Archivos para el tag ‘Versus’

El viento de la aniquilación

Manuel J. Lombardo | 1 de octubre de 2012 a las 22:23

Béla Tarr acaba de inaugurar escuela de cine en Sarajevo, su nuevo proyecto después de presentar en el Festival de Berlín de 2011 The Turin Horse y anunciar que ésta sería su última película. A buen seguro que sus enseñanzas en esta nueva escuela serán poco ortodoxas y voluntariamente antiacadémicas. “No hay una manera determinada de hacer cine”, le escuchamos decir en la indispensable charla, celabrada en el Centre Pompidou de París con motivo de una retrospectiva de su trabajo entre diciembre de 2011 y enero de este año, que se incluye en los extras de esta edición, “la forma ha de nacer de dentro, libre de ataduras, encontrando una voz y un camino propios”. Justo lo contrario, me temo, de lo que se predica y difunde en esos centros y talleres de cine que proliferan hoy por el mundo, con sus decálogos, métodos y libros de estilo para el buen cineasta del futuro.

El cine de Béla Tarr viene, sin embargo, del pasado, de muy lejos, y remite a unas formas primitivas y esenciales en las que la palabra o la gramática parecen haber sido aniquiladas como instrumentos para el lenguaje o la comunicación. El cine de Tarr, tan pegado a la tierra, el barro y el agua, al hombre en su esencia más profunda y despojada, vincula los orígenes con el fin del mundo (aunque Tarr se resista a hablar de Apocalipsis), es un cine, por tanto, sobre el tránsito existencial, sobre la materialización primordial de la constatación de un tiempo finito, en vías de extinción, sin solución ni esperanza posibles: “mi película trata de cómo, día tras día, la vida se va debilitando. Y como la vida, al final, desaparece; pero de manera silenciosa y sencilla”.

The Turin Horse, ahora vista en su dimensión de testamento fílmico, condensa en seis jornadas y treinta largos y portentosos planos-secuencia ese tránsito de la vida, una vida de rutinas, aislamiento y reclusión entre un padre (János Derzsi) y una hija (Erika Bók) en un tiempo y un lugar indeterminados, hacia el fin inexorable de los días, anunciados por una tormenta de viento que azota inclemente la planicie, por las contadas visitas (un viajero, una caravana de gitanos) que preludian y profetizan el ocaso, por el pozo de agua que se seca de repente, por la tozudez de ese caballo viejo con el que un día se topó Nietzsche en las calles de Turín y que ya no quiere moverse más. Pero, ¿hacia dónde habría de moverse? Hacia ningún lado, porque nada hay más allá de la colina, nada más detrás de ese árbol seco y solitario que se avista, de lejos, desde la ventana, en el horizonte.

Las ventanas y puertas en The Turin Horse son algo más que el cine de los pobres y los desposeídos. Como en tantas películas de Tarr, de Sátántangó  a The man from London, comunican el interior con el exterior como una distancia de seguridad insalvable, son a la vez marco de protección y filtro transparente de la amenaza. El padre y la hija se sentarán ocasionalmente para mirar a través de ellas y detener aún más su austero menú diario de patatas hervidas y pálinka, sus rutinas de salidas y entradas, vistiéndose y desvistiéndose en un ritual de tiempo suspendido.

Entre Caravaggio y Mantegna, entre Murnau, Stroheim y Sjöstrom, The Turin Horse traza un espacio de luces y sombras ortocromáticas siempre distintas, siempre diferentes. No hay, aunque lo parezca, ni un solo plano repetido en su coreografía de cuerpos y elementos, ni siquiera cuando, tumbado en su camastro, con sus pies desnudos en primer término, el padre remite a ese Cristo yacente presto a resucitar en cualquier instante. Sí se repite, como un ritornello incesante, en sus acordes machacones y en sus disonancias premonitorias, la música de Mihály Víg, una música rugosa que persiste y persiste, que aparece y desaparece, para acompasar este tránsito ineludible hacia la oscuridad y la quietud más absolutas, desde ese poderoso arranque en el que, casi siempre desde un ángulo bajo, acompañamos al caballo en su camino hacia la casa, hasta esos dos últimos cuadros en los que, del negro absoluto, sobre la voz distanciada de un narrador irónico que traduce las palabras de László Krasznahorkai, emerge la imagen de despedida, tal vez la última del cine de Béla Tarr, en la que el carretero Ohlsdorfer y su hija dejan ya de comer, de respirar tal vez, sentados frente a frente.

