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Adanismo

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 8:58

Lees a los integrantes del Equipo de Gobierno y parece que llevaban toda la vida luchando contra las barbacoas y después de mucho esfuerzo, lo han conseguido. Jamás les oí nunca pronunciarse al respecto a ninguno de los 10 concejales de Podemos o Ganar Cádiz. Es cierto que hay algunos integrantes de Ganar Cádiz. sobre todo los ecologistas, que sí han estado  criticando el evento desde siempre. Pero ni el alcalde ni ninguno de los concejales ni siquiera llegó a pensar alguna vez en su vida si era bueno o malo. Puede que alguno de ellos hasta participase en la fiesta alguna vez en su vida. Ya no se acuerdan de las barbacoas libres que propugnaba el entonces concejal de playas, Adrián Martínez de Pinillos. Alguno piensan que el mundo ha comenzado cuando ellos han llegado al poder.

Dicho lo cual, ni que decir tiene que me parece maravilloso eliminar las barbacoas. Y no es mala idea sustituirlas por coplas.

Cepistas. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 7:59

Del Café Apolo a Los Camarotes , de ahí al Anteojo y al Telescopio, a la Cervecería del Puerto y al Cateto, al Barril, al bache de Nicanor, el Pedrín, el Velardes Plaza, el Tadeo, el Maestrito, el Merodio, La Pila Vieja, el Submarino, el Baluarte, La Marea, La Flor de Galicia, el Achuri, Veedor o incluso los años gloriosos de la Peña Los Dedócratas, donde se perfiló el reparto de carguetes en el PP actual. Bares que estuvieron de moda durante años y que luego el tiempo los borró. La gente cambió de costumbres y se fue a otras calles y otros bares. Pensaba en eso cuando este periódico llamaba pabellonistas a la parroquia de Los Pabellones que no ha sabido cambiar de ubicación y se han trasladado a las escalinatas de Moret. Se han quedado colgados de la brocha, como quien dice. Donde estaba Los Pabellones está ahora El Chicuco y donde El Pedrín un Carrefour Express. El signo del paso del tiempo. En Plocia había antes bares de niñas y ahora se ha puesto de moda como antes lo estuvo la calle Zorrilla.

Estas reflexiones dieron paso a una pregunta que me corroe, que no me deja dormir: ¿dónde habrán ido los parroquianos de La Cepa Gallega después de la jubilación de Félix? ¿Habrán encontrado por las inmediaciones un lugar alternativo donde tomar un vino o una cerveza con un poco de queso o unas chacinas?¿Será El Chicuco?¿Será el Garum?¿Será La Bodeguita, La Nueva Ola? ¿A dónde irán? La Cepa era un destacado provisionista de barcos y terminó como un lugar de encuentro gracias a la amabilidad y la conversación de Félix. Hubo un tiempo en que nadie sabía pasarse sin ir al Cateto o al Barril, era un ritual. Si querías ser alguien en Cádiz ibas a los lugares donde iba la gente que era alguien. ¿Cómo se decide el lugar de encuentro?¿Quién es el líder que lleva a su pueblo a cruzar el Mar Rojo y cambiar de lugar? A los parroquianos de La Cepa les podremos llamar también cepistas. Igual se pueden inscribir en un censo electrónico y votar, como si fueran de Podemos, entre las distintas opciones para ir a tomar el vaso del mediodía. Pedro, Tomás, David, Salvador, Ricardo, Manolo, Marisa, Ignacio, Fermín, Miguel, Ildefonso y todo el grupo de cepistas deben tomar una decisión porque si no hay un lugar determinado para el encuentro no está claro qué se puede hacer. No pega que se sienten en las escaleras de Moret y menos aún que se salten las vallas que protegen el monumento. Tampoco pegan los bancos de San Juan de Dios ni las terrazas para turistas donde se ofrece paella, gazpacho y sangría.

