ROGG

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Postal desde Taormina

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Egos

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Antonio Sanz, el perejil de todas las salsas

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Nos hemos vuelto locos

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Micción

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Amor

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

Sospechosas unanimidades. Javier Marías en El País

Fernando Santiago Muñoz | 18 de julio de 2017

NO, CASI NADA es nuevo. Hace treinta años, en noviembre de 1987, publiqué en Diario 16 un artículo (“Monoteísmo literario”, recogido en mi libro Literatura y fantasma) en el que me atrevía a cuestionar que Cela fuera el mejor escritor español vivo y el único merecedor del Nobel. Era una pieza educada, y lo más “ofensivo” que decía en ella era que hacía décadas que Cela no entregaba una “obra maestra”, por mucho que cada novela suya fuera saludada por la prensa y la crítica, obligadamente, como tal. Por entonces nadie osaba ponerle el menor pero a Cela, y aunque no existían las redes, un buen puñado de escritores y estudiosos afines (espontáneamente o instigados por él) me dedicaron respuestas airadas en la prensa, cuando no insultantes. (Ahora algunos me tienen por un cascarrabias, pero me temo que siempre fui un impertinente y un aguafiestas.) Ese artículo me ganó enemistades que aún perduran, vetos en suplementos y en programas de TVE, antipatías inamovibles. Pero bueno. De haber existido en 1987 la Guardia Revolucionaria de las Buenas Costumbres y los Dogmas Correctos que hoy patrulla las redes incansablemente, no sé qué habría sido de mí.

En 1989, cuando por fin le otorgaron el Nobel a Cela (tras haber hecho lo indecible para conseguirlo, según ha contado con honrada candidez su hijo), fui más faltón, y declaré que era la peor noticia posible para la literatura española, al entronizar el folklórico “tremendismo” contra el que veníamos luchando las generaciones posteriores. También se animaron a ponerle reparos al Escritor Único otros novelistas como Llamazares, Azúa y Muñoz Molina. Ante tanta insubordinación, Cela se guardó de mencionar nuestros nombres, pero lanzó y orquestó ataques contra los “jóvenes novelistas subvencionados”. Nunca entendí a qué se refería con esto último, pero en todo caso era de gran cinismo que lanzara esa acusación quien: a) se había ofrecido como delator, en plena Guerra, a la policía franquista; b) había ejercido como censor; c) había hecho giras propagandísticas del régimen por Latinoamérica; d) había procurado y logrado el encargo de escribir una novela excelentemente pagada por el golpista y dictador venezolano Pérez Jiménez; e) había sido sufragado por empresarios de la construcción; f) más adelante pidió y obtuvo dinero público para su Casa-Museo o como se llame eso que se cae a pedazos en su villa natal; g) aceptó el estatal Premio Cervantes tras haberlo tildado de “lleno de mierda” cuando aún no se le concedía a él.

Declaré que era la peor noticia posible para la literatura española, al entronizar el folklórico “tremendismo” contra el que veníamos luchando las generaciones posteriores

En España siempre comete sacrilegio quien disiente de la Guardia de las Esencias y los Lugares Comunes de cada época; quien lleva la contraria, quien expresa una opinión disonante del absolutismo biempensante. Hoy cualquiera puede decir lo que le parezca de Cela sin que pase nada; pero, si se cuestionan otras personalidades, “valores”, costumbres, tótems, creencias, o se defiende lo anatematizado por la Guardia actual (qué sé yo, los toros o el tabaco o la circulación de coches), se levantan pelotones de fusilamiento verbal, por lo general en forma de tuits. De la degradación intelectual de nuestro tiempo da cuenta que, si en 1987 me enfilaban críticos y escritores, hoy mi más obsesivo detractor sea el nuevo Paco Martínez Soria (tan gracioso como el genuino, y de su escuela), y que el más voluntariosamente ofensivo sea el líder de Podemos, quien al parecer me llamó “pollavieja” en un meditado y estiloso tuit, emulando con éxito a Trump. (Imagínenlo llamando “coñoviejo” a una columnista.)

A la gente más o menos segura de sí misma y de sus opiniones no le molesta en absoluto ser cuestionada. Es más, prefiere serlo, porque nada más alarmante que gustar o caer bien a todo el mundo. Siempre pensé que la reacción agraviada de Cela y de sus acólitos denotaba un fondo de terrible inseguridad más allá de sus méritos, incluso de conciencia de su exageración. Sólo el exagerado teme la disidencia, como si una sola pusiera en tela de juicio y pinchara el enorme globo inflado artificialmente a lo largo de décadas. “Si alguien señala que no todo cuanto escribo son obras maestras”, debe de decirse, “quién sabe en qué pararemos”. El que tiene cierta seguridad en lo que hace puede equivocarse, sin duda, pero no se solivianta porque lo pongan a caldo, ni uno ni muchos (sabe que eso va en el oficio). No se le resquebraja el edificio entero porque no haya unanimidad en la admiración y el aprecio. Me temo que Cela la necesitaba; es más, a menudo su actitud transmitía una exigencia de pleitesía, como si advirtiera a cualquier recién llegado: “Primero reconozca que soy el mejor escritor español vivo; luego veremos”. Cada vez que hoy se arma un gran y efímero revuelo por una tontería, me acuerdo de aquello y lo achaco a la inseguridad y fragilidad últimas de las posturas y opiniones aceptadas como intocables e indiscutibles. Si en verdad estuvieran arraigadas, si quienes las sostienen estuvieran seguros de llevar razón, no se descompondrían ni vociferarían tanto ante la más mínima objeción.

