Una gran familia

Elena G. Antón | 19 de enero de 2010 a las 17:13

Cuando pisé el otro día el Falla, tuve la sensación de que no me había ido. El año ha pasado lento, sobre todo estos ultimos meses donde parecía que hacía un lustro desde el pasado Carnaval. Pero fue llegar allí y sentir que había sido ayer la final.

El teatro se convierte en la segunda casa de quienes estamos ahí día tras día durante todo el Concurso. Nos volvemos como una gran familia; periodistas,vigilantes, limpiadoras… Todos juntos apoyamos y amenizamos el trabajo de los otros.

Pero además de con los compañeros de batalla, también uno termina fundiéndose con el público y las agrupaciones. Te sientes parte de todo, te animas con su ánimo, te emocionas con su sentir, te enorgulleces de sus éxitos y te entristecen sus fracasos.

Pero esa múltiple personalidad que adquieres a veces supone un enfrentamiento entre las partes. Por ejemplo, cuando el público abuchea o se cachondea de una agrupación que está resultando quizá bastante mala o sonrojante, te pones en ambos papeles. Primero tu parte de espectador te dice que no has pagado para ver eso, pero luego sale tu chirigotero -por ejemplo- para recordarte la ilusión con la que has subido a esas tablas. Al final, la razón, la lógica, le dice al espectador que sabía a lo que se exponía viniendo en preliminares, y al carnavalero que intente hacerlo mejor para otro año. Y, en definitiva, que lo más importante es que ambos basen lo que hagan en el respeto.

El Concurso está así planteado y no queda más remedio que escuchar de todo. Supongo que ninguna de las personas que se sube a ese escenario va con la idea de llevar un mal repertorio, a todos nos suele gustar lo nuestro. Por eso, siempre que se cante desde el respeto y la cordura (aunque ésta también es algo subjetiva) creo que todos deberíamos jugar a la empatía. No cuesta tanto mantener las formas durante veinte minutos, que seguramente además no tendremos que volver a escuchar, después de que ellos empezaran hace más de 17.000 minutos a prepararlo.

Si algo caracteriza a Cádiz, es el buen humor y el calor de su gente. No merece la pena perder tan positivas características por un rato tan corto. Es mejor hacer de todos los que estamos en el Falla una gran familia, y apoyar y amenizar el papel que juegan los otros.

Para enfrentarnos, ya está la vida real. En Carnaval, al menos, dejémosla fuera atada en la puerta del coliseo.

Carnaval 2.0

Elena G. Antón | 16 de enero de 2010 a las 14:24

Una de las principales características de la comunicación 2.0 es el papel activo y dinámico que ha adquirido el receptor, frente a su clásico papel pasivo. Y me estaba yo preguntando, ¿por qué no aprovechamos un poquito más esa ventaja de que todos podamos tener voz y voto? Me explico. En mi trabajo de Carnaval en www.diariodecadiz.es ofrezco lo que yo pienso que puede ser interesante, pero ¿y si me equivoco? ¿O si, aunque no me equivoque, podría ofrecer otras cosas que también pudieran interesaros y yo he pasado por alto? Ahí es dónde entráis vosotros.

Ofrezco, en la medida de lo posible, ponerme al servicio de vuestras peticiones. Siempre que sean razonables y factibles, claro está. Como si de un nuevo juego de la Wii se tratase, contad con que tenéis una periodista, un cuaderno y un bolígrafo y una cámara de vídeo. Y con esos elementos, moveros a través del Falla en busca de una entrevista, un reportaje a fondo de algún tema o protagonista en concreto, un videoreportaje sobre qué sé yo… Algo que alguna vez hayáis echado en falta o que, de repente, se os ocurra que os encantaría ver.

Por mi parte, espero que todo lo que yo he programado hacer para este Concurso sea de vuestro interés. Ahora, os cedo la palabra. Y al más puro estilo Marcial (Ruiz Escribano), os lanzo un enérgico ¡Pa servirles!