The Turin Horse – Béla Tarr – Versus – 146 min. – Extras: Lección de cine por Béla Tarr (44 min.) – Texto de Violeta Kovacsics – 18 euros

———————————————-

Take Shelter – Jeff Nichols – Avalon – 100 min. – 16 euros

A la espera del estreno de Mud y de que alguien se anime a editar en España su primer y mejor filme, Shotgun stories, Take Shelter presenta en sociedad a un Jeff Nichols que se mueve hábil y seguro entre el indie y los special effects para este retrato de la locura y el Apocalipisis en el que un torturado Michael Shannon es, como de costumbre, la principal atracción. Ambigüedad, atmósfera y búsqueda de redención en el paisaje horizontal de la Norteamérica interior son sus principales armas de seducción. La edición se completa con un making of y entrevistas con director y elenco.

Miss Bala – Gerardo Naranjo – 113 min. – Avalon – 16 euros

Gerardo Naranjo, valor en alza del último cine mejicano, ha ido alejándose poco a poco del tono impresionista y lúbrico de su primer e interesante largo, Drama/Mex, para plegarse a las hechuras del cine de género sin renunciar a una cierta vocación autorial. Miss Bala aplica una distancia observacional y un gran virtuosismo estilístico al involuntario descenso a los infiernos de la droga, la violencia y la corrupción institucional de una joven seducida por la recompensa de la fama de un concurso de belleza.

Fantasía submarina

Manuel J. Lombardo | 18 de junio de 2012 a las 22:17

Versus recupera en DVD la versión de 1916 de la popular novela de Jules Verne ‘20.000 Leguas de viaje submarino’, la primera en mostrar auténticas imágenes submarinas

La desbordante y visionaria imaginación de Jules Verne (1828-1905), paradigma del escritor de éxito en pleno apogeo de la literatura popular de masas en el último tercio del siglo XIX, excitó y alimentó numerosos títulos del primer cine mudo, que descubrió pronto su potencial para la fabulación fantástica, la aventura iniciática y la ciencia ficción una vez superada una primera etapa de asombro y coqueteo con la reproducción de la realidad documental del mundo visible.

Le debemos al gran Méliès las primeras adaptaciones importantes del universo verniano a la pantalla, que se inauguraban con aquel fundacional Le voyage dans la lune (1902) que sentaría las bases no sólo de una nueva vertiente del cine de atracciones, sino de toda una poderosa imaginería recreada en estudio que, a mitad de camino entre la ingenuidad teatral y la exploración de los trucos y efectos propios de la máquina moderna, iba a modelar una peculiar poética del fantástico que abrió las puertas de lo que poco más tarde el cine narrativo iba a consolidar como uno de sus géneros más importantes y seductores.

Méliès fue también el primero en adaptar 20.000 Leguas de viaje submarino, publicada por entregas entre 1869 y 1870, “una de las novelas más bellas de toda la historia de la literatura”, en palabras de Fernando Savater, en una versión de 1907 en la que el mago dispuso todo su arsenal de transparencias, filtros, superposiciones y dispositivos para recrear en su estudio de Montreuil el efecto de filmación submarina indispensable para insuflar credibilidad ambiental al relato de las aventuras del misterioso, maldito y obstinado Capitán Nemo y su nave Nautilus.

Nueve años más tarde, ya en Hollywood, el por entonces pequeño estudio Universal, con Carl Laemmle al frente, iba a producir el primer largometraje sobre la misma novela, un filme escrito y dirigido por el pionero Stuart Paton que pasaría a la historia, así se publicitó en su estreno, por el ser el primero en mostrar auténticas imágenes submarinas filmadas gracias a los sistemas creados por los hermanos George y Ernest Williamson, a los que los títulos de crédito iniciales del filme agradecen explícitamente, con su aparición incluida, los hallazgos técnicos que hicieron posible trabajar bajo el agua para conseguir unas imágenes de insólita, luminosa y silenciosa belleza, un auténtico fogonazo documental con vida propia (y corales, peces y tiburones de verdad) que se cuela en el seno de una narración aún balbuciente que integraba peripecias procedentes de 20.000 Leguas… y La isla misteriosa (1875), en la que Verne hizo reaparecer a Nemo, en una farragosa trama de aventuras y venganza que se abría paso entre una puesta en escena no demasiado generosa en momentos estéticamente destacables (apenas hay planos cortos, soluciones de montaje o movimientos de cámara) a pesar del enorme esfuerzo de producción (un presupuesto de 200.000 $, publicitado también como el más alto de su tiempo, por encima incluso de los filmes de Griffith) y del rodaje en exteriores naturales en las Bahamas.

