Bodegas Campos en Córdoba y unas tapas bien hechas

Anna Mayer | 29 de septiembre de 2011 a las 10:30

aperitivos en Bodegas Campos (Córdoba)

A principios de septiembre estuvimos en Córdoba – mi socio (y pareja) estaba invitado a participar en la ponencia “Gastronomía y Redes Sociales”, dentro del programa didáctico del Master de Ciencias Gastronómicas de la Cátedra de Gastronomía de Andalucía. Esa misma mañana habían tenido una cata con Rafa Bellido, por la tarde tendrían clase con Paco Morales (Ferrero), la semana siguiente con Dani García (Calima) – por hablar sólo de la programación prevista esos días. Un master muy apetecible, sobre todo cuando a contártelo su director, Fernando García Del Moral.

Al ser Bodegas Campos el promotor privado de la Cátedra, a la Taberna nos llevaron a comer. Y realmente es de esa comida de lo que quería hablar en este post. No es que fuera nada especial, los platos eran sencillos y bien hechos – salmorejo acompañado de berenjenas fritas, cochifrito, rabo de toro, lubina frita (pescado de Veta La Palma, que conocía sólo de nombre y es efectivamente sorprendente). Lo triste es que lo especial fuera encontrar comida tan tradicional y sencilla hecha bien. Ni rastro de  reducciones acéticas o variaciones creativas inútiles y mal hechas. Estaba, sencillamente, rico.

¿No es triste que esto sorprenda? Porque yo ahora mismo en Sevilla, si alguien me pregunta por un sitio de tapas tradicionales bien hechas, no sabría de verdad qué recomendar.

En Sanlúcar con Barbadillo – “La cocina que vino del mar”

Anna Mayer | 25 de julio de 2011 a las 12:46

Qué malo es hacer amigos por ahí, cuando organizas algo. ¡Malísimo! Porque luego te invitan a sus eventos, y lo pasas fatal.
Por ejemplo, hace dos fines de semana en Sanlúcar. Pepe Ferrer, fotógrafo y amante de los vinos, además de criador de tomates San Marzano y de masa madre, nos propuso ir al evento de la Bodega Barbadillo, “La Cocina Que Vino Del Mar”. Vamos a regañadientes, claro está. Sol, playa, viento fresco – terrible, ¿verdad?
Nos sienta en el Poma, y van llegando copas de Solear, platos de salpicón de marisco (ese de verdad, con langostinos, huevas de merluza y huevos de choco: nosotros, sufriendo), fuentes de langostinos de Sanlúcar, arroz caldoso de pescado, fritur…

Vale, no consigo llegar hasta el final con esta farsa. Me lo pasé pipa, pa’ qué engañarnos. Nos mimaron tanto y organizaron todo tan bien que las 24 horas escasas que pasamos allí nos parecieron una semana, por la intensidad de las vivencias (y los litros de vinos, que también tuvieron su culpa).

Para promover su conocido y exitoso vino puntero, Castillo de San Diego, Barbadillo invitó a un grupo de periodistas, escritores gastronómicos, y un exiguo pero batallero grupo de bloggers para que viéramos dónde nace este vino, y como si no fuera suficiente la visita a la Arboledilla, invitaron a los cocineros de cuatro restaurantes de la costa española a hablar de cuatro cocinas del mar. Como siempre, por los comentarios bien hechos sobre las ponencias y los platos presentados os remito a Jorge, y para más sobre todo el evento a los post de Garbancita (uno y dos).

Lo mejor de este evento fue que alrededor de las ponencias de los cocineros hubo momentos de ocio y relax compartidos entre todos. Poder tomar una copa y una tapa (el “una” es un decir, por supuesto) juntos hace que se cree un ambiente excepcional y que todo lo demás resulte aún más apetecible. Y no estoy hablando de los póstumos del alcohol, que conste.

La masterclass de cocción del langostino a mano de Fernando Bigote, en uno de los patios de la bodega Barbadillo fue sólo el prolegómeno a una larga noche. Nunca creí que pudiera llegar el día en el que rechazara un plato de langostinos, pero había tantos que no pudimos más.
El problema de siempre, la limpieza de los dedos; ahora al lado de las dichosas toallitas a la esencia de limón tóxico se han añadido sobrecitos de gel limpiador (supongo que algo tenían que hacer con el stock sobrante después de la crisis de la Gripe A). El gel este es tan malo que vuelves corriendo a la toallita tóxica. O haces lo que hicimos nosotros, meter las manos en las cubiteras.