Con menos eses pero las mismas ganas

Elena G. Antón | 13 de enero de 2010 a las 20:07

Ni siquiera me despedí. Y pudo parecer todo menos lo que realmente era. Pude parecer maleducada, que mi trabajo había acabado, que ya no tenía nada más que decir, ni ningún interés por despedirme de aquellos que me habían seguido. Pero no, no era nada de eso. Despedirme, escribir algo a modo de colorín colorado, me daba tremendo coraje. Era como aceptar que la aventura bloguera de la madrileña en Carnaval había acabado, que se había consumido en sí misma. Y tomé la decisión de quedarme callada, en tierra de nadie, esperando una nueva oportunidad. Quizá ya no sería lo novedoso de la primera vez pero, qué carajo, yo seguiría siendo madrileña y, sobre todo, seguiría queriendo escribir sobre Carnaval. Y, fíjate tú, aquí estoy.

Sí debo confesar que en este año se me han ido cayendo las eses. Ya no las tengo todas, ni siquiera la mitad. Pero, en este caso, la pérdida ha ido significando una ganancia, la de la idiosincrasia gaditana. Aunque veces mi Vallecas natal sigue saliendo a la luz, también a veces me sorprendo a mí misma pareciendo casi casi de la Viña. Y, como no podía ser de otra manera, el Carnaval ha sido uno de los leitmotiv que ha estado presente en estos meses de gaditanización de mi persona.

Cuando llegué aquí y la gente me hablaba de que escuchaba Carnaval, o de que cantaba coplas cuando salía con los amigos, sinceramente me sonaba absurdo. ¿Es que acaso el Carnaval era algo que uno se metía en el mp3 como quien mete el último disco de su grupo favorito? Pues si hija, sí.

He escuchado Carnaval por la calle, tomando el sol, limpiando la casa, yendo en coche… Y, sobre todo, cada vez que salía de Cádiz. Por las calles o en el metro de lugares como Londres o Madrid, Carnaval era lo que me pedía el cuerpo más que nunca. Nostalgia prestada, supongo. Y también he cantado, claro que sí. En la ducha, en la calle, en las noches de verano de chiringuitos de playa, en coches aparcados bajo la lluvia.

Menos mal que al menos sé que esta patología no es aislada. Hasta tiene nombre. Jartible, soy una jartible. Pues muy bien. Y sí, tenía muchas ganas de que llegara enero de nuevo. Y aquí estoy, esperando ilusionada que pasen estos últimos días y que empiece el COAC 2010.

Ahora ya no todo será nuevo para estos ojos que el año pasado eran vírgenes carnavalescamente hablando. Pero estoy segura de que aún me quedarán cosas por descubrir y, en todo caso, sensaciones que compartir con aquellos que tengan a bien volver a dedicarme un rato de su tiempo. Así que sin más, bienvenidos de nuevo a esta humilde casa 2.0. Como si estuviérais en la vuestra.

Días de marmota y pescadilla

Elena G. Antón | 2 de marzo de 2009 a las 15:38

Las despedidas casi nunca son agradables. Al final, aún las más oportunas y/o necesarias, terminan dejando algún vestigio de nostalgia en las partes que se dicen adiós. Aunque sea temporal.

Será por eso que, pese a la necesidad imperiosa que clamaban mi mente y cuerpo de volver a la “normalidad” previa al 23 de enero, también siento cierta pena al pensar que, tras este intenso mes, el Carnaval se aleja contoneando cadenciosamente su mano abierta. (Aunque el fin de semana que viene vuelva fugazmente, como el que llama al timbre a los 30 segundos de haber salido de casa, porque ha olvidado algo).

Por tener una opinión más global, durante esta última semana decidí acumular las experiencias para poder hacer un balance completo del Carnaval en la calle. Al final, mientras escribo hoy, me doy cuenta de que podría haber escrito casi lo mismo cualquier otro día anterior. Y la verdad es que esta semana me he metido de lleno en la piel de Bill Murray en aquella simpática comedia en la que cada mañana despertaba en el mismo día. El interminable y repetitivo Día de la Marmota. Si cambiamos el chirriante tema de Sonny and Cher que espabilaba cada mañana a Murray por algún popurrí al azar, la similitud es bastante alta.