Fernando Santiago

Receta

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 6:36

News from nowhere. Carlos Mármol en El Mundo

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 5:34

AGOSTO es un calendario vacío. Basta dormir para despertar en un mundo nuevo. La utopía de William Morris. Un mes inhábil en la Administración, los juzgados, los colegios y los ambulatorios (que no abren por las tardes). Tiempo de colapsos (puntuales, por supuesto) en los hospitales, donde a la falta de personal -provocada por el caos de las bolsas de empleo del SAS, donde los directivos cobran orondos sobresueldos- se suma la milonga de las 35 horas, que es la única revolución -fallida- que hasta ahora acepta el susanato. También es una fecha regalada para los parlamentarios, que cobran y descansan -no sabemos aún de qué- mientras las playas se llenan y los quebrantos sociales de siempre se pudren bajo las sucesivas olas de calor, que este año confirman el augurio de la biblia: el desierto avanza en dirección Norte. En mitad de su trayecto estamos nosotros.

Todo está detenido, salvo la desesperanza, que es como una ola de agua salada: sube y baja según la marea, pero nunca desaparece. Como la Reina (de la Marisma) descansa, el curso político se ha suspendido. No existe. Es lo natural en las monarquías absolutistas. Aunque no deberían confiarse: en algún lugar de la costa los heraldos preparan el otoño patriótico que nos tiene prometido la Querida Presidenta para volver a tomar viento, igual que las cometas sobre la arena. Va ser lo más: el nacionalismo rociero. Algo así como lo que Roberto Arlt llamaba el nacionalismo al cuete. O sea, carnavalismo puro. La cosa ya empezó esta semana con Blas Infante y Caparrós. Ya iba siendo hora de que alguien -Ella, por supuesto- rescatase la banderita de la patria. ¿Y para qué nos sirve la enseña de la República Indígena? Buena pregunta. Desde luego, no para que los servicios públicos funcionen mejor. Quizás sí para que parte del personal -los que sienten los colores, aman las coplas de Carlos Cano y eran jóvenes cuando la gesta- se dejen utilizar por el caudillaje meridional.

Otros no están dispuestos, como los millonarios afectados por el atraco de las herencias, que son tan ricos como ingenuos al pedir al militante Sánchez que los saque del desamparo en el que se encuentran ante los recaudadores de San Telmo. No diremos que no sea posible un milagro, pero tras ver la escenografía bélica del último cabildo no nos parece probable. Más fácil sería que nevase en la Feria de Málaga. Los sanchistas, guiados por Celis, la mano de Dios, preparan el asalto a las capitanías provinciales. El comando Salazar parece no haber salido aún de la fase de descompresión, dado el perfil (bajo) de los carteles que -en Sevilla, Almería y Huelva- suenan. No son nombres nuevos -casi todos son ex algo- ni se percibe renovación. Es lo que tienen las guerras de familia: siempre se matan los mismos.

En el PP de Moreno (Bonilla) lo saben. Sin ganar ni a la petanca, viven en permanente división en Jaén y en Sevilla. Fíjense cómo estará la cosa que los partes bélicos nos los da el AdelantadoMarín (Cs), que todavía no se atreve a eliminar el tributo de la muerte. El hombre tranquilo de Sanlúcar ha dicho: «Díaz ha superado la derrota en las primarias pero le queda labor interna dada la división en el PSOE». Eso se llama tener vista de lince. ¡Qué capacidad para resumir el panorama político! Se entiende que en Canal Sur, donde el consejo de los consejos sigue sin renovar, no estén preocupados: dentro de la interinidad se vive con bastante estabilidad. Andalucía es un estanque de agua quieta. Es verdad que no todo es ideal, pero quien no se consuela es porque no ha reparado en el extraordinario logro de Su Peronísima, que no es la bajada del paro, ni la igualdad (feminista), sino que los informes de la Cámara de Cuentas siguen tardando lo necesario para que todo lo que denuncian prescriba.

