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El periodismo visto por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 26 de febrero de 2014 a las 7:59

  El reloj de Hildy

primera plana

 

Es muy curioso esto que llaman credibilidad. Referido a la prensa, parece consistir en algo relacionado con el narcisismo y el onanismo. Atribuimos credibilidad a quien piensa más o menos como nosotros, dice lo que decimos nosotros (o nos gustaría decir) y nos hace sentir en posesión de la razón. Ningún periodista español es creíble para todos. Ni Soledad Gallego-Díaz, la profesional más solvente que conozco: por el hecho de trabajar para El País y la SER, un sector de la audiencia la mantendrá por principio bajo sospecha. Un lector de El País (el diario de la falsa foto de Hugo Chávez) recela por sistema de lo que publica El Mundo (el de la conexión Mondragón), y viceversa; quien lee fielmente a Hermann Terstch piensa que Ignacio Escolar es un propagandista sectario, quien consume prensa del nacionalismo catalán atribuye las peores manipulaciones a la prensa «de Madrid», y a Iñaki Gabilondo siempre habrá quien le saque un asunto de calzoncillos superpuestos. Las cosas funcionan así. Nuestros prejuicios, sumados a otros prejuicios similares, constituyen un nicho de mercado. Cada día más precario, ciertamente. Quizá porque tantas credibilidades enfrentadas desgastan la fe más sólida.

 

Algunos dicen que Jordi Évole se ha jugado su credibilidad (y la ha perdido) con el falso documental sobre el 23-F. Vaya. Qué desgracia. Me parece muy bien que una parte de la audiencia le critique y otra parte le aplauda, porque para eso está: para ser audiencia y opinar. Resultan un poco más chuscas las críticas de ciertos profesionales que conocen a la perfección las patrañas de sus propios medios, contribuyen a ellas cuando hace falta o las soportan en silencio, porque hay que pagar la hipoteca y educar a los niños. ¡Cuánto pontífice de la verdad!

 

A mí no me gustó demasiado el falso documental. Llegó a aburrirme. Y, sin embargo, me pareció muy bien. Évole hace televisión. Como artefacto televisivo, el programa cumplió sus objetivos de forma abrumadora: obtuvo audiencia y suscitó debate. Cuando opera bajo la etiqueta de Salvados, Évole cultiva un periodismo mestizo, una información-entretenimiento que satisface a millones de personas. Me incluyo entre ellas. Otras veces, como el domingo, Évole hace otras cosas. Y asume riesgos. Personalmente, habría preferido ahorrarme las excusas posteriores («les contamos esto porque no podemos contarles la verdad»), un poco bochornosas, pero ese es un asunto menor. Lo importante es la provocación, algo bien sabido por los participantes en las tertulias políticas televisivas. Si quieren periodismo puro, austero, riguroso, búsquenlo en algún libro o criben la prensa diaria hasta encontrar una pepita (las hay) de ese material rarísimo. No se lo exijan a la industria. La industria es otra cosa. La industria, amigos míos, existe para ustedes, para sus prejuicios y sus puñetas.

 

Tiendo a pensar que podríamos confiar un poco más en la prensa, fuera cual fuera el soporte, si cada uno de sus productos incorporara algo parecido al making of; un relato de cómo se ha construido la información. A eso, en una época, se le llamó nuevo periodismo. Disculpen la divagación, temo que no venía al caso.

 

Me acojo a la disculpa anterior para precisar que yo no me fui de El País por los despidos (aunque oficialmente fuera uno de los despedidos), ni por las malas formas con que se planteó el expediente de regulación de empleo. Me fui a otro periódico, El Mundo, que también despedía a gente. Lo que me parecía intolerable en El País tampoco era el ambiente opresivo, muy característico de la casa, ni algunas tonterías que se publicaban junto a piezas espléndidas, sino el cinismo de su máximo responsable, Juan Luis Cebrián: el hombre que ha conseguido ganar fortunas arruinando a accionistas y despidiendo a trabajadores; el hombre que debía defender el periódico y lo despreciaba públicamente.

 

Me fui a trabajar para un director, Pedro J. Ramírez, que también había hecho del cinismo un arte. ¿Han visto la película Primera plana? No la de Howard Hawks (un buen director no puede parecerse a Cary Grant), sino la de Billy Wilder, con Jack Lemmon como el reportero Hildy Johnson y Walter Matthau como el director Walter Burns. ¿Recuerdan el final? ¿Recuerdan lo que ocurre con el reloj que Burns regala a Hildy? Ahí está todo. Ahí está lo que en mi opinión, absolutamente subjetiva, redime a Ramírez. No me importa trabajar para un jefe que me engañe, me explote o me estafe, mientras ame su periódico y me engañe, me explote o me estafe en beneficio del periódico. Es decir, del oficio. Es decir, de algo muy imperfecto para un público muy imperfecto. Me gusta trabajar para alguien que, como yo, disfrute con este asunto tan sucio e impugnable, tan estúpido, tan poco rentable, tan falto de credibilidad y, aunque a estas alturas no se lo crea casi nadie, tan necesario que llamamos periodismo.

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Silencio y paz. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 21 de febrero de 2014 a las 8:47

¿ALGUIEN cree que el Marca y el As son madridistas porque el Gobierno les presiona? ¿Son barcelonistas el Sport y el Mundo Deportivo porque la Generalitat lo exige? Yo diría que no es el caso. Esos diarios sólo tratan de agradar a su público de la manera más directa: diciéndole lo que quiere oír, no lo que necesita saber. Es algo asumido desde hace tiempo.

Ahora mismo, el Gobierno de Mariano Rajoy parece imponer sus condiciones sobre la prensa generalista. Si lo hace es porque puede: las empresas editoras acumulan deudas impagables y pierden dinero cada día, a causa de la caída publicitaria y, sobre todo, de la deserción de los lectores. El cambio de dirección casi simultáneo en tres diarios tan relevantes como La Vanguardia, EL MUNDO y El País se interpreta, en general, como un giro a favor del poder: Monarquía, Gobierno, partidos, banca, grandes empresas. Es normal. Son los que pagan y quien paga manda. ¿Qué ha pasado con los lectores? ¿Por qué se van? Podría hipnotizarse que los periódicos han perdido calidad y no satisfacen las expectativas de la gente. Hasta cierto punto, ha ocurrido eso. Algunos hechos, sin embargo, no encajan con esa explicación.

Este mismo diario, El MUNDO, ha ofrecido últimamente lo que se supone que debe ofrecer: noticias importantes. La sociedad española debía conocer, por ejemplo, que Rajoy seguía enviando sms cariñosos a Luis Bárcenas cuando ya era pública y notoria la condición de corrupto del ex tesorero del PP. ¿Subieron las ventas cuando se publicó esa historia? No mucho. En realidad, más bien al contrario. O ha dejado de interesarnos la corrupción en los poderes públicos, o a un sector de la clientela (mayoritariamente conservadora en el caso que nos ocupa) sólo le interesa la corrupción cuando es la de los otros.

Será que no nos apetece saber la verdad, sino recibir la confirmación cotidiana de que nuestras ideas son las justas y todo lo malo es culpa de Zapatero (o de Rajoy, o de Mas, según sea nuestro bando). La prensa siempre ha tenido los dedos hábiles para masturbar a su clientela, pero se le atribuían, además, otros talentos. Informar, hacer pensar, esas cosas. La sociedad española ya no está, parece, para tanto trajín. Prefiere que su prensa sea estrictamente deportiva. Al presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, se le reprocha que haya criticado en Londres la política energética gubernamental. Esa que, por una u otra razón, criticamos todos. Ha dañado la Marca España, dicen, y eso no se hace. Exigimos silencio y paz. 25 años de paz.