Día tras día he tenido la sensación de “más de lo mismo”. Como si caminara por encima de una gigantesca pescadilla mordiéndose la cola y, después de haber alcanzado el final, en cada nueva jornada volviera a toparme de nuevo con la mirada vacía del inerte pez.

Al ajetreo y desgaste general, hay que añadir una tediosa sensación de desorientación si eres de fuera. Al no conocer la mayoría de puntos clave, empiezas a guiarte por programas que, más que ayudarte, terminan volviéndote loc@. La improvisación es una buena característica de ciertas cosas, pero no cuando es el elemento que termina reinando en el orden de actuaciones de los diferentes tablaos.

Por ver a unos o a otros (más por la gente que me acompañaba que por mí misma, que ya los tenía bastante vistos a lo largo del Concurso) me pasaba más de media tarde-noche recorriendo Cádiz, descubriendo en demasiadas ocasiones que la programación había vuelto a “sufrir variaciones”. Y de repente, cuando creía que iba a ver a Fulano de Tal, me aparecían de nuevo enfrente las taitantas chaquetitas rojas que acababa de ver en la otra punta. ¡Socorro! (Puntualización: pongo este ejemplo como podría poner cualquier otro, no es nada personal…)

Desde luego, no me quiero imaginar en las carnes de los que salen en alguna agrupación. No dudo que lo pasarán estupendamente gracias a ello pero yo, personalmente, creo que no podría aguantar el ritmo. Cantar lo mismo una media de tres o cuatro veces al día, yendo de un lado a otro sin apenas tregua, ¡qué valor! Aquí dejo plasmada mi admiración hacia ellos por tanto aguante.

Por lo demás, la decepción que acompañó al primer fin de semana ni creció ni ha involucionado. Se mantuvo ahí, discreta, callada, relamiéndose con la certidumbre de saber que será la protagonista indiscutible en mis recuerdos de carnaval callejero. Aunque seguí detestando ese empeño generalizado por llenar de porquería y fluidos pestilentes todos los rincones de Cádiz, también es cierto que el ambiente de lunes a viernes y segundo fin de semana fue bastante mejor.

Muchos me etiquetarán con ese término que tanto gusta a algunos, ‘derrotista’. Tampoco es eso. Quizá sí es cierto que he hecho más hincapié en los aspectos de todo esto que me han decepcionado que en los que sí me han parecido positivos. Pero claro que hay también bastantes de estos últimos.

Pero eso sí, ante esa dicotomía tan recurrente que se plantea de “Carnaval, ¿en el Falla o en la calle?” yo, y aunque un poquito de todo lo que sucede de puertas para fuera me parezca muy buen complemento, me quedo con lo primero.

Resaca de decepciones

Elena G. Antón | 23 de febrero de 2009 a las 21:03

Lunes de resaca. De alcohol para la mayoría, de desencantos para mí.

Todo empezó el día de la Gran Final. Supongo que fue por lo de siempre, por poner demasiadas expectativas en algo. Cuando uno espera mucho, es tremendamente fácil que la realidad al final no esté a la altura. Un evento tan cotizado e inalcanzable me pareció, en resumidas cuentas, un hermano pequeño de todo lo anterior. Supongo que dependerá del año, del público, de muchos factores, pero yo, personalmente, viví jornadas mucho más animadas, calurosas y divertidas en semifinales que en esta última noche anestesiada.

Luego llegó el Sábado de Carnaval. Por aquello de tropezar en la misma piedra, volví a esperar demasiado. Ya eran varios los años que había pospuesto esta cita y para mí el estar aquí era cumplir una meta. Ataviada con mi correspondiente disfraz y acompañada de otra gente de Madrid, que tampoco querían perderse la ocasión, “salí de casa con la sonrisa puesta”. Cuando volví a cruzar mi portal, unas horas después, traía el bolsillo lleno de papelillos y de decepción.