Con todo, esta versión casi centenaria materializa ya de forma poderosa la iconografía del submarino ovoide y su ventana (metáfora tal vez del propio cine) a la inmensidad subacuática, la caracterización del Capitán Nemo (Allen Holubar) como un exótico, desterrado y desafiante explorador, el pulpo gigante o los intrépidos submarinistas en escafandras luchando contra la corriente, imágenes que, en todo caso, quedarían definitivamente forjadas en el imaginario popular gracias a la versión de 1954 en Technicolor y Cinemascope dirigida por Richard Fleisher para Disney y protagonizada por James Mason y Kirk Douglas.

Para Jules Verne, los Viajes Extraordinarios se convirtieron en el vehículo idóneo para unir el progreso humano y el papel clave que podía representar la ciencia en el progreso. En este sentido hay que entender el submarino Nautilus, de la misma forma que la cápsula espacial de Viaje a la luna o el globo de La vuelta al mundo en 80 días, como celebraciones de esa Era de la Máquina, de la modernidad en definitiva, como esperanza en un futuro en el que la aventura y el viaje hacia lo desconocido podrían ser también una promesa de avance para la humanidad.

La copia que podemos disfrutar ahora procede de una restauración efectuada en 2010, con tres tintados distintos para las escenas de interior (ocres), submarinas (azules) y para el escenográfico episodio final en la India (blanco y negro), y viene acompañada por una nueva banda sonora de ecos herrmannianos.

20.000 Leguas de viaje submarino (1916) – Stuart Paton – Versus – 96 min. – 11,95 euros

Cantos de sirena

Manuel J. Lombardo | 4 de junio de 2012 a las 22:58

Versus recupera “Marea nocturna” (Night tide, 1961), una poética cinta de culto dirigida por Curtis Harrington y protagonizada por Dennis Hopper

Es muy probable que Jacques Demy y Curtis Harrington desconocieran respectivamente la existencia de Marea nocturna (Night tide, 1961) y Lola (1961), dos películas rodadas en las mismas fechas, una en las playas y paseos de Santa Mónica, California, la otra en las calles, salas y pasajes de Nantes, en la costa atlántica francesa.

Ambas comparten, sin embargo, un mismo aire de época filtrado en sus imágenes, un mismo ambiente, una misma mirada que hace de sus localizaciones y exteriores naturales, de sus ambientes portuarios (sus bares, sus locales nocturnos, sus parques de atracciones en el paseo marítimo), de sus personajes, jóvenes desorientados, huérfanos o desarraigados en búsqueda de amor o sexo, en busca de un destino vital, un díptico perfecto para una sesión doble que bien podría mostrarnos las dos caras de una misma moneda: la del cine moderno abriéndose paso entre las ruinas de clasicismo y el cine industrial de género o de serie B en los albores de una década que iba a cambiar para siempre el panorama del cine mundial.

Convertida con el paso de los años en una auténtica película de culto y escrutada bajo los más diversos prismas críticos (del psicoanálisis al feminismo), ensombrecida y banalizada por aquel melifluo remake ochentero protagonizado por Tom Hanks y Daryl Hannah titulado 1, 2, 3…Splash, Marea nocturna nos traslada a una Norteamérica insólita que sólo cierto cine independiente y de bajo presupuesto en los márgenes de Hollywood, incluso a escasas millas de su epicentro, podía mostrar sin los peajes y derivas habituales de su maquinaria de relatos y estereotipos.

El debutante Curtis Harrington (1926-2007), hasta entonces un joven crítico (autor de un libro sobre Josef Von Sternberg), amigo y colaborador de cineastas de vanguardia como Kenneth Anger o Maya Deren y director de algunos cortos experimentales (Fragment of Seeking, Picnic, and The Wormwood Star), trazaba en este su primer largo de ficción un paisaje realista que iba a ser atravesado poco a poco por la poderosa fuerza e iconografía del mito, la fantasía y las viejas leyendas, gracias, entre otros recursos, a un gran trabajo fotográfico de Vilis Lapenieks y a un sugerente score de aire jazzístico y contemporáneo del gran David Raksin.

Johnny Drake, interpretado por un joven y deslumbrante Dennis Hopper, actor del Método que había despuntado ya en papeles secundarios de rebelde sin causa, es un marinero recién desembarcado que queda fascinado por Mora (Linda Lawson), una misteriosa mujer a la que ha conocido en un club de jazz y que trabaja en una atracción itinerante simulando ser una auténtica sirena. A pesar de los avisos, las predicciones y los malos augurios, Drake se enamora de ella para caer en una espiral de extraños acontecimientos, rituales, sueños y revelaciones que desembocarán en tragedia.

Marea nocturna va desplegando así su suave y simbólico oleaje de misterio, persecución, obstáculos y fabulación, su peculiar y lírica estética de bajo coste entre espacios, paisajes y rincones que luchan por desprenderse de su carácter prosaico para apuntar al duelo entre la realidad y lo imaginario, entre lo visible y lo invisible, entre lo concreto y lo abstracto. Drake atraviesa y recorre los espacios y paisajes (el carrusel sobre el que vive Mora, su apartamento con vistas al océano, la carpa del espectáculo de la sirena, el muelle por el que sigue a esa otra mujer misteriosa que se aparece de cuando en cuando, interpretada por el propio Harrington travestido, o la destartalada casa donde vive del Capitán Murdock) intentando descifrar qué secreto se esconde detrás de esa extraña mujer, rescatada de una lejana isla griega cuando aún era una niña por un marinero británico.

Impregnada del espíritu de los cuentos de Poe y de las atmósferas de las cintas de terror de Val Lewton y Jacques Tourneur para la RKO (en especial, de La mujer pantera) y precursora del tono hipnótico de otro título afín como Carnival of souls (1962, Herk Harvey), Marea nocturna bucea entre la realidad y el sueño, entre el mundo de las apariencias y el universo de lo esotérico y lo oculto, para materializar en imágenes de melancólica y terrorífica belleza (la sirena sumergida bajo el agua, inerte y con los ojos abiertos) ese poderoso y ambiguo interregno en el que las proyecciones de la imaginación cobran presencia al ser convocadas por el deseo, un deseo nocturno, lunático y febril.

Marea nocturna (Night tide, 1961) – Curtis Harrington – Versus/Cinema Bis – 82 min. – 11,95 euros

 

 

La mala reputación

Manuel J. Lombardo | 7 de mayo de 2012 a las 22:08

Versus recupera en DVD ‘El abanico de Lady Windermere’  (1925), el primer gran filme de Ernst Lubitsch en Hollywood, adaptación de la comedia escrita por Oscar Wilde en 1892

Frente a los que auguraban que el éxito de The Artist, pescado congelado en un martes de mercado, podría volver a poner de moda o revitalizar la difusión del cine mudo, soy de los que opinaban que el efecto podría ser justamente el contrario, a saber, que se iba a momificar y convertir aún más en pieza (muerta y enterrada) de museo un lenguaje, una estética y unos modos que ya en sí mismos son mucho más resistentes y heterogéneos de lo que el amable y encantador pastiche de Michel Hazanavicius y sus exégetas nos hicieron ver.

Han pasado ya unos meses desde el fenómeno y no vemos ese repunte mudo por ningún lado, ni en las televisiones digitales, ni en las ediciones de DVD o Blu-Ray, a lo sumo en las programaciones de las filmotecas de siempre (es su obligación), por más que hasta la fecha la mejor película del año, Tabú, del portugués Miguel Gomes, vista ya en los festivales de Berlín y Las Palmas, sea precisamente una cinta que coquetea libre y lúdicamente con el silent y el blanco y negro en su reescritura del universo colonial de la literatura de Isak Dinesen y del mítico título de 1931 que rodaron Robert Flaherty y F.W. Murnau en los Mares del Sur.

Así las cosas, y mientras el cuerpo y las cuentas aguanten, el sello Versus sigue añadiendo referencias mudas a su selecto catálogo (las últimas: El hijo de la pradera, de William S. Hart y el Robin Hood de Allan Dwan), ajeno a modas y coyunturas, fiel a una política de recuperación histórica que no necesita de empujones mediáticos para justificarse.

