Borrón y copla nueva

Elena G. Antón | 30 de enero de 2009 a las 16:59

Lo bueno que tiene ser nueva en esto es que eres una pizarra en blanco, como los niños cuando nacen. Y es gracias a ser recién nacida en esto del Carnaval que aún no tengo el criterio “envenenado”. Y es que me he dado cuenta de que la opinión gaditana, respecto a lo que se ve en el Concurso, está llena de frasquitos pequeños, de perfume o de veneno, predispuesta a favor de estos o en contra de aquellos.

Asisto a cada sesión oyendo de antemano quiénes son los buenos, cuáles los que “psé, tú sabes…” y quiénes los que son “pa´echarlos”. Y da igual lo que canten o cómo lo canten, los mayores vítores y ovaciones del público, las mejores críticas de los profesionales, se las llevan los que ya llevaban el cartel de número uno en la frente antes de salir a echar el resto en el escenario. Estoy segura de que si entre dos agrupaciones se intercambiaran los repertorios, estos podrían ser juzgados de manera totalmente opuesta.

Ciertamente, esto guarda bastante similitud con la política, por aquello de que casi nadie es capaz de juzgar las acciones por las acciones en sí mismas, sino que para emitir el juicio lo primero y más importante es saber de quién provienen. Imaginemos por un momento que desaparecieran de la vida pública los políticos, que trabajaran desde un despacho al fondo a la izquierda (porque a la derecha está el baño, no por nada más) y a los ciudadanos sólo nos llegaran las consecuencias finales de su trabajo, sin saber quién lo ha hecho. Las sentencias ciudadanas serían más coherentes, ¿verdad?

Pues bien, ahora imaginemos que todos fuéramos pizarras en blanco, que todos nos sentáramos a escuchar Carnaval desde cero, sin juicios moldeados por experiencias anteriores, sin carteles anticipados de éxito o mediocridad, utilizando sólo como instrumentos de valoración el oído y el corazón, el mecanismo que activa una risa sincera o el que pone los vellos de punta. Sería todo un poco más justo ¿no creen?

Al otro lado de las tablas

Elena G. Antón | 26 de enero de 2009 a las 1:02

Yo siempre lo había pensado. Las veces que he ido al teatro en Madrid, pocas y dispersas debido a su precio prohibitivo, siempre lo he pensado. Y es que, me veía ahí en una butaca, y allí al frente el escenario, sin murallas, sin pantallas que, como en el cine, separen tu tiempo y espacio del de los actores, y pensaba: “Y si yo ahora dijera algo ¿qué pasaría?”

Porque el contexto lo da, porque sientes la emoción de saber que podrías interactuar con los que actúan e, incluso, que tendrías en tus manos parar la función. Pero nunca he dicho nada, claro, nadie lo dice.

Sin embargo, la otra noche en el Falla pude comprobar que lo mío no es un pensamiento único, que todo el mundo quiere gritar enfrente de un escenario y, es más, ¡aquí lo hacen! Sentí calmada esa inquietud que me había venido persiguiendo tanto tiempo y, aunque yo no pudiera gritar (antes por madrileña y ahora por periodista, qué se le va a hacer), cada vez que alguien del público decidía alabar un tipo, piropear a algún comparsista o, simplemente, decir “Ole, ole y ole”, sentía vengado el silencio que tuve que guardar tantas veces en las funciones de la capital.

A veces se les va la mano, todo hay que decirlo, en volumen de audio o de repetición, pero es grande comprobar que un espectador no tiene por qué ser siempre ese personaje inerte que se limita a mirar y aplaudir después de cada acto.

Sólo la primera sesión ya me dio para aprenderme la mayoría de los chascarrillos recurrentes que, por lo que me dijeron después, se repiten año tras año. Me dio tiempo incluso hasta a cansarme de algunos de ellos y a pensar que se debería ampliar el repertorio, que se me hacía a veces repetitivo. Pero la sensación positiva pudo sobre todo lo demás y no descarto que, cuando vuelva a algún teatro de la Gran Vía, le diga al de al lado al oído que, como no diga ole, se le va a secar la yerbabuena.

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Dos tazas de Falla

Elena G. Antón | 23 de enero de 2009 a las 19:00

Me siento como el amigo de Gurb, no sé si habrán tenido el placer de leer el libro de Eduardo Mendoza. Así, sintetizando, Gurb es un marciano que, no recuerdo por qué clase de error, termina en la Tierra y otro marciano amigo suyo va buscándolo, sorprendiéndose de todo lo que ve a su alrededor. Hombre, yo no vengo de otro planeta, sólo de Madrid, y ni vine aquí en busca de nadie ni lo mío fue a causa de un error -fue un aterrizaje premeditado- pero sobre eso de sorprenderse ¡de qué manera!

Como veía que la estrategia esa de hacerme con el acento y decir ‘killo’ no había sido suficiente para integrarme en el entorno, he aceptado a ciegas meterme de lleno en esto del Carnaval.

Llevaba años detrás del dichoso viaje, “este año a Cádiz” era la frase más oída en mi círculo de amigos por los meses de enero y febrero. Pero al final, por h o por b, nunca salía el plan adelante.

Tan sólo un año después del último intento fallido, me veo nada menos que viviendo en Cádiz y cubriendo el Concurso de Agrupaciones. Y ahora, mientras cojo impulso, se me reformula en la cabeza ese refrán popular que habla sobre caldo y dos tazas, y me digo a mí misma entre dientes: ¿No querías Carnaval? ¡Pues toma y ve al Falla!

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