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La memoria de las derrotas. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 10 de febrero de 2014 a las 8:40

La frase de Albert Camus ha sido citada muchas veces: «Lo que sé con mayor certeza sobre la moralidad y el deber del hombre se lo debo al deporte, y lo aprendí en el Racing Universitaire de Argelia». Hay quien piensa que Camus fue un gran portero de fútbol, pero solo jugó como juvenil en un oscuro equipo argelino y tuvo que dejarlo a causa de la tuberculosis. La frase, por otra parte, pertenece a un breve artículo que el escritor francés envió a una revista deportiva hecha por estudiantes. Resulta más que probable que el nazismo, la guerra, el colaboracionismo y el estalinismo proporcionaran a Camus una educación ética (por la vía de los ejemplos negativos) más amplia y compleja que la recibida en el fútbol. Pero es cierto que el fútbol puede enseñar cosas importantes. Cosas como la solidaridad, el juego limpio, la elegancia en la victoria y la dignidad en la derrota. Con eso se puede ser una persona decente.

Sobrellevar la derrota colectiva es relativamente fácil. Ocurre que las derrotas también son a veces individuales. El fútbol profesional posee una memoria absoluta y guarda para siempre los peores estropicios cometidos por un jugador. Cardeñosa, un gran interior zurdo que destacó en el Betis de los años 70, vale como ejemplo. Será siempre recordado por aquel gol contra Brasil en el Mundial de 1978; un gol que no marcó, pese a tener la portería libre. Más que los jugadores de campo, suelen ser los porteros quienes cargan con el lado más oscuro de la memoria: nadie escribiría un artículo sobre Arconada sin citar su fallo en la final de la Eurocopa’84. Y no se puede hablar de Gary Bailey sin hacer referencia a su mayor logro personal, que coincidió con una de sus jornadas más negras.

Bailey, sudafricano, ocupó durante muchas temporadas la portería del Manchester United. El 1 de marzo de 1980, con sólo 21 años, paró tres penaltis. No correspondían a una tanda de desempate, donde los nervios dan cierta ventaja al guardameta, sino al propio partido. Y en ningún caso el balón fue fuera. Los tres (cuatro, en realidad, porque uno se repitió) fueron lanzados a su izquierda, y los tres los detuvo. Gary Bailey, hoy comentarista televisivo, procura no recordar aquella hazaña, porque el partido en cuestión, contra el Ipswich Town, concluyó con una de las peores derrotas sufridas por el Manchester: 6-0. Bailey, aquel día, sólo paró los penaltis.

Y no se puede merodear por la memoria oscura sin que aparezca el pobre Moacir Barbosa, el mejor portero de su época. Barbosa defendía la meta brasileña el día del Maracanazo, la inesperada derrota de Brasil frente a Uruguay en la final del Mundial de 1950. Aunque no tuvo mucha culpa en el primer gol y se dejó engañar en el segundo, jamás fue perdonado. Más de tres décadas después, Barbosa quiso visitar a la selección brasileña que se preparaba para el Mundial de 1994. No le dejaron pasar porque se le consideraba gafe.

Daniel Aranzubia es ya muy veterano. Es posible que la edad y la experiencia le ayuden a sobrellevar el desastre del sábado. La derrota del Atlético hay que atribuirla al equipo entero, pero Aranzubia bajó casi hasta el infierno: se tragó los dos goles y le expulsaron. Aranzubia puede consolarse pensando en el pobre Barbosa. O en el árbitro, que logró hacerlo aún peor que él.

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El cese de Pedro Jota visto por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 31 de enero de 2014 a las 15:36

DEMASIADO PRONTO

EL PERIODISMO es un oficio muy limitado. Su devoción por lo urgente le obliga a referirse a la actualidad, una serie de hechos ciertos (o incluso puede que inciertos), llamados noticias, a cuya coincidencia en el tiempo y el espacio se intenta atribuir algún sentido. La verdad, en minúscula y de forma precaria, llega con el tiempo, si hay suerte. Habrán oído hablar de la famosa respuesta de Zou Enlai. En 1972, Richard Nixon visitó Pekín y en una charla informal le preguntó al dirigente chino qué pensaba sobre la Revolución Francesa. «Es demasiado pronto para valorarla», respondió Enlai. Qué prudencia, ¿no? La frase ha pasado a la historia. Pero fue una confusión. Enlai entendió que Nixon se refería al entonces muy reciente Mayo del 68, y no a la revolución de 1789. Da igual, al periodismo eso le es bastante indiferente. Y las palabras «es demasiado pronto» emiten un aura de verdad.

A veces se considera que el periodismo recoge la historia cotidiana. Eso es así sólo en parte: su perspectiva va de hoy hacia el futuro, mientras que la del historiador es la contraria. Como ejemplo, lo que ocurre en Europa. Parece razonable pensar que el fenómeno político más profundo y trascendente de estos años, en este pequeño extremo de Eurasia, es el resurgir de los nacionalismos. En Francia ruge el sentimiento nacional, que acusa de traición al Estado y mira con creciente simpatía al lepenismo. En el Reino Unido, la cuestión escocesa se suma a una tradicional y vigorosa desconfianza inglesa hacia la Unión Europea. En España, los nacionalismos periféricos han causado ya reacciones del nacionalismo español (Vox y otras). ¿En qué acabará esto? No lo sabemos.

Con lo poco que tiene a su alcance y con esfuerzos a veces extraordinarios (como los de Javier Espinosa y otros que pagan muy cara su dedicación a este oficio), el periodismo no puede explicar la verdad ni escribir la historia. Su misión consiste en trabajar sobre hechos ciertos para examinar al poder, que siempre abusa; para mostrar a la sociedad una instantánea de sí misma; para ampliar los límites de la libertad.

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El hombre que dirige este periódico es un periodista extraordinario. A veces contradictorio e incoherente, mucho más interesado en vender diarios que en dar ejemplo de comportamiento ético, obstinado en la investigación incluso cuando yerra (como en la mayor parte del 11-M), mucho más fiel a la libertad que al orden. Se va el domingo. Como dijo Enlai, es demasiado pronto para valorar el acontecimiento. Pero en algún momento habrá que hacerlo, y decidir en consecuencia.

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El agujero más negro. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 27 de enero de 2014 a las 9:47

El físico Stephen Hawking, que ha dedicado gran parte de su trabajo al estudio de los agujeros negros, piensa ahora que los agujeros negros podrían no ser tan negros. Hawking y otros venían diciendo que esos fenómenos cósmicos poseían tal densidad que hacían un ovillo con el espacio y el tiempo y nada podía escapar de ellos, ni siquiera la luz. Al físico británico se le ha ocurrido, sin embargo, que la teoría cuántica podría respaldar la tesis de que algo de energía e información sí se les puede escapar. Tal vez la penúltima zona oscura del universo pueda ser conocida, después de todo.

Eso es esperanzador. Si fuera teóricamente posible investigar un agujero negro, cabe considerar la hipótesis de que acaso algún día resultara concebible algo aún más increíble: iluminar lo más absolutamente negro. Es decir, el fútbol.

