Blog de Juan Cruz sobre periodismo

Fernando Santiago Muñoz | 14 de septiembre de 2014

He pensado mucho en este asunto que hoy traigo hasta ustedes. Y sobre él no he leído nada más oportuno ni divertido que lo que escribió Juan Carlos Onetti en uno de aquellos artículos que escribió para la agencia Efe en la época en que la dirigía Luis María Anson.

Onetti, uno de los escritores más extraordinarios de la lengua española del siglo XX, fue periodista hasta la última hora de su vida; leía diarios, escribía en ellos, e incluso escribía en Cartas al Director. En una ocasión célebre, cuando Camilo José Cela insistió en arremeter contra los jóvenes autores españoles, él salió en defensa de Antonio Muñoz Molina, que había sido cruelmente, e injustamente, alanceado por el marqués de Iria Flavia, que entonces se sentía con licencia para matar.

Además de periodista, el autor de El astillero era un lector de periódicos que usaba su lápiz rojo para poner de manifiesto nuestros errores, nuestras reiteraciones y, sobre todo, nuestra tendencia a caer en lugares comunes.

El artículo al que me refiero era un ataque de Onetti al señor Fuentes. Según él, se cita con tanta frecuencia a ese señor en los reportajes, en las crónicas y en las columnas de los periódicos que éstos deberían tenerlos en nómina. Decía Onetti que no había texto en el que no apareciera ese señor Fuentes como punto de referencia, y era cierto: por entonces tomé la costumbre de subrayar todas las veces que ese recurso aparecía en los periódicos; su abundancia producía sonrojo.

Ese artículo de Onetti, como la mayor parte de los que escribió el maestro, obedecía al propio esquema de sus conversaciones: parecía serio e incluso circunspecto, pero en el desarrollo de sus argumentos tendía a tomarte el pelo, o a tomárselo a sí mismo. En esta ocasión le tomaba el pelo a una situación que ha prosperado, decía él, en el periodismo español: los periodistas y los columnistas alardean de fuentes que jamás citan por su nombre. El lector, piensan los que construyen sus textos sobre aguas movedizas, debe dar por sentado que las fuentes aludidas existen y que el periodista no se las inventa.

Onetti no se lo creía. Según él, el periodista usa ese genérico (Fuentes, el señor fuentes) por su propia comodidad, pues en efecto es posible que haya accedido a esas opiniones de las que se sirve, o a esos datos, pero nada le impide que sea honesto y dé pistas sobre quién se los dio.

Los anglosajones, que seguramente usan el término tanto como nosotros, suelen acercarse a la naturaleza de la fuente, aunque no siempre lleguen a citar a la fuente misma: ofrecen datos que le garantizan al lector que en efecto ese señor Fuentes existe. Si no se quiere descubrir la fuente, basta con decir a qué grupo representa, por qué es interesante utilizarla u otros detalles que le den cuerpo. Si la fuente se queda en el genérico el lector está autorizado a no darla por buena y a atribuirla a ese señor Fuentes que según Onetti debe estar en la nómina de las periódicos a la vista de lo abundantemente que aparece en ellos.

Entre las razones de esta abundancia de referencias a fuentes debe estar la pereza del periodista, que conoce de un asunto y considera que citar fuentes le da prestigio, aunque la fuente sea él mismo; es cierto, además, que en España abundan las reuniones confidenciales entre políticos y periodistas y entre empresarios y periodistas, y eso ha dado curso a numerosas informaciones o rumores no acreditados a los que luego le pone voz el señor Fuentes.

El resultado de este recurso es el descrédito progresivo de la palabra fuentes y por tanto el progresivo deterioro de ese señor que sigue en nómina y cuyo apellido, como preveía Juan Carlos Onetti, ha terminado cansando a los lectores que quisieran saber de dónde demonios viene lo que sabemos los periodistas.


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