Juan Carlos Aragón toma partido. En El Desmarque

Fernando Santiago Muñoz | 14 de mayo de 2019

EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR KICHI

No te iba a hacer el desagravio de no pedir públicamente el voto para ti, amigo. Aunque la Gira con Bob me tenga ahora más ocupado en otros menesteres más artísticos que políticos, no me olvido del compromiso ciudadano de estar ahí cuando más nos necesitamos, que de guarros y esquiroles están los foros llenos.

Te confieso, amigo, que este artículo empezó en la desesperanza al ver anunciada la “confluencia”. Decía algo así como… “Si antes lo pido… antes aparece el pie 119 del gato”. No era suficiente con el “Por Cádiz sí se puede” o un más básico aún “Podemos Cádiz”, que vale tanto para nosotros (Podemos) como para nosotras (Podemos). Po no, ea. Había que reinventar la pólvora política de Cádiz con la misma marca con la que se pegó el carajazo en Andalucía. No sé si la idea procede de las bases o del Politburó. Del alcalde, lo dudo, sinceramente, pues se limitó a retuitear el anuncio de la confluencia con el mayor vacío mediático que recuerdo en un RT suyo, máximo si tenemos en cuenta la futura trascendencia de la causa.

Insisto y no me cansaré mientras tenga remedio. La gente es muy básica, y la edad media de la ciudad apunta a la más pureta del país. Para llegar a esa gente no valen las redes ni los sofisticados renombres de las confluencias, uno por cada elección a la que se presentan. Porque la segunda parte es la ya célebre dificultad para encontrar la papeleta en la mesa del colegio electoral.

Hace cuatro años, Kichi ganó en Cádiz lo que parecía imposible. Ganó como ganó. Pero ganó, que es de lo que se trata. El apoyo para la investidura sabíamos que vendría en el mismo paquete de las zancadillas para vetar las propuestas del alcalde y hacer de su gobierno un continuo “más difícil todavía”. Empezó titubeando. Algo lógico, pues pasar del activismo sindical a una alcaldía como la de Cádiz implica un tránsito de formas y habilidades sociales que le costó un cierto —aunque breve— periodo de adaptación.

Pero se fue haciendo cada vez más fuerte. Quizá la emboscada de la maquiavélica Ana Pastor en El Objetivo marcara el punto de inflexión necesario para que Kichi perdiera esa ingenuidad y ese inocente punto de filantropía que distingue a la gente que llega a la política con los más nobles ideales, pero que tiene que moderar de súbito si quiere durar en ella más que un monaguillo en Rusia. Y lo hizo. Y además muy bien. Con sabiduría y fortaleza. Luchando contra todos los elementos y los cuatro vientos de costado.

Pronto empecé a sentirme orgulloso de él, de Cádiz, de mi voto. Estaba dispuesto a disculparle todo aquello que no era de mi total agrado, pues la buena fe asomaba por encima de cualquier proyecto, y eso vale más que un puente como el de San Francisco.

No puedo decir lo mismo de parte de su equipo de gobierno. En su descargo, la novatada de haber acabado de llegar y no tener bien medidas aún las capacidades y aptitudes gubernamentales de su equipo. Pero eso tenía —y tiene— solución. De to lo malo se aprende. Por ejemplo, no titubeó en cesar al concejal aquel que manchó la honestidad del equipo de gobierno con un suceso ridículo si lo comparamos con los que continuamente inundan la política de este país. Redujo espectacularmente la deuda del Consistorio. Se lo tomó cada vez más en serio. Hasta me hizo un carril bici para que yo pudiera acabar el popurrí de Er Chele Vara. Como para no votarlo.

Se había convertido en alcalde de derecho… y de hecho. Y de hecho es el hombre fuerte de la ciudad. Su candidatura ES ÉL. Aunque haya escuchado ya a alguna radical que me diga machista y quiera denunciar el “estereopatriarcado” de la alcaldía, veinte años después de que una mujer lo agasajara con cinco mayorías absolutas consecutivas. No fue Podemos. Fue José María González Santos. El Coleta lo sabía. El propio alcalde fue el primero en plantarle cara en público por la desafortunada e innecesaria ostentación de la compra del chalecito de los cojones, demostrando que en Cádiz mandaba un gaditano íntegro y fiel a sus ideales, por encima del partido y del Gran Jefe.

El lunes abrí Twitter y me quedé con las patas colgando. Otro mamoneo para encontrar la papeleta. Otro lío para la gente básica, que es mucha. Ninguna explicación a los votantes y simpatizantes de a cuento de qué esta confluencia con la misma marca que descalabró en las andaluzas. Que esto es lo que hay porque lo decimos nosotras y punto. Marketing. Digo yo que será.

La cosa no pinta para aventuras de ningún tipo. En momentos tan críticos la prudencia no es mala consejera. La palabra “conservador” no tiene por qué identificarse con la derecha cuando hay algo tan importante que conservar como la alcaldía. La fórmula usada en las anteriores municipales había dado resultado. Todos los cambios de estrategia de Podemos y sus alrededores restaron. Necesito que alguien me explique esto antes de votar. Y, además, que me convenza. Y creo que no solo a mí… aunque eso no altere mi voto. Realmente, el voto del Señor Kichi no está disputado. Es un tironcito de orejas literario…

JUAN CARLOS ARAGÓN BECERRA


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