El negocio del fútbol funciona bajo un pacto inquebrantable, según el cual no se debe tolerar el menor contacto con la justicia ordinaria. Cuando eso ocurre se desencadena el caos. Recuerden el gran precedente, la demanda que el futbolista Jean Marc Bosman presentó contra el Lieja y, de alguna forma, contra la esclavitud encubierta: nada volvió a ser como antes. Ahora, la querella de un socio del FC Barcelona ha provocado la dimisión del presidente Rosell y ha obligado al club a revelar el contenido del contrato firmado con Neymar. De momento no se entiende demasiado bien quién se ha llevado una millonada y quién puede haber sido estafado, pero hay algo claro: el fútbol miente.

Hasta la fecha, ni la física cuántica resulta útil para explicar por qué se le concedió a Catar la organización de un Mundial, ni para saber si ese Mundial se jugará en verano o en invierno, de día o de noche. Tampoco es que nos interese mucho saberlo, la verdad. Preferimos vivir en la ignorancia y cuando nos enteramos de algo, por casualidad, hacemos como si no pasara nada. Los clubes españoles deben un montón de dinero a Hacienda y a la Seguridad Social. Cuando el ciudadano de a pie hace algo así, le crujen. El fútbol, sin embargo, es especial. Y consentimos que permanezca ajeno a la justicia porque el agujero negro es la otra cara de un circo que nos entretiene mucho. Un circo en el que, además, tenemos depositada una vieja inversión sentimental.

Los agujeros negros del cosmos deben ser espantosos vistos de cerca, pero nadie se ha encontrado con ninguno. Se les puede considerar inofensivos, al menos hasta la fecha. Cosa muy distinta es el agujero negro del fútbol, que ofende todo lo que le da la gana. La Federación y los clubes españoles, salvo un puñado de dignísimas excepciones, han pedido un indulto para el ex presidente del Sevilla, José María del Nido. Este señor no está condenado por las habituales trapacerías futbolísticas, sino por haber participado en el expolio del Ayuntamiento de Marbella. Da igual. El fútbol ha de permanecer intocable, incluso en los casos más viles de delincuencia común.

Esto da demasiada grima. Que se ocupe del asunto Stephen Hawking, que aplique las teorías cuánticas y nos diga si realmente hay esperanza. Mientras tanto, enfrentémonos a misterios más accesibles y menos repugnantes. Como eso que pasa con Bale.

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Fenómenos paranormales. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 24 de enero de 2014 a las 8:37

LAS PALABRAS de Jorge Fernández Díaz han generado algunas críticas y un cierto cachondeo. Como saben, el ministro del Interior ha revelado que Santa Teresa trabaja como intercesora para el Reino de España. Dentro de la paranormalidad que caracteriza al actual Gobierno y en general a la España de hoy, la declaración de Fernández constituye un interesante ejercicio de transparencia. De la existencia de la anterior intercesora, Corinna zu-Sayn Wittgenstein, nos enteramos con mucho retraso y por simple accidente (de caza). Ahora, en cambio, estamos oficialmente informados sobre quién anda por ahí manejando las cosas de la Marca. Se ignora por el momento de qué asuntos concretos se ocupa Santa Teresa (¿Sacyr y Panamá, tal vez?) y si trabaja a tiempo completo o como simple comisionista, pero esos detalles serán sin duda expuestos en sede parlamentaria.

Como fenómeno paranormal, resulta más inquietante el que se refiere al empleo. De ello se ocupa de forma expresa la Virgen del Rocío, como anunció en su momento la ministra Fátima Báñez. Ha llegado el momento de preguntarse qué hace, si hace algo, la Virgen del Rocío. La Encuesta sobre Población Activa (EPA) indica que la industria española perdió en 2013 más de 100.000 empleos, y eso no puede ser. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, de cuya palabra no cabe dudar, lleva tiempo loando la recuperación industrial, el auge del sector automovilístico, la nueva competitividad y otras cosas por el estilo. ¿Entonces? ¿Cómo es posible que la industria perdiera el pasado año más empleos que la construcción? O se equivoca la encuesta, que como todas incluye un margen de error (recuerden que algunas encuestas indican incluso un aumento de la intención de voto al PSOE), o la Virgen del Rocío tiene que dar explicaciones.

En su conjunto, la EPA traza algunos rasgos compatibles con el concepto de España como fenómeno paranormal: trabaja menos gente, pero baja el desempleo; crece el número de los parados de larga duración (ya son 2,3 millones quienes llevan más de dos años buscando trabajo), y a la vez son los jóvenes quienes peor lo llevan (en el último trimestre se destruyeron casi 150.000 empleos que ocupaban personas entre 16 y 34 años).

Al margen de la EPA y de la Virgen del Rocío, en la España paranormal crece cada día la deuda pública y sin embargo, puesto que vuelven a prestarnos dinero, se trata de algo positivo. Como cuando Zapatero. Pero ahora, claro, es distinto. Hemos salvado a la banca y nos ampara el santoral.

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La Tercera Ley Fundamental por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 17 de enero de 2014 a las 8:14

CARLO MARIA Cipolla, un economista italiano fallecido en 2000, ejerció durante muchos años como catedrático de Historia de la Economía en la Universidad de Berkeley. Publicó numerosos libros sobre la materia. Pero se le recuerda por un breve ensayo, Allegro ma non troppo (1988), en el que teorizaba sobre la estupidez humana. Aunque el texto fue escrito como broma para los amigos, establece unas cuantas verdades irrefutables. Como su Tercera Ley Fundamental sobre la estupidez, que Ci- polla califica como regla de oro dentro de su teoría. Dice así: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio».

Resulta alarmante comprobar que muchas de las cosas que ocurren en España sólo parecen tener explicación si se les aplica la Tercera Ley Fundamental. Veamos. ¿Qué necesidad tenía el fiscal Pedro Horrach de referirse a una «teoría conspiratoria» en la instrucción del juez José Castro? ¿Qué gana con eso? Es muy posible que la Infanta Cristina declare junto a su abogado (la imputación consiste en eso) y que finalmente no sea acusada. Horrach, que en ciertos momentos muestra más ardor en la defensa de la Infanta que sus propios abogados, habrá tenido razón si las cosas acaban así. Por el camino, sin embargo, habrá dejado bajo sospecha el trabajo de un juez. Hombre, que eso lo hagan los socialistas andaluces con la juez Mercedes Alaya resulta feo pero puede comprenderse. Que desde la Fiscalía (y con el probable conocimiento de la Fiscalía General del Estado) se dirijan a un juez escritos-escrache perjudica a la institución e incluso al sistema.

En realidad, casi todo el asunto de Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin se ajusta a la Tercera Ley. Por proteger a la Infanta se ha dañado a la propia Monarquía, a la credibilidad de Hacienda (justo en el mejor momento), al prestigio de un juez y a la imagen de imparcialidad que deben preservar los fiscales. ¿Para beneficio de quién? De nadie. Quizá de la causa republicana. Resulta dudoso que esa fuera la intención. Afirma Cipolla que, en una sociedad en declive, «los miembros estúpidos se vuelven más activos por la actuación permisiva de los otros miembros» y se registra «una alarmante proliferación de malvados con un elevado porcentaje de estupidez» junto a «un igualmente alarmante crecimiento del número de los incautos». La conclusión, según Cipolla, es «la ruina».

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Los últimos años. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 11 de enero de 2014 a las 8:50

EL EMPECINAMIENTO de Juan Pablo II fue, desde un punto de vista humano, admirable. Creyó que debía mantenerse hasta el final al frente de los católicos y no le importó exhibir su terrible decadencia física, sufrir de forma perceptible ante la multitud de la plaza de San Pedro y agonizar prácticamente ante las cámaras. A mí me pareció valiente. Y, por supuesto, erróneo. Sus últimos años fueron un desgobierno completo. Los asuntos que no había querido o podido afrontar antes de la enfermedad, como la corrupción vaticana en cualquiera de sus vertientes, se convirtieron en cánceres. Lo que heredó su sucesor, Benedicto XVI, un hombre ya anciano al ser elegido, era un organismo con gravísimas disfunciones.

Los mismos que jalearon a Juan Pablo II por mantenerse en su puesto, pese a no ser capaz de desempeñar el trabajo de un Papa (que va más allá de dar ejemplo de fe y abnegación), aplaudieron luego a Benedicto XVI por hacer lo contrario. Del Papa emérito se pueden cuestionar bastantes cosas, pero no su lucidez. Abandonó porque la crisis interna en la iglesia católica era muy grave y él no tenía fuerzas para atajarla. Sabía que hacía falta un gesto decisivo. Y renunció. Sobre Francisco también hay opiniones diversas. El tradicionalismo lo soporta mal. En cualquier caso, resulta difícil negar que hacían falta reformas y que el Vaticano empieza a oler mejor.

El otro día recordé los días finales del pontífice polaco. Sabíamos de su estado, sabíamos que le habían practicado una traqueotomía y permanecía casi todo el tiempo entubado. Sus portavoces, sin embargo, aseguraban que cenaba con apetito, desayunaba grandes vasos de leche con abundantes galletas, se mantenía «animado» y despachaba con sus colaboradores. Recordé eso cuando alguien explicó que el Rey de España se había puesto nervioso porque su atril estaba mal iluminado, y que por eso había leído de forma errática su discurso el día de la Pascua militar. Ya. Es normal. Al hombre le falta experiencia para detenerse y mover la lamparilla, o el papel, o a un mandado con una linterna.

Juan Carlos I parece haber tomado como ejemplo a Wojtyla, no a Ratzinger. Preparémonos, pues, para unos últimos años que tendrán graves consecuencias. Y seamos conscientes de que el catolicismo tiene mucho más aguante que cualquier monarquía. No se trata tan solo del descrédito de la Corona, sino del desánimo de un país que necesita futuro. En lo personal, el Rey se comporta tal vez de forma valiente. Pero, como Juan Pablo II, se equivoca. Lo que se pudra en estos últimos años tal vez sea irreparable.

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Devoción gregoriana. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 3 de enero de 2014 a las 9:14

ES CURIOSA la devoción por el calendario. El martes fue 31 de diciembre y el miércoles, 1 de enero, lo que significa que pasamos de un año a otro. La gente lo celebra, se felicita, hace propósitos de mejora. Gran parte de la humanidad rinde homenaje a la creación de Gregorio XIII, que en 1582 decidió saltar del 4 al 15 de octubre para que la Pascua (que según el Concilio de Nicea y por razones realmente abstrusas debía celebrarse el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio norte) dejara de retrasarse como hacía con el calendario anterior, el juliano, instituido por Julio César. También nos fascina el sistema métrico decimal, otro invento tan arbitrario como el día y el mes gregorianos y el año cristiano, el 2014 de una serie que no empieza con el nacimiento de Jesús de Nazaret sino, por error, unos cinco o seis años después.

Los números redondos del sistema métrico decimal, los que acaban con un cero o con varios, nos resultan al parecer muy sugerentes. Y eso nos conduce a las efemérides, de las que 2014 viene bastante bien surtido. En Europa se conmemorará el centenario de la Primera Guerra Mundial, una matanza colosal, el inicio del largo suicidio (1914-1945) de un continente que entonces era aún hegemónico. A la Gran Guerra se llegó sin querer, por despiste, por cálculos equivocados, por escuchar a los militares, por la fiebre del nacionalismo; la destrucción de dos imperios, el relativamente benigno austrohúngaro y el calamitoso otomano, podría haber ocurrido de forma menos cruenta. Ya que nos gustan los aniversarios, conviene que recordemos que este en concreto basta para justificar la Unión Europea, pese a todos sus inconvenientes, que son muchos, y pese al conflicto económico que se libra en su interior. Cualquier cosa es mejor que una guerra.

En España, sin embargo, dominarán otras dos efemérides que nos retratan. El 11 de marzo se cumplirán diez años de los atentados a los ferrocarriles, con varias asociaciones de víctimas enfrentadas entre sí durante una década, medios de comunicación (este mismo, por ejemplo) que consideran una farsa la investigación policial, el juicio y la sentencia, y no pocos ciudadanos convencidos de que los atentados y las protestas de los días siguientes equivalieron casi a un golpe de Estado contra el Partido Popular. El 11 de septiembre hará 300 años de la caída de Barcelona ante las tropas borbónicas, y no hace falta extenderse sobre lo que viene ocurriendo en torno a esa efemérides. Cambian los años. Nosotros, no.

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Palabras. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 27 de diciembre de 2013 a las 8:49

EL REY condena la corrupción y luego se va a cenar con ella. Supongo que eso forma parte del mensaje: por encima de todo está la convivencia. La ejemplaridad también es importante, pero puede inducir a confusión. Tan ejemplar es quien asume la condición de modelo para otros como el castigo que escarmienta. Y a estas alturas parece claro que los españoles estamos castigados.

El jefe del Estado sólo dispone, según el arreglo constitucional, de la palabra, y sus palabras son finalmente las del Gobierno, que es quien aprueba o veta. El mensaje anual del Monarca ha de ser por tanto inocuo. No se habla de corrupción, sino de «casos de falta de ejemplaridad en la vida pública». El monumental latrocinio de fondos públicos en la Andalucía socialista, el registro policial en la sede del PP cuando ya se han destruido las pruebas, el desbarajuste catalán, son «casos de falta de ejemplaridad». Como los fraudes del yerno del rey, invitado a La Zarzuela, y la peculiarísima situación procesal (con sus correspondientes consecuencias en la Agencia Tributaria) de la hija del Rey, y como las alegrías que se dispensaba el propio Rey a cuenta del presupuesto hasta que la cadera dijo basta. Nada, falta de ejemplaridad.

Tranquilos, porque el Rey asume «las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy exige la sociedad». Son cosas que se exigen hoy y hasta ahora, según se ve, no se exigían. Ahora sí. Y ya está asumido. Tranquilos.

El Rey, como decíamos, sólo dispone de palabras y ni siquiera son suyas. Por otra parte, se puede entender que en Nochebuena quiera estar con su familia, aunque de ella forme parte algún presunto delincuente. La familia es la familia. Ocurre que también el partido es el partido. Y el sindicato es el sindicato. Y el tribunal es el tribunal. Cada uno sabe quién es, quiénes son los suyos y a quién toca defender por encima de todo. ¿Vamos a culpar a Rajoy por protegerse a sí mismo y a su partido de las actuaciones judiciales? ¿Vamos a culpar a Rubalcaba? Un poco de convivencia, señores.

La Transición, con toda su ambigüedad, creó un sistema político que nos permitió convivir en paz y prosperidad. La paz aún está. La prosperidad, ya no. Y la ambigüedad se agiganta. Cada vez que el lenguaje oficial invoca los valores de la Transición, los devalúa. Los sepulta bajo una montaña de retórica. Después de los discursos, la vida sigue. No ocurre nada, salvo lo que viene ocurriendo: insatisfacción colectiva y erosión de las instituciones. A ver quién aguanta más, si las palabras o la realidad.

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Responsabilidad. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 20 de diciembre de 2013 a las 18:00

DURANTE años nos preguntamos cómo fue posible que Silvio Berlusconi se convirtiera en el político hegemónico de un país como Italia. Ahora, en el ocaso del berlusconismo, nos llega la respuesta. La tenemos ya ante los ojos. En Italia pasaba lo que pasa ahora en España. Simplemente eso. Y cuando el descrédito del Estado fue completo, cuando los abusos de la casta dirigente rebasaron lo bochornoso, cuando se comprobó que la judicatura era impotente, cuando se asumió que la corrupción no era un problema sino la esencia misma del sistema, el electorado optó por la destrucción completa. Es decir, por la aniquilación de los partidos tradicionales, el repudio al Estado y la negación del bien común. El populismo es una venganza en carne propia. Es aceptar el desastre colectivo, a cambio de gozar con la humillación (real o ficticia) de quienes solían humillar y de culpar a otros de las desgracias. Es aupar al poder a alguien que se hace pasar por uno de los nuestros, aunque sepamos que no lo es. Es una reacción desesperada.

Resulta casi angustioso leer la prensa estos días. No tanto por lo que se publica, bastante ominoso en su conjunto (excluyo a los dos diarios que se han pasado al género de la ficción fantástica y aún reclaman la dimisión de Zapatero), como por la falta de consecuencias. En los regímenes democráticos, sustentados sobre unas instituciones más o menos solventes y sobre la conexión más o menos directa entre los representantes de la ciudadanía y los propios ciudadanos, resulta imprescindible el concepto de responsabilidad. Igual que en la vida privada de cualquiera. Sin responsabilidad, privada y pública, no puede existir lo que llamamos civilización. Y eso, aquí y ahora, nos falta. Nadie es responsable de nada. Los más conspicuos canallas entre la casta dirigente admiten, en ciertos casos, la culpabilidad, cuando es el Tribunal Supremo quien condena, no caben ya recursos y no hay más remedio. Pero entonces piden un indulto.

Quizá aquí no lleguemos a tener un Berlusconi. Quizá nos sumerjamos en el populismo por otras vías. En Cataluña ya tienen una. Y en el conjunto de España tenemos a ministros como Arias Cañete, para quien las denuncias europeas contra el fútbol español son fruto de la envidia. Claro. Todos sabemos lo sanas que están las estructuras futbolísticas españolas.

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Puede que tenga razón el anuncio de la multinacional charcutera chino-mexicana y aquí nos baste con reírnos y tocarnos. Pero lo mismo se decía del pueblo egipcio en tiempos de Mubarak: gente feliz que reía y se tocaba. Y ya ven.

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Algo valioso por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 6 de diciembre de 2013 a las 9:37

Voté en contra de la Constitución. Me parecía inaceptable la monarquía, en general, e inaceptable en concreto la monarquía instituida por Francisco Franco. Era consciente de la necesidad de que ganara el sí, pero decidí que lo propio consistía en votar de acuerdo con mis principios. Era joven. Con el tiempo aprendí a apreciar ese texto, monarquía incluida. Acepté que la cosa funcionaba. Asumí que los españoles propendíamos a lo bananero y que sólo la Constitución nos salvaba de lo peor de nosotros mismos. Había otro factor que favorecía el arreglo monárquico: los potenciales candidatos a una hipotética presidencia de la República. De eso se habrían ocupado los partidos, y ya sabemos cómo las gastan. Ese es un argumento a posteriori, por supuesto, pero en plena Transición, junto a méritos como el propio consenso constitucional (incluyendo la tibieza de los populares, ahora tan constitucionalistas) y los Pactos de la Moncloa, se adivinaban algunos rasgos: los mordiscos de los barones de UCD para hacerse con un palmo de poder propio, la ambigüedad del PSOE en vísperas del 23-F (algunos socialistas pensaban que todo era válido para acabar con Adolfo Suárez) y, un poco más tarde, la naturalidad con la que el nacionalismo catalán, recuérdese Banca Catalana, conjugaba patria y negocio. La Constitución sigue siendo valiosa. En tres décadas largas no ha sido posible, porque los representantes de nuestra soberanía estarían ocupados en otras cosas, convertir el Senado en una cámara territorial en la que cuestiones como la financiación autonómica pudieran abordarse de forma directa y abierta. Lástima. Por lo demás, la ley suprema nos ha librado de numerosos desvaríos y seguirá evitando que determinadas crisis personales, como el delirio místico-policial que padece estos días el ministro del Interior, se contagien al conjunto de la sociedad. ¿Habría que cambiar algo? Creo que sí. Resulta patente la hipertrofia de los partidos y la necesidad de acotar sus funciones. Como cualquier reforma está en manos de los partidos, ese cambio no ocurrirá. También creo que va siendo hora de repensar la Jefatura del Estado. Felipe de Borbón podría ser un buen rey, pero seguiríamos sufriendo desprecios de su familia. Como el de Cristina de Borbón, claramente por encima de la ley (aunque la Constitución no lo establezca), incapaz siquiera de disculparse y beneficiaria vitalicia de una parte de nuestros impuestos. Se puede soportar cualquier cosa, con tal de que no sea eterna.

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Enric González en Cádiz

Fernando Santiago Muñoz | 3 de diciembre de 2013 a las 10:37

A mi modesto entender, el mejor articulista español. Ya estuvo en Cádiz el año pasado en un acto organizado por las asociaciones de la prensa en el Oratorio para firmar un documento en favor de la libertad de prensa. Magnífica conferencia de Enric González en el tono escéptico habitual. Muy recomendables sus artículos en El Mundo y Jot Down, sus libros (“Memorias líquidas”, genial, sus historias de Londres, Roma o Nueva York, de la que se ha hecho un recopilatorio, creo que la editorial Destino). Hoy da una charla en la Casa de Iberoamérica. Muy recomendable.

La noche del acto en el Oratorio terminamos en la Taberna La Manzanilla con Enric y Jesús Alfaro, que pagó la cuenta, por cierto. Enric al fin y al cabo es catalán.

Para abrir boca repito un artículo suyo en Jot Down titulado referéndum que ya puse aquí una vez:

REFERENDUM

Hay quien se siente muy orgulloso de haber nacido donde nació. Se trata, supongo, de un orgullo por delegación, porque el nasciturus suele carecer de capacidad de decisión y nace donde le nacen. Hay gente, pues, orgullosa de que su madre pariera donde lo hizo y en el momento en que lo hizo, y de que le enseñaran las primeras palabras en tal idioma o tal otro. No es nada nuevo. Los romanos adoraban a los «lares», los dioses de la familia y el terruño, antepasados remotos y benévolos; bien mirado, esa era una religión más sensata que otras con cierto éxito contemporáneo. De la patria, un concepto más o menos concreto (el lugar donde nació uno, o donde nacieron sus padres, según se opte por el droit du sol o el droit du sang), se pasa al patriotismo, algo completamente subjetivo que algunos aprecian y otros no llegamos a entender.

