Expedición gaditana a Barcelona

Fernando Santiago Muñoz | 21 de marzo de 2017

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El viaje lo pagó la Fundación Andacat,organizadora del acto,  que quede claro.

Los padres pintan el Carola Ribed

Fernando Santiago Muñoz | 21 de marzo de 2017

Secretos inconfesables

Fernando Santiago Muñoz | 21 de marzo de 2017

Cierra Qüentum

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

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Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

La realeza iraní

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

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El príncipe Shaharam Palhavi con su hijo Amir y su primo Shahabaz. Todos ellos familia del último Sha de Persia.  Vinieron a Cádiz tras ver el reportaje de la BBC sobre la ciudad. Viven entre Londres y París. En El Chato. Ignacio Casas hizo de cicerone por la ciudad.

El imperio de la tapa

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

Entrega de premios

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

Todos los premiados el Día de la Provincia fueron justos y merecidos: la Cámara de Jerez, Ravina, Monchi, Gisela Pulido, Navantia, etc. Cada entrega la hacía la presidenta de la Diputación junto con otro diputado o vicepresdente, a veces seleccionado por la relación territorial del diputado en cuestión . Todos salvo los dos galardones vinculados a la ciudad de Cádiz. Hay tres diputados de Cádiz: el alcalde, que no asistió (quizás por el fallecimiento de su padre), Mercedes Colombo , que no asistió (quizás porque estaba en el congreso del PP) y Fran González que sí estaba en el acto. En el caso de Manuel Ravina ni en el caso de Navantia Cádiz los premiso fueron entregados en solitario por la presidenta de manera sorprendente. ¿Las movidas internas del PSOE?

El carnaval en el Liceo

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

Los Liberales Descalzos. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

Ayer había en Cádiz un colapso de tráfico en el mundo liberal. Liberales que iban y venían por la plaza de España, el Oratorio, el Casino, el Manteca , el Palacio de Congresos y la Diputación. Un tráfico abundante que provocó todo tipo de coincidencias. La palabra liberal, acuñada en Cádiz, tiene un indudable prestigio. Se puede estropear al ponerle delante la raíz “neo” como sinónimo de despiadado desregulador amigo del Ibex 35 y los mercados, partícipes en la trama versión Podemos. Para Albert Rivera debe tener un sentido tan positivo que en un pleonasmo denomina a su partido “liberales de Cádiz” e incluso ha querido organizar ayer un mitin en la ciudad. Un buen amigo prefiere la denominación “liberal a la gaditana” para darle un componente ajeno a la política al equiparar la palabra a tolerante, empático, abierto y cosmopolita. Los liberales de toda la vida de la ciudad, los que llevan décadas realizando su ofrenda los 19 de marzo en el monumento de la Constitución de 1812, con Quique García Agulló(felizmente repuesto de su revisión de chapa y pintura) a la cabeza, homenajearon a Antonio Garrigues Walker, de rancio pedigrí liberal, aunque cometieron el error de iniciar la procesión en un lugar tan poco liberal como el Casino. Mientras ambos líderes coincidían en la plaza de España, en el Palacio de la Aduana la plana mayor del socialismo gaditano asistía al acto del Día de la Provincia, quizás la mayoría de ellos coincidentes en aquello de “soy socialista a fuer de liberal” que dijo Indalecio Prieto, mas cabe decir que los participantes en el acto de la semana pasada en apoyo de Pedro Sánchez deben ser de Largo Caballero, dado el puño levantado y el karaoke con La Internacional mostrados al final de la misa pedrista, alguno de ellos también en el acto de la Diputación. No asistieron a ninguno de los actos los estibadores que levantaron el puño derecho, estilo comunista, en la tribuna del Congreso de los Diputados para festejar el rechazo al decreto del gobierno. Residuos de cuando la estiba era un oficio penoso y mal pagado.

Un no parar del puño izquierdo levantado y el color rojo de la Comuna de París exhibido la semana pasada, al color naranja de Albert Rivera y al liberalismo añejo con tres dedos de tocino de liberal viejo Adam Smith “laissez faire, laissez passer” del Club Liberal . Lo Liberales Descalzos al Manteca y los Liberales Calzados al Terraza, que diría mi amigo. Hay que ser liberal en todo menos en política.

Fernando Santiago

Artículo descartado

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

Este artículo lo escribí para la edición impresa del Diario y luego lo descarté. Pero aquí lo ofrezco por si a alguien le interesa.

EN PIE CON EL PUÑO EN ALTO

Escena primera: mitin de Pedro Sánchez en el Palacio de Congresos de Cádiz. Cuando llega el fervorín final de la fiesta se juntan en el escenario todos los organizadores para cantar La Internacional (versión socialista) y todos ellos levantan el puño izquierdo (salvo el alcalde de Chiclana) lo que sorprende un poco porque desde las Campas de Rodiezmo no se veía cosa igual. Escena segunda: un grupo de estibadores portuarios levantan el puño derecho en la tribuna del Congreso de los Diputados tras el rechazo al decreto de liberalización de la estiba aprobado por el gobierno. La guinda del pastel: Donald Trump ha popularizado el puño levantado como saludo en sus actos. Desde aquel símbolo de lucha de la Comuna de París que popularizó el Partido Comunista Alemán, el saludo de la izquierda no se podía haber vulgarizado más. El gesto tuvo siempre un componente sentimental e incluso heroico como emblema del Gloriso Vº Regimiento hasta John Carlos y Tommie Smith en las Olimpiadas de Méjico, aunque ahora el saludo de socialistas (puño izquierdo) y comunistas (puño derecho) no se podía haber degradado más . Como el gesto tenía un carácter reivindicativo y radical, recuerdo la frase de Rafael Alberti al regresar del exilio “vuelvo con la mano tendida y no con el puño cerrado”. Tras el giro a la derecha del PSOE de Felipe González, era raro ver a dirigentes de este partido con el puño alzado, salvo la misa guerrista organizada por el sindicato minero, cuyo dirigente hoy ha caído en desgracia.

Me parece fantástico que la gente recupere aquellos saludos con carga simbólica si se ven en ellos reflejados. El propio Pedro Sánchez utiliza en su campaña una sombra suya en rojo(el color de la revolución también desde la Comuna de París) y con el puño alzado. Suena raro ver a los estibadores haciendo el saludo comunista en el Parlamento cuando lo más probable, dada su buena situación económica, que haga tiempo que han dejado de votar a opciones de izquierda en la inmensa mayoría del colectivo, salvo quizás alguna excepción como Juan Reyes Gamaza “Tito”. Hacen bien en luchar por su salario y sus condiciones sociales. Lo haría cualquiera. Queda raro que usen el saludo comunista pero igual es el reflejo de cuando la estiba era un trabajo penoso y mal pagado. Aún así lo más gracioso de todo es ver a los asistentes al acto de Pedro Sánchez que necesitasen un karaoke para poder cantar La Internacional. Si el viejo Carlos Marx levantara la cabeza…

Fernando Santiago

Un solo campo de batalla. Por Soledad Gallego en El País

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

La fatiga, el cansancio que provoca la frustración, hace que las personas se vuelvan gelatinosas, decía George Orwell, y lo mismo puede suceder con las sociedades, que pierden cohesión, sumidas en la desigualdad y el desaliento. Por eso, Napoleón no pedía valor a sus soldados, sino resistencia. Agotados por una crisis que dura una década, el cansancio puede hacernos creer que las cosas están volviendo a la normalidad. Al fin y al cabo, el xenófobo Geert Wilders no ha conseguido ganar las elecciones; los sondeos dicen que Marine Le Pen no sobrevivirá a la segunda vuelta; la economía parece repuntar y Trump lleva dos meses en la Casa Blanca y no se ha caído el mundo.

En realidad, no hay síntomas reales de una vuelta a la normalidad, entendiendo por eso el regreso a una organización política, económica y social similar a la que existía a finales del siglo XX. La normalidad del siglo XXI será, seguramente, diferente; de lo que se trata es de que no sea ni más cruel ni más injusta y de que una percepción equivocada no diluya la resistencia necesaria para mantener esos objetivos.

En Holanda, el partido de Wilders no quedó primero, pero sí segundo, pese a un programa brutal, en el que no se escondía nada: abandono de la Unión Europea, cierre de fronteras, abolición de la libertad de culto. Al mismo tiempo, las elecciones holandesas han sido el escenario de la implosión del partido socialdemócrata, protagonista de la vida política de los Países Bajos desde 1945 y uno de los grandes impulsores de la creación de la Comunidad Europea. Fue un socialista holandés, Sicco Mansholt, miembro de la resistencia y el ministro más joven de su país hasta la fecha, quien puso en pie la Política Agraria Común, de la que aún nos beneficiamos los españoles. Y fue un socialdemócrata, Willem Drees, quien gobernó los Países Bajos de 1948 a 1958, 10 años decisivos en los que se levantó la sociedad de bienestar y el país se ganó la fama de modelo de tolerancia. De todo eso parecen quedar pocos restos, recogidos, en todo caso, por otro partido, la Izquierda Verde, con un dirigente de 30 años, Jesse Kapler, hijo de inmigrante, que propone la defensa a brazo partido de la Unión Europea.

Curiosamente, es el mismo mensaje que lanza el candidato francés que parece mejor situado para parar a Le Pen. El centrista Emmanuel Macron, de 40 años, coincide con Kapler en relanzar la Unión Europea, como único mecanismo capaz de frenar la deriva autoritaria del continente. Si ese propósito fuera sincero, para Macron sería más útil la victoria de Martin Schulz, el socialdemócrata alemán, incontaminado por la gran coalición, y con el mismo vocabulario europeísta, que la agotada Merkel.

Pase lo que pase, el futuro de la Unión Europea, su objetivo, es la verdadera trinchera que va separando las dos opciones políticas en las que se divide el continente. Al final, es la Unión Europea, el extraño mecanismo, la extraordinaria aventura internacional que comenzaron seis políticos con férreas voluntades, la que exigirá decisiones. Hace muchos años que esas decisiones dejaron de ser políticas para someterse a visiones financieras. Nada indica que las cosas vayan a ser de otra manera, pero tampoco que esa tensión se decante definitivamente a favor de quienes encabezan ese ataque. Quizás sea todavía posible sacudirse el cansancio, correr riesgos y apostar por otra manera de seguir adelante. El panorama está lleno de incógnitas, pero nadie puede decir que la pelea esté acabada o, su fin, predestinado. Tampoco que no se sabe dónde está el campo de batalla. En realidad, solo hay uno.

Quique repuesto

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

Época prosaica. Por Javier Marías en El País

Fernando Santiago Muñoz | 20 de marzo de 2017

EN UN RECIENTE encuentro con periodistas culturales, uno de ellos me señaló con ­desagrado el hecho de que en los últimos tiempos la RAE, el Instituto Cervantes, el mundo literario y editorial, se dediquen a subrayar los beneficios económicos que aportan la lengua y la literatura. Le hacía mal efecto que hasta los que procuramos manejar el idioma de la manera más “noble” y menos funcionarial posible, no presentemos más argumentos en su defensa que la ganancia monetaria con que contribuye al enriquecimiento del país. Es cierto que se aducen continuamente datos y cifras: el sector cultural da empleo a tantas personas, equivale a tal porcentaje del PIB (llamativamente alto), las consultas por Internet al Diccionario ascienden a millones por mes, la venta de libros (pese a los ya muchos años de tremenda crisis) genera cantidades descomunales si se suman todos: los best-sellers, los infantiles, los de texto y la modesta poesía. Además, es una industria que, a diferencia de las del teatro, la ópera y el cine, apenas cuenta con ayudas estatales y lleva décadas valiéndose por sí sola. Es decir, produce riqueza sin costarle un euro al erario público. Las editoriales son privadas y carecen de subvenciones en su inmensa mayoría. Los escritores no solicitamos ayudas para escribir, nos las apañamos por nuestra cuenta y riesgo, ganamos lo que nuestras obras ganan: uno se pasa dos años con una novela y puede encontrarse con que ésta venda dos mil ejemplares. Si cada uno cuesta 20 euros, nunca está de más recordar que el autor suele percibir el 10%, luego el trabajo de esos dos años le supondrá un ruinoso negocio de 4.000 euros. Y aun así hay muchos que escriben con nula esperanza, robándole tiempo al tiempo. Hace poco Fernando Aramburu confesaba que su novela Patria había vendido en unos meses mucho más que todas sus obras anteriores juntas, que son bastantes (nacido en 1959, no se trata de un autor bisoño). De casos así hay que alegrarse. Si Aramburu hubiera abandonado su actividad a la vista de los resultados financieros, nunca habría llegado a esta exitosa novela, cuyas ventas no sólo lo benefician a él, sino al editor, al distribuidor, a los libreros y a sus complacidos lectores. Benefician al sector entero.

“¿Por qué recurrimos todos a lo más prosaico para señalar la importancia de la lengua y la literatura?”

¿Por qué recurrimos todos a lo más prosaico para señalar la importancia de la lengua y la literatura? Porque no nos han dejado otra elección. Recurrimos a eso para defendernos de los variados ataques y desdenes que recibimos. Por parte del Gobierno de Rajoy, que ha rebajado los presupuestos de las bibliotecas públicas, ha elevado el IVA del teatro y persigue tributariamente a escritores, cineastas, actores y artistas en general, como si fuéramos el enemigo. Por parte de la sociedad, que no ha rechistado al ver cómo se suprimía la Filosofía de la enseñanza y se arrinconaba la Literatura. Por parte de los piratas, que nos ven como a privilegiados y consideran que no deberíamos cobrar por lo que inventamos y hacemos (nosotros no, pero sí ellos, que se ahorran dinero con sus descargas ilegales y algunos sacan tajada de nuestro trabajo). Hasta nos discuten los derechos de autor, que fueron una conquista social que evitó la explotación cuasi esclavista de escritores y traductores. Los piratas se creen de izquierdas, pero más bien son una terrible mezcla de bandoleros y capitalistas salvajes reaccionarios.

Estamos en una época tenebrosa en la que de nada sirven los argumentos más “poéticos”. ¿Cómo convencer a unos gobernantes iletrados y gañanes de que nuestra capacidad para manejar la lengua condiciona directamente la calidad de nuestro pensamiento, no digamos la comprensión de lo complejo? ¿De que cuanto peor la conozcamos y usemos, más tontos seremos? ¿Cómo hacer ver a una gran parte de la sociedad –la irremisiblemente idiotizada– que la Filosofía y la Literatura son lo que nos convierte en personas, en vez de en seres simples y embrutecidos llenos de información y de aparatos tecnológicos con los que –ay– hacer el chorras? ¿Cómo persuadir a los falsos izquierdistas actuales de que los derechos de autor no sólo son justos, sino un avance social enorme? ¿Cómo hacer entender a quienes han renunciado a entender que “inutilidades” como las ficciones y la música prestan un insustituible servicio a todos, hasta a los que no leen pero reciben los ecos de quienes sí lo hacen con provecho? Hay que recurrir a lo prosaico y hablarles a todos esos en el único lenguaje que les vale: “Miren ustedes, si yo no hubiera escrito mis tonterías, no se habría generado todo este dinero. No habría habido millares de personas comprándolas, ni se habrían traducido a otros idiomas ni habrían traído capital extranjero, ni Hacienda se habría embolsado un elevado porcentaje de todos esos ingresos. Veamos quiénes son aquí los inútiles”. Triste que haya que adoptar esta postura mercantilista para justificar lo que se hace por inquietud, o por inteligencia, o por deseo de comprender el mundo y explicarlo algo mejor si es posible –al menos mostrarlo–, o por mero amor al arte. Pero la estupidez deliberada y fomentada no nos deja otro camino.

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