Tomaso marinado en el fondo del mar

Siguiente parada, el chiringuito del Afrikano, en la Jara. Camas balinesas, cubiteras con vino blanco y cava bien fresco (creo que se llama Beta y buscando por la red veo que es el primer espumoso andaluz. No está nada mal, y por lo que me decían tiene un precio en tienda muy barato: a tener en cuenta!). Llegamos justo a tiempo para ver la puesta de sol, remojamos un poco los pies, y en seguida llega otra sorpresa: la primera parte del catering de la noche está a cargo del mismo Ángel León, que detrás de la barra va pasando bandejas de sus inventos marinos.

Caballas curadas en picadillo

Butifarra marina, salchichón marino (de atún, bonito…?), tomaso marinado en el fondo del mar (pez sapo recubierto de pláncton, aparentemente negro como el petróleo, que me dejó los dedos teñidos de verde oscuro días y días. Bien mereció el tinte, porque estaba riquísimo), el impresionante jamón salino de sarda (un recuerdo al umami de la anchoa y la grasa untuosa del jamón ibérico…), las caballas curadas en picadillo (versión mediterránea de la caballa curada de la cocina japonesa), y las sardinas asadas en brasas de olivas (servidas encima de una ligera torta crujiente).

Sardinas asadas en brasas de olivas

Para el comienzo de la segunda parte del catering, preparada por el cocinero del Afrikano, estábamos ya tan llenos que apenas pude probar más cosas. Una pena, querrá decir que tendremos que volver a la Jara a ver si volvemos a pillar algo, porque unas ideas no estaban mal: tosta de caballa en escabeche thai, albondigas de choco sobre hummus…

Otro gran punto para la organización del evento, hacer empezar las ponencias del día siguiente a las 11.  Son estos pequeños detalles los que hacen que todo vaya bien! Las ponencias también tuvieron un formato muy agradecido, 20-30 minutos cada uno, en una sala acogedora e íntima. Cada cocinero habló de un producto del mar: moluscos (Abastos 2.0), cefalópodos (Ca’ Sento), crustáceos (Dos Cielos) y pescado azul (Aponiente).

Iago Pazos y Marcos Cerqueiro

Habíamos comido en el puesto de Marcos Cerqueiro y Iago Pazo justamente la semana anterior, y tenía aún muy vivos los recuerdos de ese pequeño menú degustación de siete tapas 100% marino. El respeto y el cariño que me suscitan se debe a los platillos increíbles que he podido comer allí: producto excelente y trato (del producto) mínimo e imprescindible. Tampoco tengo queja del trato personal, que es lo que provoca el cariño. Espero que todos los que vayan a Abastos 2.0 noten, como nosotros, el trabajo que implica echar adelante un sitio tan pequeño, con tantas peculiaridades – que son las que lo hacen tan único pero también complicado de gestionar. Más sitios visito, y más pienso que el empeño personal, el duro trabajo y los pequeños detalles son los que a menudo hacen la diferencia entre un sitio normal y uno excepcional. Marcos y Iago están consiguiendo, con todo su buen hacer, mantenerse en lo excepcional.

Torres y Torres

Sergio Torres (y Sergio Torres)

De Raúl Aleixandre, el cocinero que menos conocía, habrá que aprender más, y de Ángel León ya hablé antes.

Si antes me apetecía visitar Dos Cielos, ahora tengo claro que en la próxima visita a Barcelona habrá que hacer hueco para subir hasta el restaurante de Sergio y Javier Torres (además de ir a Koy Shunka, y a Dos Palillos, y a Coure, y a Xemei… qué dura vida es la nuestra). Esa sopa de base thailandesa con galeras en vez de langostinos, o los platos con productos típicos de Brasil aquí completamente desconocidos… aunque como me conquistó Sergio Torres fue trayendo una espardeña viva (la pobre, estaba más derretida que na’). La bichóloga que es en mi cayó rendida.

Con amigos, viejos y nuevos, en la Arboledilla

Y después de todo eso, la guinda fue el almuerzo-cóctel en la Arboledilla, que fue repitiendo el guión establecido por la comida en Poma y el catering del Afrikano: cuando crees que se está acabando, empiezan los platos fuertes. Lo que pudieron hacer los del restaurante El Faro del Puerto en una carpa al aire libre no tiene palabra, no hubo más remedio que dejarse llevar y hacerles honor.