Deduzco que mi patria geográfica es Barcelona. Mis padres nacieron en Barcelona y yo nací en Barcelona. Mi lengua materna es el catalán. En ese sentido, mi patria es Cataluña. Carezco de sentimientos patrióticos, salvo una vaga querencia abstracta hacia Barcelona, una ciudad que me gusta cada día menos. Tengo un pasaporte de España, un país que me gusta cada día menos.

Dado que soy catalán, y dadas las circunstancias por todos conocidas, he acabado formándome una opinión sobre el referéndum que reclaman diversos partidos catalanes y un sector significativo de la ciudadanía catalana.

Estoy a favor del referéndum.

Sé que no existe espacio constitucional para esa consulta. También sé que las constituciones se cambian: me acuerdo de cómo se redactó la Constitución vigente, y de cómo se ha modificado cada vez que lo ha exigido la Unión Europea. Eso no es problema. También sé que el simple hecho de celebrarse el referéndum en el ámbito de la comunidad autónoma catalana implicaría el reconocimiento de Cataluña como territorio soberano, y que realizarlo en toda España sería una juerga formidable. Y no ignoro el marronazo europeo. La historia, todo eso de si Cataluña ha sido o no alguna vez independiente, si la guerra de Sucesión fue de Secesión, etcétera, me parece irrelevante en este caso.

Ya he dicho que soy catalán. Tengo además otros defectos. Me gustan, por ejemplo, los cambios y los conflictos, porque tiendo a creer (con la misma solidez argumental que los creyentes en Dios, es decir, ninguna) que pueden comportar mejoras y progreso. Cierto, también pueden comportar lo contrario. No se sabe hasta que se prueba.

Esa es una razón de mi interés por el referéndum.

La otra, la importante, está relacionada con la patria y la ciudadanía. En general, y mientras la emigración no constituya un fenómeno mayoritario, somos de donde nacimos. Porque sí, sin derecho a elegir. Como dice Galdós que dijo Cánovas, en referencia consciente o inconsciente a algo que dijo Quevedo, «es español el que no puede ser otra cosa». Aunque se pueda ser otra cosa, y se puede largándose a otro sitio y siguiendo ciertos trámites largos y complejos, resulta dificilísimo dejar de ser español.

El referéndum consagraría, como dice la propaganda del nacionalismo catalán, el «derecho a decidir». Eso me gusta. Me gustaría que el derecho a decidir fuera completo, porque entonces no tendría dudas sobre mi voto (elijo ser canadiense), pero poder optar entre España y Cataluña tiene su interés.

Ignoro aún qué votaría. Dependería de las condiciones objetivas o, para ser más claro, de lo que ofrecieran unos y otros. Ya he dicho que soy catalán y por lo tanto pesetero, interesado, gorrón, insolidario y refractario a la «marca España»; es más, reconozco que cuando se enfrentan las selecciones de España e Italia, voy con Italia. En resumen, un catalán de mierda. Por otra parte, fui educado en la devoción a la defensa de Madrid (hablo de la Guerra Civil, no del Bernabéu), escribo casi siempre en lengua castellana y cuando se enfrentan las selecciones de España y Alemania, voy con España.

Sospecho que, si me dieran la oportunidad, votaría por España. Porque siento que la caspa inagotable de ese país es un poco mía, porque siento que su desgracia es también la mía, porque no me fío de los míos más que de los otros, porque no es elegante abandonar un barco que zozobra (y menos en una lancha de fortuna), porque prefiero seguir quejándome y porque, pudiendo elegir, parece tonto quedarse con lo que uno ya es. Sospecho que me convertiría en español por elección, un español mucho más español que los españoles por casualidad.

Evidentemente, preferiría que ganara la independencia. Sería la forma más cómoda de vivir de una puta vez y para siempre en el extranjero.

Enric

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Enric González en Cádiz

Fernando Santiago Muñoz | 27 de noviembre de 2013 a las 8:01

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Mansedumbre de Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 22 de noviembre de 2013 a las 9:40

Lo de la selección española en Sudáfrica fue bastante feo. Agotados los relevos permitidos, la lesión de Valdés obligaba a jugar con 10 y un portero de fortuna. Lo imponían el reglamento y, además, el mínimo de elegancia que se espera de los campeones. Pero se hizo la chapuza. Y se perdió, que es lo grave. La victoria convierte a los criminales de guerra en héroes y a los marrulleros en astutos. La derrota les deja en lo que son.

Más feas, mucho más feas, son las cuchillas en las alambradas de la frontera sur. Y ahí están.

Ciertas cosas, como el partido sudafricano y las cuchillas, van dibujando nuestro perfil colectivo. Nos convertimos paso a paso en una sociedad mezquina. Cuanto menos nos queda, más miedo tenemos a que nos lo quiten. Eso es normal, e indica algo interesante: lo que nos queda nos parece valioso. Incluso es normal, por la misma razón, la mayoritaria pasividad ante una crisis que no se ha aprovechado para reformar lo que no sirve (ahí siguen la corrupción, la partitocracia, la mala educación y la justicia disfuncional), sino para blindar un statu quo indefendible.

Creo que las protestas callejeras, las broncas de manifestantes con la Policía y los escraches de los últimos tiempos han sido, considerados en perspectiva, asumibles. En un país con un paro elevadísimo, en especial entre los jóvenes, no se han registrado problemas relevantes en el llamado orden público. Los escarmientos históricos nos han hecho mansos. El Gobierno, sin embargo, considera que no lo somos bastante. Impondrá límites físicos al derecho de manifestación, reprohibirá (ya estaba prohibido) insultar a la Policía, aunque la Policía nos pegue en la calle, y nos multará, parece, con hasta 600.000 euros si interrumpimos una misa. En adelante deberemos ser modélicamente mansos, mansos de triple A, campeones mundiales de la mansedumbre.Los ciudadanos perfectos para un país conservador.

A mí no me gusta la perspectiva. Conviene admitir, en cualquier caso, que avanzamos a buen ritmo. El caos creativo de California, la planificación francesa, la cooperación escandinava, el fuerte sindicalismo alemán, son el pasado. El hoy y el mañana se configuran según el modelo asiático. Tan acojonados como los chinos, tan disciplinados como los inmigrantes en Singapur, tan cerrados como los suizos, fulleros como el que más, los ciudadanos españoles tenemos un pie en el futuro. Sólo nos falta el dinero. Pero no hay problema, porque ya lo acumulan nuestros señoritos y lo utilizan para nuestro bien.

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Generaciones por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 15 de noviembre de 2013 a las 8:55

NAVEGAR junto a la costa mediterránea obliga a pensar en el destrozo cometido. Quién iba a decir que mi generación, la de quienes hemos pasado ya la mitad de la vida, resultaría tan voraz y descerebrada. En unas pocas décadas hemos cubierto de cemento el litoral y lo hemos alicatado con un gusto atroz; hemos generado una deuda (el casi billón del Estado, más las autonomías, los ayuntamientos y lo privado) con la que, incluso tras la previsible reestructuración, cargarán nuestros descendientes; hemos permitido que la corrupción se filtrara por todas partes hasta convertirse en endémica. Hemos dejado, en fin, el país hecho unos zorros.

Tenemos algo de Sísifo. Las dos generaciones anteriores, la sacrificada en la guerra civil (especialmente en el bando perdedor) y la que sobrellevó el franquismo, legaron una cierta herencia material pero le añadieron, por desgracia, serias flaquezas morales: un vago ánimo de revancha, un desprecio abstracto hacia lo público y, lo peor, la íntima convicción de que el largo puteo ejercido sobre nuestros antepasados nos otorgaba derechos inalienables.

Mirando hacia más atrás vemos algo parecido. Las generaciones del siglo XIX español, tan terrible, legaron una España cada vez más pobre y dividida, a ratos fanática y a ratos abúlica, abrazada a los jirones de un imperio ya fallecido pero aún de cuerpo presente.

El gran proyecto de nuestra generación consistía en la libertad, el europeísmo y la prosperidad, unidos en un solo paquete. La libertad sobrevive, de momento. La prosperidad se ha terminado y el europeísmo se ha reducido a simples cuestiones contables. El proyecto Erasmus, que no se inventó para que los jóvenes retozaran, sino para habituar a la nueva generación a compartir un espacio único, el europeo, con sus idiomas y su diversidad, irá replegándose. Para qué dar becas, si los chavales acabarán emigrando sin coste para el Estado.

¿Qué podemos hacer? Lo único a nuestro alcance, porque no cuesta dinero, es mejorar la moral pública. Y tal vez recuperar el europeísmo como ideal, no como ubre. No parece, sin embargo, que vayamos a ponernos a ello. Cada uno, dentro de su ámbito (desde la clase política a las castas profesionales), intenta salvar lo que puede y ocultar los pufos bajo la alfombra. El futuro no existe más allá de mañana. Hemos convertido lo que llamamos austeridad (en realidad una asfixia del crecimiento) en el único proyecto colectivo. Pronto, en nombre del empleo, volveremos a edificar y a quemar recursos ambientales. Quienes vengan después nos estarán eternamente agradecidos.

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El sentido de la vida. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 9 de noviembre de 2013 a las 9:06

ALBERT CAMUS no le veía ningún sentido a la vida. Y, sin embargo, admitía que el corazón humano se confortaba con casi cualquier cosa. Tenía razón. ¿Quieren pruebas? No hay que buscar demasiado lejos. Basta con leer la prensa. Miren, por ejemplo, lo de Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno llevaba algún tiempo proclamando la buena nueva de la recuperación económica, y sus palmeros Montoro y De Guindos le hacían un lolailo entusiasta con las palabras milagro y fenómeno. Pero Rajoy decidió volver un momento a nuestro sistema solar y dijo que no daría por terminada la crisis mientras los parados se contaran por millones. Eso fue loable y, desde luego, reconfortante. Admitir la realidad es el primer paso para mejorarla.

Ahora llegamos al absurdo. ¿De verdad la crisis durará mientras haya millones de parados? En ese caso, la crisis será eterna, porque en España siempre hay millones de parados. En 2005 (¿recuerdan?, primera legislatura de Zapatero, economía en pleno calentón, supuestamente a punto de superar a Italia y Francia, con la construcción pagando lo que fuera para reclutar mano de obra) sólo algunos meses se logró bajar de dos millones. Y las previsiones, incluidas las del Gobierno, indican que el desempleo seguirá altísimo durante años. ¿Qué quería decir Rajoy? ¿Que la vida es pura crisis? ¿Que nada tiene sentido? Otra ilustración la encontramos en la bajada de tipos de interés. Objetivamente, es una buena noticia. Aunque los ciudadanos apenas notarán el cambio y los bancos seguirán sin dar crédito, es posible que el euro se devalúe un poco y eso ayude a las exportaciones extracomunitarias, que en España no llegan al 40% del total pero crecen a buen ritmo. Algo es algo. Esa es la parte reconfortante.

Entonces aparece el gobernador del BCE, Mario Draghi, y sugiere que más vale prevenir para que la rápida caída de la inflación no degenere en deflación, ese fenómeno (descenso generalizado de los precios) que Keynes definió con sólo dos palabras: «Lo peor». Luego subraya que la débil recuperación europea puede verse comprometida en los próximos meses. Vaya. Justo cuando España tenía el milagro a punto. A todo esto, los bancos acumulan préstamos del BCE por unos 800.000 millones. Pagaban el dinero al 0,50%, y ahora lo harán al 0,25%. Como seguirán recibiendo pasta casi gratuita al menos hasta 2015, y en España seguirán comprando deuda pública con una rentabilidad siempre superior al 3%, su negocio está asegurado. Sin necesidad de conceder créditos. Eso sí es reconfortante. Para ellos

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Estómago. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 26 de octubre de 2013 a las 8:35

NO ME interesan nada las banderas. Ni las patrias. No me siento nada orgulloso de haber nacido donde nací. Intento ser racional y esas cosas, en mi opinión, no lo son en absoluto. Otra cosa es tener razón. Mi raciocinio debe dar para poco, porque formo parte de esa minoría (los llamados traidores filoetarras) que considera lógica la sentencia de Estrasburgo, carga la responsabilidad del desastre sobre el Parlamento español y, a la vez, siente disgusto ante la excarcelación de asesinos múltiples sin capacidad para rehabilitarse. Seguramente me equivoco, pero persevero. Compréndanlo. Soy catalán. Necesito usar la cabeza.

El cerebro me dice que la independencia de Cataluña no es conveniente ni viable. También me dice que este proceso causará, en el mejor de los casos, frustración, desconfianza, dificultades para convivir y un poco más de pobreza. Aunque admite que el independentismo catalán es ahora el fenómeno popular más notable de Europa, mi cerebro insiste en que mantenga la calma ante los furores patrióticos rojigualdos, en raya gorda o en raya fina, y de momento me arreglo. Estoy acostumbrado. Sigo escuchando de vez en cuando eso tan gracioso de «no pareces catalán», y me pregunto a qué ha de parecerse un catalán. Yo los veo muy distintos entre sí. Da igual, son tonterías. Otra cosa: cuando me considero robado y oprimido, lo hago como ciudadano y como trabajador autónomo, no como catalán.

El que causa algún problema, lo reconozco, es mi estómago. A él si le importan las minucias, como mi incurable necesidad de recurrir al catalán para hacer cálculos mentales o memorizar números, o la prohibición (eran otros tiempos) de hablar catalán en el colegio, recreo incluido. Mi estómago se acuerda de esas tonterías y de muchas otras. Incluso se pone tontorronamente patriotero, y eso me avergüenza, ante un plato de cap i pota. Llevo tiempo vigilándolo y no me cabe ya ninguna duda: mi estómago es independentista. Ahí escondido, entre vísceras, puede permitirse una completa irracionalidad. ¿Qué le importan a él la solidaridad, la lealtad, la convivencia y el sentido común?

Sólo espero, y de momento soy optimista, que no haya violencia y que las cosas no se pongan tan mal como para obligarme a elegir, sin que exista ya la opción de ser catalán y español. Porque entre un reino decadente administrado por corruptos, y una pequeña república administrada por corruptos, la razón enmudecería. Ya sólo hablarían las vísceras.

