San Rafael, EREs

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

También Saldaña

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Qué gran alcalde ha perdido Cádiz

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Excelente foto

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Atentos

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Antonio Vergara

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

El asesino de comparsistas

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

El pelota del PSOE actúa en Chiclana

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Duda

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Una persona extraordinaria

Fernando Santiago Muñoz | 17 de abril de 2018

Víctor López Soberado, asesor fiscal

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

La ruta del subsuelo

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

El crepúsculo de las ideologías. Por Fernando Santiago

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

Emilio López Mompell cuando hablaba de una persona decía que era “de orden” si defendía puntos de vista de derechas y “de principios” cuando se trataba de alguien de izquierdas. A cualquiera le tiene que parecer fantástico que cada uno tenga su ideología e interprete el mundo o proponga soluciones a la luz de esos puntos de vista, sobre todo en el plano académico , en las sedes de los partidos, en los medios o en las barras de los bares. Eso sí, la ideología no puede ser ni un corsé que impida ver la realidad ni un sistema aberrante que machaque al que no tiene la mismos principios. Conviene recordar que las dos grandes utopías del siglo XX, el fascismo y el comunismo, han provocado millones de muertes cuando se han puesto en práctica, eso por no hablar de las religiones. Si se trata de un gobernante creo que suelen acertar más aquellos que anteponen las ideas a la ideología, los que tienen principios pero no son inmutables ni sirven para darle en la cabeza a los que no tienen los mismos. Hay que gobernar para todos e ir adaptando las decisiones a las posibilidades presupuestarias y al interés general. El propio alcalde de Cádiz se ha hecho un pragmático. Ha pasado de “la próxima visita será con dinamita”, reventar claustros universitarios y liarse con trajes o banderas a comprender que el acuerdo entre España y Arabia Saudí para construir en la Bahía cinco corbetas es una buena noticia quizás en un alarde de populismo. El alcalde que boicoteaba como delegado de USTEA a la delegada de Educación llega a acuerdos con todas las instituciones pensando en el interés general. Aparca los grandes principios, el empacho de ideología y las palabras altisonantes a cambio del empleo y de ver realizar algunos proyectos hasta tal punto que se conforma con migajas (la Ciudad de la Justicia low cost) o renuncia a majaderías como la planta de renovables en la Zona Franca o el hotel social para trabajadores en Tiempo Libre. Se llama estar en contacto con la realidad. Mientras en el Congreso de los Diputados Alberto Garzón se engola a favor de la paz y en contra de todas las guerras(como si los demás defendiéramos lo contrario), en la Bahía hacen falta puestos de trabajo . Por eso Martín Vila no habla y quizás tampoco se ha salido por las ramas el siempre grandilocuente Pablo Iglesias. Cuando se gobierna son mejor las ideas que la ideología. Para hablar es mucho mejor esta última pero para hacer no hay nada como las buenas ideas. El que tenga dudas que recuerde a Groucho Marx.

Fernando Santiago

Cazadores en la plaza Asdrúbal

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

El coste de las malas prácticas. Por Soledad Gallego en El País

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

En Estados Unidos, un conservador es, desde luego, alguien adverso a los cambios rápidos, alguien que cree que debe preservarse la moral tradicional, que apoya radicalmente el libre mercado y que tiene un fuerte sentimiento federalista. En Reino Unido no existe propiamente el sentimiento federal, pero se incluirá, seguramente, limitar el poder de los sindicatos y exaltar el valor de la sociedad frente al Estado. Lo característico del Partido Popular español, el equivalente local de esos otros conservadores, es que, por encima de todas estas consideraciones, antepone la lealtad al grupo y a sus dirigentes, con total ceguera. Por eso, los tories británicos pudieron echar a Margaret Thatcher en un momento dado, y los republicanos estadounidenses, dejar de lado a Sarah Palin, mientras que en España el PP suda sangre para librarse de Cristina Cifuentes o de personajes como Rajoy. Peor aún, por eso el PP es capaz de acoger con una enorme ovación a Cifuentes en la convención de Sevilla, uno de los momentos más tristes de la historia de ese partido, si no se tienen en cuenta, claro, los bochornosos vítores con que sus diputados acogieron la invasión de Irak.

Es esa incapacidad radical del PP para identificar la mentira y la corrupción en sus filas y de encontrar mecanismos para purgarlas lo que acabará con él; es esa falta de coraje de sus cargos medios lo que les lleva a la catástrofe, según opinan, en privado, incluso algunos de sus dirigentes más jóvenes. “Donde no hay verdad, no hay principios; donde no hay principios, no hay proyecto; donde no hay proyecto, no hay partido”, comentó recientemente una voz conocida, y minoritaria, del PP.

El principal problema en España no radica en la estructura del sistema político. De hecho, el sistema no tiene rasgos autoritarios, sino que parte de una Constitución sólidamente democrática, en comparación con las de nuestro entorno. No haría falta retocar nada de ese esqueleto en cuanto a libertades y derechos civiles para deshacer todo lo que se ha ido levantando de forma defectuosa. No es el sistema político el que está invalidado, sino la política del sistema, como diría Manuel Azaña y como ha comentado el escritor José María Ridao. La práctica de la política en España es un problema porque se ignora la responsabilidad que debe exigirse también dentro de los partidos. Las malas prácticas dentro de las organizaciones políticas están teniendo un coste desproporcionado para el país entero. ¿Cuánto costó la guerra en el PSOE? ¿Cuánto costará la intervención de Pablo Iglesias proclamando que no permitirá “ni media tontería” en cuestiones internas, cuando en realidad de lo que se trata es de saber si Íñigo Errejón dependerá totalmente de la organización podemita madrileña? ¿Cuánto están costando las idas y venidas de los independentistas catalanes, incapaces de recuperar el control de la Generalitat, sometidos a la decisión de Carles Puigdemont?

Aun así, deberíamos huir de la imagen de España como el enfermo de Europa. No lo es, por lo menos en cuanto a calidad democrática del sistema político. Donde nos alejamos de Europa es en las prácticas (y, desde luego, en las políticas sociales). Pero los enfermos graves de Europa son Polonia y Hungría, dos países centroeuropeos donde se están levantando estructuras de Estado autoritarias, que se esculpen en piedra para que, incluso con cambios de Gobierno, no se puedan modificar. Esa enfermedad le costará mucho más a Europa que los problemas de España. Los españoles, al fin y al cabo, podemos cambiar con relativa facilidad la manera en la que afrontamos nuestros peores problemas. Basta con que funcione el debate interno en los partidos y basta con que cambien los Gobiernos.

Mal tiempo

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

Feria de Vejer

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

serviciodecorreo.es

Al señor de la bolsa se le vio bailando en una caseta.

En el Cementerio Mancomunado

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

Historia de dos ciudades. Por Yolanda Vallejo

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018

Seguro que a usted también le pasa, aunque nunca se haya detenido mucho a pensar en los detalles. Reconozca que ha tenido muchas veces la sensación de vivir en dos ciudades a la vez. En dos ciudades que nada tienen que ver entre sí, pero que conviven a lo Pleasantville con una habilidad pasmosa, y por donde sus habitantes transitan cruzando de una dimensión a otra, con total normalidad. Alicia lo hacía a través del espejo, los hermanos Pevensie lo hacían cada vez que salían del armario –en Narnia- y nosotros lo hacemos continuamente a través de las noticias que se generan entre los muros de esta, cada vez más provinciana, localidad. No lo niegue. A usted le pasa continuamente; no es exactamente un viaje en el tiempo –el pasado y el futuro se confunden tan a menudo-, ni tampoco es un viaje en el espacio, aunque a veces nos cueste reconocer los lugares por donde nos movemos. Es una sensación extraña, en la que uno no se siente del todo incómodo, pero tampoco está totalmente a gusto.

Verá. Hay un Cádiz a lo barrio Sésamo, donde huele a pan recién hecho, donde los vecinos y las vecinas se reúnen, discuten –o debaten, como quiera-, toman decisiones, van en bicicleta, dan de comer a los gatos, donde el alcalde es uno más, que lo mismo coloca un husillo mal puesto, que limpia la playa de temporales; donde al colegio se le llama escuela y a la plaza, mercado. Una ciudad siempre en riesgo de exclusión social, atrincherada en su propia ensoñación de reparto igualitario de recursos e ínfulas de autogestión. No es un Cádiz alternativo, porque –seamos sensatos- hay pocas alternativas en esta ciudad, pero juega a serlo. Un Cádiz de buen rollo. Un Cádiz de calle, de barrio, de plazoleta recuperada para que jueguen los niños al trompo y al pollito inglés –lo del mangüiti es demasiado salvaje y poco educativo-, para que tiendan al sol banderas multicolores mientras en los mostradores suenan los nudillos a compás. Un Cádiz que mira al mar despejado, y que aún espera a los barcos del otro lado del mundo. Todo tiene arreglo en ese Cádiz que solo existe en los programas electorales y en los vídeos promocionales, y en el que usted, confiéselo, no se reconoce.

Hay otro Cádiz a lo señorita Rottenmeier donde, de todo se hace un problema, donde se discute –no se debate, por supuesto- antes, durante y después de cada paso que se da. Un Cádiz de rencillas, del y tú más, del grito y la bronca. De apariencias, de sermones, de colegio clasista uniformado, de nostalgia, de qué tiempos aquellos, de pasear al perro cada mañana. Un Cádiz de ley y orden, de señores y señoras, de coche en la puerta, de cornetas y tambores, de centro comercial, de casino provinciano. Un Cádiz del subsidio, del chapú, de la ayudita, que da la espalda a todo, porque todo le molesta. Un Cádiz que ha hecho de la nostalgia virtud, y de la decadencia su seña de identidad, sin darse cuenta. Un Cádiz de mamotretos y de dignidad –que es la virtud que enarbolamos cuando hacemos el ridículo y no queremos reconocerlo. Un Cádiz inamovible donde nada puede cambiar porque todo ha sido siempre así. Nada tiene arreglo en ese Cádiz derrotista, que ni siquiera existe en los programas electorales ni en los vídeos promocionales, y en el que usted, confiéselo, tampoco se reconoce.

Pero existen. Las dos ciudades. Conviviendo. Superpuestas, dobladas sobre un mismo plano. Como los complementarios, que diría Antonio Machado. Porque no puede mirarse una ciudad sin la otra. Tienen que mirarse una a la otra. No puede gobernarse una ciudad sin la otra. No puede gobernarse para una ciudad sin tener en cuenta a la otra. Y no solo porque estén condenadas a entenderse, sino porque son la misma, pero en distintas versiones. Tan virtual la una como la otra; tan reales ambas.

Nos queda un largo año por delante. De aquí a las elecciones municipales nos dirán tantas veces que somos de una o de otra ciudad, que tal vez caigamos en la tentación de creérnoslo. Es mucho más fácil alistarse a un bando que luchar cuerpo a cuerpo. Y mucho más fácil, dar la batalla por perdida antes de aceptar que la convivencia no es fácil, pero tampoco es imposible. Quizá todavía estemos a tiempo y quizá, alguno de los pretendientes al trono se de cuenta de que el “divide y vencerás” le sirvió a Julio César de bien poco.

Quizá no esté de más recordar a Dickens que en tiempos tan revueltos como estos, escribió sus páginas más brillantes “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de las luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”.

Ya ve, como la vida misma. Al final, todo está en los libros. Seguro que usted ya lo había pensado.

 

El jueves

Fernando Santiago Muñoz | 16 de abril de 2018