Edad Media. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 15 de abril de 2019

 

No entiendo la gracia que le ve la gente a vestirse como si estuviéramos en la Edad Media , fuera del carnaval quiero decir. Entendería esa situación en el mes de febrero pero en abril me resulta extraño, aunque quizás el raro soy yo.  Pepe Monforte bautizó la Semana Santa como “el carnaval de los curas” aunque en realidad tengo la sensación de que a la mayoría de los sacerdotes no les hace mucha gracia esa idolatría pagana, esa devoción exagerada a una talla de madera en gente que nunca va a misa ni cumple los preceptos del catolicismo. En todo caso  la pléyade de penitentes disfrazados como en un auto de fe o como el Ku Klux Klan deberían dar más miedo que ternura. Los capirotes, los antifaces y toda esa parafernalia es algo extravagante, extemporáneo, sacado del túnel del tiempo. Algo más cercano pero también estrafalario es la devoción que algunas mujeres, una minoría afortunadamente, tiene por la mantilla, una prenda de nuestras abuelas o bisabuelas. Que haya asociaciones de “mujer con mantilla” , que haya pregones sobre la mantilla como si fuera algún tipo de mérito especial  vestirse de negro y ponerse sobre la cabeza una pieza de encaje con una peineta. Igual durante algún tiempo se pudo considerar tan español como un traje de luces pero ahora resulta un poco absurdo. Es como si se pretendiese reivindicar el corsé, el miriñaque o alguna otra prenda por el estilo. La moda cambia, la ropa se hace cada vez más cómoda para que los  hombres y las mujeres luzcan sin necesidad de llevar prendas que hagan difícil la vida normal. La capa, tan española, se perdió de manera paulatina a pesar del Motín de Esquilache, por decir algo. Los sombreros cayeron en desuso (“los rojos no usaban sombrero” se anunciaba una sombrerería de Madrid tras la victoria de Franco) y luego ha vuelto en forma de gorra, jipijapa o stetson. Cuestión de modas. Eso sí, no se usan prendas incómodas salvo el  exgeneral Rosety al que le gusta ponerse  un frac con medallas y bandas en cuanto tiene la menor ocasión, quizás porque sea tan rancio como lo son las que promueven la mantilla, todos ellos muy representativos de la España eterna, la del Valle de los Caídos, la que hace guardia frente a los luceros, mis camaradas fueron a luchar, el gesto alegre y firme el ademán. Falta que Rosety y su tropa reivindiquen el azul mahon  y que Ana Peral se ponga mantilla aunque tenga que utilizar una chincheta para fijarse la peineta.

Fernando Santiago


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