Historia de dos ciudades. Por Yolanda Vallejo

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

Seguro que a usted también le pasa, aunque nunca se haya detenido mucho a pensar en los detalles. Reconozca que ha tenido muchas veces la sensación de vivir en dos ciudades a la vez. En dos ciudades que nada tienen que ver entre sí, pero que conviven a lo Pleasantville con una habilidad pasmosa, y por donde sus habitantes transitan cruzando de una dimensión a otra, con total normalidad. Alicia lo hacía a través del espejo, los hermanos Pevensie lo hacían cada vez que salían del armario –en Narnia- y nosotros lo hacemos continuamente a través de las noticias que se generan entre los muros de esta, cada vez más provinciana, localidad. No lo niegue. A usted le pasa continuamente; no es exactamente un viaje en el tiempo –el pasado y el futuro se confunden tan a menudo-, ni tampoco es un viaje en el espacio, aunque a veces nos cueste reconocer los lugares por donde nos movemos. Es una sensación extraña, en la que uno no se siente del todo incómodo, pero tampoco está totalmente a gusto.

Verá. Hay un Cádiz a lo barrio Sésamo, donde huele a pan recién hecho, donde los vecinos y las vecinas se reúnen, discuten –o debaten, como quiera-, toman decisiones, van en bicicleta, dan de comer a los gatos, donde el alcalde es uno más, que lo mismo coloca un husillo mal puesto, que limpia la playa de temporales; donde al colegio se le llama escuela y a la plaza, mercado. Una ciudad siempre en riesgo de exclusión social, atrincherada en su propia ensoñación de reparto igualitario de recursos e ínfulas de autogestión. No es un Cádiz alternativo, porque –seamos sensatos- hay pocas alternativas en esta ciudad, pero juega a serlo. Un Cádiz de buen rollo. Un Cádiz de calle, de barrio, de plazoleta recuperada para que jueguen los niños al trompo y al pollito inglés –lo del mangüiti es demasiado salvaje y poco educativo-, para que tiendan al sol banderas multicolores mientras en los mostradores suenan los nudillos a compás. Un Cádiz que mira al mar despejado, y que aún espera a los barcos del otro lado del mundo. Todo tiene arreglo en ese Cádiz que solo existe en los programas electorales y en los vídeos promocionales, y en el que usted, confiéselo, no se reconoce.

Hay otro Cádiz a lo señorita Rottenmeier donde, de todo se hace un problema, donde se discute –no se debate, por supuesto- antes, durante y después de cada paso que se da. Un Cádiz de rencillas, del y tú más, del grito y la bronca. De apariencias, de sermones, de colegio clasista uniformado, de nostalgia, de qué tiempos aquellos, de pasear al perro cada mañana. Un Cádiz de ley y orden, de señores y señoras, de coche en la puerta, de cornetas y tambores, de centro comercial, de casino provinciano. Un Cádiz del subsidio, del chapú, de la ayudita, que da la espalda a todo, porque todo le molesta. Un Cádiz que ha hecho de la nostalgia virtud, y de la decadencia su seña de identidad, sin darse cuenta. Un Cádiz de mamotretos y de dignidad –que es la virtud que enarbolamos cuando hacemos el ridículo y no queremos reconocerlo. Un Cádiz inamovible donde nada puede cambiar porque todo ha sido siempre así. Nada tiene arreglo en ese Cádiz derrotista, que ni siquiera existe en los programas electorales ni en los vídeos promocionales, y en el que usted, confiéselo, tampoco se reconoce.

Pero existen. Las dos ciudades. Conviviendo. Superpuestas, dobladas sobre un mismo plano. Como los complementarios, que diría Antonio Machado. Porque no puede mirarse una ciudad sin la otra. Tienen que mirarse una a la otra. No puede gobernarse una ciudad sin la otra. No puede gobernarse para una ciudad sin tener en cuenta a la otra. Y no solo porque estén condenadas a entenderse, sino porque son la misma, pero en distintas versiones. Tan virtual la una como la otra; tan reales ambas.

Nos queda un largo año por delante. De aquí a las elecciones municipales nos dirán tantas veces que somos de una o de otra ciudad, que tal vez caigamos en la tentación de creérnoslo. Es mucho más fácil alistarse a un bando que luchar cuerpo a cuerpo. Y mucho más fácil, dar la batalla por perdida antes de aceptar que la convivencia no es fácil, pero tampoco es imposible. Quizá todavía estemos a tiempo y quizá, alguno de los pretendientes al trono se de cuenta de que el “divide y vencerás” le sirvió a Julio César de bien poco.

Quizá no esté de más recordar a Dickens que en tiempos tan revueltos como estos, escribió sus páginas más brillantes “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de las luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”.

Ya ve, como la vida misma. Al final, todo está en los libros. Seguro que usted ya lo había pensado.

 


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