Me sentí defraudada. Una ciudad entera de botellón, con la única variante de que los participantes van disfrazados, no me parece que mereciera tantas ganas e ilusión por mi parte. Me pregunté incesantemente dónde estaba todo lo demás ¿Dónde estaba todo lo que hace que este Carnaval sea diferente? No encontré la respuesta esa noche. No sé si quedaría sepultada bajo las toneladad de basura, botellas y demás desechos. No sé si a alguien le daría por orinar encima de mi respuesta. No sé por qué de un tiempo a esta parte, en Madrid, en Cádiz o en cualquier rincón de España, la diversión se disfraza de esta manera bochornosa.

Aún quedaba una decepción más para el fin de semana. Por los retrasos, y también por ser un poco patosa, lo reconozco, esperé casi dos horas el paso de la Cabalgata. Ya cuando estaba dispuesta a irme de allí sin verla, oí algo a lo lejos que me hizo anclarme de nuevo al suelo. Música, o algo así. Al final la vi y, mientras pasaba delante mío, por mi cabeza pasaban todas las cosas que podría haber hecho en ese tiempo que perdí.

Visualmente, no estaba mal. Carrozas bonitas, sí, pero eso no es un mérito demasiado reseñable. Creo que nunca he visto una carroza fea.  Pero para mí, la magia de una cabalgata es que te envuelva y ésta, desde luego, no lo hizo. Al menos conmigo. Entre una carroza y otra podías dar alguna cabezadita. La diferencia entre ellas, abismal. Unas venían con la música en vivo, otras con grabaciones a todo trapo, otras a un volumen excesivamente bajo, otras directamente sin música. Para mí, todo muy lento y descompasado y, sobre todo, falto de un aire más gaditano. Aunque quizá esto era una expectativa absurda. Quizá si alguien me pusiera en la situación contraria, en la que alguien de fuera reclamara que la cabalgata carnavalera de mi barrio de Madrid tuviera “un aire más vallecano”, yo pondría cara de póker sin entender lo absurdo del requerimiento. Sí, puede ser, lo reconozco.

Después de esta serie de decepciones, ya todo fue mejor. Cosas como un posterior paseo por La Viña, los fuegos artificiales vistos desde la arena de La Caleta o el repertorio, borde pero con cierta gracia, de una ilegal en una pequeña placita, consiguieron remontar en cierta medida todas las ganas que, desde el viernes, había ido perdiendo por el camino.

Sé que muchos me dirán que es que realmente el Carnaval de Cádiz son este tipo de cosas, que esto es lo que le otorga la magia y la diferencia. Y, quizá, si paso aquí más carnavales, moldearé con el tiempo ese criterio selectivo que tiene la gente de aquí y que le hace disfrutar tanto de su fiesta, empezaré a saber encontrar los rincones donde está aquello que merece la pena. Quizá, en los días que quedan, encuentre muchas otras cosas positivas que desequilibren la balanza, esta vez a su favor. Pero, de momento, el sabor de la decepción no se me va de la boca. Qué mala es esta resaca…

Por mis cajones

Elena G. Antón | 19 de febrero de 2009 a las 20:58

Antes de que empezara todo esto me nutrí, gracias a recopilaciones de vocabulario carnavalero, de aquellas palabras y expresiones que oiría frecuentemente después. De entre ellas, una de las que más se quedó en mi mente fue ‘cajonazo’. Hoy, le encuentro más sentido y aplicación que cuando simplemente la aprendí teóricamente.

Supongo que, para los aficionados al Carnaval, la sensación que yo tuve ayer no es nada nuevo. Como se dice popularmente, nunca llueve a gusto de todos, y supongo que esto es así año tras año para miles de personas. Pero, quizá porque es mi primera lluvia de Carnaval, tengo la sensación de sentirme más decepcionada que la media. Cincelándose la agudeza con el paso del tiempo, supongo que uno aprende a salir de casa con paraguas.

Cuando oí los finalistas del Concurso tuve el absurdo pensamiento de que eso aún tendría remedio. Me negaba a admitir, con una rendición tan inmediata, que los nombres que encabezaban mi lista de favoritos no figurasen en el ansiado fallo del jurado.

Cuando asumí la realidad, sentí una gran tristeza. Como el típico momento flash-back pasteloso de una comedia romántica, empezaron a pasar por mi cabeza imágenes de las actuaciones y, sobre todo, de los ratos detrás del escenario de los que había sido testigo con algunas agrupaciones. Como banda sonora, elemento que no puede faltar en estos pensamientos retrospectivos, se reprodujeron en mi mente algunas de las letras de pasodoble que habían conseguido ponerme en pie y algún simpático estribillo.

