Llévame en tu bicicleta. Por Yolanda Vallejo

Fernando Santiago Muñoz | 12 de noviembre de 2017

Hay un Cádiz que nunca existió o que solo existió donde da la vuelta el aire. Un Cádiz que no aparece en los libros de historia, que no sabe de Estrabón ni de César, que no entiende de esplendores comerciales ni de rutas transoceánicas; que no conoce ni siquiera el fracaso, ni el sabor de la derrota, ni falta que le hace. Es un Cádiz hecho de nombres, de leyendas más que de rimas. De hijos pródigos que malgastaron su herencia en paseos eternos por las calles que llevan hacia el mar, y que nunca se fueron por más que ya no estén. Son de Cádiz, son Cádiz. Un Cádiz que nunca existió porque nadie se ocupó de dejarlo escrito, ni de contárselo a sus hijos.

Los llaman personajes, como si el término trascendiera a la persona. Personajes de Cádiz, como si no hubiese nombres, ni apellidos debajo de una sonrisa desdentada, debajo de un grito desesperado, debajo de un abrigo que se arrastra, debajo de una mirada perdida. Como si formaran parte del paisaje, como si fueran de siempre, como si fuesen de nunca. Son –o eran– el Marchena, Vicente el Largo, el Troy y su madre, la Cabiria, Rafael el Bizco, el Macarty, Carlos el Legionario, María la Yerbabuena, Paquito el del Mentidero, la Uchi… los últimos baluartes de un Cádiz que nunca existió, o que solo existió donde da la vuelta el aire.

Porque esta ciudad hecha de recortes, de retales de las sedas y los brocados que por aquí entraban a la vieja Europa, está también hecha de sus gentes, de los hijos engendrados por el Levante, de los desheredados, de los hermanos pequeños de los que dieron nombre a las calles y a las plazas. Nadie hablará de ellos, porque solo forman parte de la memoria de una ciudad a la que, cada vez más, le empieza a fallar la memoria. Serán solo recuerdos, sombras vagas, letras de un carnaval del olvido, y tal vez una bandera a media asta cuando, de pronto, alguien diga, «ya no está».

Se fue Carlos, se fue Vicente el Largo, se fue La Cabiria, se fue el Marchena… se fueron sin que nuestros hijos pudieran conservar nada de ellos. Tampoco la muerte nos iguala, porque así de injustos somos con nosotros mismos. Así de crueles nos ha vuelto esta sociedad en la que todo es tan políticamente correcto como moralmente reprobable. Nos pusimos las gafas de ver de lejos y se nos olvidaron las imperfecciones de lo más cercano. Las imperfecciones de quienes hicieron de Cádiz un lugar perfecto para crecer. Qué pocos recuerdan ya a Rafael el Bizco dando vueltas a la plaza de España, o al Marchena Picuito con las dos piedras en los bolsillos –o en la leyenda–, o a Carlos cuando desfilaba como la majorettes de Montpellier…, pero crecimos con ellos. Y aprendimos, con ellos, que ser diferentes es una obviedad, pero que ser iguales es un logro social, un derecho, y que lo olvidamos con demasiada frecuencia.

La Uchi ha sido la última en irse. Se fue el viernes por la mañana, de manera tan inversamente discreta a lo que había sido su vida. También pertenecía a ese Cádiz que nunca existió. A un Cádiz en bicicleta cuando no había carril-bici, a un Cádiz de soldados en los cuarteles, a un Cádiz de municipales uniformados, de guardiamarinas de Elcano, de coches-choques en Santa Bárbara, de socorristas de La Caleta. A ese Cádiz que le gritaba «Uuuuuchiiii», y que al que ella le contestaba con el primer disparate que se le ocurría, utilizando un código tan de aquí que solo aquí se entendía.

Con su bicicleta iba persiguiendo sueños –siempre vestidos de uniforme–, que tal vez –quién lo sabe– se convirtieron en pesadillas, con los años, con una madurez que encajaba poco en su desdentada sonrisa. Formaba parte de su barrio, tanto como las caballas o las cañas del país que ya no se ven en los balcones. Tanto como la Petróleo y como el cuadro de la Virgen, pero era Cádiz en estado puro. Ese Cádiz que, a veces, nos avergüenza cuando lo vemos a través de las cámaras, pero que siempre nos enamora cuando lo vemos a través de sus atardeceres. No es un Cádiz oculto, es nuestra patria.

Porque, si como decía Rilke, la infancia es la patria del hombre, mi infancia estuvo habitada por todas estas personas –me niego a llamarlas personajes- que desde la extravagancia, desde la excentricidad, desde la soledad, o desde la inocencia, me enseñaron a respetar las diferencias y a convivir perfectamente con ellas. Sin exigir nada, sin esperar nada.