Valcárcel

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

El peaje de la autopista

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

El Palmar

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

1500192160_620183_1500203510_noticia_normal_recorte1Por supuesto es una desgracia muy grande el incendio de una casa en El Palmar y las víctimas producidas. No hay ni que reiterarlo. Dicho esto: ¿esa casa tenía licencia? Tiene todo el aspecto de las casas prefabricadas de la zona que se han ido poniendo al buen tuntún.

Y nos dieron las dos

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Publica hoy Rocío Orgambides en este periódico las quejas porque haya que cerrar las terrazas a las dos de la mañana. Repito: a las dos de la mañana.¿No parece suficiente?¿Tienen que tener horario ininterrumpido?¿Eso es diversión?¿Así se fomenta el turismo? LLORECA y compañeros mártires son insaciables. A mí me parece fantástico que a las 12 todo el mundo que hace ruido dé de mano, con las consabidas excepciones. Lo que no puede ser es que no haya límites.

Guayaberas. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Durante décadas fue más seguro ir desde Cádiz a La Habana que a Madrid. El único riesgo del viaje americano eran los temporales mientras que el Camino Real estaba lleno de bandoleros. Quizás por eso los intensos vínculos entre la ciudad y el Mare Nostrum español. Empezó en el XVI con los galeones de Indias , de ahí a los vapores correo de la Trasatlántica y hasta mediados del siglo XX los barcos de la compañía Ibarra, los Cabos, que unían España con América desde Cádiz para llevar a la gente que huía de la miseria y la persecución. Por eso pasó por Cádiz Trotsky, al que estamos tan agradecidos.

Este trasiego humano nos trajo el carnaval con sus güiros, sus pitos de caña y sus melodías y los cantes de idea y vuelta como los llamó Fernando Quiñones , muchos vínculos humanos y culturales que perduran hasta el día de hoy(“Ni Veracruz es Veracruz, ni Santo Domingo es santo, ni Puerto Rico es tan rico, pa que lo veneren tanto”). Los marineros de los barcos iban y venían y con ellos viajaban ritmos y costumbres. Quizás cualquiera de ellos o algún otro viajero llegado de la Perla de las Antillas(¿Martí?), introdujo en Cádiz una prenda que, según dicen, se había inventado en Cuba y comenzaba a extender su uso por la ribera del mar Caribe: la guayabera. Una camisa para hombres con cuatro bolsillos y unas rajas en los costados. Fue tal su éxito que en Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Portobello, Campeche, Veracruz, Granada, León, San José, San Juan, Santo Domingo y tantas otras ciudades caribeñas se impuso la moda . En Cádiz nuestros padres y abuelos la usaban con asiduidad aunque algunos la llamaban sahariana . En Sevilla, siempre a rebufo, la siguen llamando cubana. El caso es que la prenda ha decaído en su uso por otras más convencionales. A muchos usuarios actuales les da reparo una vaga semejanza con camareros o barberos hasta que un grupo de irreductibles comandados por Antonio Hernández Rodicio y Carlos Alarcón inventaron una entidad fantasma que reivindicaba su uso. Era un artefacto sin socios , sin jerarquía, sin decanos ni vicedecanos, sin reuniones ni fiestas. Tan solo existía un reglamento y la libre imaginación . Ahora la reunión reivindicativa se ha convertido en un clásico del verano gaditano, con la asistencia inclusiva de mujeres, alguna de las cuales luce la prenda, por mucho que el alcalde y algún otro desinformado piense lo contrario. Ya saben lo complicada que es la ironía en esta ciudad con tantos graciosos, tanta simpatía, tanto age y tanta sonrisa.

