Referendum. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 9 de octubre de 2013

EN JOT DOWN

Hay quien se siente muy orgulloso de haber nacido donde nació. Se trata, supongo, de un orgullo por delegación, porque el nasciturus suele carecer de capacidad de decisión y nace donde le nacen. Hay gente, pues, orgullosa de que su madre pariera donde lo hizo y en el momento en que lo hizo, y de que le enseñaran las primeras palabras en tal idioma o tal otro. No es nada nuevo. Los romanos adoraban a los «lares», los dioses de la familia y el terruño, antepasados remotos y benévolos; bien mirado, esa era una religión más sensata que otras con cierto éxito contemporáneo. De la patria, un concepto más o menos concreto (el lugar donde nació uno, o donde nacieron sus padres, según se opte por el droit du sol o el droit du sang), se pasa al patriotismo, algo completamente subjetivo que algunos aprecian y otros no llegamos a entender.

 

Deduzco que mi patria geográfica es Barcelona. Mis padres nacieron en Barcelona y yo nací en Barcelona. Mi lengua materna es el catalán. En ese sentido, mi patria es Cataluña. Carezco de sentimientos patrióticos, salvo una vaga querencia abstracta hacia Barcelona, una ciudad que me gusta cada día menos. Tengo un pasaporte de España, un país que me gusta cada día menos.

 

Dado que soy catalán, y dadas las circunstancias por todos conocidas, he acabado formándome una opinión sobre el referéndum que reclaman diversos partidos catalanes y un sector significativo de la ciudadanía catalana.

 

Estoy a favor del referéndum.

 

Sé que no existe espacio constitucional para esa consulta. También sé que las constituciones se cambian: me acuerdo de cómo se redactó la Constitución vigente, y de cómo se ha modificado cada vez que lo ha exigido la Unión Europea. Eso no es problema. También sé que el simple hecho de celebrarse el referéndum en el ámbito de la comunidad autónoma catalana implicaría el reconocimiento de Cataluña como territorio soberano, y que realizarlo en toda España sería una juerga formidable. Y no ignoro el marronazo europeo. La historia, todo eso de si Cataluña ha sido o no alguna vez independiente, si la guerra de Sucesión fue de Secesión, etcétera, me parece irrelevante en este caso.

 

Ya he dicho que soy catalán. Tengo además otros defectos. Me gustan, por ejemplo, los cambios y los conflictos, porque tiendo a creer (con la misma solidez argumental que los creyentes en Dios, es decir, ninguna) que pueden comportar mejoras y progreso. Cierto, también pueden comportar lo contrario. No se sabe hasta que se prueba.

 

Esa es una razón de mi interés por el referéndum.

 

La otra, la importante, está relacionada con la patria y la ciudadanía. En general, y mientras la emigración no constituya un fenómeno mayoritario, somos de donde nacimos. Porque sí, sin derecho a elegir. Como dice Galdós que dijo Cánovas, en referencia consciente o inconsciente a algo que dijo Quevedo, «es español el que no puede ser otra cosa». Aunque se pueda ser otra cosa, y se puede largándose a otro sitio y siguiendo ciertos trámites largos y complejos, resulta dificilísimo dejar de ser español.

 

El referéndum consagraría, como dice la propaganda del nacionalismo catalán, el «derecho a decidir». Eso me gusta. Me gustaría que el derecho a decidir fuera completo, porque entonces no tendría dudas sobre mi voto (elijo ser canadiense), pero poder optar entre España y Cataluña tiene su interés.

 

Ignoro aún qué votaría. Dependería de las condiciones objetivas o, para ser más claro, de lo que ofrecieran unos y otros. Ya he dicho que soy catalán y por lo tanto pesetero, interesado, gorrón, insolidario y refractario a la «marca España»; es más, reconozco que cuando se enfrentan las selecciones de España e Italia, voy con Italia. En resumen, un catalán de mierda. Por otra parte, fui educado en la devoción a la defensa de Madrid (hablo de la Guerra Civil, no del Bernabéu), escribo casi siempre en lengua castellana y cuando se enfrentan las selecciones de España y Alemania, voy con España.

 

Sospecho que, si me dieran la oportunidad, votaría por España. Porque siento que la caspa inagotable de ese país es un poco mía, porque siento que su desgracia es también la mía, porque no me fío de los míos más que de los otros, porque no es elegante abandonar un barco que zozobra (y menos en una lancha de fortuna), porque prefiero seguir quejándome y porque, pudiendo elegir, parece tonto quedarse con lo que uno ya es. Sospecho que me convertiría en español por elección, un español mucho más español que los españoles por casualidad.

 

Evidentemente, preferiría que ganara la independencia. Sería la forma más cómoda de vivir de una puta vez y para siempre en el extranjero.

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