Los abstemios. Por Fernando Savater en El País

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 4:33

 En su Diccionario del diablo,Ambrose Bierce define al abstemio como “una persona de carácter débil, que cede a la tentación de privarse de un placer”. Los bebedores, que somos un grupo humano de excepcional tolerancia y amplitud de miras, no tenemos prejuicios contra los abstemios, pese a recordar que Adolf Hitler y Donald Trump figuran en sus filas. No se debe juzgar a un colectivo por sus miembros más defectuosos, tal es nuestro lema. De modo que nada tenemos contra quienes reconocen que no beben porque les sienta mal el alcohol, no les gusta su sabor, padecen dispepsia o se marean enseguida, lo que les lleva a conductas inapropiadas como cantar jotas o confesar desfalcos. Nuestro respeto y compasión fraterna para todos ellos. Pero a quienes no podemos aguantar es a los que para justificar su abstinencia calumnian a la bebida como fuente de todos los males imaginables, violencia familiar, accidentes de tráfico, acoso a vírgenes de ambos sexos, cirrosis, calvicie y otras plagas más. Estos vocingleros pretenden situarse más allá de todas las bodegas de la vida y miran por encima del hombro a quienes consumen plácidamente su aperitivo. No se dan cuenta de que confunden el uso con el abuso y consideran abuso a todo uso que ellos no comparten. Ni que decir tiene que algunos exalcohólicos suelen ser los más intransigentes… lo cual tiene un punto disculpable.

He notado que frente a ese brebaje embriagador que es el nacionalismo se da una actitud parecida. Me refiero ante todo al gremio de literatos y artistas, lo que nuestro padre Hegel llamaba “almas bellas”, es decir, quienes “temen empañar con la acción la honestidad de su interior y que para no renunciar a su refinada subjetividad sólo se expresan con palabras y cuando pretenden elegir se pierden en absoluta inconsistencia”. Ante la droga arrebatadora del nacionalismo, se encabritan como potros que ven una víbora en su camino. No comparten los fervores separatistas del nacionalismo en Cataluña o el País Vasco porque abominan de cualquier planteamiento nacional, sea el que sea. No quieren tener nada que ver con la nación porque siempre contagia y mancha de vulgaridad procelosa a los espíritus superiores. Adscribirse a una nación es cosa anticuada y sumamente peligrosa, que arrastra a los mayores desafueros. Nunca se han sentido españoles, ni un minuto, ni en sueños y por tanto tampoco vascos, catalanes o lo que sea. Todo lo más palpitan por una aldea del recuerdo, un barrio, un paisaje de infancia… Detestan las banderas, cualquiera que sea su juego cromático, porque todas obligan a la bandería y acotan la amplitud sin puertas del campo en la estrechez del terreno para la liza o la batalla. Y todas las fronteras les resultan igualmente odiosas, sea vistas del lado de aquí o del de allá. Ellos se sienten libres de la obligación obnubiladora de elegir que esclaviza a los ingenuos y a los devotos.

Como todo lo individualista suele serme simpático, también siento un momento de cercanía hacia estos estrépitos. Después de todo, tengo escrito un libro titulado Contra las patrias (aunque resulta ser poco abstemio más allá del nombre, la verdad). Pero el postureo estético cada vez me resulta más indigerible. Cosa de los años, sin duda. Pienso que en un mundo en que tantos sufren por culpa de la traición de las palabras, ninguno debemos hacer piruetas (siempre con red, desde luego) con ellas y sobre ellas. Es nuestro deber explicar claramente lo que tenemos por imprescindible, aunque nos haga desmerecer a los ojos más ilusionados. Los abstemios en materia de nacionalismo a los que me refiero son personas inteligentes que sólo se permiten adoptar el disfraz festivo de la insensatez ante los medios de comunicación. Privadamente conocen y valoran su ciudadanía nacional, aunque prefieran disfrutar de sus cívicas ventajas discretamente, sin hacer pedagogía de tales beneficios para aquellos que viven sometidos sin remedio a la devastación populista. Quedar como héroes de la intemperie y vivir bajo techado, ése es su ideal. Los más articulados, para justificarse, nos dicen que naciones, banderas y ardores patrióticos han traído sangre y dolor, lo cual es indudable. Pero también los lazos familiares y el amor son motivo de corruptelas, nepotismo, celos fatales, venganzas, ceguera interesada o simple ridiculez beata y no hay muchos que proclamen: “Nunca me he sentido ni por un minuto padre de mis hijos”, “aborrezco el amor fraterno”, “me da lo mismo mi madre que la del vecino” o “enamorarse es exagerar enormemente la diferencia que hay entre una persona y otra” (esto es de Bernard Shaw, claro).