El café en verano

Anna Mayer | 10 de julio de 2011 a las 12:08

Si tuviera que elegir, sería mujer de té. En casa, eso es, porque tomar té en un bar es a menudo una carrera de obstáculos (teteras que pierden, cantidades ínfimas, bolsitas de calidad pésima). Y en invierno, porque un té calentito, por mucho que digan en el maghreb, no es lo que me apetece con 40º a la sombra.

Estando así las cosas, a menudo bebo café. No lo necesito para despertarme, y puedo vivir sin él; pero me gusta, y aprecio su versatilidad: un espresso sólo con su crema, un tazón de café con leche para mojar las galletas, un café con hielo en verano. Soy además de boca buena, y me gusta hecho en casi todas sus formas: espresso, moka, goteo, de puchero, incluso (será cosa de las memorias afectivas, del año vivido en Irlanda) liofilizado. Lo único que no me gusta es con leche hervida – que es, por mi desgracia, lo que suelo encontrar en los bares sevillanos.

Pero este post no va de quejas (por una vez). Va de mi café de verano preferido. Poco café y mucha leche. El café, helado de verdad: en las cubiteras de silicona de formas graciosas puedes darle incluso ese toque cuqui que tan bien queda (esto de la ironía por escrito se me da fatal). La leche, fresca y fría – fresca o sea pasteurizada no uperizada, fría de frigorífico. Azúcar, nada: el café se irá derritiendo poco a poco, haciendo cada vez más contraste su amargor con el dulzor de la leche.

Hablando de leche: ¿hay en Sevilla algún dispensador de leche fresca (pasteurizada o no)? Utilicé una maquinaria de esas la semana pasada en Santiago y estoy enamorada.

Etiquetas: , , ,

Dónde comer pizza en Sevilla (work in progress)

Anna Mayer | 25 de junio de 2011 a las 10:10

Qué tópico, verdad?, estos italianos que en seguida buscan un sitio para comer pizza. Ningún tópico, es la pura verdad. Yo hago pizza en casa, pero donde va a parar el gusto de comer una pizza fuera, sin estar esperando un día y sin sudar en la cocina?

En Sevilla he comido en algunas pizzerías, aunque me faltan muchos para probar.

Al Solito Posto (Alameda de Hércules, 16 y Cuesta del Rosario, 15) es, de momento, mi preferida. Sin ser óptima, no decepciona. Una masa crujiente pero no demasiado (soy más de pizza napoletana que de romana), ingredientes bastante auténticos, pizzas clásicas sin desvaríos. Los platos de pasta tampoco están mal, pero esa es otra historia.

Cosa Nostra (calle Betis, 52). Me pilla lejos, por eso sólo he estado aquí una vez. Sé que son de Nápoles, sin embargo no consigo recordar una buena pizza. ¿Habrá que volver?

El Jueves (calle Feria, 109). Conozco muchos a los que le encanta la pizza de El Jueves. Fui una vez, y no es que no me gustara… no está mal, pero para mi no es una pizza-pizza. Demasiado aceitosa quizás, parece más bien una adaptación a los gustos españoles. El hecho de que sea un clásico de la Alameda me lo confirma. Cosa positiva, el precio, tirado. Pero vamos, no me veo volviendo en el futuro (a menos que no me insistan los amigos).

El Nómada (San Luis, 2 esquina plaza San Marcos. pizzeriaelnomada.com). Entré atraída por el horno a leña. El sitio es cutre con ganas, tanto que sigo preguntándome si está hecho a posta. La pizza, buf… No estaba *mala*, pero buena tampoco. Si mejorara algo el servicio y el ambiente igual le daría otra chance.

La Locanda (Alameda de Hércules, 29. lalocandarestaurante.com). Lleva unos meses abierto, la probé esta primavera. No me gustó nada – no hay mucho más que añadir.

Orsini (Reyes Católicos, 25). Fui una vez obligada por las circunstancias (el cine Avenida estaba cerca), no vi razón para volver.

Dónde quiero ir

Hay unas cuantas pizzerías a las que quiero ir: L’Oca Giuliva (Mateos Gago), Maccheroni (García de Vinuesa), Italiano 100×100 (Avenida de la Innovacion).

Y a vosotros, ¿qué pizza os gusta? ¿Cuál pizzeria me recomendáis visitar la próxima vez?