Seguramente esa tristeza sea un elemento muy recurrente en los aficionados y, muchísimo más, en los miembros de las propias agrupaciones y toda la gente que los rodea. Cuando es alguno de tus favoritos, resulta mucho más fácil ponerse en su piel y pensar “es una pena que no hayan pasado”. Pero con cada agrupación que se queda por el camino habrá surgido esta sensación en más de una persona.

Pero un concurso, que no es ni más ni menos al final lo que es el Carnaval en el Falla, es así. Unos pasan y otros no, unos ganan y otros pierden, unos tienen merecido su puesto para algunos, y para otros no. Buenas cosas quedan fuera, porque para los que deciden no fueron tan buenas, o al menos no tanto como las que cruzaron la última frontera…

Tirando de prudencia, cosa que considero necesaria y obligada en mi caso, no voy a hablar de ‘cajonazos’. De eso que hablen los que entienden, los que hacen que entienden o los que les de la gana. Pero, para mí, los gustos nunca pueden ser etiquetados en fórmulas que les otorguen un aire de verdades absolutas. Por eso, no diré que Voces y Los mákina son ‘cajonazos’, diré que yo, personalmente, los guardaré en el cajón de mi mesilla de noche.

Nuevas noches de febrero

Elena G. Antón | 16 de febrero de 2009 a las 15:00

Aprovechando unos días de asueto que tenía, decidí ir a dar una vuelta por Madrid, a ver si todo seguía en su sitio. Una de las excusas para hacer este viaje era “desconectar de Carnaval”, como repetí en varias ocasiones a unos y a otros. Ciertamente, mi vida desde el pasado 23 de enero podría resumirse así, Carnaval. En el trabajo, en mi vida personal, en las conversaciones… Todo se había convertido de repente en un día a día que giraba alrededor de un único ítem, que había eclipsado todo lo demás.

Como cantaba Sabina, “cuando en vuelo regular, pisé el cielo de Madrid”, ya advertí que algo no iba bien, tenía más acentuada que nunca esa tediosa sensación que se tiene siempre de que te has dejado algo sin meter en la maleta.

Hicieron falta pocas horas para darme cuenta de lo que me faltaba. Me faltaba Carnaval. Pese a todas las cosas que he descubierto que me hastían y me desagradan de este “mundillo” (véase mi post anterior), debo reconocer que la esencia primigenia de esta fiesta ha calado hondo en esta madrileña que, hace un par de meses, no sabía ni lo que era un cuplé.

En Madrid me he sentido como la típica amiga pesada que te ofrece insistentemente una tarde en su sofá, viendo el vídeo de su boda. Y tú siempre dices que sí, que hoy no puedes, pero que un día irás. Yo ofrecía enfermizamente a la gente enseñarle actuaciones de Carnaval y no siempre daba resultado en el momento, sólo a veces. Y cuando sí cedían, como tu amiga te explicaría quién es en el vídeo su tía abuela o sus primas las mellizas, las que ya están muy mayores, yo me empeñaba en presentar, como si fueran familia mía, a autores, chirigoteros, cuarteteros o comparsistas.

Después, aprovechaba los momentos de soledad para poner algún vídeo de aquellos que me habían gustado especialmente. Como una loca que consumiera sus adicciones en secreto, por no dejar en evidencia su enfermiza necesidad.

Una de las últimas noches hablé con un compañero del trabajo. Me fue contando las reacciones ante la última criba, en el paso de los cuartos a las semifinales. Me dijo sus preferidos, le rebatí con los míos, consensuamos opiniones con buenos razonamientos. Al fin volví a sentirme la persona en la que me he convertido de un tiempo a esta parte. Lo necesitaba, dejar por un momento a un lado esos monólogos carnavaleros que eran recibidos en mi tierra con cara de “no sé qué me estás contando y tampoco sé muy bien si me interesa”.

Al principio, cuando escuchaba a las agrupaciones cantar sobre la locura de febrero y el veneno que se te mete en la sangre, lo veía totalmente como cánticos ultraedulcorados, sabor pasodoble con nata y cobertura de papelillos. Sin embargo, han hecho falta sólo unos días alejada de todo esto para darme cuenta de que difícilmente volveré a concebir un febrero sin esta locura del Carnaval.

Nido de contradicciones

Elena G. Antón | 13 de febrero de 2009 a las 15:11

Una de las palabras más oídas en el Concurso es ‘farsa’. Acompañan algunas variantes como engaño o mentira. Por mi parte, disculpen mi ignorancia, no termino de entender el sentido con el que se utilizan estos términos.

No sé si cantar en el Concurso es una farsa porque el Carnaval, por lo visto, se aprende y se vive de verdad en la calle. Y el Concurso es una mancha de pájaros planeando sobre un premio en forma de fama y euros. Eso parece que dicen algunos, pero para decirlo cantan en el Concurso… No me entero.

No sé si farsa es intentar ganar el premio a base de críticas destructivas. Porque para criticar esa farsa, se cantan en el Concurso letras directas a la yugular. Será un “haz lo que yo diga, pero no lo que yo hago”…

Cambiar de opinión sobre algo también me ha parecido entender que es una farsa. Debe ser que la gente que se dedica al Carnaval firmó con su primera letra el que nunca cambiarían de parecer sobre nada, fueran cuales fueran las circunstancias. No deben ser lícitos los desengaños.

Y también me pregunto… ¿Farsa en cantar contra algo o contra alguien contra quien no estás en contra? (Ahí es ná) Eso parece, aunque luego, los que lo cantan, alegan justificaciones tales como “esto es Carnaval” o “esto es solamente un concurso”. Pero, entonces, ¿en qué quedamos? ¿Aquí todo vale porque es un concurso o aquí hay que ser sincero porque si no te acusan de farsante?

Podría seguir planteando dudas que me han surgido a este respecto, porque por paradojas, que no sea. Pero estoy agotada de darle vueltas a la cabeza intentando entender todo esto que a mí se me antoja, cuanto menos, contradictorio. Y si me apuran, un pelín hipócrita. O será que soy de Madrid y no me entero.

Los platos más limpios de España

Elena G. Antón | 7 de febrero de 2009 a las 12:01

Sin salirme del Carnaval, pero yendo mucho más allá, quisiera aprovechar este espacio para rendir una suerte de homenaje. Porque los homenajes no son sólo para los muertos o para los grandes conocidos.

D.M.R. ¿Conocen estas iniciales? Quizá a alguno le suenen de haberlas escrito para acordarse de “sus castas”, para insultarle, decirle “que Dios le conserve la vista y el oído”, o un sin fin de cosas más. En definitiva, todo menos bonito.

D.M.R. es el periodista que, día tras día, noche tras noche, realiza la nada agradecida labor de hacer la crítica online del Concurso de Agrupaciones de Carnaval. D.M.R. es la persona que, después de salir del Teatro Falla, vende sus horas de sueño al interés de los lectores, no dejándose vencer por el cansancio hasta que la página Web de Diario de Cádiz no tiene listas todas aquellas cosas que los gaditanos querrán ver el día siguiente. Él es quien hace que usted pueda leer la crónica de Carnaval de la noche anterior, quien hace que pueda ver las galerías de fotos de las agrupaciones que participaron, quien hace que todo esté listo para que al día siguiente todo vuelva a ser así.

Mientras él toma aliento hoy por primer día, desde que empezaran los Carnavales, yo aprovecho para lanzar no una, si no todas las lanzas que hagan falta a su favor.

En primer lugar, cabe aclarar que el trabajo que realiza D.M.R. es CRÍTICA de Carnaval y, por tanto, reclamar objetividad queda fuera de lugar. Su trabajo consiste en opinar y, consecuentemente, esto es algo personal, con lo que se puede comulgar o no.