Uno puede querer a los suyos sin caer en nepotismo ni tampoco volverse nacionalista, lo mismo que todos tenemos apéndice pero no todos padecemos apendicitis (y esto es de Julián Marías, quede constancia). Como señala Timothy Snyder: “Un nacionalista nos anima a ser la peor versión de nosotros mismos, y después nos dice que somos los mejores”. Pero es sensato y muy aconsejable apreciar el Estado de derecho y los símbolos nacionales que lo acompañan porque es el respaldo de la ciudadanía que nos permite la libertad dentro de la igualdad, o sea, “ser diferentes sin temor” (Odo Marquard, última cita, lo juro). Ser abstemio entre las convenciones que consagran nuestros derechos y los radicalismos que pretenden desmontarlas es ser un cínico si la duda es fingida o un imbécil si es falsa.

Pero lo que pretenden sobre todo evitar estos abstemios es que les tomen por gente de derechas, defensores de “lo establecido” (en lo cual, sea lo que fuere, tan favorablemente viven). Ser de izquierdas es optativo, pero no parecer de derechas es obligatorio. Coram populo, la única trinchera segura y aceptable es siempre la que está contra el Gobierno. Por eso nunca olvidarán, si arriesgan alguna crítica al separatismo antilegal en Cataluña, mencionar enseguida el “inmovilismo” de Rajoy. Es algo reflejo, una sinapsis, Pavlov habría disfrutado: si el Gobierno dijese que la tierra es redonda y la izquierda que es plana, ellos dirían que no es plana pero que ya están hartos de la arrogancia de quienes dicen que es redonda. Desde luego, no faltan razones para censurar el inmovilismo gubernamental: en mi opinión, si hubiera actuado con la contundencia debida cuando empezaron los desacatos, algunos personajes o personajillos del procés habrían pasado una temporada en la cárcel y ahora estaríamos hablando de problemas importantes y no del referéndum de nunca acabar. Pero claro, no es esto lo que los abstemios hubieran querido tampoco. Porque lo que ellos quieren es… pero ¿qué quieren los abstemios, además de agua, mucha agua para lavarse las manos de lo que pasa?

Colas

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 2:30

Camino de Turquía

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 2:05

Y ella sola se murió. Por Yolanda Vallejo

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 1:32

Dice el diccionario de la RAE, el mismo que acepta almóndiga y toballa, que el adanismo es la “tendencia a comenzar una actividad sin tener en cuenta los progresos que se hayan hecho anteriormente”. Como todos venimos de Adán, -algunas incluso de una de sus costillas- resulta, a veces, muy complicado entender que el mundo existía antes de que nos diera por organizarlo a lo Marie Kondo. Mover los muebles de sitio nos puede llevar a conclusiones erróneas, la habitación parece otra cosa, pero en el fondo sigue siendo la misma. La prueba la tiene en este fin de semana alargado por el primer puente del año. Trofeo Carranza, mercado andalusí, carnaval fuera del carnaval y besamanos-gymkhana –lo de ir hasta Loreto me puede, lo confieso- magnísimo, como las grandes novedades del verano gaditano. Que no nos falte de ná. Y todo bajo un mismo denominador común, “hemos descubierto la piedra filosofal”. Porque antes de ellos, al parecer, no había nada; caos y oscuridad por encima del abismo, como mucho. Por no haber, no había ni siquiera esa complicada operación matemática con la que se van a resolver las puntuaciones del COAC – ¿por qué un cuplé de chirigota pondera menos que un tango de coro?, ¿por qué el popurrí puntúa igual en todas las modalidades? En fin.

Pero no era de esto de lo que le iba a hablar. Ni siquiera de la supuesta vuelta a los escenarios de Teófila Martínez –el título no iba por ahí, se lo aseguro. Tampoco de la generosidad del alcalde con sus sobrantes. No. Le voy a hacer la crónica de una muerte anunciada, de una muerte natural, en cualquier caso.

Verá. Las barbacoas –en su versión tradicional y en su versión gamberra- no fueron un invento de nadie. En todo caso, de los que aprovechando el cemento –nunca me cansaré de decir lo horrible que me parecía una playa con cemento- y el rescoldo de las casetas, se juntaban para cenar en una noche en la que dos partidos de fútbol eran la excusa perfecta. A partir de ahí, reforma del paseo marítimo incluida, la gente se iba a la playa a comer y a beber como para justificar aquello de “el final del verano llegó…”. Nada más. Lo que vino a continuación fue la apropiación política por parte del entonces equipo de gobierno de algo que ya existía. Teófila no inventó las barbacoas del Carranza, aunque sí se aprovechó de ellas para dar más sentido a lo de la ciudad que sonríe y esas cosas. En el año 2000 –ya ha pasado tiempo-, al Ayuntamiento le dio por querer entrar en los Guinness con esto –lo tenía más fácil con el paro y la infravivienda, pero bueno- y el entonces concejal de playas y comunicación, el que contaba a la gente para luego hacer sus propias cuentas, afirmaba que estábamos ante “la mayor concentración del mundo de personas alrededor de barbacoas”. El mismo concejal que se reía porque los operarios de la limpieza habían encontrado muebles, puertas y “hasta un bidé” –las hemerotecas es lo que tienen-. Ya entonces andábamos los cuatro derrotistas de siempre dando la brasa –por lo del carbón- con el despropósito en el que esto se estaba convirtiendo. Nadie nos hizo caso. Pero vendrían tiempos peores.

En 2004, los supermercados hacían su agosto con aquellos “lotes” de pitracos con los que la gente se deslumbraba aún más que con las luces de la playa. Ya había carteles de “no traigan muebles a la playa”, una auténtica vergüenza, si lo piensa con algo de frialdad, y la familia Zapata hacía barricadas a las siete de la mañana, síntoma inequívoco de la decadencia, porque aunque aún no lo sabíamos, las barbacoas se estaban desangrando internamente. En 2006 la Demarcación de Costas impuso duras normas; un año más tarde, las barbacoas se celebraron en jueves y Regla Valiente empezaba recoger firmas para que se prohibieran. La playa ya no estaba igual que una feria.

Después ya nadie sabía qué hacer. Yo no he sido, yo tampoco. Yo no he ido, yo tampoco. Yo no quiero, yo tampoco. Ni el cambio de fechas, ni la acotación de módulos, ni siquiera la prohibición explícita –no hacer fuego, no reventar la pailas- devolvieron la salud a unas barbacoas que estaban heridas de muerte y seguían, aun así, nadando para morir en la orilla. Allí las dejó el anterior equipo de gobierno, porque Cádiz ya no era la ciudad que sonreía, sino la que funcionaba –eso decían- y lo de mirar para otro lado se había convertido en el capítulo preliminar de la ley de esta selva.

No. Este alcalde no ha matado a las barbacoas. De hecho, en 2015, en su primer año triunfal, anunciaban que “las barbacoas del Trofeo Carranza se extenderán por toda la playa”-insisto, las hemerotecas son muy peligrosas-, con la intención de “recuperar el sentido original y la espontaneidad” de la fiesta, fuese cual fuese el significado de espontaneidad, claro está. Ni eso fue posible.

La herida estaba infectada y la gangrena ya había hecho su aparición. Septicemia se llama, y suele tener mal pronóstico.

No. Este alcalde no ha matado a las barbacoas, por mucho que sus palmeros le hagan el fin de fiesta. Entre todos la mataron, pero ella sola se murió.

Ser el primer Adán tuvo que ser muy fácil. Pero ahora hay demasiados extraños en el paraíso.

Buen gusto

Fernando Santiago Muñoz | 14 de agosto de 2017 a las 0:24

El botellón cambia de sitio

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 10:29

Solidaridad digital. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 7:34

Me encante esto de Facebook porque es la excusa universal cuando alguien te quiere dar una brasa. Si te quieren contar su viaje: ya lo he visto en Facebook. Si te quieren enseñar el Hoffman de la boda: ya lo he visto en Facebook. Si te quieren contar lo bien que se come en tal sitio: ya te lo vi en tu muro de Facebook . Es el antídoto universal para los brasas que te quieren colocar sus rollos patateros que no te interesan un pimiento pero que hasta hace poco tenías que sufrir en silencio, como las almorranas. Facebook es un cortafuegos universal, un parapeto frente a los pesados. Aunque no lo hayas visto o aunque ellos no hayan colgado nada (cosa rara: selfies en todos los lugares del mundo, selfies con los novios y todo tipo de imágenes masturbatorias) basta con citar que ya lo has visto para que se callen. Es un placer indescriptible. Marida muy bien con change.org. Puede ocurrir que la gente haya expresado una opinión política o se haya solidarizado con el Rif, con Venezuela, con Juana o con Neymar y cuando quiere colocar el argumento le dices que ya lo leíste en su muro. Si alguien crea un grupo de amigos de cualquier causa noble , te adhieres inmediatamente y te ahorras poner dinero, ir a manifestaciones y soportar los encendidos mítines de los colegas a favor o en contra de cualquier cosa. Un buen ejemplo es el de Amigos del Vaporcito: cinco mil personas se adhirieron a aquel grupo pero cinco años después el Vapor sigue varado en el mismo sitio. Los que se apuntaron a aquella página fueron listos y se quitaron el problema de encima. Si luego alguien pensó en poner en change.org cualquier adhesión a la necesaria recuperación del barco que cruzaba garboso la Bahía, la patata caliente sigue en manos de las administraciones que como no pueden firmar, se ven obligadas da aflojar la pasta o, como es el caso, a hacer declaraciones altisonantes que no sirven para nada. Otro ejemplo es el Chapecoense: qué de apoyos, qué de solidaridad, que de minutos de silencio. Al final solo el Barça le ha mostrado apoyo de verdad. ¿Se acuerdan ustedes que iba a venir al Trofeo Carranza? Cartón del dos . O sea, mentira poría. Es obvio que el Chapecoense no ha venido al Carranza y eso que ha estado en España. Los que salieron corriendo a apuntarse el tanto (el Ayuntamiento, el club)hicieron lo que ahora se llamaría “un Vaporcito” : anunciaron engolados la causa solidaria y luego nada. Podrían poner una pancarta en el balcón del Ayuntamiento: Chapeonse wellcome.

Fernando Santiago

Más cine de verano

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 5:49

El fondo del alcalde

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 4:48

Ojo al dato

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 3:46

Internet

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 3:42

Fachachá de Cadipsonians

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 2:41

La utilidad del SAS

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 1:38

IMG_2367Playa de Rota. ¿Alguna de las sábanas que desaparecieron en Córdoba?

Ya se entrena en las dunas de Cortadura

Fernando Santiago Muñoz | 13 de agosto de 2017 a las 0:37

La web del Ayuntamiento no se actualiza

Fernando Santiago Muñoz | 12 de agosto de 2017 a las 5:37

Despacito versión chirigota

Fernando Santiago Muñoz | 12 de agosto de 2017 a las 5:27