UPDATE 24/07/2011

Estuve en L’Oca Giuliva y en Maccheroni. Ambos locales pertenecen al mismo grupo, y se nota en las pizzas, que tienen una masa muy parecida. Ambas son muy ‘panosas’ y algo duras, para mi. Pan y dura no deberían ir juntos, así que no es mi masa preferida. Aún así, es más que aceptable, y los ingredientes de recubrimiento estaban bien (no obstante un speck cortado con machete, cuando debería ser fino fino fino…). Digamos que si estuvieran más cerca de casa iría por comodidad, aunque preferiría desplazarme unos emtros más para llegar hasta Al Solito Posto (donde he vuelto y sí, me sigue gustando más esa masa).

De paso, me han recomendado La Piamontesa y Catenaccio (Bermejales). Habrá que explorar…

La cocina napolitana en Sevilla – 20 y 21 de junio

Anna Mayer | 17 de junio de 2011 a las 17:17

Hay mucho interés en Sevilla por los cursos de cocina – lo sé bien porque no paran de decírmelo mis alumnos cuando por fin llegan a Panepanna. Se buscan cursos prácticos, donde poder aprender haciendo, además de pasar un rato agradable.

Por eso estoy encantada de que haya más gente que se anime con cursos de calidad, como los de Gabriella De Florio. La semana que viene – lunes 20 y martes 21 –  en la Escuela de Hostelería Gambrinus siguen sus seminarios de cocina napolitana. Quedan plazas, así que ¡os animo a que os apuntéis!

Además de estas fechas, Gabriella hace talleres de pasta casera, y el año que viene contaremos con ella en Panepanna para distintos talleres específicos.

Un fin de semana de verdad – tapas, cañas y mercado

Anna Mayer | 11 de junio de 2011 a las 16:31

Sé que soy afortunada, pero está en mi naturaleza – de italiana, de mujer, de ser humano – quejarme un poco. Llevo desde octubre sin tener un fin de semana libre – si no estoy con mis hijos* estoy en un taller, así que el concepto de “fin de semana tranquilo” es algo que tengo bastante olvidado.

En junio los talleres son entre semana, porque los fines de semana los sevillanos suelen irse a la playa, o se quedan en la piscina, así que de pronto nos encontramos con un viernes-viernes, de esos en los que puedes salir a pasear y a tomar una tapita. Como ayer, que hicimos visita a Becerrita. Nos pilla cerca de casa, es un super clásico y nunca lo había visitado. Una copa de Colonias de Galeón (para quien no lo sepa, hay vinos sevillanos, ¡y son todo un descubrimiento!), una tapa de Berenjena frita con salmorejo y lasca de bacalao sin pena ni gloria y otra de Solomillo de cerdo con queso de cabra gratinado y compota de higos, que aún a sus 4,40€ volvería a pedir sin dudarlo un momento. Considerando la calidad de la comida, de la bebida y del servicio (los cubiertos cambiados en cada tapa: una exageración, sí, pero odio cuando me piden que me quede con ellos), 13,40€ entre dos me parece una verdadera ganga. Además, chapeau: precios con IVA incluido (es lo que marca la ley, sí, pero ¿cuántos sitios no lo cumplen?) y sin recargo por el pan (un pequeño pet peeve que tenemos unos cuantos).

Spaghetti con seppioline

Hoy, un sábado-sábado: levantarse con tranquilidad, desayuno largo y un paseo por el mercado de la Encarnación a ver qué cocinamos hoy. Fuimos con la idea de un costillar de cerdo ibérico – a 3,50€ el kilo la relación precio/felicidad está asegurada – y nos volvimos con además unos choquitos para hacer con la pasta (una sencilla aglio e olio con los choquitos en tira, hechos los últimos 40 segundos de cocción de la pasta y acabados de cocinar con la mantecatura de la misma). En la frutería, esperando para un kilo de nísperos, nos ha pedido la vez Dani Torres de Zurrutraque – se me olvidó preguntarle si tienen ya local nuevo.

El Tremendo

De vuelta a casa, una paradita en el Tremendo para una caña bien fría (hay cervezas mejores que la Cruzcampo, pero cuando pega el calor en Sevilla me gusta, con mucho gas, casi metálica, y muy, muy fría). Me encanta la mezcla que hay ahí fuera – hoy había muchos que salían de una boda y se entretenían antes de ir al banquete. Hay pocas mesitas cuyo uso me es desconocido, ya que todos se quedan de pie. En ella está pegado este cartel:

En el Tremendo

(¿Navarra Gourmet? Llegará, llegará…)

Becerrita
Recaredo, 9
Sevilla
en verano cierra sábados noches y domingos

El Tremendo
Almirante Apodaca esquina con calle Felipe
Sevilla

*Pocos lo admitirán, pero es lo bueno de estar divorciada con custodia compartida: dos semanas con los niños (y los quieres con locura) y dos semanas sin ellos (y te quieres con locura).

Sopa de verduras con alcachofas – una receta para irme a Navarra

Anna Mayer | 30 de mayo de 2011 a las 9:28

Esta semana se celebra en Estella-Lizarra el tercer encuentro de blogs gastronómicos Navarra Gourmet (para quien esté en twitter, el hashtag es #gastronav)- para mi será la segunda vez, y este año como ponente. Participaré, junto con El cocinero fiel, isasaweis, El comidista, Gastronomýa y Cía en la mesa “Profesionalización de los blogs gastronómicos”.

El año pasado volví de ahí con mil sensaciones, entre ellas el haber probado muchas de las fantásticas verduras de la huerta navarra. Como los espárragos blancos frescos aquí no se encuentran (y creo que se ha pasado ya la temporada), os propongo la receta que publiqué el año pasado de esta Sopa de alcachofas al estilo italiano.

Sopa, potaje – nunca me aclaro cómo se llaman en español los platos que se toman con cuchara. En italiano también hay minestra y zuppa – donde la primera sería más bien con caldo clarito y la segunda con más contundencia.

Zuppa, suppe, soupe, soup.

Sopa.

SOPA DE VERDURAS CON ALCACHOFAS

  • 2 chalotas (o cebollas, no pasa nada), cortadas en láminas
  • 40 ml de aceite de oliva
  • 300 g de patatas, peladas, cortadas en daditos
  • 150 g de zanahorias, limpias, cortadas en redondeles
  • 2 alcachofas, limpias, cortadas en gajitos (los tallos en redondeles)
  • el zumo de medio limón
  • tomillo fresco
  • 1,5 lt de caldo (vegetal, de pollo… bueno) caliente
  • 180 g de pasta al huevo corta (pueden ser también tagliatelle rotas en trozos)
  • 30 g de mantequilla
  • perejil, sal, pimienta

Dejar marchitar las chalotas en el aceite. Añadir las patatas, las alcachofas, el tomillo y las zanahorias.

Dejar sofreír un poco y añadir el caldo caliente. Tapar la olla y dejar cocer, a fuego medio-bajo, unos 30 minutos desde que rompe a hervir.

Añadir la pasta, regular de sal y pimienta, y dejar cocer 5 minutos más.Mantecar la sopa con la mantequilla y el perejil picado.

Adaptado de La cucina Italiana, marzo 1991

Pannacotta a la vainilla – una receta dulce para inaugurar el blog

Anna Mayer | 27 de mayo de 2011 a las 20:49

Mejor que hacer grandes presentaciones (total, este texto acabará sepultado por todos los que vendrán más adelante) es ir al grano, o mejor dicho al dulce. La pannacotta es uno de mis postres preferidos por ser tan sencilla de hacer y de sabor. Soy un poco purista y me suele gustar plana, incluso sin vainilla, con sólo la nata y poco azúcar: en esa sencillez básica está su fuerza, y por eso me parece un perfecto ejemplo de cocina italiana – pocos ingredientes, dos sabores, poco más.

La omnipresencia de la pannacotta en los menús de postres de los restaurantes italianos (en Italia la moda llegó a principio de los ’90) puede echar para atrás, y hacer que la metamos en el saco con otros postres genéricos y anodinos. Por lo menos eso es lo que hice yo. Hasta que me puse a estudiar la receta, eso es.

La pannacotta (nata cocida) es un postre tradicional de Piamonte - al noroeste de Italia, entre Francia, Val d’Aosta, Liguria y Lombardía, zona de montañas y ríos – aquí nacen el río Po y su llanura -, de trufas, de arroz, de vacas de raza, de quesos, y de una repostería muy completa y compleja que ha aprovechado muy bien la influencia de la cercana Francia y la mezcla de cultura burguesa y campesina. Se puede poner, me parece, en el grupo de recetas de la francesa crème caramel, junto con el flan español: una crema a base de huevos, cocinada al horno al baño María.

La pannacotta que conocemos ahora no lleva huevo, sino sólo nata, azúcar y gelatina – pero originalmente era una sencilla crema de claras de huevo y nata, horneada al baño María – en La Zuccheriera hay una receta interesante, y Paola de Anice&Cannella también ha hecho una foto preciosa.

