto a João Nicolau o Sandro Aguilar, reformulaba el silent en blanco y negro en Tabú con desparpajo y flexibilidad, sin molde, abriendo su relato romántico sobre las heridas del pasado colonial a una insospechada y meándrica trayectoria libre y musical vigilada muy de cerca por un cocodrilo escurridizo.

A última vez que vi Macau también escarba en la memoria colonial y en la cinefilia más refinada como marco para una pesquisa detectivesca de deriva apocalíptica por las calles de neón y los rincones portuarios y nocturnos de la ciudad de Macao, un espacio urbano sobre el que resuenan los ecos autobiográficos y la ficción en un poderoso ejercicio de transfiguración de la realidad. Rodrigues y Rui Guerra da Mata también supieron travestir un relato tradicional en una ascética película de zombis adolescentes en Manha de Santo António, uno de los mejores cortos del año que pudo verse en el renovado SEFF junto a Gébo et L’Ombre, de Manoel de Oliveira, demoledor y austero ejercicio de cámara de raíz teatral y actores de leyenda que habla del presente devastado con la precisión y la fina ironía habituales del maestro de Porto.

Las ruinas, un tema muy caro al cine portugués, son las protagonistas de Reconversão, un heterodoxo ensayo documental sobre el trabajo del prestigioso arquitecto Eduardo Souto de Moura, cuyos principios de diseño, construcción y rehabilitación son sometidos a una mirada rigurosa, pre-cinematográfica y reflexiva a través de la cual el norteamericano Thom Andersen sigue indagando en las relaciones y escalas entre el hombre, el tiempo y el espacio. Muy lejos del mundanal ruido, en la isla de Corvo en las Azores, Gonçalo Tocha demuestra en la monumental É na Terra não é na luna que una pequeña cámara digital, un micro y una manera de mirar son herramientas más suficientes para retratar y fijar la memoria (perdida) de un microcosmos de pequeñas historias personales e insólitos paisajes en primera persona del singular.

Pero hay más nombres y más títulos, un cine portugués sentido y filmado por cineastas viajeros fascinados por su tempo y su saudade, un cine portugués en el exilio (forzoso). Continuará…

La mala reputación

Manuel J. Lombardo | 7 de mayo de 2012 a las 22:08

Versus recupera en DVD ‘El abanico de Lady Windermere’  (1925), el primer gran filme de Ernst Lubitsch en Hollywood, adaptación de la comedia escrita por Oscar Wilde en 1892

Frente a los que auguraban que el éxito de The Artist, pescado congelado en un martes de mercado, podría volver a poner de moda o revitalizar la difusión del cine mudo, soy de los que opinaban que el efecto podría ser justamente el contrario, a saber, que se iba a momificar y convertir aún más en pieza (muerta y enterrada) de museo un lenguaje, una estética y unos modos que ya en sí mismos son mucho más resistentes y heterogéneos de lo que el amable y encantador pastiche de Michel Hazanavicius y sus exégetas nos hicieron ver.

Han pasado ya unos meses desde el fenómeno y no vemos ese repunte mudo por ningún lado, ni en las televisiones digitales, ni en las ediciones de DVD o Blu-Ray, a lo sumo en las programaciones de las filmotecas de siempre (es su obligación), por más que hasta la fecha la mejor película del año, Tabú, del portugués Miguel Gomes, vista ya en los festivales de Berlín y Las Palmas, sea precisamente una cinta que coquetea libre y lúdicamente con el silent y el blanco y negro en su reescritura del universo colonial de la literatura de Isak Dinesen y del mítico título de 1931 que rodaron Robert Flaherty y F.W. Murnau en los Mares del Sur.

Así las cosas, y mientras el cuerpo y las cuentas aguanten, el sello Versus sigue añadiendo referencias mudas a su selecto catálogo (las últimas: El hijo de la pradera, de William S. Hart y el Robin Hood de Allan Dwan), ajeno a modas y coyunturas, fiel a una política de recuperación histórica que no necesita de empujones mediáticos para justificarse.

