Un solo campo de batalla. Por Soledad Gallego en El País

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

La fatiga, el cansancio que provoca la frustración, hace que las personas se vuelvan gelatinosas, decía George Orwell, y lo mismo puede suceder con las sociedades, que pierden cohesión, sumidas en la desigualdad y el desaliento. Por eso, Napoleón no pedía valor a sus soldados, sino resistencia. Agotados por una crisis que dura una década, el cansancio puede hacernos creer que las cosas están volviendo a la normalidad. Al fin y al cabo, el xenófobo Geert Wilders no ha conseguido ganar las elecciones; los sondeos dicen que Marine Le Pen no sobrevivirá a la segunda vuelta; la economía parece repuntar y Trump lleva dos meses en la Casa Blanca y no se ha caído el mundo.

En realidad, no hay síntomas reales de una vuelta a la normalidad, entendiendo por eso el regreso a una organización política, económica y social similar a la que existía a finales del siglo XX. La normalidad del siglo XXI será, seguramente, diferente; de lo que se trata es de que no sea ni más cruel ni más injusta y de que una percepción equivocada no diluya la resistencia necesaria para mantener esos objetivos.

En Holanda, el partido de Wilders no quedó primero, pero sí segundo, pese a un programa brutal, en el que no se escondía nada: abandono de la Unión Europea, cierre de fronteras, abolición de la libertad de culto. Al mismo tiempo, las elecciones holandesas han sido el escenario de la implosión del partido socialdemócrata, protagonista de la vida política de los Países Bajos desde 1945 y uno de los grandes impulsores de la creación de la Comunidad Europea. Fue un socialista holandés, Sicco Mansholt, miembro de la resistencia y el ministro más joven de su país hasta la fecha, quien puso en pie la Política Agraria Común, de la que aún nos beneficiamos los españoles. Y fue un socialdemócrata, Willem Drees, quien gobernó los Países Bajos de 1948 a 1958, 10 años decisivos en los que se levantó la sociedad de bienestar y el país se ganó la fama de modelo de tolerancia. De todo eso parecen quedar pocos restos, recogidos, en todo caso, por otro partido, la Izquierda Verde, con un dirigente de 30 años, Jesse Kapler, hijo de inmigrante, que propone la defensa a brazo partido de la Unión Europea.

Curiosamente, es el mismo mensaje que lanza el candidato francés que parece mejor situado para parar a Le Pen. El centrista Emmanuel Macron, de 40 años, coincide con Kapler en relanzar la Unión Europea, como único mecanismo capaz de frenar la deriva autoritaria del continente. Si ese propósito fuera sincero, para Macron sería más útil la victoria de Martin Schulz, el socialdemócrata alemán, incontaminado por la gran coalición, y con el mismo vocabulario europeísta, que la agotada Merkel.

Pase lo que pase, el futuro de la Unión Europea, su objetivo, es la verdadera trinchera que va separando las dos opciones políticas en las que se divide el continente. Al final, es la Unión Europea, el extraño mecanismo, la extraordinaria aventura internacional que comenzaron seis políticos con férreas voluntades, la que exigirá decisiones. Hace muchos años que esas decisiones dejaron de ser políticas para someterse a visiones financieras. Nada indica que las cosas vayan a ser de otra manera, pero tampoco que esa tensión se decante definitivamente a favor de quienes encabezan ese ataque. Quizás sea todavía posible sacudirse el cansancio, correr riesgos y apostar por otra manera de seguir adelante. El panorama está lleno de incógnitas, pero nadie puede decir que la pelea esté acabada o, su fin, predestinado. Tampoco que no se sabe dónde está el campo de batalla. En realidad, solo hay uno.


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