Fernando Santiago

Una, grande y precaria

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Cambio demográfico

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Lavapiés

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Ola de calor

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Mañana se presenta

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

La vida

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

Luz del mar. Por Yolanda Vallejo

Fernando Santiago Muñoz | 17 de julio de 2017

No se qué pensará usted, pero a mí cada día que pasa me gustan más los folletos publicitarios, o mejor dicho, la vida vista a través de los folletos de publicidad, sean de lo que sea. Es un poco como Facebook, pero más cutre, lo sé, y con una intencionalidad mucho más perversa que la de poner los pies a ventilar, y hacerse una foto en la orilla de cualquier lugar, para dar envidia a los «amigos» que se asoman a cotillear en el muro de las lamentaciones del primero que aparezca en la pantalla, pero a mí me gustan los folletos publicitarios. Tal vez, porque venden deseos, y el mundo del deseo es muchísimo más bonito que el de la realidad, qué quiere que le diga. Me gustan todos los folletos, los de supermercados, los de viajes, los de juguetes –posiblemente, si me sicoanalizara, confirmaría que es de ahí, de donde procede mi afición– los de los museos, los de los bares, los las tiendas de ropa.

En el super top de los folletos, son los las de tiendas de muebles, los que más me gustan, sobre todo, si los muebles son baratos y no hay que montarlos. Me encantan las composiciones de los salones modulares, que siempre se llaman ‘Capri’, o los dormitorios de matrimonio con nombre de lugar de alterne ‘Apolo’, ‘Venus’… Yo no sé usted, pero yo me imagino habitando entre esos muebles y todo me resulta más sencillo y más acogedor que en mi propia vida. En esas cocinas –sin ventilación, porque en los folletos, ninguna cocina tiene ventana–, seguro que sería más feliz que en la mía, que está llena de trastos y siempre hay migas de pan en la encimera; y en los dormitorios juveniles de los folletos, mis hijos estudiarían más y serían más encantadores que en la vida de verdad. Lo mismo me ocurre con los folletos de comida, sobre todo con los de productos frescos. Me alimenta casi más lo que aparece en las fotos de oferta, que lo que acumulo en mi nevera. Añada a la lista, la carta con foto de los restaurantes –de los restaurantes chungos, claro está– donde cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. De los folletos de ropa, ni hablamos, porque ahí sí se que estará totalmente de acuerdo conmigo. Una se imagina vistiendo esos maravillosos pareos a juego con el bolso y la pamela, paseando por una playa solitaria, y se siente muchísimo mejor que cargando con la silla del chino y con la toalla de propaganda bajando la rampa de la Caleta. Es lo que tiene la cosa de la virtualidad, que nos permite vivir varias vidas en una, o como diría Paul Elouard, que nos permite confirmar que «hay otros mundos pero están en este».

A estas alturas, se estará usted preguntando que a dónde quiero llegar. Así que se lo diré rápido, y sin más rodeos. Me gusta más la vida de esta ciudad a través de sus titulares y de sus folletos publicitarios. Me gusta, por ejemplo, leer que «la Junta pretende licitar el Tiempo Libre antes de que se acabe el año», porque, además, de haberlo leído muchísimas veces ya en los últimos diez años, uno se imagina ese maravilloso hotel a pie de playa por el que están deseando apostar muchísimas empresas –igual que con el estadio o con la estación, las mismas– y la importancia que va a tener para el turismo y todas esas cosas que dicen las consejeras y los consejeros –en una década ha dado tiempo de que haya varios– cuando aparecen por aquí. De sobra sabe usted, tan bien como yo, que la realidad no tiene nada que ver con el deseo, y que pasarán otros diez años y seguiremos viendo el mismo edificio abandonado en el mejor sitio del paseo marítimo; y sabe también, que si echa mano de las hemerotecas, el rodillo publicitario es el mismo de siempre. No importa. A esta ciudad le pasa como a los folletos de muebles, todo encaja mejor en el papel que en la habitación.

Por eso me gusta tanto el folleto de la programación ‘Luz de mar’, con el que nuestro Ayuntamiento nos recuerda que tenemos más de ciento treinta actividades programadas para el verano –si hace la cuenta por encima, sale como a dos actividades diarias de media–, una oferta que según nuestro alcalde es «multidisciplinar, rica y diversa que está a la altura de la propia ciudad y de sus habitantes»– –lo de a la altura de la ciudad y sus habitantes prefiero no pensarlo mucho– porque «Cádiz está a la cabeza de la oferta turística y de las miradas. Estamos en el epicentro» –lo del epicentro también prefiero no pensarlo.

El folleto tiene de todo. De todo de lo de siempre, exposiciones, conciertos, mercados –andalusíes y de los otros– carnaval, flamenco, talleres, taichí, puestas de sol, teatro, cine, rutas… vamos, lo de siempre, pero con folleto publicitario. Que es lo que más me gusta, ya se lo dije antes. Porque una ve la publicidad, tan atractiva, tan sofisticada, con tanto glamour, y se imagina una cosa; el deseo. Y luego se acerca a las actividades y ve otra; la realida

Y entre tanto, mientras pasa el verano y se acerca el otoño, prefiero no hacer preguntas, y siempre quedarme con el deseo, porque como dijo Cernuda –que yo también me pongo poeta cuando quiero– «el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe».