La infancia recuperada. Por Julio Malo

Fernando Santiago Muñoz | 13 de enero de 2018

GUILLERMO BROWN_FotorEs el título de una obra publicada por Fernando Savater en 1976 que desde
entonces ha conocido múltiples reediciones y es libro de cabecera para
quienes nos rebelamos contra la punzada abrasadora del tiempo. El filósofo
escribió “La Infancia Recuperada” en unos momentos decisivos de nuestra
historia, al final de la dictadura y comienzos de una imprecisa
“transición”. También representa un punto de inflexión en la prolífica
producción de un autor que había participado en las revueltas estudiantiles
de su época juvenil y mantuvo en sus escritos posturas muy radicales. Creo
que fue por entonces cuando dijo: “he sido un izquierdista sin crueldad y
aspiro a convertirme en un conservador sin vileza”; debo confesar que
durante algún tiempo hice mía esa frase, la cual no deja de sonar a cínica
boutade. La edición de 1994 la dedica el profesor de ética a su hijo Amador
para quien declara ser centinela de sus cuentos. Penguin acaba de
reimprimir la duodécima edición de 2015, buena ocasión para dejarse guiar
por Savater en la relectura de esas narraciones que nos devuelven la edad
feliz, inocente y desalmada, pues como sostenía Rainer Maria Rilke: “No
creáis que el destino sea otra cosa que la plenitud de la infancia”.



Llegué a Cádiz aún niño desde una isla volcánica en medio del Océano, mi
infancia discurrió en una casita de tejas verdes con amplio jardín ornado
mediante pérgola y fuente de mayólica; delante de su cerca discurría el
tranvía cuyo ruidoso paso acompañaba mis viajes en La Hispaniola con Jim
Hawkins y Long John Silver, o en el Nautilus con el Capitán Nemo; las
travesuras de Guillermo Brown en su pueblito inglés, las peripecias del
pirata de Mompracen, y los riesgos de un forastero en Sacramento. También
la belleza de Singhi-Lay, la mujer pirata enamorada de un Capitán Trueno
quien inexplicablemente prefería a una edulcorada vikinga llamada Sigrid. Y
la exquisita limpieza de los dibujos de Hergé; a Tintín le debo un
provechoso regalo, gracias a sus aventuras aprendí a leer en francés, ya
que los álbumes de la Editorial Juventud aún no llegaban a la librería
Cerón y mis padres me traían desde Tánger las ediciones belgas.



Recuerdo que todas esas peripecias leídas y soñadas inspiraban también
nuestros juegos de chiquillos libres e irresponsables. La banda de
proscritos que formábamos reproducía los hábitos de Guillermo Brown, como
beber agua manchada de regaliz al modo de las narraciones de Richmal
Crompton, la anciana profesora inglesa vestida de negro que supo adoptar
como nadie el punto de vista del niño. Esa fratría forjada en los tiempos
alegres y despreocupados sobrevive en recuerdos teñidos por las historias
que luego hemos contado a hijos y nietos. Recuerdos que marcan como esos
pequeños cortes de sangre en las manos cual rito iniciático para sellar la
lealtad al grupo; porque tal como decía Borges, la amistad al contrario del
amor no exige de la frecuentación. Cuando paseo de nuevo con Pablo Juliá o
con Juan Acuña, por esa larga línea del perfil oceánico de Cádiz, aún
sentimos el perfume de la aventura marinera. Pertenecemos a una generación
que ha decidido no envejecer, una franja social entre los cincuenta y
setenta o más años, novedad demográfica parecida a lo que en su día se
reconoció como adolescencia para identificar a una masa de niños en cuerpos
crecidos. La juventud la llevamos en las narraciones y las aventuras
compartidas con saludables dosis de alegría y de rebeldía.

  • Carlos Bento

    Precioso artículo, querido Julio. Me he emocionado un poquillo al leerlo porque, como te puedes imaginar, me siento identificado con todo lo que narras de forma magistral. Aquí seguimos, dando caña, esa masa de niños en cuerpos crecidos, una generación que hemos decidido no envejecer.

  • Unamisma

    Lo mismo opino Julio y Carlos, eran otros tiempos.. aún recuerdo cuando iba al quiosko y, entonces, podías comprar o alquilar por poca cantidad uno de esos libros. Buen artículo. Grande Julio.

  • Antonio Madrid

    Empecé a leerlos con siete años, además de identificarme con Los Proscritos, aprendí a saborear un humor diferente y conocer una sociedad distinta.
    Creo que estos libros nos ayudaron a los niños que ni íbamos a colegios de frailes ni campamentos de la OJE a entender que ni éramos proscritos ni raros.

  • Jesús María Serrano

    Tampoco tenían tal poder de seducción -me prefiero a las sotanas- porque ni allí entonces, ni ahora tampoco, consiguen persuadirnos e inocularnos los venenos de sus viejos tabúes y es que Malo tiene razón cuando dice que la juventud habita en las narraciones y las aventuras. ésas que somos capaces de vivir y la capacidad de crear nuestro universo, un espacio donde ocurren historias que se entrecruzan con la misma facilidad que se baja uno de un tranvía y se sube a otro.


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