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Referendum. Por Enric González

Fernando Santiago Muñoz | 9 de octubre de 2013 a las 19:25

EN JOT DOWN

Hay quien se siente muy orgulloso de haber nacido donde nació. Se trata, supongo, de un orgullo por delegación, porque el nasciturus suele carecer de capacidad de decisión y nace donde le nacen. Hay gente, pues, orgullosa de que su madre pariera donde lo hizo y en el momento en que lo hizo, y de que le enseñaran las primeras palabras en tal idioma o tal otro. No es nada nuevo. Los romanos adoraban a los «lares», los dioses de la familia y el terruño, antepasados remotos y benévolos; bien mirado, esa era una religión más sensata que otras con cierto éxito contemporáneo. De la patria, un concepto más o menos concreto (el lugar donde nació uno, o donde nacieron sus padres, según se opte por el droit du sol o el droit du sang), se pasa al patriotismo, algo completamente subjetivo que algunos aprecian y otros no llegamos a entender.

 

Deduzco que mi patria geográfica es Barcelona. Mis padres nacieron en Barcelona y yo nací en Barcelona. Mi lengua materna es el catalán. En ese sentido, mi patria es Cataluña. Carezco de sentimientos patrióticos, salvo una vaga querencia abstracta hacia Barcelona, una ciudad que me gusta cada día menos. Tengo un pasaporte de España, un país que me gusta cada día menos.

 

Dado que soy catalán, y dadas las circunstancias por todos conocidas, he acabado formándome una opinión sobre el referéndum que reclaman diversos partidos catalanes y un sector significativo de la ciudadanía catalana.

 

Estoy a favor del referéndum.

 

Sé que no existe espacio constitucional para esa consulta. También sé que las constituciones se cambian: me acuerdo de cómo se redactó la Constitución vigente, y de cómo se ha modificado cada vez que lo ha exigido la Unión Europea. Eso no es problema. También sé que el simple hecho de celebrarse el referéndum en el ámbito de la comunidad autónoma catalana implicaría el reconocimiento de Cataluña como territorio soberano, y que realizarlo en toda España sería una juerga formidable. Y no ignoro el marronazo europeo. La historia, todo eso de si Cataluña ha sido o no alguna vez independiente, si la guerra de Sucesión fue de Secesión, etcétera, me parece irrelevante en este caso.

 

Ya he dicho que soy catalán. Tengo además otros defectos. Me gustan, por ejemplo, los cambios y los conflictos, porque tiendo a creer (con la misma solidez argumental que los creyentes en Dios, es decir, ninguna) que pueden comportar mejoras y progreso. Cierto, también pueden comportar lo contrario. No se sabe hasta que se prueba.

 

Esa es una razón de mi interés por el referéndum.

 

La otra, la importante, está relacionada con la patria y la ciudadanía. En general, y mientras la emigración no constituya un fenómeno mayoritario, somos de donde nacimos. Porque sí, sin derecho a elegir. Como dice Galdós que dijo Cánovas, en referencia consciente o inconsciente a algo que dijo Quevedo, «es español el que no puede ser otra cosa». Aunque se pueda ser otra cosa, y se puede largándose a otro sitio y siguiendo ciertos trámites largos y complejos, resulta dificilísimo dejar de ser español.

 

El referéndum consagraría, como dice la propaganda del nacionalismo catalán, el «derecho a decidir». Eso me gusta. Me gustaría que el derecho a decidir fuera completo, porque entonces no tendría dudas sobre mi voto (elijo ser canadiense), pero poder optar entre España y Cataluña tiene su interés.

 

Ignoro aún qué votaría. Dependería de las condiciones objetivas o, para ser más claro, de lo que ofrecieran unos y otros. Ya he dicho que soy catalán y por lo tanto pesetero, interesado, gorrón, insolidario y refractario a la «marca España»; es más, reconozco que cuando se enfrentan las selecciones de España e Italia, voy con Italia. En resumen, un catalán de mierda. Por otra parte, fui educado en la devoción a la defensa de Madrid (hablo de la Guerra Civil, no del Bernabéu), escribo casi siempre en lengua castellana y cuando se enfrentan las selecciones de España y Alemania, voy con España.

 

Sospecho que, si me dieran la oportunidad, votaría por España. Porque siento que la caspa inagotable de ese país es un poco mía, porque siento que su desgracia es también la mía, porque no me fío de los míos más que de los otros, porque no es elegante abandonar un barco que zozobra (y menos en una lancha de fortuna), porque prefiero seguir quejándome y porque, pudiendo elegir, parece tonto quedarse con lo que uno ya es. Sospecho que me convertiría en español por elección, un español mucho más español que los españoles por casualidad.

 

Evidentemente, preferiría que ganara la independencia. Sería la forma más cómoda de vivir de una puta vez y para siempre en el extranjero.

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Libertonia. Por Enric González en El Mundo.

Fernando Santiago Muñoz | 4 de octubre de 2013 a las 19:46

¿SE ACUERDAN de Sopa de ganso? Imaginemos que Libertonia, el país donde se desarrolla la película de los hermanos Marx, no está en el centro de Europa, sino un poco más al sur.

Nace un nuevo día en Libertonia. Los ciudadanos despiertan sonrientes, felices por el titular que La Razón, un gran diario libertonio, publicó la víspera: «El paro sube en septiembre un 62% menos que el año pasado». Pero hoy otro gran diario, El Correo Gallego, ofrece una noticia mucho más grave: «Uno de los que halló (sic) el cadáver de Asunta iba bolinga perdido». La ciudadanía y la prensa tendrían que reflexionar sobre ciertas cosas. Mañana, porque hoy no hay tiempo.

El gran líder de Libertonia, Rufus T. Firefly, viaja a una exótica nación oriental donde se imploran sus consejos. Tras recibir la insignia de la Gran Orden del Capullo Florecido, Firefly consuela a sus anfitriones, atribulados por un terrible accidente nuclear junto a la ciudad de Fukushima. «Los temores sobre Fukushima son infundados», proclama el presidente libertonio. En ese momento se anuncia en Fukushima una nueva fuga de agua altamente radiactiva y altamente infundada. Firefly se fuma un puro.

Mientras tanto, en una provincia oriental de Libertonia, un prócer preclaro, gran amigo de Firefly, es sometido a juicio. Quizá se le acusa por envidia, porque al prócer le toca la lotería cada año. «Nunca he tratado de influir en ningún funcionario», dice el prócer. No le hace falta, porque muchísimos son parientes y amigos suyos. Pero el prócer, modesto, omite ese detalle.

Junto a esa provincia oriental se ha creado un depósito submarino para el gas. Desde que funciona el depósito hay terremotos todo el rato. ¿Habrá relación entre una cosa y otra? Misterio. La gente está tranquila, a la espera de que el presidente Firefly realice una declaración institucional que deje clara una cosa: los temores sobre el depósito de gas son infundados. Y sálvese quien pueda.

Los libertonios tienen motivos para sentirse orgullosos. Uno de sus ministros, llamémosle Montorini, anunció hace poco que Libertonia «es el gran éxito económico del mundo». Y, sin embargo, Montorini se quedó corto. Se descubre que en el resumen de los presupuestos se habían pasado un poco con la deuda. Nada, por un error de tipografía pusieron 10.000 millones de más, lo que antes venían siendo casi 1,7 billones de pesetas. ¡La deuda pública es incluso menor de lo esperado! ¡Sólo el 98,9% del PIB! Libertonia decide ascenderse a sí misma, por méritos propios, y se nombra «el gran éxito económico del universo».

Libertonia se acuesta feliz y esperanzada.

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