Eran otros tiempos, es verdad. Tiempos en los que se perdía el tiempo conociendo a nuestros vecinos, jugando en las calles, perdiéndonos en casapuertas oscuras. Tiempos en los que no hacía falta aplaudir el ocaso del sol, porque sabíamos que cada mañana volvía a salir de nuevo, y por el mismo sitio. Tiempos en los que quisimos que la Uchi nos llevara en su bicicleta.

Tiempos de un Cádiz que ya no existe, y que nuestros hijos ni siquiera podrán recordar.

 

  • Julio Malo de Molina

    Entrañable Yolanda, muy entrañable tu homenaje sentido a la Uchi, en uno de los mejores artículos que te he leído, lo cual es mucho decir pues eres para mí la mejor pluma de Cádiz. Entrañable este texto donde habla tu corazón de mujer buena que contagia su sabia bondad, recordando ese “Cádiz que nunca existió porque nadie se ocupó de dejarlo escrito”. Tú sí Yolanda, con ese corazón enorme y esa prosa poética que emociona. Escribes de: El Marchena, Vicente el Largo, el Troy y la Cabiria, Rafael el Bizco, Carlos el Legionario, María Yerbabuena, Paquito el del Mentido, personas que llenaron Cádiz de inocente y humilde alegría, como El Sevilla, de quien yo escribí citándole por su apodo carcelario: Mac Coy. Recuerdo a la Uchi en su bici requebrando a los taxistas. Entrañable despedida la que tú escribes Yolanda, la que se merece esa Santa Inocente, la Uchi.

  • Pepe Cabrales

    Una Oda a estos personajes? Estamos locos. Toda esa interpretación de ellos, toda esa literatura simplona está en nosotros, no en ellos. Algunas de estas personas que nombra la columnita, no todas, fueron una desgracia tremenda para la familia. Ellos soportándolos, sí que fueron los héroes. Estoy cansado de tanta hambre de mito falso. La Uchi dándole dos quiebros a un taxita, a un hombre que se está partiendo los cuernos nueve horas al día por mantener a su familia; eso es una gracia para Julito, quien por asunto menores (desde su más puro egocentrismo de niño mal criado), es capaz de pegar dos gritos estrambóticos al que sea. Pero estas anécdota imbéciles que narra de la Uchi, son entrañables para él. A mi, qué quieren que les diga, todo esto me parece basura. Alguna vez han reflexionado sobre el por qué de esta necesidad que tienen de crear falsos mitos?

  • Océano

    Gracias Yolanda, falta kid Betún otro gran personaje que tanto echamos de menos, por cierto , os acordáis de El Pantoja, alguien sabe algo?.

  • Julio Malo de Molina

    Lección de vocabulario castellano para Cabrales: “requiebro” es voz que no quiere decir “dos quiebros”, sino “piropo”. Y gracias por llamarme Julito, me rejuvenece.

  • Uantuzri

    Y Manolo el Aviador y muchos más, Cádiz es tierra pródiga.
    No estoy de acuerdo con la sentencia “Un Cádiz que nunca existió porque nadie se ocupó de dejarlo escrito”.
    Lo escribió, describiendo a los personajes, Joaquín Piserra en su libro “Locos del Viento” (1987).

  • ESO NO ES NADA

    Pero Julio Malo, o mientes en tu artículos o tu has pasado esos años que Yolanda describe, muy lejos de España, dando clase de arquitectura en las más prestigiosas universidades británicas, latinoamericanas, y en Madrid.

    Lo que no podrás negar, es que de lo antedicho has presumido y mucho, y que lo decidiste por propia voluntad.

    Pues cuando estabas sujeto a disciplina paterna, donde realmente vivías, era en el Barrio de Serrano, en Madrid; y cuando venías en verano a la Provincia -a prepararte las muchas asignaturas que te quedaban para septiembre – era al magno chalet de papi en Vistahermosa, donde no siempre mami te dejaba pedirle a las mucamamas más hielo para tu whisky.

  • Gustavo

    Falta otro famoso personaje gaditano “El Sieso Santiago”, por el autor del presente blog, todo un clásico: – Mira por allí va, en busca de la noticia, El Sieso Santiago :(

  • gadita

    Muy acertado Pepe cabrales.

  • Pepe Cabrales

    A Julio le resultan merecedores de oda, estos personajes estrafalarios. Aunque nunca los hubiera acogido en su casa. Nunca les hubiera limpiado las mierdas después de una borrachera. Es que Julio se dedica a la prosa poética. Así, estos personajes (los indigentes), son temas de entretenimiento. De requiebros en castellano (aunque yo prefiero decir español). Para mi, que no estudié en el extranjero, y que, como decía Emilio López, el Río Saja es una venta de carretera, cuando observo a Julio, veo en él un niño malcriado que nunca ha crecido, un anciano y difícilmente soportable por más de veinte minutos. Yo nunca tuve una nurse. Era mi madre quien me quitaba los pañales, puede que sea de ahí de donde me venga ver a estos personajes, no como juguetes en mitad de una juego de palabras.

  • Pepe Cabrales

    Alguien a tosido? es que me ha parecido.


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber