José Mª Pery Paredes

Hace setenta años, el 18 de agosto de 1947, cuando se produjo la explosión del almacén de minas de la Base de Defensas Submarinas de Cádiz junto al barrio de San Severiano, yo estaba a punto de cumplir seis años. Es la primera imagen que guardo en mi memoria. En un momento de la rutina diaria del baño antes de la cena. De pronto un gran resplandor, el cielo totalmente rojo y un estruendo sentidos a través del hueco del balcón, cuya puerta desapareció, que daba al patio de atrás de la casa de mis abuelos maternos en el centro del casco antiguo de Cádiz. Y luego oscuridad y todo lleno de cristales. También recuerdo a mi padre poco antes junto a ese balcón.

Los recuerdos continúan con la llegada a casa de varios heridos. Sobre todo la de uno de nuestros primos, José Manuel Paredes Marcano, al que su padre Manolo traía a la mañana siguiente en brazos lleno de heridas. A mi abuela desde el patio le dijo: “Tía, vengo con lo que me queda”. Había perdido a su mujer y sus otros tres hijos. Me recuerdo mirando arrodillado medio escondido desde el corredor del primer piso que daba al patio principal. Guardo la sensación de que los pequeños lo menos que teníamos que hacer en esos momentos era molestar. Y a los que no nos había pasado nada, no nos hacían ni caso. Otro primo nuestro, niño, huérfano reciente de madre, se quedó solo al perder a su padre, el doctor Rodrigo Zabalette, y a sus dos hermanos. Eran los familiares próximos que teníamos entre las 156 personas que murieron esa noche. La imagen de dos de esos primos pequeños muertos en sus camitas mirándose uno al otro era el recuerdo más triste que guardaba mi padre de cuando fue a ayudar a desescombrar después de pedirle al almirante Estrada que le dispensase de seguir acompañándole y cumplir varias órdenes.