Se puede estar de acuerdo con sus valoraciones, se puede no estar, pero son respetables como pueden serlo las de cualquier otro ciudadano. Sobre todo, teniendo en cuenta que él nunca cae en la descalificación gratuita, en la ridiculización o en las críticas feroces. Incluso en aquellas agrupaciones menos afortunadas, siempre guarda las formas y la educación.

Se le acusa de favoritismo, corporativismo, y un largo etcétera. He visto a D.M.R. otorgar puntuaciones bajas a agrupaciones que encabezan su lista de favoritas, lidiando contra sus propios gustos establecidos, aguantando la decepción como la que puede sentir cualquier aficionado al Carnaval al ver que “los suyos” no han dado la talla y haciendo primar siempre el criterio de la profesionalidad.

Es muy fácil recurrir al insulto fácil, a la crítica destructiva contra aquellos con quienes no estamos de acuerdo. Y más fácil aún parece ser perder las formas, el respeto y todo signo de mínima educación. Pero, señores, D.M.R. sólo está haciendo su trabajo, dando su opinión. Si no se está de acuerdo con él, basta con no leer sus críticas o basta con leerlas y no compartirlas e, incluso, argumentar por qué no se comparten, pero… ¿Realmente es necesario recurrir al insulto?

Aunque hable de D.M.R., valoro el trabajo de todos los profesionales que están dedicando su tiempo al Carnaval y a todo lo que no es Carnaval, y desde aquí hago extensivo este homenaje a todos aquellos que se encuentren en la misma situación injusta. Lo mío no es corporativismo, sólo es humanidad. Porque siendo testigo de primera mano, duele ver el poco reconocimiento que se recibe a cambio de darlo todo.

A D.M.R. le debo mucho, muchísimo. Pero, sobre todo, una enseñanza vital. Él me dijo un día que uno tiene que querer lo que hace y querer hacerlo bien, sea lo que sea. “Si trabajara fregando platos, querría que mis platos fueran los más limpios de España”. Enhorabuena compañero, ánimo y fuerza, porque la vajilla del Carnaval, está quedando impoluta.

Auto-obstáculos para alcanzar la igualdad

Elena G. Antón | 2 de febrero de 2009 a las 11:30

Puede que sí haya categorías previas para el público; los de aquí, los de fuera, las mujeres… Pero las propias agrupaciones no ayudan mucho a quitar las etiquetas.

Eso que ahora se oye tanto, lo de la discriminación positiva, es equivalente a su versión sin coletilla y, por tanto, igual de negativa. Personalmente, no considero que por formar parte de una agrupación femenina gran parte del repertorio deba basarse en ese hecho. Casi todas cantan eso, que son mujeres, que ahí están, que antes el Concurso era de hombres, pero que mira, que lo han conseguido… Precisamente, si las mujeres quieren igualarse con los hombres, no deberían hacer especial alusión a su condición de pertenecer al género femenino. Ellos no gastan sus letras en contarnos que son hombres, las aprovechan (o desaprovechan) en cantar sobre otras cosas.

Algo parecido les sucede a las agrupaciones que vienen de fuera (entiéndase fuera por casi todo aquello más allá de Cortadura). Poquitas excepciones hay que no canten a su condición de forasteros. Cantan que no vienen aquí para ganar, porque lo saben imposible, que no piden que Cádiz les quiera, que se conforman con que se deje querer, que no se les haga la cruz por no pasear por la Viña o no bañarse en la Caleta… Es como llegar con la certidumbre de ser “inferiores” y, entonces, simplemente limitarse a elevar la comisura y afirmar derrotistamente “sólo hemos venido a pasarlo bien”. Perfecto, pasarlo bien, pero ir a por todas.

Es como si Obama hubiera llegado a su mitines electorales diciendo “bueno, yo ya sé que esto suele ser cosa de blancos… pero nada, yo no os pido que me votéis, sólo que me dejéis hacer campaña, que siempre ha sido mi ilusión…”. Pues no señor. “Yes, we can”. Y mira dónde está.

Puede que sí haya categorías previas, pero si las mujeres no cantaran sobre que son mujeres, si los visitantes no cantaran con la bandera del orgullo y la de la derrota izadas a la misma altura y no hicieran alusión a su procedencia , esto podría ser el primer paso para la igualdad.