Nada personal

Elena G. Antón | 3 de febrero de 2010 a las 18:38

Ayer volví a sorprenderme gratamente. Cuando el cuarteto ‘¿Qué hacemos con el pavo?’ volvió a “meterse” con las ninfas y ellas, como el primer día que actuó este grupo, volvieron a reírse. Y es que la verdad es que el año pasado se me quedó una sensación muy extraña cuando este mismo cuarteto hizo un chiste a costa de la supuesta no-belleza de las ninfas, y éstas pusieron cara de póker y les hicieron la cruz, no volviendo a aplaudir ni a sonreír mínimamente en las actuaciones de los chavales. Yo entonces pensé ¿y de verdad esto es el máximo ejemplo y exponente de la gaditana?

Pero el otro día y ayer las ninfas se rieron, y aplaudieron. Al igual que Martínez Ares, que no es precisamente pequeña la que le están dando las agrupaciones. Que si su carita de muñeca, que si sus cejas depiladas. Pero, al menos por lo que se ve, él lo asume como parte de esto y lo lleva de la mejor manera posible. A todos nos gusta más que nos llamen guapos, listos y divinos. Pero no creo que eso sea precisamente la gracia del Carnaval.

Esa gracia, de hecho, se nutre más de hacer bromas a costa de los demás. Sin embargo, creo que en algunas ocasiones es algo que dista bastante de lo personal. Si llaman a las ninfas feas, no están realmente hablando de las caras concretas de las elegidas ese año, es simplemente un chiste a costa de un ente ‘abstracto’. Da igual que sea Fulanita, o Menganita, que sea guapísima o no lo sea tanto. La cosa va con ‘las ninfas’, no con ellas.

Desde luego, si Teófila Martínez tuviera que tomarse a pecho todas las críticas que se hacen en el Concurso a su belleza, la señora alcaldesa no ganaría para kleenex. Se pasaría las noches llorando y mirándose al espejo acomplejada. A esos chistes es mejor que no les haga caso, que se los tome con la guasa con la que los cantan, y que encienda mejor su piloto de recepción de mensajes que tomarse en serio cuando le canten letras a su gestión y a la de su equipo de Gobierno. Ahí sí que no es broma.

Hay que saber diferenciar y asumir los mensajes y las críticas que se lanzan en Carnaval. Siempre y cuando las agrupaciones no sobrepasen la línea del respeto y el buen gusto -que muchas veces claro que se sobrepasa- hay que tomarse esto con humor y sin darle demasiada importancia.

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