La pannacotta se vale por si sola, su sabor es sutil y redondo – lo cual da mucho juego para añadir elementos aromáticos, bien a la misma nata, que se puede infusionar con hierbas o especias o aromatizar con licor u otro líquido, bien como acompañamiento. Un clásico, por sabor y color, es algo rojo, como estas fresas, o como unas frambuesas (quizás, visto el precio que tienen en España, de las que se compran congeladas – con ellas se puede hacer un buen coulis). Yo he optado por añadir sencillamente las fresas cortadas en daditos y con un poco de azúcar para que sacaran el jugo.

La pannacotta se sirve desmoldada - no es necesario tener moldes especiales para ello: se pueden utilizar tacitas de las de café, o pequeños moldes de flan individuales. Si se unta el molde con poquísimo aceite (vegetal, que tenga muy poco sabor: yo utilizo aceite de almendras, que para la repostería es muy socorrido) luego saldrá sin problema y sin ningún retrogusto perceptible. Se pueden utilizar moldes de silicona, por supuesto – para platos fríos me parece un material muy útil. Si el molde es metálico (como el que he utilizado yo) se puede pasar rápidamente por agua caliente (bien saliendo del grifo, con cuidado, bien en una olla al fuego), y ayuda aún más pasar la punta de un cuchillo por el borde (¡siempre con delicadeza!) para facilitar que el aire entre y deje que la pannacotta se despegue.

Yo he optado por utilizar unos moldes de savarin de tamaño medio (cada uno da como para 6-8 personas) y otros individuales – el hueco en medio es perfecto para poner la fruta cortada. Las cantidades de la receta dan para un molde de savarin medio-grande (22 cm) que sirve fácilmente para 8 personas como postre, o para 8 moldes individuales (calculando unos 120 ml por molde).

Esta receta ha sido creada probando distintas proporciones de gelatina por líquido: muchas recetas, supongo que para asegurar el resultado, ponen demasiada gelatina, y el resultado es una especie de Jell-O de nata. He ido reduciendo poco a poco la gelatina hasta llegar a un justo equilibrio entre consistencia – que no se venga abajo al desmoldarla – y suavidad – en la boca se deshace que es un placer. He rebajado además la cantidad de nata con 1/3 de leche – entera, y al ser posible fresca.

Un último apunte: esta receta se basa en dos ingredientes, la nata y la leche. Es muy importante entonces que sean de buena calidad. El sabor a vainilla, que se lo de una vaina de vainilla, sobre todo porque además del sabor tendremos las pintitas de las semillas, que hacen un contraste muy bonito con el blanco de la nata.

PANNACOTTA A LA VAINILLA CON FRESAS

  • 10-12 g de gelatina en láminas
  • 300 ml de leche entera
  • 700 ml de nata (35,1% m.g.)
  • 150 g de azúcar
  • 1 vaina de vainilla
  • 3 cucharadas de Oloroso dulce, Ron u otro licor que quede bien con un postre
  • aceite vegetal (idealmente, aceite de almendras – si no lo más insabor posible como el de girasol)

Para servir:

  • 300 g de fresas, kiwi, frambuesas o frutos del bosque

En un bol con agua fría poner la gelatina en remojo para que se hidrate. Añadir las hojas de una en una para que no se peguen entre sí y se hidraten mejor. Si el día es caluroso, añadir cubitos de hielo al agua para que se mantenga fría (si no la gelatina podría derretirse).

En una cacerola juntar la leche, la nata, el azúcar. Quitar los picos de la vaina de vainilla, abrirla a lo largo con un cuchillo y raspar las semillas, echando todo (vaina incluída) en el líquido. Calentar y mezclar para que se disuelva bien el azúcar.

Coger las hojas de gelatina, escurrirlas bien apretándolas en la mano, y añadirlas a la nata mezclando con una varilla o un tenedor. Añadir el licor elegido y mezclar bien.

Untar muy, muy ligeramente los moldes con aceite vegetal. Verter la pannacotta y dejar que llegue a temperatura ambiente. Ponerla entonces en el frigorífico para que solidifique, por lo menos 3 horas.

Al momento de desmoldar la pannacotta, si los moldes son de metal pasarlos muy rápidamente por agua caliente (es suficiente el agua caliente del grifo), luego volcarlos en los platos de servicio. Servirla acompañada de fruta fresca cortada a daditos.