Protagonizada por May McAwoy, Irene Rich y el galán Roger Coldman, este último prestado “por cortesía de” Sam Goldwyn, El abanico de Lady Windermere (1925) es la quinta película de Ernst Lubitsch en Hollywood, a donde había llegado en 1922 después de consolidarse como uno de los grandes nombres del cine alemán con títulos como Carmen, El gato montés, Madame DuBarry, Ana Bolena o Sumurun. Lady Windermeres fan será la tercera de las cinco películas que dirija para Warner Brothers, estudio donde estuvo bajo contrato entre 1924 y 1926 para insuflar prestigio europeo a una casa que apenas tenía al perro Rin Tin Tin como único aval de éxito comercial y popularidad.

Adaptando esencialmente el argumento, que no así, por razones obvias, en refinado lenguaje, la frivolidad y los juegos de palabras de la conocida comedia teatral escrita por Oscar Wilde en 1892 entre los espléndidos decorados verticales, amplios y despejados creados por Harold Grieve, Lubitsch consolidaba aquí no sólo unos ambientes y una tipología de personajes (aristócratas, damas refinadas, salones elegantes) que ya no abandonaría en su carrera americana, sino que apuntaba, en su satírica y distanciada mirada a un mundo de apariencias y doble moral, ese toque que ha hecho de su cine un reconocible e inimitable oasis de elocuencia visual antes y después de que la palabra hablada irrumpiera en la estética cinematográfica.

En este enredo de honores perdidos, maternidades ocultas, infidelidades, equívocos, cotilleos afilados como navajas y doble moral de salón ambientado en el Londres del cambio de siglo, Lubitsch parece sentirse como en casa, modulando variaciones estilísticas sobre la composición, la fragmentación, la elipsis o el fuera de campo. Así, la gran secuencia del hipódromo, despliega un portentoso dominio del cruce de miradas, el montaje, los cachés y los puntos de vista sobre la controvertida figura de Mrs. Erlynne, toda una auténtica coreografía visual sobre la moral de clase y la escisión entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. La secuencia en el jardín francés, delimitada por los setos dispuestos en vertical y horizontal, confirma el elegante sentido de la ocultación y la sugerencia como herramientas para el juego de la ambigüedad sexual. De igual forma, el encadenado de planos cortos sobre el timbre de un apartamento, apuntan el refinamiento de una manera elíptica de contar y sugerir en imágenes que acompañaría al director de La viuda alegre, El bazar de las sorpresas, Ninotchka o Ser o no ser durante su posterior y exitosa carrera en Hollywood, truncada por su temprana muerte en 1947.

El abanico de Lady Windermere (1925) – Ernst Lubitsch – Versus – 85 min. – 12 euros
————————————————————————————————————————–

Y un par de libros para la semana:

Micrologías. O historia breve de las artes mínimas – Federico L. Silvestre – Ábada – 300 págs. – 18 euros

A partir de la idea de que “lo pequeño es hermoso”, el profesor de Estética Federico L. Silvestre, autor de un interesante ensayo sobre El paisaje virtual en el cine contemporáneo, recorre una breve historia del arte en miniatura -vasijas, templetes-relicarios, orfebrería, planos-relieve, maquetas de cine, bolas de nieve, casas de muñecas y minúsculas obras de arte contemporáneo- buscando en lo mínimo ese gesto de querer empequeñecer el mundo para poder abarcarlo. Un libro tan curioso como sus objetos de estudio, un “retorno a lo pequeño en busca de placeres menguantes”.

 

La delgada línea roja – Francisco Javier Tovar – Akal/Cine – 112 págs. – 9,50 euros

Ahora que Malick ha sido finalmente canonizado, comienzan a aparecer publicaciones en castellano sobre su obra, hasta ahora inexistentes. El profesor de Filología Fco. Javier Tovar se adentra en La delgada línea roja, una de sus mejores cintas, no tanto desde una perspectiva cinéfila sino buscando la pervivencia de los clásicos grecolatinos y sus temas (Homero, Sófocles, Virgilio, la musa, la naturaleza, el asedio, el retorno, el héroe, el infierno…) en una cinta que buscó el lirismo en pleno campo de batalla. Un estudio original, serio y riguroso que además inaugura colección monográfica.