Protagonizada por May McAwoy, Irene Rich y el galán Roger Coldman, este último prestado “por cortesía de” Sam Goldwyn, El abanico de Lady Windermere (1925) es la quinta película de Ernst Lubitsch en Hollywood, a donde había llegado en 1922 después de consolidarse como uno de los grandes nombres del cine alemán con títulos como Carmen, El gato montés, Madame DuBarry, Ana Bolena o Sumurun. Lady Windermeres fan será la tercera de las cinco películas que dirija para Warner Brothers, estudio donde estuvo bajo contrato entre 1924 y 1926 para insuflar prestigio europeo a una casa que apenas tenía al perro Rin Tin Tin como único aval de éxito comercial y popularidad.

Adaptando esencialmente el argumento, que no así, por razones obvias, en refinado lenguaje, la frivolidad y los juegos de palabras de la conocida comedia teatral escrita por Oscar Wilde en 1892 entre los espléndidos decorados verticales, amplios y despejados creados por Harold Grieve, Lubitsch consolidaba aquí no sólo unos ambientes y una tipología de personajes (aristócratas, damas refinadas, salones elegantes) que ya no abandonaría en su carrera americana, sino que apuntaba, en su satírica y distanciada mirada a un mundo de apariencias y doble moral, ese toque que ha hecho de su cine un reconocible e inimitable oasis de elocuencia visual antes y después de que la palabra hablada irrumpiera en la estética cinematográfica.

En este enredo de honores perdidos, maternidades ocultas, infidelidades, equívocos, cotilleos afilados como navajas y doble moral de salón ambientado en el Londres del cambio de siglo, Lubitsch parece sentirse como en casa, modulando variaciones estilísticas sobre la composición, la fragmentación, la elipsis o el fuera de campo. Así, la gran secuencia del hipódromo, despliega un portentoso dominio del cruce de miradas, el montaje, los cachés y los puntos de vista sobre la controvertida figura de Mrs. Erlynne, toda una auténtica coreografía visual sobre la moral de clase y la escisión entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. La secuencia en el jardín francés, delimitada por los setos dispuestos en vertical y horizontal, confirma el elegante sentido de la ocultación y la sugerencia como herramientas para el juego de la ambigüedad sexual. De igual forma, el encadenado de planos cortos sobre el timbre de un apartamento, apuntan el refinamiento de una manera elíptica de contar y sugerir en imágenes que acompañaría al director de La viuda alegre, El bazar de las sorpresas, Ninotchka o Ser o no ser durante su posterior y exitosa carrera en Hollywood, truncada por su temprana muerte en 1947.

El abanico de Lady Windermere (1925) – Ernst Lubitsch – Versus – 85 min. – 12 euros
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Y un par de libros para la semana:

Micrologías. O historia breve de las artes mínimas – Federico L. Silvestre – Ábada – 300 págs. – 18 euros

A partir de la idea de que “lo pequeño es hermoso”, el profesor de Estética Federico L. Silvestre, autor de un interesante ensayo sobre El paisaje virtual en el cine contemporáneo, recorre una breve historia del arte en miniatura -vasijas, templetes-relicarios, orfebrería, planos-relieve, maquetas de cine, bolas de nieve, casas de muñecas y minúsculas obras de arte contemporáneo- buscando en lo mínimo ese gesto de querer empequeñecer el mundo para poder abarcarlo. Un libro tan curioso como sus objetos de estudio, un “retorno a lo pequeño en busca de placeres menguantes”.

 

La delgada línea roja – Francisco Javier Tovar – Akal/Cine – 112 págs. – 9,50 euros

Ahora que Malick ha sido finalmente canonizado, comienzan a aparecer publicaciones en castellano sobre su obra, hasta ahora inexistentes. El profesor de Filología Fco. Javier Tovar se adentra en La delgada línea roja, una de sus mejores cintas, no tanto desde una perspectiva cinéfila sino buscando la pervivencia de los clásicos grecolatinos y sus temas (Homero, Sófocles, Virgilio, la musa, la naturaleza, el asedio, el retorno, el héroe, el infierno…) en una cinta que buscó el lirismo en pleno campo de batalla. Un estudio original, serio y riguroso que además inaugura colección monográfica.