Pintar la mar. Por Julio Malo

Fernando Santiago Muñoz | 6 de mayo de 2017

PINTAR LA MAR

Releo unos versos de Rafael Alberti: “¡Dejadme pintar de azul / el mar de
todos los atlas!”. Forman parte de “Marinero en Tierra” uno de los
poemarios más entrañables de un escritor que quiso ser pintor, y los dedica
al poeta bengalí Rabindranath Tagore quien influyó a nuestra generación del
27 gracias a las excelentes traducciones de Zenobia Camprubí, esposa de
Juan Ramón Jiménez. Alberti obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1925
por estos poemas que había escrito durante una convalecencia en Segovia, se
trata de una poesía nostálgica que va a caracterizar la trayectoria del
autor durante su largo exilio, desde el cual siempre añoró la luz de su
bahía: “redonda y perfecta, llena de velas gaditanas”. (La Arboleda
Perdida, 1959). El pintor Pepe Baena, en cuya obra vibra de forma
sorprendente la luz, dice con humidad que roba los colores de sus lienzos
al sol de la Bahía de Cádiz. Tal vez eso explica también la expresiva
luminosidad de otros dos grandes maestros: Cecilio Chaves y Hassan
Bensiamar, quienes como Pepe saben mostrar en sus cuadros tonos de
excepcional sutileza: azul ultramar, turquesa aguamarina, verde salino,
gris plata y naranja dorado. Quiero añadir a este grupo de sacerdotes de la
luz a Manolo Cano, quien ahora en su estudio del Campo de Gibraltar se
dedica a dibujar adorables acémilas.

Lo comentaba Pablo Juliá: pocos paseos tan bellos como el que se despliega
a lo largo del litoral atlántico de la isla gaditana, desde el Castillo de
Sancti Petri, antiguo Templo de Melkart, hasta la Avanzada de Santa Isabel,
posible solar del Templo de Astarté. Largo recorrido que va desde los
cordones dunares de Cortadura al dilatado Paseo Marítimo de la ciudad,
sobre cuya balaustrada puede contemplarse cómo cada tarde el sol se
zambulle en el océano de forma diferente; más allá, la Playita de las
Mujeres a resguardo de los vientos, y el Campo del Sur cuyas murallas
protegen al caminante del Mar de Vendaval. Pablo es un excelente fotógrafo
y su cámara ha recreado miles de mágicas puestas de sol. Como: Hans Josef
Artz, Kiki, Julio González y Javier Reina, también los artífices de la foto
son profetas del sol de Cádiz.

La Caleta de Santa Catalina puede ser el final feliz de cualquier paseo y
ofrece sus propios colores; recuerdo un cuadro de Pepe Baena que enseña el
Medidor de Marea situado en el Camino del Arrecife, desde la puerta de la
muralla hasta el Castillo de San Sebastián y la Avanzada de Santa Isabel.
El paseante ha alcanzado un lugar pleno de mágicas evocaciones, con sus
primorosas fortalezas, las piedras que fueron sillares de soberbias
edificaciones, las ciudades sumergidas y los galeones hundidos, la playa de
dorada arena, y las chicas paseando descalzas para emular a Telethusa, cuyo
espíritu aún baila en los crepúsculos anaranjados para recordar que la mar
de Cádiz también es una mujer luminosa y coqueta. La Caleta siempre añora a
Fernando Quiñones quien se pasaba las mañanas recogiendo los desperdicios
para mantener bonita su playa, y empleaba las tardes para contar historias
de osados piratas y de pizpiretas cortesanas. Pintores, fotógrafos y
poetas, como los citados y muchos más, encuentran en este lugar algo más
que una fuente de inspiración; pero no hace falta dedicarse a un oficio
artístico para dejarse embaucar por un atardecer caletero, triste quien no
ha podido disfrutar de este regalo de la naturaleza y del trabajo de muchos
pueblos.

  • Uantuzri

    Rothko.

  • Otro

    Qué maravilla.

  • Barby de Cai

    Buen recorrido, poético, salado, luminoso y pictórico, el que has hecho Julio, por nuestra ciudad y toda su costa. Solo manos privilegiadas serían capaces de plasmar en un lienzo la calidad de nuestra ciudad, y de nuestras costas, con sus inmensas tonalidades. Cada día distinto, misma hora mismo lugar.. distintos colores. Ni las nubes son capaces de eclipsarla. Creo que nuestro carácter va unido a esta claridad especial, a parte de la historia, y de gozar de un puerto abierto a todos los mundos. Cádiz, salada claridad, que aunque salió de la pluma de Pemán, no por ello deja de ser bella. Orgullosa de nuestra ciudad, de sus rincones, de sus salidas y puestas de sol, y mas aún, me sentí, cuando un día paseando por la Plaza de San Antonio, me crucé con una pareja de turistas nacionales, que comentaron: Nunca había visto esta claridad en ninguna ciudad.. Para mi fue una bocanada de ese olor a mar.. que solo los que tenemos el privilegio de disfrutarlo cada día, podemos conocerlo bien.

  • Uantuzri

    Barby, gran comentario, para mi gusto sólo sobra una palabra: aunque.
    Porque estamos hablando de otra cosa y la mezclas, menos la de la ginebra con tónica, no son buenas.

  • Jesús María Serrano

    C Á D I Z -I-

    Apetece sentirse arracimado:
    de vasos,
    de besos,
    de alcobas.

    Apetece autodestruirse.
    Quebrantar la figura.
    Desarrollar un trazo.

    Y acabar sin desmayo,
    paseando
    cerca de la Alameda.

    Farolas como perlas.
    Los ojos guiñados por un faro.
    Frenesí de los barcos suspirando.

    Todos los que tienen balcones al mar,
    acaban ciegos.

    Jesús María Serrano
    Del libro Cálidoscopio
    Antología Generacional
    Colección El Ermitaño II, 1993


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